El coleccionista de Isla Negra

La Crónica, 21 de septiembre de 2003

Cuando el visitante llega a Isla Negra lo asalta un sentimiento de transgresión y estupor. En ningún otro sitio, salvo en las páginas de sus libros se advierten, a la vez, la desmesura y la ternura de Pablo Neruda. Aquella casa que quiso diseñar para que imitase la forma y los vericuetos de una embarcación era la residencia del poeta en la tierra. La pequeña mesa con mirada al mar que según la leyenda fue construida con el tablón que un día avistó acunado por las olas distantes, la barra del bar tras la cual solía apostarse para preparar cocteles cuando lo visitaban sus amigos, la sala cercada por los famosos mascarones de proa que reunió por todo el mundo y el dormitorio en donde las pequeñas dimensiones de la cama son tan sorprendentes como la modestia del vestuario que permanece allí, están expuestos a las miradas del visitante que ha recorrido los 135 kilómetros que hay entre Santiago de Chile y esta casa de Neruda.

 

Pasado mañana, la casona en Isla Negra será escenario de algunas de las conmemoraciones por el trigésimo aniversario de la muerte de Pablo Neruda. (Será el inicio de un largo homenaje porque el próximo año, el 12 de julio, se cumplirán 100 años del nacimiento del poeta). Enfermo desde tiempo atrás, Neruda empeoró cuando supo del golpe militar del 11 de septiembre y de la muerte de su amigo el presidente Salvador Allende. Nunca se recuperó de esa congoja. A fin de que recibiera atención médica lo llevaron a Santiago de Chile. Alcanzó a escribir las últimas páginas de sus memorias y falleció la noche del 23 de septiembre de 1973. Era domingo.

Escritorio de Neruda

Mariposas, caracolas

Ni Isla, ni Negra, a la casona ubicada en una playa de arena muy dorada frente al Pacífico Sur, Neruda la llamó así debido a las grandes y negrísimas piedras que la rodean. Ese espectáculo no es, sin embargo, lo más deslumbrante que allí puede apreciarse. Más que el estudio o los salones de su casa, incluso más emotivos que la tumba a un costado de la casa en donde el poeta reposa junto a su mujer Matilde Urrutia, son los infinitos estantes que guardan las colecciones favoritas de Neruda.

Allí se encuentran, por millares, las mariposas y los escarabajos que reunió en sus 69 años de vida. Algunos pequeñísimos, otros alcanzan tamaños insospechados. Adornadas las primeras con todos los tonos imaginables, oscuros y sólidos la mayoría de los coleópteros, unas y otros son testimonio de la meticulosa paciencia que podía tener, así como de la veneración por la naturaleza que definía a Neruda.

Los sitios de honor son para las caracolas. Conchas de las playas australes y de la Polinesia, de riberas mediterráneas, de litorales mexicanos (“Vagué por México, corrí por todas sus costas, sus altas costas acantiladas, incendiadas por un perpetuo relámpago fosfórico”)

abiertas al rumor oceánico de todos los tiempos y expresión de la vocación marítima del poeta, impresionan por su variedad y abundancia.

También están muchos de los barcos que surcan dentro de botellas y cuya meticulosa fabricación es prodigiosa. Y sobresalen, desde luego, los mascarones de proa, esas figuras de mujeres recuperadas de embarcaciones auténticas para que habitaran en esta casa. “Traje amadas estatuas de madera, mascarones de viejos barcos que en mi hogar encontraron asilo y descanso después de largos viajes”, escribió.

Cinco raíces preferidas

Dicen que también acumulaba juguetes de todas las latitudes y tamaños pero al parecer, por alguna razón, la Fundación que administra la casa de Neruda los retiró de la exhibición al público.

Neruda en Isla Negra

 

El poeta explicaba en sus memorias: “En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”.

Añade: “Son mis propios juguetes. Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo. Los describiré para los niños pequeños y los de todas las edades. Tengo un barco velero dentro de una botella. Para decir la verdad tengo más de uno. Es una verdadera flota. Tienen sus nombres escritos, sus palos, sus velas, sus proas y sus anclas. Algunos vienen de lejos, de otros mares minúsculos, Uno de los más bellos me lo mandaron de España, en pago de derechos de autor de un libro de mis Odas. En lo alto, en el palo mayor, está nuestra bandera con su solitaria y pequeña estrella”.

