Foxista retórica del disimulo

La Crónica, 6 de julio de 2003

A sus variados defectos el presidente Fox añade el de la petulancia. El miércoles, cuando le preguntaron acerca de los errores de su administración, respondió de manera tan tajante como irreflexiva:

   –“Ninguno”.

   De esa manera el presidente de la República se niega a la autocrítica, que siempre es ingrediente necesario en el trabajo de un auténtico estadista, y confirma la estrecha visión que tiene acerca del país y de su propio desempeño.

   Solo con enorme jactancia, o con una perspectiva sumamente estrecha, alguien puede considerar que está exento de equivocaciones. Únicamente negándose al análisis crítico, o pretendiendo que no hay consideraciones desfavorables a su trabajo, el presidente Vicente Fox puede sostener que entre sus dotes se encuentra la infalibilidad.

   Pero eso dijo. Los reporteros que cubren sus actividades le habían escuchado al presidente referirse al 2 de julio, aniversario de su triunfo electoral hace tres años, como “un día histórico, un día de cambio, un día de gran movilización social donde la sociedad entera se puso en pie e hizo un cambio que ahora estamos construyendo entre todos juntos”.

   Cuando le preguntaron de qué está satisfecho replicó “México marcha –y marcha bien afortunadamente– y los cambios se van dando uno tras otro”.

   Luego, a la pregunta “¿errores, señor presidente?”, expresó la vanidosa contestación que hemos mencionado antes.

 

Lenguaje enmascarado

   Eso dijo el presidente después de desayunar en el Campo Marte con “personas adultas mayores”, que es el término que ahora se quiere poner de moda para designar a los viejos. No está tan mal si se le compara con “adultos en plenitud” como la retórica imperante comenzó a designar, con cierto humor involuntario, a esos ciudadanos.

   El lenguaje políticamente correcto, más que denominar, ideologiza la vida social. Negarse a llamarle a las cosas por su nombre constituye una manera de enmascararlas –como si los problemas, las desventajas o los tropiezos,  pudieran eludirse dejando de nombrarlos–.

   Cuando a los adultos de mayor edad se les deja de decir como siempre se les ha señalado, hay una suerte de mala conciencia que considera que la vejez constituye una fase ignominiosa –en vez de reivindicar la experiencia, la respetabilidad, la resistencia o las virtudes que se consideren inherentes a la edad avanzada–. Suponer que “viejo” es mala palabra implica una alteración en los valores y en la manera de mirarse a sí misma que puede tener una sociedad.

   El foxspeak que ha comenzado a extenderse entre nosotros prescinde del juicio crítico y pretende que, enmascarando el lenguaje, podremos suponer que la realidad no es tan incómoda como resultaría de otra manera.

   Solo con parámetros así –o suponiendo que las palabras han perdido cualquier valor y significado– el presidente de la República puede negar que su gobierno haya tenido error alguno y luego marcharse tan tranquilo a su próximo encuentro con los micrófonos.

 

Mundo aislado y feliz

   Sería sencillo, pero insuficiente, descalificar esa actitud tachándola como cínica, provocadora o injuriosa para la sociedad. Se trata de un comportamiento más complejo. El mundo feliz del cual el presidente quiere convencernos, al parecer forma parte del entorno que él y sus colaboradores han creado.

   Siempre, en la atrabiliaria historia del presidencialismo mexicano, el aislamiento del titular del Ejecutivo Federal ha sido un auténtico problema nacional. El hecho de mantener al presidente a salvo de cuestionamientos directos implicaba, en numerosas ocasiones, apartarlo de la realidad del país que gobernaba.

   Una corte de aduladores que consideraban que su función primordial era ocultarle los problemas, llegaba a convertirse en parapeto en vez de servir como afluente del poder presidencial respecto de la sociedad. Además de rigurosos textos sobre el presidencialismo mexicano, ese confinamiento dio lugar a varios de los momentos más brillantes de las novelas de Luis Spota sobre “La costumbre del poder”. René Avilés Fabila recuperó el tema en otra novela, “El gran solitario de Palacio”.

