El desasosiego de López Obrador

La Crónica, 3 de abril de 2004

Lo peor que puede sucedernos después de tantos días de estruendo durante los cuales ha parecido que podrían ocurrir muchas cosas es que, simplemente, acabe por no pasar nada.

   Hemos visto escenas de corrupción que posiblemente todos imaginábamos pero que nunca habíamos presenciado, televisión mediante, en la sala de nuestras casas.

   Hemos visto a funcionarios dilapidadores, jefes protectores, delegados ávidos no de servir sino de servirse.

   Hemos presenciado la debacle de un partidos proverbialmente solapador y de pronto indignado hasta la crisis interna.

   Sabemos, incluso en detalles que no tendríamos por qué conocer, las aficiones del empresario corruptor y de su amiga la ex dirigente de izquierda.

   Medios omnipotentes e intereses políticos, se han coaligado para darnos a conocer la podredumbre en un flanco de la política mexicana.      

   El PRD ha perdido en cuatro semanas el capital político de una década. Pero además, todo el sistema de partidos ha quedado marcado por la suspicacia.

   El gobierno de la ciudad de México está casi exclusivamente dedicado a defenderse de la descomposición que anidó dentro de él durante varios años.

   Hoy sabemos, de nuestro sistema político, más que hace un mes y las novedades que los mexicanos hemos aprendido no son edificantes, ni esperanzadoras.

   Desconfianza y desaliento van de la mano cuando nos preguntamos por el quehacer político.

   Aquellos en quienes algunos todavía confiaban, se han mostrado tan deshonestos como los personeros de la vieja política a quienes decían combatir, o tan negligentes como los políticos aparentemente nuevos que llegaron al poder suponiendo que la tarea de gobernar consiste solo en administrar al país como si fuera una empresa.

 

Fiscalización ausente

   La corrupción no sería posible sin la codicia que es inherente a la naturaleza humana. Precisamente porque existen esa y otras debilidades –o aficiones al exceso– es que todas las sociedades construyen sistemas de control y sanción.

   Lo que se ha revelado en videos, denuncias y golpeteos mutuos, no es la existencia de comportamientos ilícitos en algunos personajes de la elite política sino la inoperancia de los mecanismos de supervisión que podrían haber atajado esas conductas.

   Eso es lo auténticamente grave en los episodios que conocimos durante todo marzo y que no terminamos de decantar, en la discusión pública ni en la sorpresa ciudadana.

   Lo peor no es que el Tesorero del Distrito Federal se paseara en Las Vegas, presumiblemente con dinero de nuestro impuesto predial o de las tenencias de automóviles. Tampoco, que el antiguo operador político de López Obrador llegara al despacho de Ahumada para abastecer el portafolios hambriento de dólares. Ni que varios delegados formaran parte de la corte de secuaces que ese empresario construyó con una porción mínima de la fortuna que de manera tan veloz y cuantiosa acumuló en nuestro país.

   Lo más lamentable ha sido la ineficiencia de los dispositivos institucionales y jurídicos, pero también políticos, para fiscalizar el desempeño de los funcionarios del gobierno de la ciudad de México.

   Lo peor, junto con ello, es la insuficiencia que hasta ahora ha tenido la aplicación de la justicia en esos casos.

   Es grave que Gustavo Ponce haya desviado fondos como se presume que lo hizo durante algún tiempo y en montos crecientes. Pero también lo es el descuido, o la complicidad, de su jefe inmediato ante esas prácticas. Y es inexcusable que el secretario de Finanzas haya estado desaparecido durante tantos días.

 

Negligente o implicado

   Una de dos. Si Andrés Manuel López Obrador no sabía de los fraudes de los que ahora está acusado su ex Tesorero, o de la costumbre de René Bejarano para recibir dólares ajenos, entonces no está enterado de lo que ocurre en su entorno más cercano.

   Ese enorme descuido indicaría que no sabe coordinar, y mucho menos vigilar, a sus colaboradores de primera línea.

   Y si no se entera de lo que ocurre a su alrededor, menos aun puede esperarse que esté al tanto de lo que sucede en la ciudad de cuyo gobierno es responsable, o en el país que aspira a gobernar.

   La otra posibilidad sería que, a diferencia de lo que ha dicho, el jefe de Gobierno si haya estado enterado de los presuntos desvíos de fondos de su secretario de Finanzas y de los negocios sucios de su ex jefe de campaña y ex secretario particular.

