El credo de Arturo Warman

La Crónica, 26 de octubre de 2003

Dueño de una inteligencia ordenada y perspicaz, sereno siempre, bondadoso, Arturo Warman diseccionó las complejidades del campo, conoció y documentó las profundidades del México indígena, diagnóstico y deploró las desigualdades que escinden a nuestro país, alentó instituciones académicas, contribuyó en momentos definitorios de la historia reciente de la Universidad, escribió libros fundamentales, participó en aventuras periodísticas y empresas culturales, fue amigo de invariable generosidad. Fue un hombre de ideas, seguro de ellas porque las templaba en el estudio y la reflexión constantes pero al mismo tiempo dispuesto siempre al intercambio y la comparación de puntos de vista.

Warman no regateó sus ideas a la academia, ni a los movimientos sociales, ni a la administración pública. En todos esos ámbitos se imponía la autoridad de su argumentación reposada y sólida. La inclinación al diálogo le franqueaba el respeto de sus interlocutores pero luego prosperaba la seriedad de sus razonamientos. Quienes lo conocieron en diversos ámbitos coinciden al reconocer la sencillez, respaldada en su consistencia intelectual y jamás reñida con el buen humor. En reuniones campesinas y seminarios universitarios, lo mismo que en sesiones del gabinete presidencial, Warman desplegaba la misma calidez y autoridad.

 

El campo, los indios, el maíz

Warman dirigió el Instituto Nacional Indigenista, fue Procurador Agrario, secretario de Agricultura y luego de la Reforma Agraria, coordinó el gabinete social. En el trabajo académico, fue destacado miembro del Instituto de Investigaciones Sociales y desde el año pasado coordinaba el Consejo Académico de Ciencias Sociales en la UNAM. Sus premios y distinciones fueron numerosos. Sus contribuciones periodísticas y artículos en revistas eran siempre orientadores. Sus libros son referencia insustituible para entender los asuntos agrarios en México, desde La danza de moros y cristianos (1972), Y venimos a contradecir. Los campesinos de Morelos y el estado nacional (1976) y Los campesinos, hijos predilectos del régimen (1980) hasta, más recientemente, La historia de un bastardo: maíz y capitalismo (1988) y El campo mexicano en el siglo XX (2001).

Warman falleció el martes pasado, 21 de octubre, a los 66 años. Pocos días antes alcanzó a ver publicado su último libro, Los indios mexicanos en el umbral del milenio editado por el Fondo de Cultura Económica, 2003.

Ese libro postrero condensa la brillantez, la escrupulosidad y, desde luego, las preocupaciones políticas y sociales de Warman. También representa un balance de sus propias posiciones cuando, siendo funcionario público, estalló la rebelión del EZLN en Chiapas.

Warman fue muy crítico de ese movimiento. El aventurerismo del neozapatismo le parecía riesgoso. “No es un movimiento indígena, es un proyecto político-militar implantado entre los indios pero sin representarlos” escribió el 16 de enero de 1994 en La Jornada. Durante la década que transcurrió entre aquella reflexión inicial y el libro póstumo que acaba de aparecer Arturo Warman perseveró en el diagnóstico del México indígena, cuyas mitificaciones discutió intensamente con su entrañable amigo Guillermo Bonfil, fallecido en 1991.

Los indios mexicanos en el umbral del milenio no es una obra acerca de los grupos identificados con el EZLN. Pero no se entendería sin el bullicio político que suscitó el alzamiento de hace casi 10 años. Desde el gobierno y luego en la academia, Warman vio con enorme preocupación la sustitución del debate por la feria de prejuicios que etiquetaron posiciones y actores alrededor de ese movimiento.

Acerca de episodios como la deliberación que conduciría a las reformas constitucionales sobre ese tema Warman, en las últimas páginas de esa obra, hace el siguiente diagnóstico: “El debate sobre la cuestión indígena se limitó a la confrontación de grandes abstracciones teóricas y excluyó las demandas cotidianas, a las acciones posibles. Las declaraciones retóricas, con frecuencia ampulosas y pedantes, arrinconaron a los reclamos concretos en un plano de inferioridad carente de aliento e intención política. El sentir de la gente común, a la que también se llama pueblo en otra de las acepciones del término, está ausente del debate. Éste fue capturado por las élites, las vanguardias, por los ilustrados que en gran medida gestionan sus propios intereses. El debate se volvió deductivo: primero la afiliación ideológica o emotiva para descender de ella a la realidad y sus problemas. La disputa por las abstracciones oscureció la materia del debate, la subordinó a los propósitos inmediatos de los voceros, de los intermediarios”.

