Tan cerca, tan lejos – Migración

La Crónica, febrero 23 de 2003

Fatalidad geográfica e histórica, nuestra vecindad con Estados Unidos es constante motivo de oportunidades y desencuentros. Así ha sido durante más de siglo y medio. Así ocurrirá siempre. Estamos cerca y lejos, no como en la película de Win Wenders acerca de la presencia de los ángeles entre los humanos sino en una nada celestial proximidad que lo mismo fortalece, que amenaza. Esa relación pocas veces ha sido descrita con tanta puntualidad como en la frase frecuentemente atribuida a Porfirio Díaz: “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

   La seducción estadounidense atrae cada año a casi un millón de mexicanos que se van a buscar trabajo, temporal o fijo, ante la escasez que viven en nuestro país. Nuestras carencias, exacerbadas por una disímil distribución del ingreso y los recursos, en ocasiones llevan a cruzar la frontera a mexicanos que pretenden algo más que empleo. Ese fue el dramático e indignante caso de doña Magdalena Santillán, la madre de la joven Jesica, cuyo vía crucis ha sido conocido en estos días.

 

Jesica Santillán

   Desesperada porque a su hija, lesionada del corazón desde pequeña, no la atendían los servicios de salud en su natal Jalisco, a comienzos de 1999 la señora Santillán resolvió buscar ayuda médica en Estados Unidos. Allá, en Carolina del Norte, vive una hermana suya a cuyo amparo quiso acogerse para encontrar la solución al padecimiento de su niña, que tenía 13 años.

   La señora Santillán vendió muebles y casa, llevó consigo a su marido, a sus otros dos hijos y desde luego a Jesica. Viajaron hasta Sonora y allí quisieron cruzar la frontera. En tres ocasiones la Patrulla Fronteriza los deportó. En una de ellas, un grupo de “cholos” les robó los ahorros que llevaban para pagar la hospitalización de la muchacha.

   Una vez que lograron internarse, como ilegales, los Santillán tuvieron la fortuna de encontrar a Mack Mahoney, un estadounidense que se interesó en la muchacha al parecer porque un hijo suyo había muerto de una cardiomiopatía restrictiva, el padecimiento que tenía Jesica y que solo podía resolverse con un trasplante de corazón.

   Mahoney, constructor de casas, creó una fundación para la cual consiguió el apoyo de colegas suyos, de organismos no gubernamentales y de importantes personajes de la política estadounidense. La extradición a la que tendrían que haber sido sometidos Jesica y su familia quedó suspendida para que la joven pudiera recibir atención médica.

   Parecía que la historia tendría final feliz cuando, el 7 de febrero pasado la joven, ya de 17 años, recibió un trasplante de corazón y pulmones en el Hospital de la Universidad de Duke. Sin embargo, como ha sido ampliamente difundido, aquellos órganos eran de un donante con un tipo de sangre distinto al de Jesica.

 

Inexcusable error

   Ese error no tenía por qué haber ocurrido. Se trata de una negligencia administrativa que pudo haber sido evitada con una atención mínima y que los controles hospitalarios hacen obligatoria.

   Quizá esa equivocación habría afectado a cualquier paciente en tales condiciones. Pero a quien perjudicó fue a la muchacha de origen mexicano, cuya hospitalización había sido resultado de una intensa campaña en Carolina del Norte, cuya permanencia en Estados Unidos era consecuencia de un largo esfuerzo de sus familiares y de ella misma y a la cual la equivocación del hospital, en vez de salvarle la vida, comenzó a quitársela más rápido que la enfermedad que ya la consumía.

   Un nuevo trasplante para sustituir los órganos inadecuados, realizado la madrugada del jueves 20, animó las esperanzas sobre la suerte de Jesica. Pero al parecer el daño cerebral que sufrió durante las dos semanas que tuvo los órganos con un tipo de sangre distinto al suyo, es irreversible.

   Ayer sábado la madre de Jesica buscaba una opinión médica adicional a la de los especialistas del Hospital de Duke antes de decidir si autorizaba la desconexión del equipo que la mantenía con vida.

 

Desidia del IMSS

   Injustificable la negligencia en el hospital estadounidense en donde fue atendida, también lo han sido los motivos por los cuales doña Magdalena Santillán tuvo que llevarse del país a su hijita. Después de meses o años de insistencia, en la clínica del Instituto Mexicano del Seguro Social en Tamazula, Jalisco, le dijeron que ya no podían atender a Jesica.

   Seguramente los recursos hospitalarios en una clínica local no permiten el tratamiento de padecimientos sofisticados como el que aquejaba a la muchacha. Pero en vez de procurarle atención en otras instalaciones entre las muchas y según se asegura muy bien equipadas que tiene el IMSS, en aquella clínica condenaron a Jesica y su familia a la desesperanza.

