Fox y JLP

La Crónica, 22 de febrero de 2004

Al presidente Fox se le olvidó que lo cortés no quita lo distinto. Su ausencia en los funerales de José López Portillo fue notoria. Para deslindarse de ese ex mandatario que falleció el martes no era necesario faltar a las exequias. La personalidad de un gobierno se construye a diario, en las acciones más que en las omisiones. Sin embargo el presidente Vicente Fox ha querido definir a su administración por contraste con las anteriores, en vez de singularizarla por sus logros sustantivos. Tenemos, así, un gobierno en donde el cambio está resultando solamente de apariencias pero no de políticas y mucho menos de rumbo nacionales.

   Estar presente en las honras fúnebres de López Portillo hubiera constituido un gesto de cortesía política por parte del presidente Fox. Nadie lo hubiera interpretado como una deferencia personal sino como el reconocimiento formal a quien fue su antecesor. No hubiera honrado al ciudadano fallecido sino a un ex presidente de los mexicanos.

 

Cuestión de formas

   El presidente Fox no ha aprendido a distinguir la conducta personal de su responsabilidad institucional. La investidura política la asume como una serie de gestos, jactancias, promesas y obsesiones individuales. Si hay incertidumbre sobre la economía, propaga declaraciones jubilosas aunque las cifras se le hagan bolas. Si las pretensiones públicas de su esposa ocasionan suspicacias, las defiende como si de tratara de un desafío personal y no de un problema político. Si un asunto le resulta incómodo, lo soslaya aunque su responsabilidad sea enfrentarlo. Si las exequias de un ex presidente le resultan embarazosas, simplemente deja de asistir aunque con esa ausencia no lastima al partido político de ese antecesor suyo sino a la institución que él representa ahora.

   Es cuestión de formas pero, ya se sabe, la imbricación que tienen con el fondo le confiere densidad y color a la política.

   Al presidente Fox, según parece, le resultaba fastidiosa la posibilidad de que se le identificara con el recién fallecido ex mandatario. Los desplantes retóricos, la desmesura personal, las interminables murmuraciones y la maltratada fama pública que acompañaron a José López Portillo forman parte de las creencias de una cultura política tallada a fuerza de abusos, mitos y desinformaciones.

 

Vehemencia y atropello

   Las creencias que la sociedad mexicana tiene acerca de la clase política están fundadas en excesos reales. Los abusos que cometió López Portillo, o que se perpetraron a su amparo, fueron tan escandalosos que han sido tomados como emblemáticos del sexenio en que nos gobernó.

   El dispendio siempre a cargo de recursos públicos para complacer las aficiones artísticas de su esposa. El respaldo incluso hasta el encubrimiento a las tropelías de su amigo de la infancia al que convirtió en el más desacreditado jefe policiaco de nuestra historia reciente. Las gestiones –y concesiones– para llevar al Papa a Los Pinos con tal de que lo recibiera allí la señora madre del presidente. Los favores públicos, incluso convertidos en designaciones institucionales, a su compañera sentimental en turno. La naturalidad con que se decía orgulloso de su nepotismo. La desfachatez con que admitía munificentes regalos como el terreno en el que construyó su célebre residencia. Esos, entre tantos otros, fueron rasgos de la personalidad contradictoria hasta la incongruencia, vehemente hasta el atropello, con que este país fue gobernado entre 1976 y 1982.

 

Cima y sima

   A esos desplantes y excesos personales, siempre de consecuencias políticas o a cargo de recursos públicos, habría que entenderlos en la circunstancia de hace un cuarto de siglo. Para López Portillo el ejercicio del poder entrañaba privilegios extralegales de los que él y los suyos disfrutaron sin remordimiento. Aquellas demasías no suscitaban un comportamiento culposo porque para el entonces presidente eran parte de las reglas con que gobernaba. Se trataba de un presidencialismo sin más límite que el temporal. Al cabo de seis años esa omnipotencia terminaba y después de ese plazo no era permisible mantener control político ni privilegios desmedidos.

   Cabe recordar que, junto con tal comportamiento, López Portillo supo reconocer los riesgos de ese poder desmedido cuya cima y sima él encarnó. Electo sin competencia partidaria delante suyo –excepto la solamente testimonial presencia de la izquierda aun sin legalizar que había en 1976– López Portillo entendió que aquella no era hegemonía, sino distanciamiento del PRI respecto de la sociedad mexicana.

