Howard Fast

La Crónica, 16 de marzo de 2003

Repleta de tensiones la agenda nacional incluye la histórica decisión de la autoridad electoral para, no obstante amenazas y presiones del PRI, castigar la enorme falta de ese partido al hacerse de 500 millones de pesos de cuyo ingreso no informó al IFE. En un terreno completamente distinto, pero también relacionado con la justicia reconocible y plausible, el gobierno mexicano capturó al que quizá era el narcotraficante más buscado; se trata de un éxito de inteligencia militar y policiaca que no debería ser soslayado aunque no deje de llamar la atención el papel protagónico del Ejército Mexicano, incluso por encima de la potestad de la PGR en esos asuntos. En el campo de la competencia política, la renuncia de Francisco Barrio Terrazas a la Secretaría de la Contraloría le ofrece al PAN una gran oportunidad para llevar a la Cámara de Diputados a un político de honestidad y acuciosidad probadas. Y en todo el mundo se mantiene el clamor contra una guerra inminente y respecto de la cual el gobierno mexicano a ratos pareciera seguir teniendo dudas a pesar de la generalizada exigencia social y política para que rechace el belicismo de Washington.

Todo eso sucede y amerita ser incluido en la balanza de la crispada actividad pública de estos días. Pero esta semana murió uno de los escritores más importantes del siglo XX. Nunca ganó reconocimientos literarios especialmente simbólicos pero de sus libros se han vendido decenas de millones de ejemplares. Nunca buscó la complacencia política ni de sus colegas pero la energía de su extraordinariamente extensa obra ha deslumbrado a sus lectores durante más de medio siglo.

Howard Fast fue testigo, protagonista y en algún momento víctima de la intolerancia del poder. Pero esa experiencia no fue coartada para hacer más atractivas sus novelas. Fue parte del contexto, y de la figura, hace tiempo casi legendaria, de un autor admirado tanto para su capacidad para desmenuzar la condición humana como para buscar en la historia las vidas personales que siempre dan sustento a los grandes sucesos.

 

Bibliotecario y comunista

Hijo de un obrero siderúrgico Howard Melvin Fast, nació en Nueva York en 1914. Su madre murió antes de que él cumpliera diez años. Desde muy pequeño tuvo que trabajar e incluso, según se ha dicho, robar comida. Cuando encontró empleo en la Biblioteca Pública de Nueva York entró en contacto con el universo de los libros, que él mismo contribuyó a enriquecer con docenas de obras. A los 18 años escribió su primer volumen, Dos valles, acerca de un triángulo amoroso en Virginia a fines del siglo 18.

Durante la Segunda Guerra Mundial Fast trabajó en la Oficina de Información de Guerra en donde hacía guiones de radio. En esos años también escribió despachos sobre asuntos bélicos para revistas como Esquire. Poco después adhirió a movimientos antifascistas y en 1943 fue admitido en el Partido Comunista estadounidense. Mucho tiempo después explicaría que decidió participar en esa organización debido “a los deprimentes y mal pagados trabajos que tenía desde que a los 11 años, presionado por la necesidad de nuestra absoluta pobreza, tuve que trabajar como repartidor de periódicos”.

En el Partido Comunista Fast encontraría la manera de comprometerse de acuerdo con su sentido de la justicia y lo mismo que actitudes de abnegación hallaría inconsecuencias. Décadas más tarde recordó que, simplemente, “cuando me encontré al Partido Comunista me uní en compañía de los buenos”.

Durante más de doce años Fast escribe regularmente para The Daily Worker, el periódico de esa agrupación. A la par con su militancia comunista, se convertía en novelista conocido por su facilidad para narrar de manera directa, y habitualmente contundente, dilemas morales en los que se encontraban lo mismo la gente común personajes célebres de la historia estadounidense y mundial. En 1939 había aparecido su novela Concebidos en libertad, acerca de un grupo de soldados que enfrenta la hambruna durante la guerra de Independencia estadounidense. En los años cuarenta publicó una decena de obras, entre ellas El ciudadano Tom Paine (1943) acerca del luchador inglés que se volvió editor al lado de Benjamin Franklin y al año siguiente Caminos de libertad. En 1946 aparece Mis gloriosos hermanos, un hermoso relato de inspiración bíblica y actualidad perenne.

