El día después de la marcha

La Crónica, 27 de junio de 2004

crónica

jun/26/04

SOCIEDAD Y PODER DOMINICAL

El día después de la marcha

Raúl Trejo Delarbre

Mañana lunes, mientras la prensa reseñe los pormenores de una manifestación concurrida y diversa, cada segmento del poder político emprenderá el balance del acto de masas más importante en la historia reciente de nuestro país. Los diarios se darán vuelo registrando anécdotas y exprimiendo lugares comunes identificados en la marcha.

   La participación que para unos será señal de frivolidad y espectacularidad, a otros les permitirá comprobar prejuicios anteriores a la marcha. Reforma mostrará rostros y atuendos de los famosos que habrán asistido a esa demostración contra la delincuencia. La Jornada reconocerá a los miembros de grupos reputados como conservadores y se ensañará en la reseña del porte atildado y la inexperiencia  en manifestaciones callejeras de damas y caballeros que no suelen aparecer en las páginas de información política sino en las secciones de fiestas y celebraciones. El Universal enfatizará el comportamiento distinto de los gobiernos federal y de la ciudad de México en las primeras reacciones después de la marcha. Milenio desplegará las cifras de asistencia que ofrezca la policía del Distrito Federal y que serán inferiores a las estimaciones de los organizadores de la marcha. La Crónica observará la composición plural y las dimensiones multitudinarias del evento, podrá destacar las consignas –inevitables a pesar del llamado al comportamiento silencioso– en contra del jefe de Gobierno del DF y si los hay, reportará los robos de autos y otros atracos que a pesar de la vigilancia policiaca se hayan cometido en las inmediaciones de la manifestación.

 

Posiciones en los medios

   Cada uno de esos diarios, igual que el resto de los medios de comunicación, habrá sido adversario, testigo o promotor activo de la marcha contra la inseguridad pero ninguno la habrá podido ignorar. En la posición ante la marcha cada medio, igual que cada autoridad local o federal, ha mostrado concepciones distintas acerca del papel que le reconocen a la sociedad en la solución a los problemas públicos.

   Algunos medios de comunicación, que por costumbre antigua o por reciente conveniencia han querido identificarse con Andrés Manuel López Obrador, hicieron todo lo posible para destacar las impugnaciones contra la marcha, en tanto que minimizaban sus virtudes. La versión de que se trataba de un evento promovido por grupos de ultra derecha –y que hoy será descalificada en la composición y el talante político de la enorme mayoría de los asistentes– fue asumida como consigna por La Jornada y Milenio y, aunque con dificultades porque esa postura se confrontaba con su público habitual, por Monitor de José Gutiérrez Vivó.

   La mayoría de los medios y periodistas, más de forma espontánea que como resultado de una decisión corporativa, quiso apostar por la marcha y contra la inseguridad en la ciudad de México. Era difícil no hacerlo, especialmente cuando muchos de esos profesionales de la información reseñan los secuestros, asaltos y violaciones que todos los días se dan a conocer.

   Respaldar la manifestación se convirtió en un recurso para pugnar por una realidad distinta. En ese empeño se identificaron ciudadanos de las más diversas condiciones sociales y profesionales. Todos, sin distinción, somos o podemos ser víctimas de la desmedida delincuencia que se ha convertido en el problema urbano más grave de los últimos tiempos. Por eso la convocatoria a la marcha despertó tanto y tan extendido interés.

 

Extendida aceptación

   Aunque la marcha habrá tenido importancia política y presencia social más allá de los medios, todavía hay quienes consideran que se trata de un acontecimiento fraguado y moldeado por las empresas comunicacionales. Lo que ha ocurrido es lo contrario. La aceptación que la marcha alcanzó en la sociedad fue tan amplia y generalizada que los medios no pudieron ignorarla.

   Por supuesto sin la promoción que recibió, sobre todo en espacios informativos y en programas de discusión especialmente en la radio, la marcha no habría sido tan considerablemente conocida. Sobre todo no se habría convertido en el acontecimiento insoslayable, y para algunos indispensable, que ha llegado a ser. Pero la iniciativa, organización y la definición de las prioridades de la marcha, no han sido resultado de una manipulación de los medios.

   Seguramente los propietarios de algunas de las empresas televisivas y editoriales más importantes están de acuerdo con la manifestación y no han puesto taxativas para que sea promovida en sus medios. Pero la notoriedad de la marcha no se debe exclusivamente a la intensa exposición en la radio, a las habitualmente costosas menciones en televisión, ni a la información documentada por la prensa.

   Todo eso ha ayudado. Pero de poco habría servido si, en la sociedad, no hubiera una sensación de miedo, inquietud y molestia ante la persistencia y la frecuente impunidad de la delincuencia.

