Cisma en la FSTSE

La Crónica, diciembre 7 de 2003

El cisma en la FSTSE, que se añade a los problemas del PRI, no se explicaría sin la crisis que amenaza con desgajar a ese partido. Pero además entre los líderes de los trabajadores al servicio del Estado hay una historia repleta de tensiones, rencillas y rivalidades.

   Antier, disgustados porque no pudieron evitar la reelección del dirigente de la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado, los líderes de 21 de las 68 agrupaciones que forman parte de esa central anunciaron que renunciarían a ella.

   Es indudable que esa amenaza está relacionada con el diferendo al interior del Partido Revolucionario Institucional. Joel Ayala Almeida, el dirigente que impuso su permanencia al frente de la FSTSE, respalda las posiciones de Roberto Madrazo, el cuestionado presidente nacional priista. Y el más importante de los sindicatos cuyos líderes aseguran que se separan de la Federación es el Nacional de Trabajadores de la Educación en cuyo mando es ostensible la influencia de la diputada Elba Esther Gordillo.

   El mismo Ayala Almeida ha considerado que el alejamiento de los 21 sindicatos se debe a “los intereses personales y la ambición desmedida” de la maestra Gordillo. Destituida de la coordinación de los diputados priistas, esa dirigente habría tratado de colocar a uno de sus seguidores, el secretario general del SNTE, a la cabeza de la FSTSE.

   Esa es la versión de Ayala. El dirigente formal del sindicato de maestros, Rafael Ochoa Guzmán, encabezó la protesta contra la reelección aunque según el mismo Ayala un día antes habían conversado y nada se dijo de la posibilidad de una ruptura. Tampoco se habían conocido, de manera pública, diferencias entre esos líderes por la conducción de la FSTSE.

 

Inexistente democracia

   Al parecer la disputa en la cúpula del PRI influyó de manera importante para que los líderes magisteriales decidieran apartarse de la Federación. Pero además, los conflictos dentro de la FSTSE han venido exacerbándose en la medida en que sus líderes han dejado de obtener todos los beneficios que antes les significaba la colaboración que ofrecían a los gobiernos priistas.

   Ni la escisión en la FSTSE, ni la ruptura en el PRI, se explicarían sin la derrota electoral que ese partido sufrió hace tres años. A diferencia de lo que inicialmente pudo pensarse, las secuelas de los comicios federales de 2000 no se experimentaron de inmediato.

   De la sorpresa al pasmo y de allí a la defensa de posiciones territoriales y corporativas, los dirigentes priistas han transitado por un proceso de acomodos y arreglos cuyas dificultades apenas comienzan a hacer crisis.

   El litigio entre Elba Esther Gordillo y Roberto Madrazo no ha sido por una idea de partido sino por la hegemonía en el PRI para hacer de él un instrumento al servicio de una alianza personal (la que la maestra quiere sostener con el presidente Vicente Fox) o de un proyecto personal (la aspiración de Madrazo para llegar a Los Pinos en 2006).

   De la misma manera, la disputa en la FSTSE entre Ayala Almeida y Ochoa Guzmán no se debe a controversia alguna por los principios o las reivindicaciones laborales que defiende esa central de sindicatos sino al afán por encabezarla y ponerla al servicio de diferentes afanes políticos.

   Entre esos dirigentes gremiales no hay concepciones distintas acerca de la democracia sindical. Ambos se han beneficiado y se proponen seguir usufructuando viejos esquemas de antidemocracia gracias a los cuales han llegado a posiciones de liderazgo.

  

Ineficacia electoral

   Formado en las lides gremiales en el sindicato de la Secretaría de Salud, en donde en los años setenta persiguió a los grupos democráticos, Joel Ayala Almeida se batió como fiel soldado del PRI para que ganara las elecciones de 2000. El fracaso en tal esfuerzo no solo determinó el histórico desplazamiento del partido que había encabezado al Estado mexicano durante siete décadas. Además, entre muchas otras consecuencias, ese desenlace indicó la creciente inutilidad de los mecanismos de control corporativo que tradicionalmente habían nutrido al PRI de consenso electoral.

   Dicho en términos más llanos: los sindicatos han dejado de tener la eficacia política que antaño le permitían a ese partido controlar y manejar los votos de los trabajadores.

   En otras épocas bastaba que un sindicato nacional apostara en favor de un candidato –lo mismo a presidente municipal que a gobernador, o presidente de la República– para asegurarle una votación importante. Los sindicatos eran uno de los soportes más importantes para el PRI –y seguramente el más estable–.