En Isla Negra están condensadas las pasiones de Neruda. No es difícil encontrar cumplidas las ambiciones que alguna vez (en Estravagario, 1958) calificó de esta manera:

“Y sólo quiero cinco cosas, cinco raíces preferidas. Una es el amor sin fin. Lo segundo es ver el otoño. No puedo ser sin que las hojas vuelen y vuelvan a la tierra. Lo tercero es el grave invierno, la lluvia que ame, la caricia del fuego en el frío silvestre. En cuarto lugar el verano redondo como una sandía. La quinta cosa son tus ojos”.

El bardo y el mar

Muchas de sus exuberantes líneas el poeta las dedicó al mar. Es imposible no recordar textos como este cuando uno tiene el privilegio de asomarse a la casona de Isla Negra:

“Durante grandes años compartí mi vida con el mar. No fui navegante, sino observador intransigente de las alternativas del océano. Me apasionaron las olas en sí mismas, me aterraron y me ensimismaron los voluntariosos maremotos y marejadas del océano chileno. Me hice experto en cetáceos, en caracolas, en mareas, en zoofitos, en medusas, en peces de toda la pecería marina. Admiré la tridacna gigante, ostión devorador, y recogí en California los spondylus, góticos y nevados, o la oreja de mar que tiene todo el arco iris en su concha de nácar. Largo tiempo viví junto al mar en Ceilán, y saqué con los pescadores los elementos marinos más extraños y fósforescentes. Por último, me vine a vivir en la costa de mi patria, frente a las grandes espumas de Isla Negra. Aquí los inviernos transcurren con un espacio poblado hasta el infinito por el férreo mar y por las nubes que lo cubren.

“El mar me pareció más limpio que la tierra. No vemos en él los crímenes diabólicos de las grandes ciudades, ni la preparación del genocidio. A la orilla del mar no llega el smog pustulario, ni se acumula la ceniza de los cigarrillos difuntos. El mundo se oxigena junto a la higiene azul de las olas”.

Porfiado coleccionista, las posesiones más preciadas de Neruda eran las que le permitían acercarse al mar sin abismarse en él. “Yo soy un amateur del mar –escribió alguna vez–. Desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra”.

En Isla Negra está el aliento y las querencias de Neruda. Junto a las vitrinas tendría que haber inscripciones como esta (de Maremoto, 1970): “La caracola espera el viento acostada en la luz del mar: quiere una voz de color negro que llene todas las distancias como el piano del poderío, como la bocina de Dios para los textos escolares: quiere que sople su silencio: hasta que el mar inmovilice su amarga insistencia de plomo”.

Funeral del poeta

Cuando Neruda murió, 12 días después del golpe, la dictadura militar había cometido centenares o millares de asesinatos. El saqueo de las viviendas de los más conocidos simpatizantes de la Unidad Popular era asunto de todos los días. El fallecimiento del poeta fue una confirmación de la catástrofe que asolaba a Chile y América Latina.

Unos días antes el embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, le había ofrecido a Neruda todas las facilidades para que se asilara e nuestro país. Al parecer el poeta rehusó ese apoyo pero su mujer seguía considerándolo como una posibilidad para que Neruda recuperase la salud. El viaje ya no fue posible.

La muerte de Neruda, sin que hicieran falta licencias literarias, es narrada por Isabel Allende en su novela La casa de los espíritus:

“El poeta agonizó en su casa junto al mar. Estaba enfermo y los acontecimientos de los últimos tiempos agotaron su deseo de seguir viviendo. La tropa allanó la casa, dieron vueltas sus colecciones de caracoles, sus conchas, sus mariposas, sus botellas y sus mascarones de proa rescatados de tantos mares, sus libros, sus cuadros, sus versos inconclusos, buscando armas subversivas y comunistas escondidas, hasta que su viejo corazón de bardo empezó a trastabillar. Lo llevaron a la capital. Murió cuatro días después y las últimas palabras del hombre que le cantó a la vida, fueron ¡los van a fusilar!, ¡los van a fusilar! Ninguno de sus amigos pudo acercarse a la hora de la muerte, porque estaban fuera de la ley, prófugos, exilados o muertos. Su casa azul del cerro estaba medio en ruinas, el piso quemado y los vidrios rotos, no se sabía si era obra de los militares, como decían los vecinos, o de los vecinos, como decían los militares. Allí lo velaron unos pocos que se atrevieron a llegar y periodistas de todas partes del mundo que acudieron a cubrir la noticia de su entierro”.