   Las fuentes de consenso del Estado se encontraban extenuadas. Persuadido por Jesús Reyes Heroles de que lo que resiste, apoya, López Portillo promovió la creación de un contexto de competencia electoral que incorporó a la lucha institucional a fuerzas políticas de las derechas y las izquierdas que habían estado marginadas de ella.

   Cardinal –y en varios sentidos además fundacional– la reforma política lopezportillista dejó fuera dos grandes áreas de dislocación y concentración del poder político. Por comodidad o conveniencia, ignoró la necesidad de reformar al PRI. Por negligencia, canceló la reglamentación del derecho a la información que habría establecido barreras al incontrolado poder de los medios que hoy padece el país.

 

Incontinencia y sino

   De la compleja biografía política y pública de López Portillo suelen apreciarse con más atención las frivolidades y arbitrariedades que los aciertos como gobernante. En la crónica periodística de sus exequias –especialmente en los noticieros radiofónicos, en donde la improvisación se vuelve cotidiana coartada para exprimir y reiterar los lugares comunes más obvios– los reporteros repitieron hasta la burla aquella frase del defensor del peso tan empecinado que está dispuesto a comportarse como un perro. Así se le recuerda por lo menos ahora: como un gobernante inconsecuente con sus compromisos –la defensa del peso fue tan fallida que poco después de haberla anunciado López Portillo tuvo que ordenar una severa devaluación– y, por añadidura, envuelto en vergonzosos escándalos personales.

   Los desplantes en el ejercicio del poder durante su gobierno y las vicisitudes privadas que la desmesura o la torpeza de algunos de sus familiares hicieron públicas en los últimos años de su vida, resultaron suficientemente perturbadoras para llamar la atención.

   La confusión acerca de su fallecimiento que se desató pocas horas antes de que el deceso realmente ocurriera, fue paradigmática de la incontinencia personal que definió parte de la vida de López Portillo. El hecho de que mientras él agonizaba se estuviera especulando sobre su muerte en un programa de espectáculos corroboró, además de la proverbial irresponsabilidad de TV Azteca, el patético sino de un personaje que nunca pudo estar a la altura de sus expectativas de grandeza histórica.

 

Revancha y persecución

   La vida de José López Portillo estuvo rodeada de escándalos y abusos. Pero cabe preguntarnos si esos episodios determinarían tan irremediablemente la apreciación pública de ese personaje si él no se hubiera enfrentado al poder económico de manera tan drástica como hizo aquel primero de septiembre de 1982.

   Los dueños del dinero en este país jamás le perdonaron a López Portillo la nacionalización bancaria y el control de cambios que anunció ese día. Ninguna medida en la segunda mitad del siglo XX afectó de manera tan categórica el poder de un capital financiero cuyos excesos el mismo López Portillo documentó en aquel informe presidencial.

   Hoy en día –y ese se ha convertido en otro lugar común con que en diversos medios se suele sustituir el análisis por las frases hechas– es sencillo repetir que con aquella nacionalización comenzó la debacle del sistema financiero mexicano. Pero se olvida que aquella decisión resultó casi de inmediato fallida cuando, como resultado de la rebelión empresarial que la sucedió, el presidente Miguel de la Madrid tuvo que revertirla. Lo que hoy es la banca otrora mexicana no ha sido consecuencia de la decisión presidencial de 1982 sino de la usura y la avidez –además de algunos comprobados latrocinios– que los gobiernos más recientes permitieron en los años 90.

   Sin embargo a López Portillo se le acusó, con tonos incluso persecutorios, de haber iniciado la ruta de estropicios que ha mantenido golpeada y débil a nuestra economía. En esos juicios se soslayan las condiciones que padecía el país en 1982.

   A López Portillo se le suele describir como un hombre tan dominado por los arrebatos que, de la misma manera que cobijaba los atracos de su jefe de la policía, expidió los decretos de aquel septiembre del 82. En la caricaturización que suele hacerse de ese personaje como un presidente subyugado por las pasiones personales, suele haber más afán por cobrar venganza que para explicar la historia reciente.

