El voto de la frustración

La Crónica, 12 de julio de 2003

No podremos decir que no nos lo advirtieron. La confusión de los ciudadanos, propiciada por candidaturas sin rumbo claro, partidos desprestigiados y una avalancha de propaganda destinada a abrumar pero no a convencer, se veía llegar desde hace tiempo.

   El entusiasmo social desatado por las elecciones de 2000 tuvo una vigencia muy corta. Partidos y gobernantes dilapidaron tres años sin obtener, de aquellos comicios, las lecciones y la madurez que les permitiera orientar y no solamente usufructuar a la sociedad mexicana.

   Exhaustos prácticamente los mecanismos tradicionales para nutrirse de consensos, partidos y dirigentes no pensaron mas que en la capacidad propagadora de los medios para relacionarse con los votantes. En vez de inducirlos a participar, terminaron por ahuyentar de las urnas a seis de cada 10 posibles electores.

   Luego de los comicios de hace una semana, todo parece indicar que partidos y dirigentes tampoco sabrán tener una lectura capaz de permitirles no solo recuperar la presencia que han perdido sino, fundamentalmente, fortalecer al sistema político del que son integrantes centrales.

   No hay indicios de que ninguna de las dirigencias partidarias esté pensando en algo más que en las siguientes elecciones federales. Pugnas y reproches, e incluso posibles alianzas, parecen estar definidos exclusivamente por la competencia de ambiciones rumbo al próximo cambio de gobierno. Todos piensan en 2006. Pero pocos reparan que el camino hacia esa fecha pasa por lo que suceda en el país –y por la percepción que los ciudadanos tengan de los acontecimientos públicos– en el año que ahora transcurre y en 2004, y en 2005…

 

PRI: 32% votos menos

   El PRI sostiene una interpretación exageradamente triunfalista de los recientes resultados. Sin duda hay motivos para que líderes y militantes de ese partido estén de plácemes. Tendrá 224 sitios en la Cámara de Diputados y posiblemente más gubernaturas que las que los priistas esperaban. Su votación total fue de 9 millones 334 mil 805 sufragios, según información publicada ayer por El Universal y que esta noche la autoridad electoral tendría que confirmar o precisar. (Lamentablemente el IFE no es tan eficaz para dar a conocer los resultados como en su tarea para organizar las elecciones y asegurar su transparencia. Los datos del Programa de Resultados Electorales Preliminares desaparecieron del sitio web de esa institución y bajo el rubro “resultados electorales” en la página de inicio del IFE aparecen las cifras de las elecciones ¡de hace tres años!).

   Según esa información la votación total fue, el domingo pasado, de 26 millones 968 mil 371 sufragios. Eso significa que el PRI obtuvo el 34.61% de todos los votos emitidos.

   Indudablemente en esta elección el Revolucionario Institucional tuvo más votos que otros partidos. Pero en comparación con su propia votación en la elección para diputados de hace tres años, cuando recibió el 36.92%, bajó 2.3 puntos porcentuales.

   La cantidad de ciudadanos que fue a votar disminuyó 27.44% en comparación con los votos de hace tres años en la elección de diputados (la votación para presidente fue mayor pero a fin de utilizar datos más equiparables empleamos los datos de la elección para diputados federales de mayoría relativa).

   En contraste con esa cifra la votación del PRI, comparando sus números absolutos de 2000 y ahora, cayó un 31.97%.

   Es decir, los sufragios por ese partido disminuyeron 4.5 puntos más que la participación de los ciudadanos.

 

PRD 31.6% menos, PAN 41.6%

   Al PAN le fue peor. Ese partido, según se ha publicado, recibió 8 millones 303 mil 417 sufragios. Eso implica que tuvo el 30.78% de la votación total.

   En 2000 el PAN –aliado con el Partido Verde– ganó el 38.24% de los sufragios para diputados federales.

   Los votos panistas sumaron 14 millones 212 mil hace tres años. El domingo pasado fueron un 41.6% menos.