   Esa es la hipótesis más abominable, pero no se puede descartar. El comportamiento de López Obrador durante las semanas recientes ha sido de tenaz y prácticamente culposo ocultamiento de los hechos relacionados con la corrupción alrededor suyo.

   Desde el primer día después de que se conocieron las irregularidades en el desempeño del Secretario de Finanzas, López Obrador se obstinó señalar que se trataba de un complot contra él y su administración.

   Cuando exhibieron el video en donde René Bejarano se embolsa los dólares de Ahumada, el jefe de Gobierno insistió en que había una conspiración contra su candidatura presidencial.

   Después del video en donde aparece Carlos Imaz con sus bolsas del supermercado, López Obrador se lanzó a preguntar quién estaba organizando esa campaña para descalificarlo.

   El jefe de Gobierno ha preferido reiterar ese clamor antes que reconocer que su secretario de Finanzas hacía trampa, que su ex secretario particular era corrupto y que su control sobre esos colaboradores suyos era inexistente.

   Jamás, en el mes que ha transcurrido desde que se conoció el primero de esos videos, López Obrador ha ofrecido la menor autocrítica.

   En cada una de sus cotidianas peroratas ha pretendido colocarse como víctima de una persecución, sin admitir los numerosos errores que lo han colocado en esa circunstancia.

   Día tras día, en cada una de sus reiteradas declaraciones públicas, López ha pretendido tender una cortina de humo que disimule la corrupción en su gobierno.

   Al parapetarse en ese alegato, elude lo más importante en estos episodios: la existencia de actos de corrupción, el paradero hasta ahora incierto del dinero que recibían personajes como Bejarano e Imaz, la ineficacia de los controles administrativos que deberían evitar desvíos como los que perpetraba Ponce y en qué medida López Obrador estaba enterado de esos negocios sucios.

 

El “error” de Bejarano

   Con el comportamiento esquivo al que ha reducido su discurso –y de hecho el conjunto de su actividad política– López Obrador no sólo se muestra poco apto para la responsabilidad que espera ganar en las urnas dentro de dos años.

   Además, al esforzarse en ocultar los temas principales tras el manto de la presunta conspiración el Jefe de Gobierno actúa, en la práctica, como cómplice de Ahumada, Ponce, Bejarano y el resto de sus allegados involucrados en esa red de corrupción.

   A cada uno de esos personajes, López Obrador ha tratado de restarle responsabilidades legales –y en algunos casos políticas–.

   Peor aún, a Bejarano prácticamente lo disculpa. El jueves en la conversación que tuvo en el noticiero de Joaquín López Dóriga en el canal 2, el jefe de Gobierno dijo, con todas sus letras, que Bejarano había cometido “un error”.

   Ahora resulta que llegar con el portafolios vacío al despacho de un empresario de controvertida fama pública para llenarlo de dólares, constituye un descuido. A menos que López Obrador quiera decir que el error de Bejarano consistió en recibir el dinero de una manera tan rudimentaria y sin cerciorarse de que no hubiera cámaras que registraran sus vergonzosas negociaciones.

   Sólo cuando López Dóriga lo presionó, López Obrador admitió que su ex secretario particular incurrió en “un acto de corrupción”. Pero todo, había dicho, se debió a una equivocación.

  

Maniobra distractora

   La versión que ha concebido el jefe de Gobierno le resta responsabilidad, incluso, al empresario corruptor. López Obrador admite que Carlos Ahumada es un tramposo. Pero cuando afirma que ese negociante no era mas que un alfil en la trama diseñada por un personaje más conspicuo, Ahumada resulta ser el instrumento y no el maquinador de los episodios de cohecho que hemos contemplado.

   Al decir que Ahumada estaba a las órdenes del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, el jefe de Gobierno acrecienta el escándalo y le confiere a toda esta historia un aire de maquinación perversa.

   Se trata de una maniobra retórica que persigue tres propósitos.

   Por un lado, al involucrar a Salinas López pretende que la figura del impopular ex presidente se sobreponga a la del empresario corruptor. Si ese ardid prospera, los ciudadanos atenderán más a los presuntos motivos del ex presidente que a los sobornos que entregaba Ahumada.

   Por otra parte, al impulsar la hipótesis del complot López Obrador procura desviar la atención para que pierda importancia el hecho de que en su gobierno se han registrado actos de corrupción. Los cohechos de Ahumada se verían pequeños ante la confabulación supuestamente orquestada por Salinas.

   Y en tercer término, con esa estrategia el jefe de Gobierno trata de evadir responsabilidades legales y políticas. Lejos de explicar qué y por qué ocurrió en el tráfico de fondos ilegítimos, López Obrador grita que lo están persiguiendo. Es una manera ventajosa de evitar explicaciones.

