La desesperación de López Obrador

La Crónica, marzo 7 de 2004

Bejarano tan apegado a su portafolios, Robles comprometida con  amistades tan notoriamente peligrosas, Ahumada el corruptor que era empresario favorito del perredismo, Imaz entre la ingenuidad y el descaro políticos… El gran escándalo, por encima de videos, transacciones y confesiones, es la confirmación de la doble moral que ha definido a uno de los grupos que en los años recientes arribaron a compartir el poder político –y que, por lo visto, se dejaron seducir por el poder económico–.

   El escándalo mayor es la constatación de los hábitos tramposos que han existido en torno a Andrés Manuel López Obrador. Y junto con ello, la declinación ética y en parte política del Partido de la Revolución Democrática.

   El escándalo, junto con pero también más allá de las escenas que hemos visto –y las que casi con adicción compulsiva seguimos esperando que Televisa difunda en los próximos días– es comprobación de la inhabilidad de López Obrador como gobernante.

   Ahora, en vez de ofrecer respuestas claras, piensa en convocar a una concentración en el Zócalo.

 

Culpar a otros

   Quien no es capaz de conformar un equipo de trabajo auténticamente confiable, ni de advertir las propensiones pícaras de algunos de sus colaboradores, no está calificado para gobernar una ciudad con las dimensiones y los problemas que tiene el Distrito Federal. Mucho menos tiene las aptitudes que se requieren para gobernar este país.

   En las crisis, se manifiestan virtudes y habilidades de la gente. En las crisis políticas, es cuando se advierten las capacidades de respuesta y la solidez de los gobernantes.

   En esta crisis las reacciones de López Obrador han sido chantajistas, infantiles, extraviadas. Desesperadas, incluso.

   Ese talante es pésimo indicador de la manera como se comportaría en un momento difícil si, como pretende, llegara a la Presidencia de la República.

   La primera reacción de López Obrador después de que se difundió el video en donde su ex secretario particular llena el portafolios con dólares de oscura procedencia fue tratar de eludir cualquier vinculación con las acciones de René Bejarano. Los voceros del gobierno de la ciudad de México dijeron que la donación de ese dinero era una transacción entre particulares e insistieron en que ya no trabajaba para la administración capitalina.

   Sin embargo era imposible dejar de recordar que la carrera política de Bejarano ha estado vinculada, durante años, a la de López Obrador.

   Más tarde, el jefe de Gobierno trató de acogerse a la teoría de la conspiración. Varios de los inculpados en el tráfico de dinero ilegítimo que se ha conocido en estos días buscaron la misma coartada.

   Son la derecha, Los Pinos y Salinas, dijo López Obrador. Son Sahagún y Salinas, denunció –también sin pruebas– un cada vez más lívido Bejarano.

   Viene de más arriba, había dicho también el jefe de Gobierno, sugiriendo no que se trataba de una maquinación celestial sino de una operación de espionaje orquestada por el gobierno de Estados Unidos.

  

Subterfugios

   Además de pueriles, las explicaciones de López Obrador son pretextos para confundir.

   El problema principal no es de dónde surgieron los videos sino las conductas que allí se aprecian. En el más vergonzoso de ellos, su ex jefe de campaña recibe miles de dólares de un empresario conocido por su afición al tráfico de influencias. En el otro, el ahora ex jefe de Finanzas del DF apuesta en Las Vegas un dinero que, a juzgar por la desaparición de ese funcionario, posiblemente no había obtenido de manera lícita.

   Ese es el asunto central. En unos cuantos días la imagen de honestidad que López Obrador quería que definiera a su administración quedó demolida no solo por los comprometedores videos.

   Quizá lo más inquietante en esta cadena de tristes episodios está siendo la desfachatez con que el jefe de Gobierno quisiera minimizar esos gravísimos comportamientos de ex colaboradores y aliados políticos suyos.

   Todos los días, desde la noche del lunes cuando se difundió el video del apostador en Las Vegas, el gobierno de López Obrador ha ensayado distintos subterfugios para desviar la atención pública.

 

Ofensiva comparación

   En uno de esos intentos el secretario de Seguridad Pública del DF comparó al clima político que se ha creado en torno al gobierno del que forma parte con las circunstancias políticas que había hace 10 años alrededor de la candidatura presidencial de Luis Donaldo Colosio.

   Esa equiparación trataba de sugerir que luego de querer debilitar a López Obrador con la exhibición de las miserias de algunos de sus colaboradores más cercanos, se le podría hacer víctima de una agresión física.

   Al presentarlo como posible damnificado de un atentado, al jefe de Gobierno se le muestra como víctima.