   El Partido de la Revolución Democrática obtuvo ahora una votación de 4 millones 747 mil 376. Se trata del 17.6% respecto de la votación nacional.

   Hace tres años el PRD alcanzó en la elección de diputados, junto con los partidos que llevó como aliados, 692 mil 800 votos. Se trataba del 18.68% de la votación.

   Medida con ese parámetro, la votación perredista cayó algo más de un punto porcentual.

   Pero si comparamos la cantidad de votos de hace tres años con los que recibió ahora, la pérdida del PRD es del 31.62%.

   La caída en el número total de votos de los tres partidos más importantes del país no es solamente reflejo de la abstención. La pérdida neta de votos ha sido, en los tres casos, mayor a la concurrencia de los ciudadanos a las urnas.

   En suma, el domingo pasado asistió a votar un 27.44% de ciudadanos menos que hace tres años.

   Pero la votación del PRI y la del PRD cayó casi un 32%. Y la del PAN, más de 41%.

 

Democracias delegativas

   No diremos que no nos lo advirtieron. En febrero pasado el politólogo español Ludolfo Paramio envió a un seminario organizado por el IFE una brillante ponencia acerca de las causas de la frustración de los electores en América Latina.

   A diferencia de otras regiones del mundo, explica ese autor, parecería que en nuestros países los ciudadanos se encuentran con que no solo han fallado los gobernantes sino, junto con ellos, el modelo de política económica. Como ningún partido ofrece alternativa a ese modelo la gente vota, entonces, orientada por promesas coyunturales o simplemente por la gana de castigar, retirándole la confianza, a los gobernantes cuyo desempeño no ha tenido la eficacia que habían prometido.

   Esos electores, que no deciden por convicción sino por frustración, podrán mudar de preferencia a la siguiente elección. Se trata de una ciudadanía al garete de la coyuntura y sin horizontes de futuro suficientemente claros –igual que los partidos–.

   Paramio aprovecha, en su análisis, el término democracias delegativas que el especialista argentino Guillermo O´Donell acuñó hace una década para describir a regímenes políticos en América Latina, o en Europa del Este, que han resultado de procesos electorales democráticos pero que no cuentan con una institucionalidad sólida para resolver las crisis económicas o políticas que se desarrollan a su alrededor. Son una suerte de democracias imperfectas, en países con tradición autoritaria, con Ejecutivo fuerte, parlamento débil y sociedad insuficientemente organizada.

 

Difícil, el voto racional

   En un vistazo a los años recientes en la política de esta región, Paramio apunta:

   “Podemos plantearnos sin embargo una hipótesis alternativa para entender la situación y la evolución previsible de la democracia en América Latina, una hipótesis que se relacionaría más con la trayectoria de la región en los últimos veinte años que con su trayectoria anterior. En primer lugar, la crisis de la deuda habría hecho surgir en la región una fuerte demanda de orden, de restablecimiento de la previsibilidad, especialmente en aquellos países en los que la crisis se había traducido en una grave inestabilidad monetaria —los casos ejemplares de democracia delegativa se han dado en países con hiperinflación— o un alto crecimiento del desempleo. En una situación de alta incertidumbre, lo primero que los electores reclaman a los gobernantes es la definición de unas reglas de juego estables, que les permitan planear su futuro.

   “Después, la tendencia a la personalización de la política —inevitable a causa del auge de los medios audiovisuales—, en el contexto de instituciones presidencialistas, habría traducido esa demanda de orden en un apoyo delegativo a los presidentes elegidos en esas circunstancias de grave crisis, en los que se deposita una fe incondicionada (muy poco racional) para superarla, aunque sea al precio de reformas profundas y de alto costo inmediato o de un tratamiento muy discutible de las propias instituciones democráticas. Aceptar este planteamiento no implica que la tradición clientelar o populista de América Latina no tenga peso, tanto a la hora de explicar la delegación en las figuras carismáticas (caudillistas) de los presidentes, como a la de dar cuenta de la exclusiva valoración de la democracia por los resultados. Pero la raíz del problema estaría en la excepcionalidad de la situación creada por la crisis de la deuda, que no permite a los electores decidir su voto en términos racionales, desde el momento en que las consecuencias de las propuestas políticas han dejado de ser predecibles”.