El funeral de Neruda fue una de las primeras demostraciones contra la dictadura. Isabel Allende escribió:

“La gente iba en silencio. De pronto, alguien gritó roncamente el nombre del Poeta y una sola voz de todas las gargantas respondió ¡Presente! ¡Ahora y siempre! Fue como si hubieran abierto una válvula y todo el dolor, el miedo y la rabia de esos días saliera de los pechos y rodara por la calle y subiera en un clamor terrible hasta los negros nubarrones del cielo. Otro gritó ¡Compañero Presidente! Y contestaron todos en un solo lamento, llanto de hombre: ¡Presente! Poco a poco el funeral del Poeta se convirtió en el acto simbólico de enterrar la libertad”.

La Televisión Nacional de Chile tiene en su sitio de Internet un video sin editar que registra el funeral de Neruda. Se encuentra en: http://www.tvn.cl/noticias/especiales/99066/

En voz alta

Hace tres décadas recitar a Neruda en público era una transgresión al régimen impuesto por los golpistas. Hoy, decir en voz alta los versos del poeta se ha convertido en gozosa reivindicación. Este martes 23 de septiembre, durante todo el día, docenas de escritores chilenos y el público que asista a esa demostración se colocarán en diversos sitios de la casa que Neruda tenía en Santiago, llamada La Chascona, para recitar fragmentos de ese poeta. Sin duda este Testamento (en Canto General, 1950) estará entre los versos que se dirán allí:

Dejo a los sindicatos
del cobre, del carbón y del salitre
mi casa junto al mar de Isla Negra.
Quiero que allí reposen los maltratados hijos
de mi patria, saqueada por hachas y traidores,
desbaratada en su sagrada sangre,
consumida en volcánicos harapos.

Quiero que al limpio amor que recorriera
mi dominio, descansen los cansados,
se sienten a mi mesa los oscuros,
duerman sobre mi cama los heridos.

Juez y partidario

Poeta del amor y la esperanza Neruda estaba en contra del culto a quienes, como él, hacían poesía. En su conocido discurso en 1971 cuando recibió el Premio Nóbel de Literatura dijo:

“El poeta no es un ‘pequeño dios’. No, no es un ‘pequeño dios’. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera”.

Más allá del populismo y la demagogia pero lindando riesgosamente con ellos, esa posición suscitaba recelos y dudas que se extendían a la obra literaria de Neruda. Su expresa decisión para hacer una escritura comprometida con luchas políticas podía llevar a suponer que la calidad estilística quedaba subordinada a la causa ideológica.

Neruda, que distaba de ser infalible, tuvo errores y excesos que se encuentran entre sus textos más prescindible –por ejemplo aquella pavorosa y apologética oda a José Stalin–. Sería abusivo juzgarlo por esos traspiés, de la misma manera que resultaría equívoco no recordarlos. Uno de quienes más lamentó el dogmatismo político que llegaba a mostrar el poeta chileno fue Octavio Paz. Desde muy joven el escritor mexicano identificó a Neruda entre sus autores fundamentales: “Juez y partidario, para siempre, es el poeta. Ayer testigo y víctima, para siempre también. Cuando quiso dar su testimonio encendido del amor, fue el amor, el amor desesperado. Cuando quiso penetrar la madera, fue la madera. Conciencia del mundo, es el mundo. Su juez, ahora, sus palabras son las de la justicia divina”. Eso escribió en 1938 el deslumbrado joven Octavio Paz, a los 24 años, acerca del compromiso literario y político de Neruda con la República Española.

Décadas más tarde la pluma de Paz no era menos encendida para referirse a su admirado pero también discutido poeta chileno, a quien ubicaba entre los notables autores que habían sido fascinados por el socialismo real: “Casi todos los escritores de Occidente y América Latina, en un momento u otro de nuestras vidas, a veces por un impulso generoso aunque ignorante, otras por debilidad frente a la presión del medio intelectual y otras simplemente por ‘estar a la moda’, hemos sufrido la seducción del leninismo. Cuando pienso en Aragon, Éluard, Neruda, Alberti y otros famosos poetas y escritores estalinistas, siento el calosfrío que me da la lectura de ciertos pasajes del Infierno. Empezaron de buena fe, sin duda. ¿Cómo cerrar los ojos ante los horrores del capitalismo y ante los desastres del imperialismo en Asia y África y nuestra América? Experimentaron un impulso generoso de indignación ante el mal y de solidaridad con las víctimas. Pero insensiblemente, de compromiso en compromiso, se vieron envueltos en una malla de mentiras” (en Plural, marzo de 1974).