   Con explicable reproche, doña Magdalena declaró hacia la mitad de esta semana: “En este momento estamos más agradecidos con las autoridades de Estados Unidos que con las de México porque allá, en Tamazula, en la clínica 15 del IMSS se negaron a atender a nuestra hija”. (Crónica, nota de Alejandro Sánchez, Carlos Jiménez y Darío Dávila, el jueves 20 de febrero).

   Esa tenaz y adolorida madre tiene toda la razón. El sufrimiento de Jesica Santillán y su familia ha sido conmovedor. El error que llevó a la joven de la ilusión en la vida a la agonía, es inexcusable. Pero también lo es la incompetencia de los servicios médicos mexicanos, en este caso del Seguro Social, cuya desidia condujo a doña Magdalena a cruzar tres veces, de manera ilegal, la frontera hacia Estados Unidos.

 

Amigos e intereses

   Nuestra vecindad inevitable y contradictoria con ese país ha sido parte, en estos días, de la presión del gobierno de Washington para que México apoye la guerra contra Irak.

   La administración de Mr. George W. Bush lo ha dicho de distintas maneras. Sus recursos para persuadir al gobierno del presidente Vicente Fox han variado desde el recuerdo de la vieja amistad y los propósitos comunes, hasta el infructuoso envío del presidente español José María Aznar y advertencias como la que antier hizo el Cholula el embajador Anthony Garza.

   “En los tiempos de bonanza todos tus amigos saben quién eres, en los de adversidad tú sabes quiénes son tus amigos”, subrayó el embajador. Se le podría replicar que en los tiempos difíciles, tanto como en los de bonanza, Estados Unidos no siempre se ha comportado como amigo de México. Se le podría recordar que independientemente del voto de nuestro país en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tendremos que seguir siendo vecinos, con una frontera enorme, un comercio inevitable y con el mayor flujo migratorio que hay en todo el mundo.

   Garza y su gobierno lo saben. Quizá por ello el embajador dice que a México no le piden favores sino que “actúe sobre la base de sus propios intereses y responsabilidades”.

   Eso es precisamente lo que nuestro gobierno tiene que hacer. Eso es lo que la sociedad espera que haga el presidente Fox.

   Para ello, será preciso distinguir entre las tentaciones del interés coyuntural y la necesidad que impone el interés histórico, nacional y político de nuestro país.

   La opinión prevaleciente entre los mexicanos sugiere que por muy intensa que sea la presión estadounidense para hacernos cómplices de la guerra, nuestro gobierno sepa resistir a ella. Sin embargo hay voces que sugieren que, en aras del realismo, apoyemos el interés de los Estados Unidos en este conflicto.

 

Inevitable intercambio

   Se dice que las consecuencias que puede tener cualquier otra actitud serían enormemente costosas para México. Se acude, para ello, a las cifras enormes del comercio entre ambos países, a la situación de nuestros compatriotas en aquella nación o a la posibilidad de que en todos los flancos Estados Unidos vuelva más rígida su actitud hacia México si el gobierno del presidente Fox no le otorga el voto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

   Indudablemente la capacidad de amago y coerción del gobierno estadounidense sobre nuestro país, puede ser considerable. Pero por muy enconadas que lleguen a ser las relaciones entre ambos gobiernos, en la mayor parte de los campos en los que tenemos intereses comunes existen procesos tan naturales e inevitables que sería prácticamente imposible cancelarlos o suspenderlos.

   Por mucho que sea el disgusto estadounidense, el comercio entre ambos países tendría que continuar. Gracias a la existencia del Tratado de Libre Comercio hay flujos, reglas, condiciones e incluso sanciones previstas y que tienen que cumplirse con o sin la benevolencia de cualquiera de los dos gobiernos.

   Por muy severa que quiera ser la reacción de Washington ante una actitud mexicana que no se allane a sus intereses belicistas, en aquel país seguirán requiriendo la mano de obra que aportan millones de compatriotas nuestros.

 

Vecinos y responsabilidades

   Y en el plano de las responsabilidades que también menciona Mr. Garza, nuestro gobierno y la sociedad mexicana habrán de mantener mucha claridad sobre sus obligaciones con nuestro país y con el mundo. Sujetarse a las decisiones estadounidenses para provocar la guerra no sería congruente con tales intereses. Allí es en donde se encuentra el asunto de fondo que tendría que seguir animando a la posición mexicana en este conflicto.

   México no quiere la guerra. Pero además a nuestro país no le conviene una guerra. Las consecuencias que un conflicto como el que la Casa Blanca está planteando terminarían por ser perjudiciales para nuestra economía y, desde luego, lo serían de inmediato para la vida de miles de personas en la zona en donde se pretende detonar la escalada belicista.

   Ceder al capricho guerrista de Mr. Bush implicaría darle carta blanca no solo para agredir a Irak con el pretexto de derrocar a Sadam Husein sino para, en cualquier otro momento, emprender acciones similares en cualquier sitio del mundo.

