“Aguila II”

La Crónica, 23 de enero de 2004

En su desenfrenada megalomanía, Andrés Manuel López Obrador trastoca normas laborales, acomoda a su antojo el presupuesto, ubica a sus amigos en posiciones para las que no han comprobado su aptitud, infringe la obligación que tiene para informar con detalle acerca de tales manejos.

   Para todo eso tiene coartada. No hay abuso, descuido, infracción o error suyos y de sus colaboradores que no quiera disculpar acudiendo siempre al mismo expediente: la supuesta buena fe y la presunta honestidad con que dice comportarse.

   Para López Obrador ese código personal es más importante que el régimen jurídico con cuyo cumplimiento está legalmente comprometido. En aras de las que dice que son sus convicciones –o según dice ahora simplemente porque así es él– el Jefe de Gobierno entiende la ley como le da la gana, dispone a su capricho del organigrama, vuelve las fidelidades personales en méritos laborales, hace chofer a su cuate y, al chofer así escogido, “coordinador de logística”.

   El escándalo suscitado cuando se supo que al amigo que le maneja el coche el gobierno del DF le paga 62 mil pesos al mes ha manifestado la jactancia personal y la debilidad argumental de López Obrador. El martes, cuando la pregunta de una reportera cambió la agenda del Jefe de Gobierno y lo hizo trastabillar en busca de una explicación, pudieron advertirse varias de las fragilidades de ese personaje.

   Enfrentado a un hecho del que se sabía culpable, López Obrador quiso disculpar la irregularidad administrativa diciendo que su chofer tiene un sueldo alto porque se desvela y madruga. Lo único que consiguió fue subrayar la improvisación profesional del gobierno a su cargo. Sería más barato, pero sobre todo más seguro y eficiente, contratar dos choferes. Además olvidó que existen pagos por horas extras.

   Más tarde, cuando entendió que el asunto calaría en el ánimo de la sociedad, López Obrador apeló al subterfugio de decirse perseguido. Pero era difícil presentarse como víctima cuando en el gobierno de la ciudad de México hay decenas de miles de trabajadores que tienen salarios muy inferiores a los de su chofer aunque cuentan con mejores calificaciones profesionales.

   Solo más tarde, cuando sus asesores hicieron una evaluación de daños, resultó que el agraciado Nicolás Mollinedo Bastar no solamente conduce el automóvil sino que además coordina la logística de las actividades del Jefe de Gobierno. Pero ni así la explicación resultaba satisfactoria. Fue muy lamentable ver al secretario de gobierno del DF, el habitualmente talentoso Alejandro Encinas, haciendo inútiles maromas retóricas para justificar el abuso. Gracias a esa fallida aclaración resultó que el tabasqueño Mollinedo desempeña tareas equiparables a las del jefe del Estado Mayor Presidencial. Esa comparación debe haber sido tomada como agravio entre los miembros del Ejército Mexicano que han desempeñado tareas de responsabilidad en el Estado Mayor.

   Ya se han ido desgranando otros casos de tráfico de influencias, que es como se le puede calificar a la costumbre de darle chamba a los amigos, y a los parientes de los amigos, más allá de sus aptitudes y forzando para ello la estructura administrativa. En sus crecientemente malogrados esfuerzos para eximirse de tales excesos el Jefe de Gobierno ha exhibido la impaciencia y la intolerancia que lo ciñen incluso a pesar suyo.

   En el sistema de radiocomunicación del gobierno el DF la clave del célebre Nicolás es Águila II: “con eso les estoy diciendo todo”, alegó López Obrador como si el principio de autoridad bastara para legitimar un exceso.

   Como para mí es importante entonces lo es para el gobierno. Las cosas son como a mí me gustan. Una decisión es justa cuando a me parece conveniente. He ahí el código personal, más allá de cualquier régimen jurídico y de hecho más allá de la moral política, con que gobierna López Obrador.

   “Yo me manejo así”: de esa manera explicó ayer sus decisiones. Ah, pues sí. Y a ese manejo quedan supeditadas la conducción del Distrito Federal y, si episodios como este no afectan las expectativas de voto, el futuro político del país.

   Más que el sueldo del señor Mollinedo, lo importante de este asunto ha sido la manera como ha sido mostrado el talante de López Obrador. Eso se llama, aunque a no le gusten tales términos, populismo, caudillismo y autoritarismo.

   También nepotismo, por mucho que lo niegue el jefe de Gobierno. Ojalá se diera una vueltecita por el Diccionario de la Academia para comprobar que la definición de tal práctica se ajusta, letra por letra, al empleo que hace de las plazas en su equipo de trabajo. Pero no es la claridad, sino la popularidad, lo que preocupa a López Obrador.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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