La primera dama (versión Monterroso)

La Crónica, 9 de febrero de 2003

Augusto Monterroso tuvo que sobrellevar la gloria y el fastidio de haber escrito el cuento más breve del mundo. Sin duda le halagaba ser reconocido como creador de aquel dinosaurio que siempre seguirá donde él lo puso. Pero también, como todo autor, quería que se leyera más de una de sus obras. En una de sus antologías se reproduce la declaración que hizo en una entrevista: “mucha gente piensa que yo sólo he escrito ‘El dinosaurio’, y da por supuesto que ya me conoce leyendo ese solo cuento, y en realidad yo he publicado diez libros”.

   En uno de ellos, Movimiento perpetuo, Monterroso escribió: “La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo”.

   Ahora que Monterroso ha muerto (anteanoche, en la ciudad de México) sus libros volverán a releerse y seguramente se asomarán a ellos nuevos lectores. Esas obras seguirán su propio camino, como ese autor advirtió en La palabra mágica que le ocurre a un libro una vez que ha sido publicado: “No importa lo que hagas por él o con él. Puede quedarse escondido y escrito en cifra en un desván y ser descubierto ciento treinta y dos años más tarde; estar en todas las vitrinas y en manos y en boca de todos y pasar al olvido inmediatamente después de tu muerte, cuando para la gente seas apenas un nombre o un fantasma, o ni tan solo un fantasma; cuando hayas desaparecido y ya ninguno te tema o espere favores de ti; o ya no seas simpático y tu famoso ingenio no haga reír más a nadie, porque nadie estará ahí para reírse, ni contigo y ni siquiera de ti”.

   También puede ocurrir que el libro merezca nuevos aprecios: “donde la buena gente distraída te ignoraba, ahora lo toma en sus manos incrédula ante tanta maravilla que antes ni sospechaba, lo paga y se lo lleva a su casa, habla de él con sus amigos, lo presta o no lo presta, según, subraya párrafos, y en la noche, no importa la hora, despierta a su esposa o esposo y le dice oye esto”.

   Así que serán muchos quienes vuelvan o lleguen por vez primera a uno de los más célebres libros de Monterroso, precisamente ése en cuyo centro se encuentra la línea del dinosaurio. Y entre esas páginas de Obras completas y otros cuentos habrá más de uno que se detenga ante el relato llamado “Primera dama”.

   Allí el autor guatemalteco (que sin embargo nació en Honduras, en diciembre de 1921 y que en 1944 llegó a vivir a México) cuenta el afán de la esposa de un presidente para contribuir a aliviar la pobreza en su país.

   “–Mi marido dice que son tonterías mías –comienza ese relato de Monterroso– pero lo que quiere es que yo sólo me esté en la casa, matándome como antes. Y eso sí que no se va a poder. Los otros le tendrán miedo, pero yo no. Si no le hubiera ayudado cuando estábamos bien fregados, todavía. ¿Y por qué no voy a poder recitar, si me gusta? El hecho de que él sea ahora Presidente, en vez de ser un obstáculo debería hacerlo pensar que así le ayudo más. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de cosas. Además, yo no voy a andar recitando en cualquier parte como una loca sino en actos oficiales o en veladas de beneficencia. Sí pues, si no tiene nada de malo”.

   La afición de la primera dama es recitar poemas y encuentra la posibilidad de realizarla en la campaña para que haya desayunos escolares. Explica el narrador: “Alguien había notado que los niños de las escuelas andaban medio desnutridos, y que algunos se desmayaban a eso de las once, tal vez cuando el maestro estaba en lo mejor. Al principio lo atribuyeron a indigestiones, más tarde a una epidemia de lombrices (Salubridad) y sólo al final, durante una de sus frecuentes noches de insomnio, el Director General de Educación, nebulosamente, sospechó que podrían ser casos de hambre”.

   Ese funcionario había sido compañero de escuela del Presidente, así que lo busca para exponerle el problema. Sigue Monterroso: “El Presidente lo recibió de lo más simpático, probablemente con mucha más cordialidad de la que hubiera desplegado desde una posición menos elevada. De manera que cuando él comenzó: ‘Señor Presidente…’ se rió y le dijo: ‘Dejáte de babosadas de Señor Presidente y decíme sin rodeos a lo que venís’, y siempre riéndose lo obligó a sentarse, mediante una ligera presión en el hombro. Estaba de buenas. Pero el Director sabía que por más palmaditas que le diera ya no era lo mismo que en los tiempos en que iban juntos a la escuela, o sencillamente que hacía apenas dos años, cuando todavía se tomaron un trago con otros amigos en El Danubio. De todos modos, se veía que empezaba a sentirse cómodo en el cargo. Como él mismo dijera levantando el índice en una reciente cena en casa de sus padres, de sobremesa, ante la expectación general primero, y la calurosa aprobación después, de sus parientes y compañeros de armas: ‘Al principio se siente raro; pero uno se acostumbra a todo’.”