   Ya se sabe que para el jefe de Gobierno la rendición de cuentas –que en cualquier democracia constituye uno de los menores recursos para que la sociedad fiscalice al poder político– es inaceptable. Por eso ha limitado, hasta volverlo ineficaz, al instituto a cargo de la información pública en la ciudad de México.

   De la misma manera, en este asunto en vez de explicaciones López Obrador ofrece acusaciones. Lejos de cualquier autocrítica, se encierra en una auto complaciente recriminación a las fuerzas malignas que, dice, lo quieren escarmentar. No es la claridad que suele surgir de la verdad, sino la oscuridad que favorece a la confusión lo que propicia el político tabasqueño.

 

Una gran conspiración

   La  imprudencia con que enumera a los supuestos confabulados en su contra sería más evidente si López no encontrara tanta condescendencia en los medios y en el resto de la clase política. Aunque uno de los saldos de esta temporada es el distanciamiento entre el jefe de Gobierno y varios de los medios de comunicación más importantes, en muchos de ellos aun se le sigue tratando con escaso espíritu crítico.

   Gracias a ello López Obrador se da el lujo de inculpar sin pruebas, descalificar sin otro sostén que su veleidoso –o interesado– estado de ánimo y, así, de enturbiar aun más el panorama nacional.

   En las recientes semanas el catálogo de perseguidores de los que se queja ha involucrado a “la derecha”, a la cual reconoce tanto en la administración pública como el periodismo.

   López ha acusado de la propagación e incluso la elaboración de los videos incriminatorios tanto al gobierno –en general– como al presidente Fox y su esposa.

   También ha señalado como fuentes de esos documentos visuales al CISEN de la secretaría de Gobernación, a la PGR, al senador Fernández de Cevallos.

   Entre los malévolos que lo hostigan ha incluido a la Casa Blanca, la DEA y la CIA. Mientras más perversas sean sus trayectorias, más idóneos le parecen esos organismos como fuente del acoso que dice experimentar.

   En esa conspiración también habla del senador Diego Fernández de Cevallos, así como de poderosos intereses mercantiles y financieros.

   Y por supuesto, implica al ex presidente Salinas.

   López Obrador ha venido construyendo, sin pruebas, una historia distinta a la que todos presenciamos en los videos. No ofrece explicaciones que justifiquen la conjura que habría sido capaz de cohesionar a actores políticos tan distintos como los que ha identificado en su contra. La única motivación sería que todos ellos quisieran detener su camino a la Presidencia de la República. Pero aun así, la supuesta alianza de sus enemigos sigue siendo inverosímil.

   Lo que ocurre es que a López Obrador le gusta considerar enemigos suyos a quienes no están incondicionalmente de acuerdo con él. Así hace con los medios de comunicación. Si un periódico publica notas que le resulten incómodas, en vez de responder o aclarar esa información intenta descalificar al medio en donde apareció. A partir de esa fobia a la discrepancia, sostiene que Reforma es “de derecha” o propaga fabulaciones –que nunca ha demostrado– acerca de La Crónica.

 

Operación encubrimiento

   La tesis de la conspiración a cargo de personajes y medios como los antes enumerados se desploma cuando se le compara con la otra historia detrás de los videos: la versión que todos hemos visto y que López Obrador quiere encubrir con toneladas de palabrería.

   Esa historia es la de la corrupción en su partido y, especialmente, entre sus colaboradores más cercanos. Lo que no menciona cuando recita la retahíla de personajes del gobierno federal, del viejo régimen, de la geopolítica contemporánea y del espionaje internacional a los que identifica en su contra, es que antes que cualquiera de ellos las maquinaciones más importantes fueron las que condujeron al Tesorero, al ex secretario, a los delegados, a la ex dirigente y quién sabe a cuántos más, a procurar el dinero fácil pero comprometedor de los sobornos y los desfalcos.

   Esa es la verdadera conspiración que le ha perjudicado a López Obrador. Ese es el asunto del cual se niega a dar explicaciones. En vez de ello, persiste en crear una nube de retórica y locuacidad.

   Al inventar fabulaciones que en otro contexto serían risibles e infantiles, Andrés Manuel López Obrador se comporta como si fuera culpable de algunos de esos delitos.

   Al tratar de restarle importancia a las transgresiones legales, políticas y éticas que cometieron algunos de sus colaboradores, López Obrador no se comporta como gobernante responsable sino como preocupado cómplice.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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