   De todas sus decisiones, en la apreciación política del gobierno de López Portillo prevalece el juicio socialmente desfavorable a la nacionalización bancaria de 1982. Sin duda aquella medida no la tomó en las mejores condiciones posibles –nunca, para una acción de emergencia como esa se puede elegir una circunstancia del todo propicia–. Pero en la memoria colectiva sus consecuencias fallidas prevalecen sobre las ventajas que pudo haber significado para el país. 

   En esa imagen pública ha sido determinante el descrédito promovido por los damnificados de la nacionalización, con el diligente concurso de numerosos medios de comunicación. Después de aquel primero de septiembre –no hay que olvidarlo– hubo una orquestada campaña de grupos empresariales y de derecha no solo contra las decisiones que afectaban a la banca sino, de manera frontal, contra la fama pública de José López Portillo. 

 

Semejanzas incómodas

   Esa reputación debe haber persuadido a Vicente Fox para no acudir a los funerales del ex presidente fallecido esta semana. Después de todo, el actual titular del Poder Ejecutivo se formó políticamente a la sombra de Manuel Clouthier, uno de los empresarios más beligerantes a partir de la nacionalización bancaria de 1982. El presidente Fox ha heredado fobias, pero no necesariamente el proyecto o la visión de país –muy discutible, pero explícita– que tenía aquel dirigente patronal.

   Sin embargo al presidente Fox podría resultarle útil reflexionar sobre la circunstancia, así como los dilemas y problemas, que enfrenó el antecesor suyo en cuyo velorio se negó a estar presente.

   En varios sentidos y no obstante las enormes diferencias en la formación personal, la vocación política y el contexto nacional de cada uno de ellos, Vicente Fox tiene con López Portillo más semejanzas de las que posiblemente quisiera.

   López Portillo quería ser un hombre de Estado pero muy a menudo creyó que la voluntad personal bastaba para suplir las insuficiencias de las instituciones o de la sociedad con las que gobernaba. Precisamente, una de las debilidades de la nacionalización bancaria que emprendió estuvo en la ausencia de operación política para concitar un respaldo social suficientemente amplio.

   Vicente Fox con frecuencia pareciera creer que el voluntarismo sustituye a la política. Llegó a Los Pinos suponiendo que bastaba con ser distinto a sus antecesores para que las cosas le salieran mejor al presidente. Sigue pensando que proceder de un partido diferente al que nos gobernó durante siete décadas es suficiente para que la corrupción, los intereses creados y los enredos burocráticos sean superados. El resultado de estos tres años de gobierno indica que esa presunción era equivocada.

 

Pifias paralelas

   A López Portillo lo perjudicaron las desmesuras de algunos de sus amigos y parientes. Al confundir sus atribuciones públicas con su vida privada, propició los episodios de mayor descrédito en su administración.

   A la imagen del presidente Fox y su gobierno cada vez les afectan más las ambiciones políticas de su esposa. Junto con ellas, la difuminación entre la vida privada y las responsabilidades públicas del presidente y su cónyuge ha sido tan notoria como perturbadora.

   A López Portillo lo satanizó la derecha empresarial indignada porque rompió el tácito acuerdo que mantenía al gobierno alejado de sus negocios.

   Al presidente Fox las clases medias que votaron por él le reprochan, cada vez con más disgusto, el incumplimiento de la bonanza económica que les prometió impulsar.

   José López Portillo se decía incomprendido por una clase política con la cual nunca simpatizó del todo y por una sociedad que no lo respaldaba como necesitaba.

   Vicente Fox parece sentirse malquerido por una sociedad que magnifica sus tropiezos y no reconoce sus esfuerzos como él quisiera.

   A López Portillo, de manera caprichosa pero emblemática, se le reconoce por aquel compromiso para defender al peso como un perro más que por cualquiera otra de sus expresiones.

   A Vicente Fox se le identifica con una frase emblemática de la irresponsabilidad y la incomodidad en el ejercicio del gobierno: “¿Yo? ¿Por qué?”.

   La figura pública del ex presidente López Portillo ya es parte de la historia –y desde luego el tiempo añadirá o restará matices a la manera como, en el futuro, habrá de ser evaluado–.

   Al presidente Vicente Fox aun le quedan 33 de los 72 meses de su gobierno. Ese lapso, si su desempeño mejora, podría ser una ventaja en favor del perfil público con que los mexicanos lo habrán de recordar. Pero también puede significar todo lo contrario.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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