   Esa tendencia a construir un entorno de simulación y ficción puede estar apartando de los problemas, crecientes y delicados, que las decisiones e indecisiones de su gobierno han agravado en todo el país.

   Pero no es solo debido a ese apartamiento que el presidente Fox niega los rasgos del México real. Convencido como está del poder de la propaganda, en numerosas ocasiones parece considerar que su papel no es el de gobernante responsable sino el de declarante optimista.

 

Recelo ante las palabras

   La aversión del presidente Fox a reconocer los problemas ha sido comprobable en numerosos episodios durante los más de 31 meses que lleva su administración.

   A donde miremos –rezagos productivos, estancamiento financiero, desconcierto político, inquietud social, obras inconclusas, subejercicios presupuestales, deslustre internacional e incluso desbarajuste en su equipo de trabajo– se advierten resultados adversos de las acciones y omisiones del presidente Fox.

   Pareciera que el titular del Ejecutivo, al rechazarlas, creyera que a las dificultades se les ahuyenta. Más que respeto por las palabras pareciera que esa es una actitud de recelo ante ellas.

   Nadie puede decir que nuestro presidente sea hombre de pocas palabras, al menos en términos de cantidad. Quizá las que utiliza con frecuencia sean escasas si se les mide según su variedad. Sería interesante un ejercicio de análisis del discurso para establecer cuáles son los vocablos preferidos del presidente, así como aquellos que se mantiene reacio a utilizar.

   Sin haber emprendido esa investigación se puede considerar que el término autocrítica no es de los más apreciados por el presidente.  Una búsqueda en la base de datos de los documentos inventariados en la página web de la Presidencia de la República muestra un solo texto del presidente Fox en donde mencionó ese vocablo. Se trata de un párrafo de su segundo informe de gobierno.

   Las palabras “tropiezos” y “contratiempos” se encuentran en 4 documentos cada una. 

   En cambio la palabra “satisfacción” aparecía, hasta ayer, en 298 ocasiones.

   El término “éxito” se encuentra en 1275 documentos en la página del Presidente.

   La palabra “cambio”, en 1764 de esos textos.

   La palabra “bien” puede ser ubicada en 2553 documentos, casi todos ellos discursos y alocuciones del presidente Fox.

 

Sociedad dividida

   Rechaza, que algo queda pareciera ser –intencional o no– la divisa de la retórica presidencial. La manía por describir constantemente un país boyante, dichoso y exitoso, lleva al presidente Fox a entramparse entre su discurso y la realidad.

   Esa obsesión lo puso en aprietos el martes pasado cuando, ante las cifras de la OCDE que reiteran la tristemente baja calidad de la enseñanza en México, el presidente se ufanó del sitio que los estudiantes de nuestro país ocupan en comparación con otros de América Latina. Los datos duros prevalecieron sobre la interpretación subjetiva del presidente.

   Apenas el día anterior, el lunes, un triunfalista mensaje del presidente Fox durante la inauguración de instalaciones en el Instituto Nacional de Pediatría fue objetado por un grupo de enfermeras que se quejaban de la carencia del material quirúrgico más elemental en esa institución.

   El miércoles, en el aniversario de su triunfo electoral, el diagnóstico del presidente acerca de esa fecha también fue discutible. Sin duda se trata de un día histórico aunque con eso no se dice nada. Pero considerar que aquel 2 de julio “la sociedad entera se puso en pie” para respaldarlo implica olvidar los datos de aquella elección.

   La mayoría de los mexicanos que fueron a votar lo hicieron, en aquellos comicios, por el ahora presidente Vicente Fox. 14 millones 322 mil ciudadanos lo empujaron para que llegase a Los Pinos.

   Pero no hay que olvidar (y como es presidente de todos los mexicanos el licenciado Fox tendría que ser el primer obligado a tomarlo en cuenta) que ese 2 de julio, además, 13 millones 800 mil mexicanos votaron por si rival más importante, el candidato presidencial del PRI.

