Injuria o libertad

La Crónica, septiembre 28 de 2004

Sergio Witz Rodríguez es conocido en Campeche por su poesía desenfadada y a veces ríspida. Sus versos, además de antisolemnes en ocasiones les resultan ofensivos a sus lectores más conservadores. Nada de extraño habría en el hecho de que un escritor despierte reacciones de irritación con sus textos. Pero a Witz, por uno de sus escritos, le quieren imponer una sentencia que podría llegar a cuatro años de prisión.

   En ese riesgo ha estado el poeta, nacido en Campeche hace 42 años, por unos versos acerca de la bandera nacional que publicó hace un par de años en una revista de aquella entidad. Se trata de una composición –resulta bastante aventurado llamarle poema– ciertamente ofensiva para el lábaro patrio.

   Witz escribió, seguramente en un mal momento, cosas como “Yo
me seco el orín en la bandera /de mi país,/ ese trapo
sobre el que se acuestan los perros/  y que nada representa, salvo tres colores y un águila que me producen/ un vómito nacionalista/ o tal vez un verso lopezvelardiano/ de cuya influencia estoy lejos…”

   En efecto, Witz estaba lejos de la inspiración de aquel autor zacatecano cuando se le ocurrieron esas líneas a las que tituló “La patria entre mierda”. Tales versos hubieran permanecido olvidados de no ser porque, a algunos prohombres de la sociedad campechana, les indignaron tanto que presentaron una demanda legal contra Witz.

   Apoyado en el artículo 191 del Código Penal Federal, un juez de distrito consideró que en tales versos había motivo para procesar al poeta. Dicho artículo impone prisión de seis meses a cuatro años y/o multa de 50 a 3 mil pesos “al que ultraje el escudo de la República o el pabellón nacional, ya sea de palabra o de obra”.

   Desde hace un par de años Witz está amenazado con la posibilidad de ir a prisión por haber garabateado tales expresiones. Lo que dijo puede resultarnos repugnante o, quizá, despreciable. Pero lo que está a juicio en ese proceso no es la calidad de ese escrito, ni las peculiares opiniones que cuando lo redactó tenía el poeta campechano acerca de la bandera nacional.

   Lo que se está dirimiendo en ese caso es si la libertad de expresión de un ciudadano es inatacable incluso cuando es utilizada para calificar de esa manera a la insignia nacional.

   Witz no se entremetió en la vida privada de alguien, ni difamó a nadie. Sus injurias no afectan de manera específica a ninguna persona. La opinión que manifestó es contra un emblema, ciertamente apreciado y respetado, pero de carácter simbólico.

   El asunto se encuentra ahora en la Suprema Corte de Justicia. De acuerdo con información del reportero Carlos Avilés publicada ayer en El Universal, el ministro José Ramón Cosío, encargado de elaborar el dictamen sobre ese caso, considera que el artículo 191 del Código Penal es contrario a la Constitución porque viola la garantía de libertad de expresión amparada por el artículo sexto de la Carta Magna.

   Ese artículo preserva a la manifestación de ideas de cualquier inquisición siempre y cuando no ataquen a la moral, los derechos de tercero, provoquen algún delito o perturben el orden público. Nada de eso hace el texto aborrecido de Witz.

   El caso no está resuelto porque, de acuerdo con la misma nota, otros ministros de la Corte tienen una apreciación distinta a la de Cosío. La suerte del poeta campechano se decidirá próximamente.

   Otras de sus obras, seguramente de calidad distinta a la que ha sido conocida por motivos no literarios, le han permitido a Witz ganar reconocimientos como el Certamen de Poesía del Crea en 1995. En 1995 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y ha publicado al menos tres poemarios –entre ellos, en 1996, El bosque explicativo, editado por el Conaculta–. Estudió la licenciatura en Español en el Instituto Campechano y ha sido subdirector en el Instituto de Cultura de Campeche.

   Dentro y fuera de su entidad natal, Sergio Witz Rodríguez ha cultivado una trayectoria literaria de varios años. Pero se le ha conocido por la que es, seguramente, una de sus composiciones más desafortunadas. Por ella, podría ir a la cárcel. A menos que la Corte resuelva que los símbolos nacionales no son un dique a la libertad de expresión.

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