   Después de platicarle la desnutrición que padecen los niños el Director de Educación le solicita permiso “para tratar de conseguir algo de dinero y fundar una especie de Gota de Leche semioficial”.

   La respuesta es positiva. El autor cuenta, más adelante:

   “Después de cambiar aún otras frases ingeniosas alrededor del mismo tema, él le dijo que le parecía bien, que fuera viendo a quién le sacaba plata, que dijera que él estaba de acuerdo y que quizá la UNICEF podía dar un poco más de leche. ‘Los gringos tienen leche como la chingada’, afirmó por último, poniéndose de pie y dando por terminada la entrevista.

   “–Ah, y mirá– añadió cuando ya el Director se encontraba en la puerta-: si querés hablále a mi señora para que te ayude; a ella le gustan esas cosas.

   “El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en seguida.

   “No obstante, esto más bien lo deprimió, porque no le agradaba trabajar con mujeres. Peor de funcionarios. La mayoría eran raras, vanidosas, difíciles, y uno tenía que andarse todo el tiempo con cortesías, preocupándose de que estuvieran siempre sentadas y poniéndose nervioso cuando por cualquier circunstancia había que decirles que no. De paso que a ella no la conocía mucho. Pero lo mejor era interpretar la sugerencia del Presidente como una orden”.

   La señora acepta de inmediato. Y se ofrece no solo a buscar fondos sino a recitar en las veladas que se organicen para ello.

   “‘Qué bueno’, pensó mientras se lo decía, ‘que haya esta oportunidad’. Pero al mismo tiempo se arrepintió de su pensamiento y le dio miedo de que Dios la castigara cuando reflexionó que no era bueno que los niños se desmayaran de hambre. ‘Pobrecitos’, pensó rápido para aplacar al cielo y eludir el castigo. Y en voz alta dijo:

   “–Pobres criaturas. ¿Y como cada cuánto se desmayan?

   “El Director le explicó pacientemente que no se desmayaban los mismos en forma periódica, sino que una vez era uno y otra otro, y que lo mejor era ver cómo le daban desayuno al mayor número posible. Tendrían que fundar una organización para reunir fondos.

   “–Claro –dijo ella–. ¿Y cómo le pondremos?

   “–¿Qué le parece “Desayuno Escolar”? –dijo el Director”.

   Los preparativos del recital tienen nerviosa a la primera dama. Va a recitar “Los motivos del lobo”, de Rubén Darío. La señora ensaya para que no le fallen la memoria ni la dicción. Monterroso describe tales ejercicios:

   “Enfrentándose bruscamente con el espejo, se puso a levantar los brazos y a probar la voz:

   “–El varóooooon que tiene corazóooooon de liz

   aaaaaalma de queeeeeerube, lenguaaaaa ce-lestiallllll

   el míiiiiinimo y dulce Francisco de Asíiiiiis

   estácon

          un rudui

                  torvoa

                           nimal.

   “Pronunciaba liz. Era bueno alargar las sílabas acentuadas. Pero no siempre sabía cuáles eran, a menos que tuvieran el acento ortográfico. Por ejemplo: ‘varón’, oooooon; ‘mínimo’, miiiiii; ‘corazón’, oooooon. Pero en ‘alma de querube, lengua celestial’ no había modo de saberlo. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se siente de nada sirve conocer todas las reglas.

   “–El varón

       el varón que tiene

       el varón que tiene corazón

       el varón que tiene corazón de liz.”

   El día del recital llega muy temprano a la escuela donde será la ceremonia. Mientras presencia los preparativos repasa en silencio el poema. Está inquieta. Seguimos reproduciendo este relato de Monterroso:

   “La verdad es que sería una estupidez tenerle miedo al público. En el supuesto caso de que sus intervenciones no agradaran, no se debería a ella sino a que la gente en general es muy ignorante y no sabe apreciar la poesía. Todavía les faltaba mucho. Pero precisamente por eso aprovecharía cuanta ocasión se le presentara para ir dando a conocer los buenos versos y revelándose como declamadora”.

   Cuando ve que ha llegado antes de lo previsto, el Director General se inquieta y se disculpa: “Si yo iba a pasar por usted. No está bien que se haya venido sola”.

   “Ella lo miró comprensiva y lo tranquilizó cortésmente. Desde que se convirtió en la Primera Dama se alegraba cuando tenía la oportunidad de demostrar que era una persona modesta, posiblemente mucho más modesta que cualquiera otra en el mundo, y hasta había estudiado en el espejo una sonrisa y una mirada encantadoras que significaban más o menos: ‘¡Cómo se le ocurre! ¿Se imagina que porque soy la esposa del Presidente me he vuelto una presumida?’ Pero el Director quiso entender más bien que lo trataba con ironía, y, deprimido, se puso a hablar sin ton ni son de esto y lo otro. No bien los demás artistas fueron llegando y rodeándola, aprovechó la ocasión para retirarse”.