   La coalición que impulsó a Fox alcanzó el 38.29% en aquellos comicios. El PRI obtuvo el 36.89% y el PRD, el 18.67%.

   Así que considerar que “la sociedad entera” definió el cambio que presuntamente encabezaría el presidente Fox, constituye otra de esas frases cuyo triunfalismo no corresponde con la realidad.

 

Política imperfecta

   La negación de la realidad es una conducta frecuente en los dirigentes políticos. En términos estrictos, a ese comportamiento se le denomina demagogia. Imperfecta como es, la política suele encontrarse en tensión permanente respecto de la transparencia y a menudo, es contradictoria con algunos de los principios de la democracia.

   Justamente por esas imperfecciones y porque es practicada por seres humanos –con intereses, pasiones y defectos peculiares– las sociedades modernas han pugnado para que el ejercicio del gobierno se encuentre acotado por reglas e instituciones.

   Aun en países como el nuestro, en donde el presidencialismo fue eje de prácticas incluso que rebasaron la ley y lo sigue siendo de un sistema organizado en torno a las atribuciones formidables pero demarcadas del Poder Ejecutivo, existen contrapesos sin cuyo funcionamiento eficaz los errores, o las ficciones de los gobernantes, resultan más costosos.

   Frente al Ejecutivo se encuentran el resto de las instituciones del Estado y, en otra esfera, los ciudadanos con sus espacios de organización y expresión. Entre las primeras el sitio principal lo tiene el Congreso.

   En los años recientes hemos constatado la enorme utilidad que ha significado, para la nación, el hecho de que en el Congreso de la Unión haya posiciones variadas que no se subordinan a las decisiones del Ejecutivo Federal.

 

Congreso, contrapeso

   A veces esa diversidad del Poder Legislativo ha impedido que se tomen acuerdos con la agilidad que las urgencias del país hubieran requerido. Ha sido lamentable, por ejemplo, la postergación de una auténtica reforma fiscal o el entrampamiento en temas como las indispensables reforma laboral o la actualización de las leyes para los medios de comunicación.

   Pero también ha sido apropiado que el Presidente de la República no cuente, como en los viejos tiempos, con la capacidad absoluta para imponer y modificar disposiciones legales.

   La diversidad con la que ha estado integrada la actual Legislatura, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, podría haber propiciado decisiones responsables y compartidas si tanto los legisladores como el gobierno hubieran estado realmente dispuestos a establecer acuerdos políticos, a partir de una idea compartida sobre el horizonte que buscaban construir para México.

   Sin embargo solo en ocasiones aisladas se ha podido advertir esa voluntad de acuerdos por parte de los partidos representados en el Congreso.

   Y desde el gobierno federal, que es en donde tendría que haberse mantenido una vocación concertadora más constante y enfática, hemos tenido una casi constante ausencia de negociación política.

 

Deseable diversidad

   Tal parece que en muchas ocasiones el presidente y su gobierno han confiado más en el consenso que puedan reportar las encuestas, o en la simpatía ciudadana que puedan cultivar a través de la propaganda en los medios electrónicos, que en la construcción de acuerdos con las fuerzas políticas que representan a los ciudadanos. La afición del presidente por los reflectores y los micrófonos no ha estado acompañada de un empleo constante del diálogo y el establecimiento de acuerdos con los partidos.

   Hoy decidiremos la composición de la nueva Cámara de Diputados. De la diversidad y responsabilidad que tengan los integrantes de ese órgano legislativo dependerá su capacidad para establecer compromisos que, representando a los ciudadanos, permitan destrabar muchas de las asignaturas nacionales que no han sido resueltas en los tres años recientes.

    El contrapeso que puede significar un Congreso activo y representativo es fundamental precisamente porque los políticos –por mucho que el presidente Fox se niegue a aceptar errores– no son infalibles.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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