Retórica de los perseguidos

Cuando la persecución política contra los comunistas (o con pretexto de ellos, porque alcanzaba a muchos ciudadanos que nunca tuvieron esa militancia) se exacerbó en Estados Unidos, Fast radicalizó e hizo más actuales los temas de sus obras literarias. En 1947 había aparecido Clarckton acerca de una huelga en Massachussets. En 1951 se publica Peekskill, USA: una experiencia personal, que relata el acoso de golpeadores anticomunistas en un concierto de Paul Robeson, el cantante negro y de izquierda, en cuya organización Fast había participado dos años antes.

En 1953 aparece La pasión de Sacco y Vanzetti, una entrañable e intensa novela acerca de esos anarquistas italianos que fueron ejecutados en Massachussets en 1927 después de un juicio repleto de irregularidades. En 1954 publicaría Silas Timberman sobre un profesor acosado por el macartismo; dos años más tarde circula La historia de Lola Gregg, sobre de la persecución contra los activistas sindicales acusados de comunistas y en 1958 Moisés, príncipe de Egipto.

Para entonces la narrativa de Fast tenía a los perseguidos como tema central pero no desde un punto de vista consternado sino para entenderlos como víctimas de los abusos de un sistema político entrampado en sus más obtusos fundamentalismos. Él mismo era víctima de la intolerancia. Su militancia y la notoriedad que estaba alcanzando gracias a su trabajo literario lo colocaron en la mira del macartismo.

 

Víctima y relator de la inquisición

En 1950 Fast es convocado por el Comité sobre Actividades Antiamericanas del Congreso estadounidense. Él había sido miembro del Comité para los Refugiados Antifascistas y la campaña inquisitorial encabezada por el senador Joseph McCarthy lo identificó como una de sus primeras víctimas. En la década anterior el escritor había reunido donativos para un hospital destinado a los refugiados españoles en Toulousse, Francia. Los legisladores que buscaban rastros de simpatías por el comunismo querían que Fast les dijera quiénes habían cooperado para esa causa.

El 4 de abril de 1946 Howard Fast comparece en una audiencia en la Cámara de Representantes, en Washington. El presidente del Comité, John S. Wood, representante por Georgia, lo había requerido para que llevase toda la documentación que tuviera del Comité para los Refugiados Antifascistas. El diálogo, si es que se le puede llamar así, que sostuvo con ese congresista, resultó emblemático del absurdo acoso que la clase política estadounidense estaba desatando contra los ciudadanos de cuyas convicciones desconfiaba. Fast tomó de los registros de aquella comparecencia este fragmento y lo incluyó en su libro de memorias Being red (Houghton Mifflin, Boston, 1990)

“Presidente: Ahora, usted sabe qué ha traído con usted hasta aquí, ¿no es así? ¿Puede decirle a este Comité qué es lo que trae en sus bolsillos?

“Fast: Sí, si puedo.

“Presidente: ¿Ha traído los documentos que se le pidieron en el citatorio? ¿Están en sus bolsillos, o con usted aquí?

“Fast: Responderé a esa pregunta por…

“Presidente: No. No estoy interesado en que lea su declaración. Usted sabe si los ha traído o no los ha traído.

“Fast (leyendo): Señor Presidente, he recibido…

“Presidente (interrumpiendo): No. Ya le dije que no queremos escuchar una declaración por escrito. Ya tenemos la declaración aquí en la mesa, las copias que usted trajo para leer.

“Fast: Usted me hace una pregunta. Quiero responder a esa pregunta de esta manera.