 

Candidatos sin programa

   Las crisis propulsadas por la deuda externa, además de drásticas vicisitudes económicas implicaron “el final de las reglas de juego sobre las que habían descansado las sociedades y las economías de la región”. El mercado se impuso a cualquier otro paradigma. Esa nueva condición de nuestros países y del mundo tendría que haber sido entendida por instituciones y ciudadanos pero no siempre ocurrió así.

   Explica Paramio: “Lo que cuenta es que los actores sociales, económicos y políticos se vieron obligados a tratar de modificar sus estrategias para adaptarse a un nuevo contexto. Puede por tanto que los electores tradicionales se sintieran desconcertados ante los cambios en el funcionamiento del intercambio clientelar, pero tampoco los electores modernos podían prever ya los efectos de su voto a los distintos candidatos, prever las consecuencias de las propuestas de cada uno de ellos. No es extraño que, en esa situación, la victoria electoral pudiera corresponder a los candidatos que no presentaban un programa concreto, sino propuestas contradictorias o más bien demagógicas con las que sólo pretendían ganar la confianza de los electores. Pues éstos no buscaban tanto promesas creíbles como señales de proximidad y confianza por parte de los candidatos”.

   Candidatos vistosos con programas huecos: esa realidad forma parte de la política en América Latina y el resto del mundo. En México los partidos han apostado a las frases más que a los compromisos. Del desconcierto, no pocos electores transitarán al disgusto ya sea absteniéndose de ir a las urnas o, delante de ellas, marcando su boleta para castigar y no para respaldar a alguna de las opciones que se les muestran.

   Añade el politólogo español: “Ahora bien: lo que estamos viviendo desde el nuevo estancamiento de 2001 es una etapa de imprevisibilidad. Los electores que llegaron a confiar en que las reformas estructurales, a un alto precio, habrían el camino a un desarrollo sostenido y estable, sienten ahora que esas promesas no se han cumplido y no se van a cumplir. Esto es lo que podemos definir como un sentimiento de frustración, y el argumento central que se pretende desarrollar aquí es que esa frustración —patente ya en Venezuela en 1998, y latente en México desde 1995, aunque la alternancia de 2000 haya pospuesto sus efectos— puede hacer crecientemente imprevisibles tanto los procesos democráticos de selección de gobernantes como el propio mantenimiento de la gobernación democrática, y que en este sentido es un factor de crisis de la democracia”.

 

Imprevisibilidad, perplejidad

   Esa era la advertencia que Paramio envió hace cinco meses al seminario del IFE. El cambio de gobierno en 2000 pospuso, pero no canceló en nuestro país las manifestaciones de esa frustración ciudadana. La imprevisibilidad que en muchas ocasiones es consustancial a la democracia, en nuestro caso se ha vuelto perplejidad de los ciudadanos y sus instituciones.

   ¿A partir de qué consideraciones votan los ciudadanos sometidos a esa imprevisibilidad? Habitualmente se considera que el sufragio está enlazado con la economía. Si les va bien, se suele decir, los votantes premiarán al gobierno bajo el cual mejoren sus condiciones de vida. De lo contrario castigarán con el sufragio. Sin embargo Paramio considera que esa posibilidad existe cuando el ciudadano encuentra que, delante de la postura en el gobierno, algún partido le ofrece una alternativa.

   En circunstancias como la que experimentan México y cada vez más naciones, las opciones en materia de economía se encuentran clausuradas por las circunstancias globales y domésticas. El margen de maniobra es tan estrecho que, salvo detalles, todos los partidos ofrecen lo mismo en materia de economía. “Para poder hablar de voto económico –agrega ese autor– es necesario además que los ciudadanos tengan el sentimiento de que las reglas de juego de la economía no están en cuestión, y de que sólo se trata de elegir estrategias de juego y un equipo capaz de aplicarlas con competencia. Si se decide castigar al gobierno es para que se forme otro que aplique una estrategia distinta, y lo haga de forma competente”.

