¿Cuál política?

La Crónica, 7 de septiembre de 2003

El presidente Fox dijo que ahora su prioridad es la política. Pero no acaba de quedar claro qué entiende por ella. El énfasis que puso el lunes en el quehacer político al presentar su tercer informe de gobierno ha sido contradictorio con otras decisiones anunciadas en el transcurso de la semana.

   ¿Qué es la política para el presidente Vicente Fox? ¿Cuál es, de manera específica, el encargo que les hace a sus colaboradores cuando los exhorta a “privilegiar la política”? ¿Qué significa ese giro de la actual administración?

   A punto de cumplirse una semana del tercer informe seguimos sin entender cuál es la novedad en su comportamiento, y de su gobierno, que anunció el presidente de la República.

 

Paradójicas designaciones

   Al día siguiente de la comparecencia del presidente en el Congreso se dieron a conocer varios cambios en su equipo de trabajo. No parece haber congruencia entre ellos.

   Es indudablemente política la decisión de ubicar a Felipe Calderón en la secretaría de Energía. Aunque no tiene experiencia peculiar en los asuntos que suele resolver ese ministerio, el licenciado Calderón tiene una de las carreras más exitosas y notorias dentro del Partido Acción Nacional. A los 25 años era miembro del comité nacional panista. A los 27 fue diputado federal por primera vez. A los 34 era presidente nacional del PAN.

   Al convertirlo en secretario de Estado, el presidente hace de Calderón un prospecto insoslayable para tomar en cuenta en la designación del candidato panista a sucederlo dentro de 3 años. En 2006 tendrá 44 años.

   Al encargarle a un profesional de la política la atención a la reforma energética se reconoce la necesidad de conciliar y acordar con otras fuerzas partidarias a fin de que haya decisiones legislativas en ese campo. Además se le confiere al PAN una importante posición en el gabinete.

   En cambio la lógica política, si es que la hay, en las destituciones y la designación en la Secretaría del Medio Ambiente, sigue siendo incierta. Conocido el litigio entre el ahora ex secretario Víctor Lichtinger y el ex subsecretario Raúl Arriaga, pareciera que el presidente optó por sancionar a los dos.

   Esa decisión no debiera sustituir a la averiguación administrativa, y acaso también judicial, por las irregularidades en la expedición de permisos de caza que se le han atribuido al segundo de esos funcionarios. La designación de Alberto Cárdenas Jiménez para encargarse de la Semarnat ha suscitado más desconcierto que beneplácitos.

 

Imprudente Pazos

   El nombramiento de Luis Pazos al frente de Banobras parece, más que resultado de una decisión política, una mala broma. Pero como el 28 de diciembre aun está lejos hay que reconocer que se trata de una decisión harto discutible y sobre todo, de enorme riesgo.

   No solo son conocidas las posiciones anti estatistas del licenciado Pazos. Ellas, que más que convicciones o posiciones han sido lucrativas obsesiones para ese personaje, bastarían para dudar de la pertinencia de colocarlo al frente de una de las principales instituciones financieras del Estado.

   Además ha sido notoria la jactancia con que Pazos se considera ubicado en el centro del quehacer político y financiero de nuestro país. En su brevísimo paso como vocero de Hacienda mostró que no podía ser intermediario comunicacional entre el gobierno y la sociedad porque, antes de expresar las posiciones oficiales, le ganaban las ganas y manifestaba sus opiniones personales.

   Ahora, cuestionado acerca de su falta de experiencia para encabezar un banco, asegura: “durante tres años manejé el presupuesto del país, que es un poco superior al de Banobras”. El haber presidido la Comisión de la Cámara de Diputados encargada de revisar el proyecto de presupuesto federal no significa que Pazos estuviera a cargo del gasto público.

   Tal desmesura respecto de su trayectoria personal reciente, obliga a tener las más amplias reservas sobre el desempeño de Pazos y el destino inmediato del Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos.

 

Desacreditada imagen

   La remoción del hasta ahora responsable de la imagen y la propaganda del presidente sería congruente con la reivindicación de la política anunciada en el tercer informe, si el gobierno se decidiera a comunicar razones y posiciones y no fundamentalmente imágenes y slogans como ha ocurrido en los recientes años.