“Presidente: Lo que queremos es que conteste sí o no. Esa es la manera sencilla de responder. ¿Los trajo con usted?

“Fast (leyendo): He recibido un citatorio requiriéndome para comparecer…

“Presidente (interrumpiendo): No le pregunté eso. Ya nos dijo que fue requerido con un citatorio.

“Fast: Tengo que responder la pregunta de esta manera.

“Mundt [Larl E. Mundt, congresista por Dakota del Sur]: Tiene que responder sí o no a la pregunta.

“Fast: Me están haciendo una pregunta y tengo el derecho de responderla como considere apropiado.

“Presidente: Puede responder a la pregunta y entonces hacer cualquier explicación que quiera. ¿Ha traído hasta aquí los libros y documentos?

“Fast; ¿Me van a permitir responder a la pregunta?

“Presidente: Sí. Conteste sí o no.

“Fast: Voy a responder a la pregunta…

“Presidente (interrumpiendo): No. No queremos que lea esa declaración. Queremos que responda a la pregunta. Usted es un hombre de por lo menos una inteligencia promedio. No se quiera andar con rodeos…”

Su negativa a proporcionar los registros de donativos para aquel hospital en Francia lleva a Fast a un largo proceso judicial. En los siguientes años pierde varias apelaciones hasta que, en 1950, el Comité acerca de las Actividades Antiamericanas lo condena a una prisión de tres meses. En la cárcel madura la idea de Espartaco, que sería la más célebre de sus obras en ese periodo, acerca de la rebelión de esclavos en la decadencia del Imperio Romano.

De Espartaco a Hollywood

Publicarlo, fue más difícil que escribir el libro. Fast se encontraba en la lista negra de autores a quienes estaba prohibido darles empleo. Varias editoriales, aunque reconocen su calidad, se niegan a conservar el manuscrito. Una de ellas le sugiere a Fast que lo publique él mismo y funda su propia editorial, Blue Heron Press.

La primera edición de Espartaco, aparecida en 1951 vende 48 mil ejemplares tan solo en tres meses. Años más tarde, en 1960, esa obra sería el punto de partida para la película que dirigió Stanley Kubrick, con Kirk Douglas en el papel central y un guión –en cuya elaboración Fast colaboró intensamente– de Dalton Trumbo.

Respaldado por ese éxito Fast intensifica su participación política y en 1952 compite para un sitio en el Congreso como candidato del Partido del Trabajo. Dos años más tarde recibe el Premio Lenin de la Paz por su obra literaria de indudables implicaciones políticas.

Sin embargo Fast no veía con optimismo a los gobiernos autoritarios y al sometimiento de la gente, en aras del destino revolucionario, que se experimentaba en la Unión Soviética. En 1957 renuncia al Partido Comunista estadounidense del cual hace un público deslinde en El dios desnudo. El escritor y el Partido Comunista. Se trata de una novela acerca de la ilusión de un joven que se adhiere al Partido y en vez de un espacio de lucha contra las injusticias encuentra en los dirigentes una dudosa calidad moral y política.

La relación de Fast con la industria del cine, que se afianzaría con la filmación de Espartaco, incluyó guiones como los que hizo para El hombre de en medio dirigida en 1964 por Guy Hamilton y estelarizada por Robert Mitchum y, en 1965, Mirage con Gregory Peck y dirigida por Edward Dmytryk. En 1979 Muhammed Ali protagonizó una película para televisión basada en Caminos de libertad, una célebre novela de Fast (aparecida en 1944) acerca de los abusos del Ku Klux Klan y la respuesta de los negros en Estados Unidos.