 

Cotidiana intranquilidad

   La zozobra de los ciudadanos ha sido el fermento del hoy extendido interés por el combate a la criminalidad y por la utilización de recursos de expresión y presión como el que constituye la marcha.

   La inseguridad económica es lacerante, pero la mayor parte de las familias han podido sobrellevarla aunque sea con enormes dificultades. La desazón política, es causa de preocupación y disgustos pero ha llegado a ser entendida como un asunto distante de los ciudadanos.

   En cambio la intranquilidad que ocasiona la posibilidad de ser asaltados, o de que alguno de sus familiares no llegue al hogar porque se ha convertido en una más de las víctimas de la delincuencia, ahora es una angustia que todos los días corroe la convivencia en sociedad y la supervivencia en nuestras ciudades –y muy especialmente en la capital del país–.

   En ese sustrato real, la explicable y preocupada inquietud de los ciudadanos se desarrolló a partir de los desatinos políticos del gobierno del Distrito Federal. Quizá si no hubiéramos padecido la tensa temporada de videos, denuncias y desvergüenzas que presenciamos desde marzo pasado –y que no sabemos si ha concluido– el de la delincuencia no habría sido un tema tan punzante en la sensibilidad de la sociedad.

   Pero cuando a la conocida ineficiencia de las autoridades para enfrentar a las bandas criminales se añade el descubrimiento de los negocios ilícitos en los que estaban involucrados algunos de esos funcionarios o sus colaboradores cercanos, es entendible que la desazón se convierta en irritación.

   El razonamiento que, al respecto, hacen no pocos ciudadanos es de contundente sencillez: si en vez de llenarse las bolsas de dólares y ligas algunos de los funcionarios más importantes del gobierno del DF se hubieran dedicado a cumplir con sus obligaciones, posiblemente la delincuencia y otros males de la ciudad habrían sido atendidos con menos negligencia.

 

López reprobó la marcha

   A la incapacidad para entender ese disgusto, el gobierno de la ciudad de México añadió una desmañada actitud para entender y atender el desafío que significa la manifestación. En vez de reconocer que allí se expresan reclamos fundamentales de la sociedad, la administración de López Obrador decidió sabotearla y descalificarla.

   En lugar de identificarlos como interlocutores, el gobierno del DF asumió como contendientes a los organizadores y participantes de la manifestación.

   El resultado ha sido políticamente desastroso. La marcha contra la delincuencia se ha convertido, incluso a pesar de sus promotores, en termómetro del rechazo al jefe de Gobierno de la ciudad de México.

   López Obrador se enfrentó a esa movilización y la descalificó inventando patrañas acerca de ella. Hoy se demostrará no solo que su administración mintió acerca de los grupos que promovían la marcha, sino que miles y miles de ciudadanos desatienden esas advertencias simplemente porque no le tienen confianza al jefe de Gobierno.

   Al gobierno de la ciudad de México, la marcha de este domingo le pareció reprobable porque no la controlaba. No hay otro motivo real para que se haya querido desacreditarla con tanta insistencia como hicieron en días pasados varios funcionarios de esa administración.

 

Intolerancia y lucro

   En la reacción a la marcha se expresa de manera transparente la personalidad autoritaria de López Obrador: desconfía de cualquier iniciativa ajena a su ámbito de control, se niega a reconocer errores, encuentra perversas conspiraciones en donde lo que hay son reclamos legítimos, rechaza la interlocución y prefiere la descalificación.

   Por obediencia o convicción, varios de los colaboradores más importantes de López Obrador compartieron y esgrimieron ese discurso intolerante hacia la marcha. Las acusaciones de Alejandro Encinas que la atribuyó a un complot de la derecha, el desprecio de Bernardo Bátiz por una movilización a la que desaprueba como “alharaca” y las descalificaciones de Martí Batres al presidente de la República porque dijo que el DF es la entidad más insegura del país, son indicios de la inhabilidad de ese gobierno para enfrentar los problemas de la ciudad de México y de la autoritaria noción que tienen de la sociedad.

   Con más habilidad pero tratando de lucrar políticamente con la marcha, el presidente Vicente Fox se ha acercado a los grupos que la organizan y les ha prometido escuchar sus exigencias.  A diferencia del gobierno del DF, la administración federal ha entendido que en la manifestación se expresan reivindicaciones sociales legítimas y que de nada sirve ignorarlas.

   Sin embargo el presidente Fox aprovecha la reivindicación de la marcha para desacreditar al gobierno de la ciudad de México. Con esa actitud demuestra, otra vez, su incapacidad para tener una mirada de largo aliento. En ausencia de esa perspectiva, el gobierno federal se comporta como si la manifestación fuera simplemente un episodio en su diferendo político con López Obrador.

 

Más o menos delincuencia

   Al lado de esas querellas, la marcha habrá demostrado que sus banderas son mucho más importantes que las ambiciones de los grupos que se disputan el poder.