   Pero hasta donde ahora puede apreciarse, la salida de Francisco Ortiz del equipo presidencial no significará un cambio sustancial en la sustitución de la política por la retórica que ha sido distintiva del gobierno actual –y que, en general, constituye una tendencia internacional en nuestros días–.

   En todo caso, con o sin desplazamientos y sustituciones de funcionarios, el gobierno tendría que admitir que el fracaso de la política que se puede apreciar en numerosos espacios de la vida pública es atribuible, de manera importante, a la trivialización, la frivolización y la polarización frecuentes con que la política misma es presentada ante la sociedad.

   En esa simplificación de la política el gobierno no es el único responsable. Pero ha cometido yerros y excesos que contribuyen a que los asuntos públicos tengan una imagen desacreditada.

 

Tiempo y ritmo, ausentes

   Así que los cambios en el gabinete no parecen obedecer, todos ellos, a las mismas consideraciones. Solo suponiendo que en la apreciación del presidente hay un matiz surrealista, o masoquista, se puede suponer que tienen algo que ver con la política.

   Menos congruencia parece haber entre el discurso que el presidente ofreció el lunes y la decisión que su partido anunció tres días más tarde para llevar a juicio al senador priista Ricardo Aldana.

   Desde luego la política, entendida en su sentido más amplio y generoso, jamás debería ser motivo para cobijar tropelías o amparar a pillos.

   Pero la política, además de la reivindicación de principios comprometidos con el interés común, requiere de una administración inteligente de recursos y de momentos para que puedan cumplirse las decisiones que ella implica.

   Hay un término en inglés que describe con más puntualidad ese atributo. Para hacer política se necesita timing. Es indispensable tomar en cuenta los tiempos en los que se da cada paso, particularmente en situaciones de alta complejidad y con intereses enormemente confrontados como sucede hoy en el panorama público de nuestro país.

   Quizá resulte ineludible ventilar las denuncias contra el senador Aldana que, como tesorero del sindicato petrolero, ha sido acusado de entregarle al PRI recursos financieros cuyo colosal monto violentó ostensiblemente la legislación electoral. Lo que parece un tanto absurdo, o al menos innecesario, es que ese tema haya sido detonado en la Cámara de Diputados precisamente ahora, cuando los grupos parlamentarios comenzaban a definir una agenda de acuerdos.

   El gobierno asegura que se trata de una decisión de los diputados del PAN. Sin embargo es inevitable recordar que el presidente de los diputados, que tomó la importante decisión de citar a esa Cámara para erigirse en Jurado de Procedencia dentro de 10 días, hace algunas semanas era el consejero jurídico del Presidente de la República.

   Aun suponiendo que el licenciado Juan de Dios Castro actuó en ejercicio de su recién adquirida autonomía política ante el Ejecutivo Federal, resultaría inaudito que esa decisión no hubiera sido discutida con el gobierno. Mas ahora, cuando se suponía que los recientes cambios en el gabinete implicaban un mayor acercamiento del presidente con el PAN.

   Si quiere hacer política, el gobierno tendría que recordar que para ello hacen falta una idea clara de los plazos y un sentido del ritmo que no parece tener hoy en día.

 

Congestionamiento

   La gente está cansada de la política. El presidente lo reconoció, en uno de los segmentos más rescatables del reciente informe. “Nos toca conjurar la impresión de que la política es fuente de problemas, no de soluciones” dijo.

   Pero no parece haber advertido que ese conjuro no será posible con invocaciones y admoniciones, sino con un complejo trabajo de persuasión, deliberación y negociación –atributos, los tres, de la política contemporánea–.

   Cuando el presidente dice que “el ambiente político está congestionado” se queda en la formulación de un diagnóstico interesante pero no explica el carácter de ese problema.

   El presidente no manifestó que el clima político esté enrarecido, o atascado. Congestionar significa una excesiva acumulación de sangre en alguna parte del cuerpo o, en la acepción más aplicable a esa referencia, “obstruir o entorpecer el paso, la circulación o el movimiento de algo”.