   Pero elegir un rumbo auténticamente distinto parece imposible en un contexto como el que tenemos ahora. El Estado se encuentra limitado por el nuevo paradigma de desarrollo económico. Y el mercado ha sido claramente insuficiente para resolver los requerimientos más urgentes de la sociedad. Los electores perciben que no hay salidas, por ahora al menos, a ese entrampamiento. Y todo ello no hace mas que aumentar su disgusto no solo con los dirigentes políticos que no proponen nada sustancialmente distinto sino, junto con ellos, ante las instituciones en las que se respaldan.

   En algunos países de América Latina esa peculiar situación, en donde no hay mas modelo que la economía de mercado pero en donde –incluso para atemperar al mercado mismo– el Estado sigue resultando indispensable, ocasiona situaciones harto heterodoxas.

   La propuesta neoliberal no es cuestionada, en el fondo, ni siquiera por gobiernos estridentes como el de Hugo Chávez que, en Venezuela, habla de medidas de viejo corte clientelar pero sin romper con las propuestas del llamado Consenso de Washington. (Así es como fueron denominadas las posiciones de los principales organismos internacionales que desde la perspectiva estadounidense propusieron a comienzos de los años 90 una política de liberalización para las economías latinoamericanas).

 

Apatía y agresividad

   Esa es la situación que a Paramio le llama la atención cuando dice: “Conviene insistir en que, si bien el discurso neoliberal ha dejado de ser aceptable, ni han surgido propuestas de regreso al pasado —al Estado intervencionista de la industrialización sustitutiva— ni existen propuestas radicalmente alternativas a la ortodoxia neoliberal: en este

sentido es muy notable observar como la retórica populista del presidente Chávez no ha ido acompañada en ningún momento por la definición de un marco alternativo de política económica. Simplemente ha dejado de ser creíble el marco definido en el Consenso de Washington, y cuando las demandas sociales resurgen, reclamando una respuesta inmediata, los gobernantes deben tratar de darla sin contar con un marco definido de formulación de políticas. La muy extendida creencia de que los gobernantes no saben satisfacer las demandas sociales, o de que no son capaces de enfrentar las presiones de los grandes intereses externos e internos que se oponen a los intereses de la mayoría, es precisamente la raíz de lo que se puede definir como frustración de los electores en América Latina”.

   El ensayo que estamos citando, titulado “Frustración de los electores y crisis de la democracia”, forma parte del trabajo de la Unidad de Políticas Comparadas que Paramio encabeza en el Centro Superior de Investigaciones Científicas en Madrid. Allí se añade: “La frustración implicaría una actitud de apatía y agresividad ante la necesidad impuesta de elegir entre opciones que no implican diferencias reales en términos de resultados, o cuyos resultados son imprevisibles. La renuencia a elegir sería la actitud racional cuando de la elección no cabe esperar los resultados deseados: así se minimizan los costes y los riesgos (ataraxia). Si independientemente de su programa o su discurso los gobernantes al final adoptan el mismo tipo de política y son incapaces de satisfacer las demandas sociales, la ilusión de elegir entre distintos candidatos y partidos no tiene un contenido real. El voto a candidatos sin historia o filiación partidaria cumple una doble finalidad: por una parte amplía el universo de posibilidades, por otra permite dar salida a la agresividad de los electores, castigando colectivamente a los candidatos de las opciones conocidas y que ya les han decepcionado”.

   La depreciación de la democracia, que ocurre cuando no tenemos candidatos y partidos que ofrezcan contenidos sólidos, constituye un riesgo grave para la estabilidad y la eficacia políticas. La gente, entonces, vota con irritación, desgano o por simple trámite. La democracia deja de ser una fiesta pero no comienza a ser asumida como un deber. Todo ello debería preocuparnos. Pero la codiciosa disputa entre Manlio Fabio y Elba Esther, los catárticos reproches ante Luis Felipe, la fallida apuesta de Rosario, encandilan nuestro aldeano escenario político.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

–0–

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s