Cinismo

La Crónica, 11 de agosto de 2004

En la colección de diálogos de sordos en que se ha convertido nuestro panorama público nadie atiende, nadie previene, nadie entiende. Gobernantes y dirigentes políticos no hablan entre sí mismos, ni a los ciudadanos, sino para el exigente tótem mediático. Cada quien se refleja en sus propias declaraciones sin reconocer el efecto que tienen en el resto de la clase política.

Mientras el presidente de la República y sus funcionarios más significativos se obstinan en presentar un país de maravillas, apenas sobresaltado por asuntos pasajeros, los líderes partidarios ahondan en la erosión de un sistema político tan generoso que no se ha desgarrado del todo pero cuya incapacidad para resolver los conflictos es creciente y notoria.

Mientras los legisladores posponen una y otra vez decisiones cardinales –ya ni siquiera se habla de las reformas fiscal o eléctrica como asuntos posibles de aquí a varios años– el Congreso está a punto de convertirse en arena de sacrificios al menos desde el parcial pero exitoso punto de vista de los partidarios de Andrés Manuel López Obrador.

El doble discurso que todos los días repite el jefe de Gobierno del DF tiene una eficacia que sólo se explica a partir del pasmo y de la enclenque cultura cívica que sigue padeciendo la sociedad mexicana. Una mañana tras otra, López Obrador niega las prácticas de clientelismo, manipulación e incluso corrupción que se despliegan en su gobierno. Somos gente de principios, seríamos incapaces de hacer lo que rechazamos, repite el jefe de Gobierno, como si su palabra bastase para desvanecer las presiones políticas, el tráfico de influencias y el retorno a las viejas costumbres que fueron distintivas del antiguo pero de ninguna manera inacabado régimen.

No es sorprendente que el jefe de Gobierno se obstine en negar la realidad que distintos medios documentan también cotidianamente. Lo asombroso es que haya quienes le crean. Ya ni siquiera en ese foro de aplausos y complacencias en que se habían convertido las madrugadoras conferencias de prensa López Obrador encuentra el auditorio dócil que, con escasas excepciones, tuvo durante varios años.

Ahora son varios los reporteros que se niegan a que el jefe de Gobierno imponga la agenda y les dé la vuelta a las preguntas difíciles en esas sesiones. Ayer, cuando rechazó que en su gobierno se estén cobrando cuotas a los empleados y funcionarios para la campaña a favor suyo, López Obrador se empeñó en repetir que él jamás propiciaría tales usos. Cuando le mencionaron cifras de las asignaciones que se les están requiriendo a sus empleados simplemente dijo que no era por instrucciones suyas.

Luego varios reporteros quisieron saber por qué el gobierno del DF se dispone a regularizar varios miles de taxis piratas. López los contradijo pero cuando no pudo ofrecer información precisa dio por terminada la conferencia de prensa.

Las prácticas que el jefe de Gobierno niega por las mañanas, durante el resto del día son costumbre y agravios –a la ética del servicio público, a la dignidad de los trabajadores del DF, posiblemente también a la legalidad– en distintas áreas de su administración.

En la prensa de los días recientes existen abundantes testimonios del acarreo y las coacciones que el gobierno del DF y el PRD ejercieron para nutrir la “cadena humana” del domingo pasado. Sin embargo López Obrador niega que se hayan puesto en práctica tales recursos. En esa obstinación auto exculpatoria, López manifiesta el gran artificio que constituye su oferta política y, también, su gran debilidad.

“Actuamos con apego a principios, con ideales, porque no decimos una cosa y hacemos otra, eso es realmente lo que nos da fortaleza”. Así dijo ayer el jefe de Gobierno. Pero si muchas de sus afirmaciones son falsas, como puede constatarse, entonces habrá de reconocerse que esa fuente de fortaleza es, en realidad, un pantano de inconsistencias.

No es inusual que los políticos mientan. Incluso hay quienes suponen, en una lectura pedestre de Maquiavelo, que la falsedad es componente ineludible del ejercicio político. Lo que no resulta frecuente es encontrar dirigentes o gobernantes que, delante de evidencias de los hechos que se empeñan en desmentir, insistan en decirse honestos. Algo hay de anomia, pero sobre todo mucho de personalidad autoritaria, en ese comportamiento.

En algunos casos esa conducta –posiblemente así ocurre con el presidente Fox– puede atribuirse a una visión cándida y voluntarista de la situación que los rodea.

Pero en personajes como López Obrador puede pensarse, más bien, en un comportamiento cínico (es decir, en la “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”).

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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