   Los votos de los trabajadores sindicalizados eran garantizados gracias a las redes clientelares que en cada organización gremial identificaban la dotación de prestaciones y los aumentos salariales con la lealtad a ese partido. Excepcionalmente, como es bien sabido, se ponían en práctica distintas formas de coacción para garantizar que los trabajadores votaran por los candidatos priistas.

   La influencia electoral de los sindicatos nacionales se extendía a las familias de los trabajadores y a las regiones en donde se encontraban las secciones estatales o municipales de cada organización gremial. Sin embargo la eficacia de esos sindicatos como afluentes de votos priistas comenzó a declinar de manera inversamente proporcional al afianzamiento de la democracia electoral.

   Conforme se generalizaron las nuevas reglas para elegir a nuestros gobernantes resultó más difícil que los líderes sindicales coaccionaran a los trabajadores para que votasen por los candidatos del PRI. Por mucha que fuera la presión para orientar el sufragio si el voto era secreto a la hora de emitirlo, en la intimidad de la casilla electoral, cada trabajador podía decidir si compartía o no la orientación política que le habían sugerido sus dirigentes sindicales.

   En no pocas ocasiones la posibilidad de votar libremente constituyó la manera más fácil y contundente que los trabajadores encontraron para desquitarse de los líderes gremiales.

 

Débiles sindicatos

   Las crisis económicas han aportado una relevante cuota de disgusto y reproche políticos que se añade a las consecuencias que la democracia electoral ha tenido en los sindicatos. Con salarios y prestaciones cada vez más deteriorados, los trabajadores no han tenido motivos para respaldar a sus líderes gremiales como hacían antes.

   La ineficacia de los sindicatos como afluentes electorales en beneficio del PRI se comenzó a advertir desde los comicios federales de 1988. En aquella ocasión los dirigentes nacionales del sindicato petrolero orientaron la votación en algunas de las secciones más importantes para favorecer a Cuauhtémoc Cárdenas. Ese viraje no logró que el entonces candidato del Frente Democrático Nacional obtuviera más votos que el aspirante por el PRI, Carlos Salinas de Gortari. Pero aquel episodio permitió reconocer la veleidad que comenzaban a manifestar algunos de los tradicionales bastiones del consenso priista.

   A partir de la elección federal de 1988 también se pudo comprobar que la presencia electoral del PRI tendía a disminuir especialmente en los distritos en donde los candidatos de ese partido eran dirigentes sindicales. El hecho de formar parte de la dirección nacional de un sindicato o de encabezar una de sus secciones dejó de ser garantía de éxito electoral para los candidatos de ese partido.

   El rendimiento decreciente de los sindicatos para lograrle votos a ese partido ha constituido uno de los cambios políticos más relevantes –aunque menos notorios– en el transcurso de los últimos 15 años.

   Hay quienes aun consideran que la fuerza electoral que le queda al PRI se debe a las relaciones corporativas que mantiene con el mundo sindical. Sin embargo la capacidad del sindicalismo para respaldar a ese o a cualquier otro partido ha quedado disminuida y resulta cada vez más incierta.

  

Promoción del voto

   Hace tres años Joel Ayala Almeida, que ya era secretario general de la FSTSE, instruyó a los sindicatos coaligados en esa agrupación para que respaldaran al candidato presidencial del PRI.

   En una carta que el diario La Jornada publicó el 4 de junio de 2000 ese dirigente, a la sazón diputado federal, disponía:

   “Dentro de la actual campaña electoral, la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado y sus Sindicatos Federados han participado de una forma muy destacada, por este motivo, me permito solicitar un esfuerzo adicional para el Programa de Promoción del Voto.

   “Dicha acción tiene como propósito que cada uno de los Sindicatos Federados seleccione dentro de su organización a 250 compañeros sindicalistas para que a su vez promuevan el voto a favor del Lic. Francisco Labastida Ochoa, candidato a la Presidencia de la República y del Lic. Jesús Silva Herzog, candidato a la Jefatura de Gobierno del D.F., la promoción se realizará dentro de sus familiares, amigos, compañeros, vecinos, etc., sumando cada uno a 10 personas.

   “A dichos ciudadanos promovidos se les solicitarán su credencial de elector para obtener una copia por el frente únicamente, es conveniente que en una sola hoja se presenten las 10 credenciales, 5 por cada lado…”

   Aunque era utilización de los recursos y la representación sindicales para respaldar a un partido político era contradictoria con la legislación electoral, no fue sancionada por las autoridades correspondientes. Cuatro semanas más tarde el resultado de las elecciones confirmó que esfuerzos como los de ese líder sindical habían dejado de ser suficientes para que el PRI tuviera la mayoría de los sufragios.