   Además de tramposa, esa comparación resulta ofensiva para el país y la memoria de Colosio.

   Hace exactamente una década, las dificultades políticas que experimentaba el entonces candidato del PRI se debían a la conmoción nacional que significó la aparición del neo zapatismo. Hoy, en cambio, las vicisitudes de López Obrador se deben a la corrupción de algunos de sus aliados y colaboradores.

   Ni el entorno de ambas circunstancias, ni el perfil de esos personajes, admiten comparación alguna.

   Sin embargo el mensaje de Marcelo Ebrard era claro: si a López Obrador lo siguen golpeando políticamente, se puede crear un clima propicio a un atentado.

   Si esa declaración la hubiera formulado un comentarista político se le podría haber descalificado como insensato. Si la hubiera expresado el dirigente de un partido distinto al de esos personajes se hubiera respondido que se trataba de una provocación.

   En boca del responsable de la seguridad en la ciudad de México –y encargado, entre otras tareas, de la seguridad del jefe de Gobierno– esas afirmaciones constituyen una gravísima irresponsabilidad.

 

Bejarano, fama pública

   El entorno desfavorable lo ha creado el mismo López Obrador.

   A su descuido, suponiendo que no las conocía, se debe la ignorancia sobre las aficiones de su responsable de Finanzas.

   Y sobre los hábitos y compromisos políticos de René Bejarano el jefe de Gobierno no puede decir que no estaba al tanto.

   Las maneras de hacer política de quien fue su jefe de campaña y secretario particular, el tráfico de intereses que ejercía entre beneficiarios y solicitantes de vivienda en la ciudad de México, las denuncias sobre malversaciones con recursos de agrupaciones de colonos, desayunos escolares y con leche de mala calidad, son algunos de los muchos asuntos en los que el nombre de Bejarano había sido asociado con prácticas ilegítimas.

   La mayor parte de esas denuncias no las hacían voceros o dirigentes adversos al PRD sino militantes destacados de ese partido.   López Obrador no puede decir que no las conocía –al menos él no ha confesado, como el inquilino de Los Pinos, que no lee los periódicos–. Basta echar un vistazo a la hemeroteca de La Jornada para encontrarse con numerosos testimonios de la conducta sospechosa que desde tiempo atrás se le atribuía a Bejarano.

   No es que no quisiera, sino que López Obrador desdeñó esos antecedentes porque le dio más importancia al servicio que le podían redituar las redes clientelares manejadas por Bejarano y su familia.

   De hecho, entre esos personajes no hubo una relación de trabajo sino de colaboración política.

   Más que empleado suyo, durante varios años Bejarano fue socio político de López Obrador.

   Por eso el video del portafolios y los dólares ha sido tan perjudicial para la imagen y los intereses del jefe de Gobierno. Y para su partido.

 

PRD, sin horizonte

   Ni López Obrador, ni el PRD, parecen hacerse cargo de la gravedad de estos episodios. Quizá están confiando en que nuevos escándalos, que involucren a sus rivales, desplacen de la atención pública al portafolios de Bejarano, a las aficiones de Ponce o a los negocios de Ahumada.

   Encerrados en larguísimas y enconadas discusiones, los líderes perredistas se enteran cada día de nuevas tropelías cometidas por militantes destacados de ese partido. O eso dicen. Las relaciones de interés entre Rosario Robles y el empresario Carlos Ahumada eran conocidas fuera y dentro de ese partido. Nunca auguraron nada bueno para la política democrática que el PRD dice –¿decía?– promover.

   El PRD ha perdido el horizonte porque nunca ha sabido en donde tuvo puestos los pies. Las disculpas de Carlos Imaz manifiestan, en el menos peor de los casos, un descuido político sorprendente en un dirigente que formó parte del movimiento de los estudiantes universitarios y que lleva años en posiciones de responsabilidad en el PRD.

   Suponer que los donativos de Ahumada eran desinteresados, cuando ya eran fama pública las sospechas acerca de los negocios de ese empresario, indican una inexcusable candidez. Eso si, como dice, el delegado en Tlalpan actuó de buena fe.

   Las confesiones que Imaz ofreció el viernes a numerosos medios no se debieron a un repentino acto de contrición sino a las insistentes versiones que habían circulado acerca de un video en donde aparece con Ahumada.

   Ahora la autoridad electoral del Distrito Federal deberá investigar si el dinero que recibió distorsiona las declaraciones que Imaz presentó acerca de sus gastos de campaña.