   Cuando una vía se encuentra taponada es preciso eliminar la causa de ese atasco. A veces la obstrucción se resuelve por sí sola pero cuando persiste, es necesario acudir a medidas drásticas. Así ocurre tanto en la medicina como en el tráfico urbano.

   Quién sabe en qué pensaron el presidente, o los redactores de su discurso, cuando utilizaron esa figura para describir las dificultades que experimenta nuestro ambiente político.

   Ese ambiente se encuentra, desde luego, saturado de palabrería. Pero quizá no es la abundancia de ruido, que impide distinguir a las posiciones de las murmuraciones, lo que el presidente quiso subrayar. El congestionamiento de la política puede aludir al entrampamiento de sus protagonistas que han quedado atorados y sin posibilidad de avanzar o echar reversa, igual que los automóviles en el Periférico a las ocho de la mañana.

   En ese símil, habría que pensar por qué ocurre tal congestionamiento. No se debe a la abundancia de iniciativas políticas, porque esas son escasas. En cambio, ese problema quizá se debe a la insuficiencia de las vías ahora existentes para que las propuestas políticas transiten en los circuitos en donde pueden ser discutidas y ganar consenso.

 

Pésima fama

   El atasco de la política acaso es ocasionado, entre otros factores, por la impericia de quienes tienen la tarea de hacer fluido ese tránsito. Así que el reconocimiento de que “existe desconfianza y recelo social hacia la política” podría ser entendido como uno de los varios señalamientos autocríticos que se escucharon en el Informe de hace seis días.

   Se trata de un reconocimiento adecuado. Pero al no hacer explícita cuál es su concepción de la política el presidente dejó la impresión, entre no pocos mexicanos, de que su gobierno involucionaría a la situación de corrupción, tráfico de influencias y abusos con la que mucha gente identifica a la política.

   Al decir con tanta insistencia que ahora sí hará política, el presidente sugiere que su administración estará orientada a avenirse con otras fuerzas. Hay quienes han supuesto que ese cambio implica el abandono de otras prioridades, especialmente la economía.

   En otro sentido, el presidente tiene razón. La desconfianza respecto de la política es una lacra que tiene que ser enfrentada. Se trata, añadimos, de un requisito sin cuyo desahogo el tránsito democrático de nuestro país será impensable.

   No puede concebirse que habrá democracia si los ciudadanos no asumen un papel activo en ella y si no entienden que la política es un ejercicio legítimo y además indispensable.

   Desde luego nos referimos a la política como actividad creativa, que al reconocer la diversidad de la sociedad contemporánea construye puentes para que la gente se entienda y se tomen decisiones capaces de reivindicar el interés público.

 

Disipar prejuicios

   La política, en su significado más preciso, tiene que estar asociada a la moral y a la ética. Y desde luego, al cumplimiento de la legalidad. Entendida como ejercicio que en la sociedad contemporánea tiene que vincular las tareas de gobierno con la búsqueda de consensos y la reivindicación del interés de la sociedad, la política tendría que dejar de ser una mala palabra.

   De hecho, la construcción de una idea moderna y positiva de la política tendría que ser resultado del quehacer político mismo. No en balde, Hanna Arendt ha escrito que “la política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de prejuicios”.

   Pero será difícil que los ciudadanos tengan una idea virtuosa de la política cuando el comportamiento de muchos de quienes la practican es inmoderado y escandaloso.

   El presidente no parece haber tomado en cuenta ese contexto cuando se mostró tan interesado en poner a la política en el centro.

  

Distinta, la antipolítica

   En contraposición a ese significado, necesario y deseable, a la política con frecuencia se la identifica con su contrario, es decir, con la antipolítica que suelen ejercer no pocos políticos. El abuso de las posiciones de gobierno y representación popular ha conducido a la extendida impresión de que la política es sinónimo de arbitrariedad e ilegalidad.

   Esa es, lamentablemente, la idea de política que prevalece en la sociedad mexicana.

   Con esa idea, sin quererlo, se asoció el presidente Fox cuando dijo que está decidido a privilegiar la política.

   Ha sido una de esas situaciones en las que, involuntariamente, se dicen cosas buenas que parecen malas.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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