Lecciones de Orwell

La Crónica, junio 25 de 2003

Puede entenderse como parodia cruel, o como homenaje involuntario, pero el hecho de que el programa de televisión más famoso del mundo lleve el nombre de uno de sus personajes constituye una de las muchas expresiones de la vigencia de George Orwell.

   Nacido en Motihari, India, hoy hace exactamente cien años, Eric Arthur Blair, a quien todos conocemos como George Orwell, escribió dos de los libros paradigmáticos de un siglo repleto de atrocidades. La sátira del autoritarismo que muestra La granja de animales y la antiutopía descrita en 1984 cuestionan abusos burocráticos de todos los tiempos pero que, medio siglo después, parecen haberse fortalecido gracias a la concentración del poder, el dinero y la tecnología.

   Participante en la Guerra Civil Española en donde conoció la fraternidad pero también el canibalismo de las izquierdas, Orwell fue testigo y profeta de su tiempo. Al soñar en un mundo distinto encontró defectos de la naturaleza humana, pero sobre todo de los sistemas políticos que combatió con ironía literaria y con una afilada crítica.

   En un reciente libro repleto de admiración pero también de contexto analítico el escritor Christopher Hitchens recuerda, a propósito de Orwell y su época: “Los tres grandes temas del siglo veinte fueron el imperialismo, el fascismo y el estalinismo. Sería trillado decir que esos ‘asuntos’ tienen para nosotros interés solamente histórico; nos han heredado toda la forma y el tono de nuestra era. Gran parte de la clase intelectual estuvo fatalmente comprometida por conveniencia con una u otra de esas estructuras de inhumanidad creadas por el hombre y algunos con más de una” (Why Orwell matters, Basic Books, 2002).

   Orwell se enfrentó a esos tres despotismos y además, a las reconvenciones que le valdría esa actitud. Hitchens menciona la “hipocresía intelectual” que quiso desconocer su obra.

   Conocido por sus dos novelas más famosas, Orwell (que murió en 1950) es autor de numerosos ensayos y artículos. En uno de ellos, “Por qué escribo”, dejó testimonio de su práctica y propósitos.

   Hay quienes escriben, dice allí, por intenso egoísmo: con el propósito de parecer listo, para que hablen de uno, para que nos recuerden, para desquitarnos.

   Otros escriben por entusiasmo estético. Eso vale para toda clase de textos, “el motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias”.

   Un tercer motivo es el impulso histórico, el “deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad”.

   Está, finalmente, el propósito político. Es el “deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir… ningún libro está libre de tendencia política”.

   “Soy –dice más adelante– una persona en la que los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista”.

      Orwell padeció privaciones económicas, presenció el ascenso de los peores autoritarismos, fue herido en la guerra. Así que cada una de sus líneas desde 1936, decía, la escribió “contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto más consciente es uno de su propia tendencia política, más probabilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar la propia integridad estética e intelectual”.

   Escritor ante todo, fue hombre de ideas y convicciones. Al cabo de su examen de la obra y la vida de Orwell, Hitchens adapta las palabras del poeta inglés W.H. Auden a la muerte, en 1939, del  escritor irlandés W.B. Yeats, para decir que el tiempo se porta amablemente con quienes han vivido por y para el lenguaje.

   Añade Hitchens: “la perspectiva de Orwell ha sido largamente reivindicada por el tiempo así que no necesita ninguna disculpa en ese terreno. Pero lo que él demuestra, por su compromiso con el lenguaje como aliado de la verdad, es que esa ‘perspectiva’ realmente no importa; lo que importa no es lo que piensas sino cómo piensas; y la política es relativamente irrelevante mientras los principios tengan una manera de resistir, como hacen los pocos individuos irreductibles que mantienen fidelidad con ellos”. Por eso, a un siglo de su nacimiento, Orwell importa.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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