   Monterroso describe el discurso del funcionario, profuso en reconocimientos a la preocupación del Presidente y a la generosidad de la primera dama. Llegado el momento de su recitación la primera dama se emociona con el recuerdo de San Francisco de Asís, cuya humildad se torna en irritación cuando reprende al lobo que ha atacado a los pastores. “Su voz tembló luego y se le escapó una lágrima en el preciso instante en que el santo le decía al lobo que no fuera malo, que por qué no se dejaba de andar por ahí sembrando el terror entre los campesinos y que si acaso venía del infierno. Aunque inmediatamente después casi se veía brotar de sus labios una gran tranquilidad cuando el animal, no sin haberlo reflexionado un rato, seguía al santo a la aldea, donde todos se admiraban de verlo tan mansito que hasta un niño le podía dar de comer en la mano. Las palabras le salían entonces dulces y tiernas y pensaba que el lobo le podía dar de comer también al niño para que no se desmayara de hambre en la escuela”.

   La declamadora siente el interés de quienes la escuchan. Se entusiasma con ellos. Monterroso prosigue en la descripción de los reproches del lobo hasta que la protagonista: “Sin darse cuenta ni cómo se acercó el instante en que sabía que ya, ahora, ahora, las palabras debían brotar de su garganta ni muy fuertes, ni muy tiernas, ni furiosas, ni mansas, sino impregnadas de desesperanza y amargura, pues no otra cosa debió de sentir el santo cuando le dio la razón a la fiera y se dirigió finalmente al padre nuestro que estáaaaaaaaas en los cieeeeeeeelos”.

   Los aplausos confirman el éxito. La primera dama está contenta. “El público, después de todo, no era tan bruto. Pero buen esfuerzo le estaba costando hacerlo llegar a la poesía. Era lo que ella pensaba: poco a poco. Mientras estrechaba las manos de los que la felicitaban se sintió embargada por un dulce y suave sentimiento de superioridad. Y cuando una señora humilde que se acercó a saludarla le dijo que qué bonito, estuvo a punto de abrazarla, pero se contuvo y se conformó con preguntarle: ‘¿Le gustó?’, pues la verdad es que ya no estaba pensando en eso sino en lo bueno que sería organizar pronto otro acto, en un local más grande, quizá en un teatro de verdad, en el que ella sola se encargara de la totalidad del programa, porque lo malo de estas veladitas era que los músicos aburrían a la gente, a pesar de que al otro día también los elogiaban en el periódico, lo que no era justo. No pues”.

   Ya en su casa, mientras celebra con el Director General y varios amigos, la señora pregunta cuánto han recaudado con la velada. El cuento de Monterroso –cuya extensión y riqueza son superiores a la transcripción que hemos ofrecido de algunos fragmentos– concluye así:

   “El Director General le informó muy elaboradamente que tenían utilidades por $7.50

   “–¿Tan poquito? –dijo ella.

   “Él pensó con amargura pero dijo con optimismo que para ser la primera no estaba tan mal. Que les había faltado propaganda.

   “–No -dijo ella–. Yo creo que se debe al local que es muy chiquito.    

   “–Bueno, claro –dijo él–. En eso tiene razón.

   “–¿Cómo hiciéramos? –dijo ella–. Hay que hacer algo para ayudar a esos pobres niños.

   “–Bueno –dijo él–; lo importante es que ya comenzamos.

   “–Sí –dijo ella–; pero la cosa es seguir adelante. Tenemos que preparar algo más serio.

   “–Yo creo que si contamos con su ayuda… –dijo él.

   “–Sí si podemos conseguir un teatro yo voy a recitar ya va a ver pero que sea teatro grande porque si no ya vio lo que pasa se esfuerza uno

preparando las cosas y total casi no se saca nada de todos modos le voy a hablar a mi marido siempre me está empujando a recitar es mi mejor estímulo ¿se fijó? la gente tiene gana de oír poesía si viera la emoción que sentí cuando una señora que ni me conoce me dijo que le había gustado mucho yo creo que un recital de poesía sería un éxito ¿qué dice usted? –dijo ella.

   “–Claro –dijo él–; a la gente le gusta mucho.

   “–Fíjese que estoy preocupada –dijo ella– por lo poco que sacamos hoy. ¿Qué le parece si le doy cien pesos para no salir tal mal? Tengo muchas ganas de ayudar. Yo creo que poco a poco vamos a ir saliendo.

   “Él dijo que claro; que poco a poco iban a ir saliendo”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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