 

Racismo y prejuicios

El libro de Warman describe qué son, más allá de mitos y manipulaciones, los indios mexicanos. Comienza, con rigor, por preguntarse por el concepto de indígena y explora raíces y expresiones del racismo (“es un ingrediente oculto y elusivo que todavía envuelve la relación con los indígenas y otros grupos de nuestro país”).

Al estudiar a los indios Warman describe a la sociedad mexicana de la que –aun excluidos y marginados– forman parte. Su retrato de la imagen que se mantiene de ellos es puntual y agudo:

“Por racismo me refiero al conjunto de prejuicios que percibe diferencias físicas en los indígenas y las relaciona con capacidades disminuidas o diferentes con un origen hereditario. Aunque el signo diagnóstico más común de la diferencia es el color de la piel, también se asocia con pelo negro y lacio, poca barba o vello corporal, baja estatura, magnífica dentadura y otros que se agregan localmente, como la forma de la cabeza o de la nariz. Esos supuestos caracteres físicos se interpretan a veces como causa de fealdad. A esos rasgos externos se asocia el carácter retraído, desconfiado, la pereza o el mínimo esfuerzo, la falta de iniciativa y la mentira, el gusto por el trago en los varones, que se combinan con poca inteligencia y reacciones vengativas o violentas. No son datos, son prejuicios, percepciones sociales inventadas pero creídas. En la población mexicana actual los supuestos rasgos físicos indígenas están extendidos, por lo que el prejuicio racial se combina con otros de tipo cultural, religioso y de contexto para poder operar la sutil distinción entre quienes comparten el color de la piel”.

Otros capítulos del volumen, que apenas comienza a circular en estos días, están dedicados a revisar en dónde está y de qué dimensiones es la población indígena, a las lenguas, los asentamientos y las autoridades y el gobierno indígenas.

Antagonista de los prejuicios con que se suele discriminar a los indios, Warman también combate los lugares comunes que han proliferado acerca de la organización tradicional de algunos pueblos indígenas. La traslación de usos y costumbres en la designación de gobernantes no ha sido garantía de igualdad ni democrática, como a veces se pretende. Al estudiar la elección de ayuntamientos en Oaxaca por el método de usos y costumbres en más de 400 municipios de Oaxaca el autor del libro encuentra: “Cacicazgos, representaciones tradicionales y nuevas formas de hacer política se cobijan bajo el manto de los usos y costumbres. Apenas tres mujeres han sido electas como presidentas municipales por este método. No puede afirmarse que haya avance democrático. Ningún otro estado de la República, en los que los municipios indígenas son minoritarios, siguió el ejemplo de Oaxaca”.

La fuerza de las instituciones religiosas y los cambios que están ocurriendo en ese terreno ocupan otro capítulo de Los indios mexicanos. Otro, se dedica al intercambio de trabajo y valores desde el tributo impuesto con la Conquista hasta la migración a Estados Unidos y el surgimiento de nuevos intermediarios en el universo indígena. Las instituciones de reciprocidad –la familia, el convite, el compadrazgo– son tema de un apartado más, en donde se recrean las relaciones dentro de los núcleos de origen indígena. El décimo capítulo, titulado Resistencia y rebelión, explora en la historia mexicana distintos episodios de respuesta indígena a las condiciones de sometimiento y desigualdad que han padecido esos mexicanos.

Un capítulo final, acerca de las distorsiones y el arrinconamiento nacional que ha padecido el debate sobre los indios, muestra a un Warman enjundioso y preocupado a la vez que, después de todo, optimista. El hecho de que se discuta, así sea con la tortuosidad con que temas como la cuestión de los indios han formado parte de la agenda mexicana, le dio a ese investigador esperanza suficiente para considerar que las ideas avanzan aunque sea con enorme lentitud. Gracias a esa convicción escribió un libro tan espléndido como este. Los indios mexicanos constituye el primer gran clásico de nuestras ciencias sociales en el nuevo siglo.

 

Ni reducción ni simplificación

Además de su percepción enterada y autorizada de la situación de los indios, en su libro póstumo Arturo Warman nos deja un compendio de sus convicciones intelectuales y políticas.

La Introducción de esa obra explica así la necesidad de entender a los indios como parte de la sociedad mexicana: “La preocupación por la cuestión indígena parece desgastada pero no resuelta. Por eso el debate sigue abierto. Apenas superamos una etapa, llena de estridencia y apasionamiento, pero seguimos lejos de la meta: abrir el camino para que la diversidad de los indios mexicanos se exprese con libertad y se atienda con justicia, para que ejerza a plenitud sus legítimos derechos en una sociedad respetuosa y tolerante, libre de prejuicios y discriminación. El tema no está en las concesiones que debemos hacer en beneficio de los indios sino en la transformación de la sociedad para una mejor y civilizada convivencia entre sus diversos componentes, cada uno portador de diferencias originales y aspiraciones comunes”.