   En los días recientes el gobierno federal y los colaboradores de López Obrador se enfrascaron en una poco útil disputa sobre el tamaño de la delincuencia en la ciudad de México. A la afirmación del presidente Fox sobre el primer sitio que el DF ocuparía en materia de criminalidad, Batres contestó con cifras federales sobre seguridad pública. No quiso recordar que esos datos suelen estar sesgados por el desinterés de los ciudadanos para presentar denuncias ministeriales cuando son víctimas de algún delito.

   Los datos son útiles, pero más allá de ellos es evidente que el de la criminalidad es un problema que afecta y agobia en ciudades como el DF. Por eso es útil la precisión que hacen las 80 organizaciones que convocaron a la marcha: “No se debe perder el tiempo en discusiones sobre el incremento o la disminución de los delitos del país. Lo único cierto es que los ciudadanos de aquí y de allá nos sentimos inseguros”.

 

Agenda contra el crimen

   Por eso, la manifestación de este domingo por Reforma y que llegará hasta el Zócalo no solo será muy concurrida. Además, en forma y fondo, constituirá la expresión de una sociedad disgustada y que no quiere permanecer impávida frente al empeoramiento de problemas que la afectan directamente.

   Ese brío de la sociedad (no de toda ella, desde luego, sino de sus componentes más activos) será indispensable que se mantenga para insistir en las medidas legales y administrativas que pueden forzar a una disminución real de la delincuencia.

   Reorganización y depuración de cuerpos policiacos, reglas más estrictas en las prisiones, atribuciones y obligaciones del ministerio público, plazos y alcances de los juicios penales serán, entre otros, algunos de los capítulos cuyo desahogo requerirá de una sociedad vigilante y un compromiso explícito de las fuerzas políticas.

   La marcha permitirá hacer evidentes esas opciones y el respaldo social que tienen. Será el inicio, apenas, de un esfuerzo que si no resulta sostenido tendrá escasos resultados. Mantener el de la seguridad como tema imprescindible de la agenda pública será una de las tareas de las organizaciones que se congregan hoy y de los ciudadanos que respaldan ese empeño.

 

Más allá de los partidos

   Esos ciudadanos se manifestarán más allá de los partidos políticos y en algunos casos de manera crítica ante ellos. Junto con el tema de la delincuencia, ese constituye un mensaje insoslayable para partidos, legisladores y gobernantes.

   Si en vez de estar contaminados por puyas y timos los espacios para hacer y procesar la política funcionaran con eficacia, los ciudadanos no tendrían necesidad de salir a las calles a exigir que sean atendidos asuntos como el aumento y la frecuente impunidad de la delincuencia.

   Si el Poder Legislativo cumpliera con escrupulosidad sus obligaciones y desahogara asuntos pendientes como las iniciativas para enfrentar al crimen en lugar de permanecer atrancado en disputas por parcelas de influencia, no harían falta marchas como la de hoy.

   Si los partidos recordaran que los votos de mañana se cosechan hoy pero sobre todo que además del horizonte electoral tienen responsabilidades, que habitualmente no cumplen, en el diseño de estrategias para la nación, no enfrentarían tantos reproches.

   Si los gobiernos locales y federales lograsen sobreponerse a la corrupción que a menudo domina en los cuerpos de seguridad pública y solucionaran la división de tareas y jurisdicciones que suele entorpecer el combate a la delincuencia, quizá obtuvieran reconocimientos y no reconvenciones como las que se escucharán hoy.

 

Por una mejor política

   Si a la sociedad se le viera como fuente de soluciones y no, simplistamente, como semillero de conflictos, el poder político entendería mejor las motivaciones que animan a los concurrentes y simpatizantes, en todo el país, de la manifestación del día de hoy.

   También entre los promotores y asistentes de la marcha sería saludable que se extendiera una visión menos maniquea que la que con frecuencia, en algunos segmentos, existe acerca de los asuntos públicos.

   Tanto gobernantes como organizadores de la marcha han insistido en que esta demostración “no se politice”. Pero todo en esta sociedad es política. Especialmente, cuando miles de ciudadanos salen a las calles movilizados por una reivindicación de eminente importancia pública, es clarísimo que se trata de una acción política. Lo importante es que sea así y no que derive en una expresión de impolítica.

   Todos ganaríamos si a la marcha se la entendiera no como una demostración en contra de la política, sino como la búsqueda de una mejor política.

   En todo caso, a pesar de admoniciones y descalificaciones, no obstante el miedo y decididamente en contra de él, los mexicanos que este domingo se manifestarán para derrotar a la delincuencia estarán siendo activa, plena y gozosamente ciudadanos. Esa actitud, en medio del frecuente desinterés por los asuntos públicos, constituirá uno de los méritos principales de la marcha.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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