   Imaz asegura que desde hace tiempo le había advertido a Rosario Robles acerca de los chantajes de Ahumada. “Es un gángster, un manipulador, un corruptor, y ella me dice una frase que no se me olvida: ‘no puedo estar tan equivocada en mis sentimientos’”. Eso dice, entrevistado por Miguel Ángel Velázquez, en La Jornada.

   A Imaz, Rosario Robles lo considera “mi hermano del alma”, según declaró a Joaquín López Dóriga.

 

“No es para tanto”

   En esta lamentable historia de intereses, timos y extorsiones, hay biografías, afectos y hasta emociones personales. No es eso lo que se juzga sino sus implicaciones políticas.

   Sin embargo las explicaciones que algunos de esos personajes públicos han ofrecido, o sus recursos de persuasión, son de índole personal.

   El viernes Rosario Robles mostró su aflicción en varias entrevistas en radio y televisión. Por la noche, Bejarano exhibió en televisión la carta que le hizo una de sus hijitas.

   Tales demostraciones indican la tensión emocional en la que se encuentran esos personajes. Pero las explicaciones que tienen que ofrecer son de carácter político y, de ser necesario, también en el plano judicial.

   Respetables y explicables, esos gestos personales no resuelven la necesidad de aclaraciones públicas.

   Quien con más insistencia ha querido parapetarse en desplantes personales, ha sido el jefe de Gobierno del DF.

   Denunciar, como hace todos los días, que la grabación y divulgación de los videos es resultado un “operativo de Estado”, no remedia el conflicto en cuyo centro ha sido colocado por negligencias y excesos que de varias maneras ha compartido.

   Es, cotidianamente, la misma cantinela. Cuando las respuestas se le agotan y se siente presionado por los reporteros, López Obrador menciona a su villano favorito.

   El viernes, cuando le preguntaron por qué no sabe elegir a sus funcionarios, respondió:

   “Vamos a seguir informando sobre este asunto, vamos a seguir comentando, sí es interesante, muy interesante porque ya lo dije en la radio, con tanta saña, no es para tanto, bájenle, ya dije que me den por muerto, no tiene por qué”.

   Y unos minutos más tarde, quizá advirtiendo la torpeza que había cometido, rectificó:

   “No, yo no estoy diciendo que no sea para tanto, no, no, al contrario, hay que combatir la corrupción pequeña, grande. Si estoy pidiendo que se combata la corrupción que hubo en la época de Salinas, que se conozca, por ejemplo, de esa época, cómo manejó Salinas la partida secreta…”

  

Ahora ¿al Zócalo?

   No será invocando otros asuntos como López Obrador pueda resarcir su maltratada fama pública. Para ello tendría que dejar el populismo, cambiar de colaboradores, tener un proyecto para la ciudad y no solo medidas espectaculares y clientelares. Tendría que ser otro.

   Como no lo es, en esta crisis no acierta mas que a buscar soluciones retóricas o desesperadas.

   Un día, niega tener relación con maniobras como las que todos vimos perpetrar a su ex secretario y socio político.

   Otro, envía a su jefe de la policía a sugerir que si lo siguen criticando estará en riesgo de que alguien le pegue un balazo.

   Otro, invoca una gran conspiración.

   Pero nada de eso justifica la existencia de focos de corrupción dentro de su gobierno.

   Ayer por la mañana López Obrador dijo que ha considerado la posibilidad de convocar a una concentración en respaldo suyo:

   “Quise, en un momento, ante esta situación llamar a la gente al Zócalo para dar un informe ahí en el Zócalo, a lo mejor después, pero primero quiero la exposición en los medios”.

   Sin duda, a una reunión de esa índole López Obrador llevaría a los ancianos, y a sus familias, a quienes les da un bono mensual. Convocaría a la gente de las colonias manejadas por redes clientelares en las que se ha apoyado –aunque para ello necesitaría del respaldo de operadores políticos como René Bejarano–.

   Al parecer, en este trance López Obrador se considera presionado por fuerzas como las que amagaban a la nación cuando el general Lázaro Cárdenas decretó la expropiación petrolera.

   El Zócalo ha sido ocupado por los ciudadanos para respaldar luchas sindicales y sociales, o esfuerzos por la paz en el mundo.

   Pero sería la primera vez que allí se reuniera una concentración de apoyo a la irresponsabilidad o la connivencia de un gobernante con actos de corrupción como los que se conocido recientemente.

   López Obrador, que ha querido compararse con Luis Donaldo Colosio al decirse perseguido, también quisiera equipararse con el general Cárdenas y llenar el Zócalo de simpatizantes suyos.

   Nada de eso sustituiría la necesidad de explicaciones políticas y acciones judiciales que ameritan episodios como los que hemos presenciado en estos días.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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