Avasalladora obra

Aun en su momento de mayor renombre mundial, a Pablo Neruda se le discutía y no solo por sus convicciones sino por la desigualdad de una obra literaria de apabullantes dimensiones. La Real Academia Sueca, al tanto de esos recelos, formuló un dictamen esmerado pero también crítico cuando le otorgó el Nóbel de Literatura. Allí se decía:

“El motivo por el cual la inventiva de la poesía nerudiana se ha pegado a nuestros oídos se debe a que su masa es avasalladora. Así es que nos podemos preguntar si es que existe cosa igual en la historia de la poesía. A los trece años de edad publicó su primer poema, a los veinte ya era un conocido poeta. A los cuarenta y cinco años, y después de una continua producción, sólo había escrito una pequeña parte de su colección, que alcanzaba en 1962 a dos mil páginas; dos años más tarde, cuando cumplió sesenta años publica cinco nuevos volúmenes de poemas bajo el título de Memorial de Isla Negra. Posteriormente, muchas nuevas obras han visto la luz, entre ellas obras maestras, como La barcarola, y aún ante tal oleaje de poesía, una corta presentación sería suficiente. Que en este mundo sin fin tratemos de presentar un poema o una colección sería ridículo, esto sería como tratar de achicar una embarcación de cincuenta mil toneladas con una cucharita. No podemos sintetizar la obra de Pablo Neruda, esto no lo ha logrado ni él mismo”.

Añadía el jurado que le dio el Nóbel: “Que toda esta gigantesca producción literaria se encontrara en un mismo nivel sería sencillamente inconcebible. Quien desea encontrar el flanco débil en la poesía nerudiana no necesita buscarlo mucho tiempo. Quien desea encontrar el flanco fuerte no necesita buscarlo en absoluto. Desde su primer triunfo literario y hasta su última obra, casi podernos decir que lo encontramos en una riqueza inagotable”.

¿Qué decir ante ese juicio? A Neruda, más que glosarlo hay que recitarlo. En voz alta como a él, con tan monótona dicción, le gustaba decir sus poemas. Podríamos recordar el rotundo comienzo de “Testamento de Otoño” (Estravagario, 1958) en donde el poeta se ofrece a su mujer:

Matilde Urrutia, aquí te dejo 
lo que tuve y lo que no tuve, 
lo que soy y lo que no soy. 
Mi amor es un niño que llora, 
no quiere salir de tus brazos, 
yo te lo dejo para siempre:
eres para mí la más bella.
 
Eres para mí la más bella, 
la más tatuada por el viento, 
como un arbolito del sur, 
como un avellano en agosto, 
eres para mí suculenta 
como una panadería, 
es de tierra tu corazón 
pero tus manos son celestes.
 
O podrá recitarse aquella bella explicación sobre la manera 
como irrumpió la poesía en su existencia (en Memorial de Isla Negra, 1964):

Y fue a esa edad… Llegó la poesía
a buscarme. No sé, no sé de dónde
salió, de invierno o río.
No sé cómo ni cuándo,
no, no eran voces, no eran
palabras, ni silencio,
pero desde una calle me llamaba,
desde las ramas de la noche,
de pronto entre los otros,
entre fuegos violentos
o regresando solo,
allí estaba sin rostro
y me tocaba (…)

Y yo, mínimo ser,
ebrio del gran vacío
constelado,
a semejanza, a imagen
del misterio,
me sentí parte pura
del abismo,
rodé con las estrellas,
mi corazón se desató en el viento.

María Celeste

Neruda con una de sus amigas

 

 

Cuando el visitante recorre la casa de Isla Negra repara en una de las mascaronas de Neruda. Se trata de la más pequeña de ellas y está colocada sobre la sala, pendiendo de un barandal del primer piso. Había sido parte de un barco francés y el poeta la llamó María Celeste. “Muchas veces Salvador Allende me (la) ha tratado de arrebatar”, escribió. El mismo Neruda aseguraba –y eso confirman los guías que conducen al visitante por la casa– que todos los años, en invierno, que en el hemisferio sur es de junio a septiembre, los ojos de María Celeste comienzan a llorar. No es descabellado suponer que el martes próximo, 30 años después de la partida del poeta, el hermoso rostro de madera oscura de María Celeste dejará deslizar algunas lágrimas.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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3 comentarios en “El coleccionista de Isla Negra

  1. Los felicito por este espacio grato y bello y me encantò el Haiku dedicado a Neruda por Carlos Martian. Saludos y los quiero Veronica.

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