Arturo Warman, generoso hombre de ideas

Participación en el homenaje a Arturo Warman convocado por el Senado de la República el 3 de diciembre de 2003

 

   Hace varias semanas, a la muerte de Arturo Warman, escribí las siguientes líneas con las que me parece oportuno comenzar estas palabras.

   Dueño de una inteligencia ordenada y perspicaz, sereno siempre, bondadoso, Arturo Warman diseccionó las complejidades del campo, conoció y documentó las profundidades del México indígena, diagnóstico y deploró las desigualdades que escinden a nuestro país, alentó instituciones académicas, contribuyó en momentos definitorios de la historia reciente de la Universidad, escribió libros fundamentales, participó en aventuras periodísticas y empresas culturales, fue amigo de invariable generosidad. Fue un hombre de ideas, seguro de ellas porque las templaba en el estudio y la reflexión constantes pero al mismo tiempo dispuesto siempre al intercambio y la comparación de puntos de vista.

   Warman no regateó sus ideas a la academia, ni a los movimientos sociales, ni a la administración pública. En todos esos ámbitos se imponía la autoridad de su argumentación reposada y sólida. La inclinación al diálogo le franqueaba el respeto de sus interlocutores pero luego prosperaba la seriedad de sus razonamientos. Quienes lo conocieron en diversos ámbitos coinciden al reconocer la sencillez, respaldada en su consistencia intelectual y jamás reñida con el buen humor. En reuniones campesinas y seminarios universitarios, lo mismo que en sesiones del gabinete presidencial, Warman desplegaba la misma calidez y autoridad.

   Hasta aquí el recuerdo de Arturo que escribí hace cinco semanas.    Poco antes de su muerte había comenzado a circular el último libro de Arturo Warman, Los indios mexicanos en el umbral del milenio que editó el Fondo de Cultura Económica. En las últimas páginas de ese libro examina la reforma constitucional en materia indígena que se realizó en 2001 como resultado del trabajo legislativo que emprendió el Senado de la República.

   A pesar de los avances que significó para reivindicar derechos de los indios esa reforma estuvo nublada por lo que Warman denominó como un “debate arrinconado”. Explica ese autor: “El minoritario rechazo radical a la reforma tuvo costos elevados para todos. Le restó legitimidad a una legislación que introdujo avances importantes y respondió a demandas indígenas, la ubicó como una posición conservadora”.

   La dificultad para encontrar consensos y la tortuosidad que experimentó el debate sobre esa ley le permitieron a Warman reconocer algunas de las debilidades que se han acrecentado en nuestro sistema político. Ahora que lo recordamos en una reunión organizada por el Senado de la República resulta pertinente traer aquí esas reflexiones del doctor Warman.

   Para ese estudioso pero también protagonista de los cambios políticos y sociales en México la prioridad nacional tendría que ser la búsqueda de acuerdos para la igualdad social con “públicos atentos y flexibles”. Al hacer estas consideraciones el análisis de Warman pasa del tema indígena a la crítica, lúcida y creativa pero también profundamente preocupada, de la frivolidad, el pasmo, la ineficacia y las contradicciones que por desdicha suelen definir al comportamiento de nuestras instituciones y actores políticos.

   Cuidadoso como solía ser, Warman inicia ese segmento de su reflexión con el reconocimiento de los haberes que tenemos en materia política. Afirma: “Esos instrumentos, esas instituciones, se vinculan con la participación y representación política efectiva y equitativa, con la democracia profunda y eficaz. Probablemente es en el terreno de la democracia electoral en el que hemos avanzado a mayor velocidad. Tenemos libertades, elecciones vigiladas, partidos políticos competitivos, instituciones electorales respetadas. Pero estamos lejos de la meta democrática”.

   Después de establecer esa diferencia fundamental con quienes proclaman que ya podemos considerar que nuestra transición política ha concluido, Warman describió de manera rotunda el déficit democrático de nuestros días. Se trata de las páginas más severas de su último libro y recuperan el talante incisivo y juicioso que distinguió la crítica política de este autor. Me detengo en la lectura de esos párrafos que van de la cuestión social a las insuficiencias políticas:

   “En sociedades extremadamente desiguales como la mexicana, la representación política se concentra, como otros recursos, en pocas manos. La clase política es reducida y está encumbrada y protegida por relaciones de poder. Se trata más de grupos dirigentes con redes de soporte y control que de representaciones desde la base. El fenómeno no es exclusivamente mexicano; en todas partes la representación política y su organización en partidos se gestan en las alturas y descienden en busca de clientelas, pero en nuestro caso la estrechez de la clase política, lo mismo por su tamaño que por sus posiciones, está muy acentuada”.

   En ese crudo diagnóstico Warman entrelazaba su experiencia como titular de dos secretarías de Estado, coordinador del gabinete social, director del Instituto Nacional Indigenista y Procurador Agrario con el conocimiento que irradió en el mundo académico, especialmente como investigador de nuestro Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Con esa autoridad pero sobre todo con una notoria desilusión, añadía en las páginas postreras del libro que terminó de escribir hace un año:

   “Los partidos actuales se comportan como las empresas electorales de una vieja clase política que sirven como arenas para el reparto del poder y gestión de intereses particulares. Postulan los atributos personales de los candidatos, no sus posiciones ni programas. La competencia se rige por las reglas de la mercadotecnia, los candidatos se venden como productos no como portadores de proyectos. La elevada inversión en las campañas publicitarias es requisito ineludible y factor de peso en los resultados electorales. La demagogia y la propaganda son moneda corriente, impunes hasta el momento”.

   Continuaba el conocido autor de obras memorables como Los campesinos, hijos predilectos del régimen: “Las distinciones programáticas son sutiles, se establecen caso por caso para lograr efectos inmediatos y no exigen congruencia. Los liderazgos personales cercanos al caudillismo son muy prolongados. Los partidos son organizaciones verticales, corporativas, burocráticas, que no rinden cuentas a sus militantes ni a la sociedad. Esos partidos han sido insensibles frente a las demandas indígenas, que asumen por razones tácticas y sin compromiso duradero. Sus prácticas clientelares y oportunistas instrumentan las demandas indígenas pero no las representan. En más de un sentido, esos partidos constituyen uno de los mayores obstáculos para el desarrollo democrático”.

   El inteligente pesimismo de Warman se compadecía, sin embargo, del futuro. Encontraba en los cambios electorales, pero sobre todo en la participación de la sociedad en numerosos frentes, motivos para un sensato y preventivo optimismo de la voluntad. “La desconfianza de la sociedad en la política –apunta más adelante–  no se ha superado. Pero en el reacomodo hay apertura, espacios de inserción antes cerrados, conciencia creciente de la necesidad de enfrentar con cierta urgencia los grandes problemas de la agenda nacional y de avanzar en la reforma del Estado. Hay movimiento y debate aunque estén desordenados y confusos”.

   Ese debate, arrinconado por la proliferación del encono, la murmuración y la ligereza en amplias franjas de nuestra vida pública, existe de todas maneras y se lo debemos a reflexiones como las que con tanta tenacidad y brillantez nos entregó durante varias décadas Arturo Warman. Es plausible que se le reconozca en una sesión como esta, organizada por el Senado de la República. Pero quizá el mejor y más valioso homenaje que podemos hacerle será persistir en la lectura y la divulgación de su trabajo intelectual y en la reivindicación de las causas sociales que tanto le inquietaron.

   A quienes tuvimos el privilegio de conocerlo nos queda el recuerdo de su charla amable, su lucidez crítica y su generosa exigencia intelectual y política.

   Muchas gracias.  

  

 

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