Antes, Warman define varias coordenadas de su trabajo. “La pluralidad no admite reducción ni simplificación. Los indígenas mexicanos no son una corporación sino un archipiélago lingüístico y cultural”.

Luego: “La debilidad y a veces el sesgo de las instituciones públicas agregan exclusión y trato desigual. El prejuicio y maltrato derivado se suman a los agravios de injusticia hasta elevar una muralla discriminatoria. La desigualdad traza una de las fronteras que segregan a los indios mexicanos”.

Y más adelante: “La diversidad cultural nos enriquece no sólo como experiencia; también como aspiración que reclama respeto, tolerancia y aprendizaje permanente, ejes de la experiencia democrática. La pluralidad nos proporciona recursos y alternativas para enfrentar restricciones o carencias, abre múltiples rutas para explorar y recorrer. En cambio, la desigualdad divide, confronta, produce desconfianza y resentimientos, agravios que dejan profundas cicatrices”.

 

Rigor, respeto, franqueza

En esas páginas iniciales Warman asume uno de los mayores compromisos que un autor pueda ofrecer a sus lectores. Devela con toda honestidad las creencias que orientan a su obra. Sostiene: “Creo en el derecho universal a la diferencia, rechazo el costo de injusticia con que se asocia su ejercicio”.

Un poco después ofrece esta definición que él escribió para justificar su libro pero que bien podríamos asumir como descripción del propio Warman:

“Creo que al pasado le debemos realidades actuales y su explicación, conocimientos y lecciones insustituibles, pero no continuidad. Procuro rigor y aspiro a la objetividad con conciencia que es una meta remota, perseguible pero inalcanzable. Confío en la pluralidad, en el intercambio respetuoso de razones e informaciones para alcanzar conocimiento y comprensión más certeros y profundos. Creo que hay una correlación positiva entre el conocimiento y las mejores decisiones en todos los campos, sobre todo en la política, en la que la ignorancia se resuelve como intolerancia y brutalidad. Con esas intenciones y confianzas me atreví a escribir este libro”.

Continúa Warman en ese despliegue de franqueza y genialidad: “Mis argumentos no son neutrales ni acaso imparciales; mi experiencia y convicciones los sustentan y tal vez contaminan. Con toda arrogancia creo que estoy en lo correcto; mal haría en escribir este libro si no fuera así. Pero al mismo tiempo estoy convencido de que la historia y sus leyes, las deidades o el azar, no me escogieron para ser su representante o portavoz. Nunca me han hablado al oído para confiarme sus secretos o designios. Rechazo el fundamentalismo: la posesión de la verdad absoluta, revelada, así como su aplicación deductiva. Soy uno más entre los trabajadores del conocimiento y como todos ellos confío en que mi versión es la adecuada, pero acepto que se trata de una aproximación provisional, incompleta o fragmentaria, insuficiente en el mejor de los casos o equivocada en el peor. Son los gajes del oficio”.

 

Gran conversador

Ayer en La Jornada, Gustavo Gordillo escribe en recuerdo de Arturo Warman: “Es el gran conversador que rescata hasta niveles sublimes esta noble tarea humana. Porque para conversar se necesita escuchar. Y para escuchar se necesita confianza en los demás y en el futuro. Y digo para mí: he aquí alguien que gozó a plenitud la vida”.

Coincidí con Arturo Warman en reuniones académicas y políticas. Lo conocí en la discusión universitaria a mediados de los setenta y luego en los encuentros de los que resultaría el libro México Hoy hacia 1978. Estuvimos en la creación de La Jornada y en reuniones del consejo editorial de Nexos. Viajamos en alguna gira presidencial y le oí disertar en numerosos seminarios. Más de una ocasión me beneficié de invitaciones a su casa en Tlalpan (alguna vez alrededor de una monumental botella de elegantísimo whisky) y en los años más recientes a menudo tenía la fortuna de encontrarlo en nuestro Instituto de Investigaciones Sociales cuando íbamos en busca de café. La última vez lo vi en una reunión para conversar sobre la Selva Lacandona. Nunca le escuché un exabrupto. Jamás vi que dejara de tener la cordialidad proverbial que ahora extrañamos. Jamás dejé de encontrar en su charla una precisión, una anécdota o una imagen inteligentes. Ahora que leía su último libro me parecía escuchar su voz pausada –didáctica y generosa–. Estas líneas van con un abrazo para Tere Rojas, la esposa de Arturo.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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