Una hermosa criatura

La Crónica, 5 de agosto de 2002

Marilyn Monroe adquirió, hace cuarenta años, la densidad trágica que la muerte inesperada les confiere a los personajes míticos. Acaso jamás se conozcan todas las circunstancias de su fallecimiento. Pero si cuatro décadas después de aquella madrugada del 5 de agosto de 1962 sigue siendo evocada, en eterna ratificación del mito, es por la intensidad de su presencia que el celuloide rescató para siempre.

   Norma Jean Baker había transitado a los 36 años de las filas de los aspirantes a la gloria hollywoodense a la cima del olimpo fílmico y propagandístico que erige a sus dioses con tanta urgencia como, luego, los consume y desahucia.

   Antes de los 20 años sus fotografías en las revistas estadounidenses más célebres de la postguerra le abrieron las puertas del cine. De papeles menores pero desde entonces singularizados por la picardía y la coquetería espontáneas que tantos dolores de cabeza les dieron a sus directores, pronto logró sitios estelares en cintas como No se moleste en tocar –1952, en donde la hermosa y desquiciada niñera contratada en un hotel tenía un pasado perturbado como el de la actriz misma– y Niagara (1953) en donde el director Henry Hathaway puso en tensión la capacidad dramática de la intérprete al ubicarla en una trama criminal con el efectista telón de las cascadas.

   Para entonces ya había decidido llamarse Marilyn Monroe, nombres que tomó del apellido original de su madre y de la actriz Marilyn Miller. Ese mismo año y de allí a la cumbre, hizo con Jane Russell Los caballeros las prefieren rubias dirigida por Howard Hawks y Cómo atrapar a un millonario, de Jean Negulesco. La carrera de joven estrella, cuya vida personal se estrellaba en sus propias ambiciones, apareció reflejada en There is no business like show business  filmada en 1954. La comezón del séptimo año dirigida por Billy Wilder consagró en 1955 el perfil de espontánea seductora que sellaría la fama y las desdichas de la belleza rubia. Antes de morir filmaría media docena de cintas más.

   Hace dos décadas Norman Mailer escribió, admirado y mordaz, que la Monroe “era nuestro ángel, el dulce ángel del sexo, y la dulzura del sexo brotaba de ella como una resonancia de sonidos de la fibra más sonora de un violín”.

   Ella admitía, como una carga que tuviera que sobrellevar, esa fama de diosa sensual y tentadora. Alguna vez dijo: “La gente tenía la costumbre de verme como si yo fuera una especie de espejo en lugar de una persona. No me veían a mí, sino sus propios pensamientos lascivos. Entonces se enmascaraban ellos mismos diciéndome lujuriosa”.

   Más tarde aceptaría: “Un símbolo sexual se convierte en una cosa. Precisamente, detesto ser una cosa. Pero si voy a ser el símbolo de algo, entonces prefiero serlo del sexo en vez de otras cosas para las que tenemos símbolos”.

   En más de una ocasión dijo que su idea de un hombre sexy era Albert Einstein. Imagínense si tuviéramos hijos, aventuró: con mi apariencia y su inteligencia, tendríamos el bebé perfecto… El problema, señalaron algunos, sería si las cosas salieran al revés y el bebé naciera con la facha de Einstein y el cerebro de la Monroe.

   La imagen de muchacha boba con que se le identificó a partir de sus películas, MM la refutó en su vida personal. Cuando murió en su casa había unos 400 libros, entre ellos obras de Flaubert, Milton, Tolstoy y Steinbeck. En su residencia de Hollywood tenía reproducciones de Durero, Da Vinci y Fra Angelico y a la entrada de su departamento en Nueva York había un Toulousse-Lautrec. Se dice que le gustaba escuchar a Beethoven y Mozart, si bien aseguraba que su cantante favorito era Frank Sinatra –uno de cuyos álbumes había  estado escuchando la noche en que murió–.

   Alguna vez dijo: “Para decirlo con franqueza, parece que soy una construcción sin cimientos. Pero estoy trabajando en los cimientos”.

   El día de su funeral Lee Strasberg, creador del famoso Actors Studio de Nueva York y viejo amigo de la Monroe, recordó: “Tenía una cualidad luminosa, una combinación de ansiedad, esplendor y ternura que la marginaba, y sin embargo la gente quería ser parte de ella, para compartir la infantil ingenuidad que era al mismo tiempo tan retraída y no obstante tan vibrante”.

   En uno de sus relatos autobiográficos Truman Capote recuerda una tarde gris a mediados de los años cincuenta, cuando acompañó a MM al funeral de una amiga mutua. Sentados en un muelle de Manhattan la actriz le preguntó: “Si alguien te dijera como era verdaderamente Marilyn Monroe, ¿qué le contestarías?. Apuesto a que dirías que soy una estúpida, una sentimental…”

   “Por supuesto –replicó el escritor–. Pero también diría… Diría que eres una hermosa criatura”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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