   Eso no significa que México respalde al terrorismo. A los autores de barbaries como la del 11 de septiembre de 2001 es preciso perseguirlos y desmantelar las redes que puedan tener. Pero el gobierno de Estados Unidos no ha probado que los responsables de aquellos atentados estén escondiéndose tras la protección de Husein.

   Abogar por la paz tampoco implica que se defienda al dictador que gobierna en Irak. Pero a la sociedad que ha vivido bajo ese despotismo difícilmente se la reivindicará si, para derrocar al autoritario Husein, les envían varias docenas de misiles a destruir Bagdad.

 

Impúdico pragmatismo

   Hay quienes recomiendan, con aparente pragmatismo, que nuestro gobierno tenga una posición flexible y que, de ser posible, busque sacar ventaja de este conflicto.

   ¿Qué tal, sugieren, si a cambio del voto mexicano en la ONU comprometemos a Estados Unidos a establecer el acuerdo migratorio que con tanto interés ha buscado nuestro país?

   ¿Qué es, insisten, un voto a cambio de facilidades para tantos compatriotas nuestros?

   Se trataría, en otros términos, de apoyar el asesinato de miles a cambio de condiciones favorables para los mexicanos.

   Ceder a tentaciones como esa implicaría una indignidad de la que estaríamos avergonzados durante generaciones enteras. El presidente Fox sería recordado como una suerte de Santa Anna del siglo 21. Si aquel personaje vendió la mitad del país, ahora se habría puesto en subasta el respeto en nosotros mismos.

   Habría que mirar al ejemplo turco. Sabido el interés del Pentágono para que las aeronaves miliares estadounidenses puedan hacer escala en Turquía en su ruta guerrera hacia Irak, el gobierno de ese país dijo que autorizaría esos aterrizajes a cambio de dinero. Entonces comenzó un obsceno y nada discreto regateo.

   Los turcos querían 30 mil millones de dólares por permitir que los aviones militares estadounidenses aterricen en su territorio. Washington ofreció la décima parte de esa cantidad. Finalmente, según decían ayer algunas fuentes en Ankara, se acordó un pago por 5 mil millones de dólares y préstamos por otros 10 mil millones. Todos contentos. Turquía tendrá más dólares, las tropas estadounidenses dispondrán a su antojo de la geografía de ese país y el mundo contempla ese desfachatado mercadeo de las definiciones geopolíticas.

 

El pueblo estadounidense

   En esa situación quedaría México si vendiera su voto en la ONU.   Pero más allá de los principios, que ya sabemos cuán distantes llegan a estar del eje de la vida pública, habría que considerar si el gobierno de Estados Unidos es digno de confianza para un trato de esa índole.

   El gobierno de Mr. Bush se está proponiendo quebrantar la legalidad internacional con la que su país se ha comprometido (y que, antes, varios de sus predecesores ya han incumplido). Ahora insiste en recabar la aquiescencia del Consejo de Seguridad de la ONU para desatar hostilidades militares contra Irak pero también ha dejado saber que si esa votación no le resulta propicia, de todos modos emprenderá la invasión. ¿Qué confianza se puede tener en un gobierno que toma tan atrabiliarias decisiones?

   Al contrario, si México ratifica su posición en contra de la guerra se mantendrá al lado del flanco racional y comprometido con la legalidad que aun hay el escenario internacional. Quizá, de momento, una posición de esa naturaleza no nos traiga muchos dólares, pero es discutible que nos haga perder demasiados. A cambio de ella, conservaremos una postura sensata y respetable como las que, históricamente, nos han permitido exigir el cumplimiento de esa legalidad internacional en nuestras relaciones con Estados Unidos y el resto del mundo.

   Votar contra los designios de Mr. Bush no sería votar contra el interés de Estados Unidos. A pesar de la subordinación de los grandes medios y de la histeria que el gobierno estadounidense ha querido mantener para que sus proyectos bélicos mantengan consenso en esa sociedad se advierten, cada vez más, razonados rechazos a la guerra contra Irak.

   Con una posición como la que hasta ahora ha definido el gobierno del presidente Fox, nuestro país quizá no gane el aplauso de la Casa Blanca. Pero México se mantendrá al lado de los mejores hombres y mujeres de los Estados Unidos que, hoy por hoy, rechazan la guerra con tanto énfasis como muchísimos otros ciudadanos en otras naciones.

   Cerca en el intercambio que enriquece social y culturalmente, lejos de las ambiciones de dominación que manifiesta su actual gobierno, México no se apartará de Estados Unidos por el hecho de votar contra la guerra. Millares de mexicanos seguirán buscando acomodo en el mercado laboral de aquel país e incluso algunos de ellos padecerán vicisitudes como las que primero dieron esperanza y después se la quitaron a la batalladora joven mexicana Jesica Santillán.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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