Los emigrantes y docenas más

Hacia los años setenta la temática de sus obras se había ampliado. Fast ya no solo retrataba el arrojo de los luchadores sino, también, las disyuntivas de quienes habiendo construido a la nación estadounidense llegaban a posiciones de significativa influencia económica y política. En 1977 aparece Los emigrantes, la primera de una saga de seis obras que constituye uno de los retratos más vigorosos que se han realizado de la historia de ese país. La historia de la familia Lavette que se asienta en el norte de California, prospera alrededor del cultivo de la vid y tiene ramificaciones que llegan a las cúpulas de la clase política, se desarrolla en Segunda generación, El establishment, El Legado y La hija del emigrante aparecidas entre 1978 y 1985. En 1997 se publicó Una mujer independiente, secuela de esa serie.

Otros temas de actualidad política llevaron a este extraordinario autor, siempre interesado en la denuncia de los abusos del poder pero sin caer en simplificaciones maniqueas, a ocuparse de los abusos estadounidenses en América Central (en La confesión de Joe Cullen, de 1989).

Las novelas de Fast suman docenas. Un recuento de ellas, junto con numerosos textos alusivos a la desbordada obra de ese autor, se encuentra en el sitio “Howard Fast” creado por Steve Trussel (http://www.trussel.com/f_how.htm) un homenaje en línea en donde se enumeran 46 novelas además de las de género policiaco.

Fast también incursionó, exitosamente, en la novela policiaca y, con relatos cortos, en la ciencia ficción. Con el seudónimo E.V. Cunningham que comenzó a utilizar para evadir las prohibiciones del macartismo y que mantuvo por varias décadas, publicó obras como las que integran la serie “Los asesinatos de Hollywood” en donde un detective de origen japonés investiga casos policiacos en la zona de Beverly Hills con un estilo que recuerda a Raymond Chandler. Fast escribió al menos 24 novelas policiacas y de misterio.

 

Para recordar a Fast

Nunca dejó de escribir. Entre novelas de distintos géneros, libros de ensayos y teatro, tal parece que sus libros suman 82.

En 1999 apareció Redención, una novela acerca de la relación entre un profesor de la Universidad de Columbia y la joven a la que encuentra a punto de suicidarse. Al siguiente año fue publicada Greenwich, sobre un funcionario del gobierno estadounidense que estuvo relacionado con el asesinato de tres monjas católicas en El Salvador.,

En 2001 apareció Bunker Hill, acerca de la sangrienta batalla que en 1775 libraron en Boston ingleses y americanos. Quizá esa haya sido su última novela, salvo que Fast tuviera alguna sorpresa reservada a sus lectores.

Hace cinco años en una entrevista para la radiodifusora Pacífica, le preguntaron como querría ser recordado por las generaciones siguientes.

“Recordarme –contestó Fast– no será gran cosa pero creo que leer los libros que he escrito… Esos libros tienen su propio poder, una existencia propia, tanto así que la lista negra desaparece. Sé que algunos colegas han comenzado a dar cursos sobre mi obra. Eso es algo nuevo. Cuando muera y si los libros andan por ahí, será más de lo que yo pude haber soñado”.

Fast murió el miércoles pasado, 12 de marzo, en su casa de Connecticut en donde vivió varias décadas. A su manera, y de muchas maneras, fue relator entusiasta de la inagotable capacidad del hombre para crear utopías –y vivir por ellas–.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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7 comentarios en “Howard Fast

  1. el de sacco y banzetti es muy bueno. Mis gloriosos hermanos es excelente. voy a buscar espartaco en las librerias de usados!

  2. Donde se pueden conseguir novelas policiacas escritas por Fast (con seudonimo) o en que editorial

  3. Donde se pueden conseguir novelas policiacas escritas por Fast (con seudonimo) en cual idetorial…?

  4. Me agrado el ensayo sobre la personalidad y la obra literaria de Howard Fast. Bien estructurado y con el conocimiento puntual de casi la totalidad de sus novelas y artículos periodísticos. Las novelas de H. Fast son apasionantes, lástima que en la actualidad resulte difícil encontrar reediciones de la mayoría de sus novelas. Felicito a Raúl por su magnífico ensayo.

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