García Márquez y la bella durmiente

La Crónica, 21 de octubre 2004

Pues sí, también hay buenas noticias. El hecho de que la aparición de una novela sea acontecimiento público, acapare titulares en los diarios y entusiasme las conversaciones radiofónicas es noticia relevante.    La publicación del nuevo libro de Gabriel García Márquez es suceso social, cultural y mediático. El tiraje munificente que fue cuidadosamente distribuido para el debut del libro el día de ayer –una primera edición de un millón y medio de ejemplares de los cuales cien mil están destinados a México– es correlativo a la importancia de esa obra y viceversa.

   Prodigio de la mercadotecnia el éxito anticipado del libro es, antes que nada, consecuencia de la fama pública, que va de la mano con su maciza reputación literaria, de ese entrañable Nóbel latinoamericano. Todo nuevo libro de García Márquez vende cualquier cantidad de ejemplares. Pero en este caso el anuncio de que se trata de la primera novela que publica en 10 años y la eficaz estridencia del título contribuyen a la notoriedad del libro.

   Memoria de mis putas tristes es un homenaje a Yasunari Kawabata, el novelista japonés que también fue Premio Nóbel pero en 1968 (catorce años antes que García Márquez) y que escribió La casa de las bellas durmientes y otras historias (1961). La historia que le da título a ese volumen es tan sencilla como sobrecogedora: cerca de Tokio se ha instalado un serrallo a donde acuden ancianos de clase acomodada para observar, mientras duermen, a hermosas muchachas vírgenes. No las pueden tocar, el único cauce para el deseo es la mirada –ansiosa, triste, melancólica, según la biografía de cada uno– mientras ellas permanecen aletargadas por algún somnífero.

   La novela de García Márquez comienza con una cita de aquella obra de Kawabata. Antes, en uno de los relatos de Doce cuentos peregrinos publicado en 1992, el escritor colombiano había anticipado esa admiración. En “El avión de la bella durmiente”, el narrador tiene la fortuna de volar al lado de una joven muy hermosa en un recorrido de París a Nueva York. Ella duerme durante todo el viaje: “la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes en el agua”.

   La misma enternecida contemplación desvela las noches del protagonista de Memoria de mis putas tristes, un viejo periodista que el día que cumple 90 años decide celebrarlo en una casa de citas y con una muchacha virgen. “Entré en el cuarto con el corazón desquiciado, y vi a la niña dormida, desnuda y desamparada en la enorme cama de alquiler, como la parió su madre. Yacía de medio lado, de cara a la puerta, alumbrada desde el plafondo por una luz intensa que no perdonaba detalle”, narra el viejo.

   Solterón y aburrido, el anciano encuentra en la devoción por la muchacha la vitalidad que no le dan su trabajo periodístico ni los pequeños gustos musicales de los que se rodea. “Los adolescentes de mi generación –explica– avorazados por la vida olvidaron en cuerpo y alma las ilusiones del porvenir, hasta que la realidad les enseñó que el futuro no era como lo soñaban, y descubrieron la nostalgia”. Así le sucede a él con la muchacha, que lo provee del anhelo necesario para sentirse entusiasmado.

   Memoria de mis putas tristes es una historia de amor aunque desde la perspectiva de un afecto que no se realiza a plenitud. Es un relato sobre la vejez pero acerca de un viejo con aliento suficiente para construirse una ilusión y denodarse en ella. Se trata de una narración que va de la soledad, a la sorpresa y la esperanza.

   No es, en cambio, una historia de putas, ni de burdeles ni, después de todo, una novela triste. Unas y otros son parte de la tramoya con la que García Márquez construye una historia íntima e intimista con el sosiego de quien narra sin prisa, pero sin exceso alguno, un relato en el que se encierra el sentido de una, de muchas vidas.

   Otras obras de García Márquez acerca del amor en la vejez son harto conocidas. Esta, aunque se trata de un libro de pocas páginas, no solo se ocupa de las maneras que asume la pasión madura sino, junto con ello, de las formas de ser viejo. El periodista relata como se acostumbró a medir las edades por décadas: “La de los cincuenta había sido decisiva porque tomé conciencia de que casi todo el mundo era menor que yo. La de los sesenta fue la más intensa por la sospecha de que ya no me quedaba tiempo para equivocarme. La de los setenta fue temible por una cierta posibilidad de que fuera la última”. Pero llegó a la década previa al centenario y desde allí narra su reencuentro con la vida.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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