 

Usos y costumbres

   Ayala Almeida, electo senador en aquellos comicios, entendió de inmediato los signos de los nuevos tiempos políticos. Menos de cuatro meses más tarde encabezó una encolerizada protesta para que a los trabajadores del gobierno federal se les entregase un “bono” con motivo de la terminación del sexenio.

   En administraciones anteriores el gobierno había entregado ese “bono sexenal” a sus trabajadores. Esa constituía una manera de reconocer el desempeño de los llamados burócratas pero también para tratar de comprar su fidelidad política. Sin embargo a fines de 1999 la Cámara de Diputados, en el Presupuesto de Egresos, prohibió la entrega de remuneraciones por ese concepto. Así que el gobierno del presidente Ernesto Zedillo no podía cumplir con la tradición del bono sexenal.

   Ayala, a la cabeza de los dirigentes de la FSTSE, alegó entonces que el bono formaba parte de los “usos y costumbres” que había en la relación laboral entre el gobierno y sus trabajadores. Sin embargo él mismo había votado, meses antes, las disposiciones hacendarias que prohibían la dotación de tales remuneraciones.

 

Amañada reelección

   El interés de ese dirigente para reclamar el bono sexenal sin duda estaba relacionado con su proyecto para mantenerse al frente de la FSTSE. Su gestión concluiría pocos meses después y solo con una maniobra extralegal podría seguir conduciendo esa Federación.

   La legislación que norma las relaciones laborales y la vida sindical de los trabajadores del gobierno federal impide la reelección de los dirigentes. Para librar esa taxativa algunos líderes han empleado subterfugios tan evidentes como violatorios del espíritu de tales disposiciones.

   En varias ocasiones el dirigente de los trabajadores del Metro de la ciudad de México ha cambiado el nombre del sindicato para seguir al frente de él. Ayala Almeida no llegó tan lejos. Simplemente modificó el nombre del cargo sindical para no infringir la ley.

   Así, en vez de secretario general en marzo de 2001 se hizo elegir como “presidente del órgano superior de gobierno” de la Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado.

   Aquella decisión impidió que uno de los dirigentes del sindicato de los maestros, Bernardo Quesada, fuera electo como secretario general de la FSTSE. Desde entonces era manifiesto el disgusto del SNTE por la permanencia de Ayala Almeida en el manejo de la Federación.

   Aunque los Estatutos de la FSTSE indican que los cargos directivos son únicamente por tres años, en 2001 también se acordó que si el Congreso Nacional de la Federación “así lo estima conveniente” se “podrá acordar la ampliación del ejercicio de uno o más de los miembros del Comité Ejecutivo Nacional”.

   Esa es la prerrogativa a la que se acoge Ayala para mantenerse al frente de la FSTSE y contra la que se expresan los líderes del SNTE y otros 20 sindicatos.

 

Ausentes bases

   Los opositores a su permanencia como dirigente de la Federación no son más democráticos que Ayala Almeida. Tampoco son más ni menos priistas. La que se libra en la FSTSE es, igual que la que hay dentro del PRI, una disputa por posiciones de control político.

   Lo que no se sabe, porque no se manifiestan, es qué opinan los trabajadores del gobierno acerca de ese diferendo. Más allá del interés de sus líderes seguramente los empleados públicos, cuya representación es usufructuada de manera tan interesada, deben tener posiciones que quizá no coinciden con las de esos líderes.

   Lo mismo sucede con el PRI. La que hemos visto en los días recientes es una trifulca entre dos grupos de dirigentes. Aun no se conoce qué dicen, a todo eso, los militantes que ese partido tiene en todo el país.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Un comentario en “Cisma en la FSTSE

  1. Como es posible que el PRI Nacional haga alianza con el PANAL para ir juntos a la presidencial,
    sin tomar en cuenta todas las desavenencias que tiene con miembros del PRI desde tiempos atrás Manlio Fabio Beltrones y Joel Ayala Almeida, esta alianza solo la utiliza el PRI pensando que así tendrá la Mayoría en el congreso a que precio? exigiendo puestos? el PRI seguira igual no ha aprendido nada de estos 12 años pues lo mismo sucederá en el estado de Tabasco si lo hacen soy Priista desde hace 30 años

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