La familia Narezo Loyola

La Crónica, 14 de noviembre de 2004

El fárrago mediático y los escándalos públicos que mantienen en estado de crispación a nuestra sociedad a menudo nos llevan a desatender con demasiada rapidez la gravedad de algunos acontecimientos. Hace dos años fueron asesinados los cinco integrantes de la familia Narezo Loyola y sus dos empleadas domésticas. Ese crimen, para el que cualquier adjetivo resulta insuficiente, suscitó una extendida estupefacción que luego sería horror e indignación generalizados el país. La crueldad con que fueron asesinadas siete personas en la colonia Toriello Guerra, al sur de la ciudad de México, causó tal inquietud que durante varias semanas la búsqueda de los homicidas acaparó la atención pública.

   Mañana, 15 de noviembre, se cumplen dos años de esos crímenes. Uno de los asesinos, plenamente identificado, está en prisión y jamás podrá pagar la pena de 384 años que le impuso la justicia. Las autoridades encargadas de esa indagación han querido dejar allí las pesquisas pero no se sabe, a ciencia cierta, qué ocurrió con el cómplice de aquellos homicidios. Los familiares de los Narezo Loyola, que cargan con un dolor lacerante e indeleble, insisten en que la investigación no sea cancelada.

 

Hace dos años

   La tarde del viernes 15 de noviembre de 2002 Orlando Magaña Dorantes llegó, acompañado de otro individuo, a la casa de la familia Narezo Loyola en Cuitláhuac 186. Magaña vivía en la misma calle. Al parecer tenía la intención de robar uno de los automóviles que había en ese domicilio. Con su cómplice, ató a las dos muchachas del servicio doméstico y luego, conforme fueron llegando, hizo lo mismo con toda la familia.

   Magaña y el cómplice llevaban el rostro cubierto pero al forcejear con Ricardo Narezo Loyola, el hijo mayor de la familia, la máscara se le cayó y lo reconocieron. Cuando tuvieron en su poder la factura del automóvil –que Ricardo Narezo Benavides, el jefe de familia, tuvo que ir a buscar a un taller mecánico que tenía en la colonia Insurgentes Mixcoac– decidieron asesinarlos a todos.

   Antes de la medianoche, habían sido asesinados Ricardo Narezo Benavides y su esposa Diana Loyola Bautista, así como sus hijos Ricardo Jesús, Andrea y Diana Narezo Loyola. También fueron victimadas Cecilia de los Ángeles Pacheco y Margarita Cortés, que trabajaban con la familia.

   Los homicidas creyeron que también habían asesinado al joven Juan Pablo Quintana, amigo de la familia. Mal herido, varias horas más tarde ese joven logró salir de la casa y pedir ayuda. Gracias a él se supo que Magaña y otra persona eran los criminales.

   La búsqueda de Magaña, como se recordará, ocupó la atención de los medios entre noviembre y diciembre de hace dos años. Las autoridades judiciales del Distrito Federal lograron ubicar su paradero y lo detuvieron. El asesino declaró entonces que su cómplice de llamaba Jorge Esteva, o Esteban.

 

El cómplice desconocido

   Allí se encuentra el cabo suelto que, a pesar de la notoria diligencia que invirtieron en ese caso, no han podido resolver las autoridades de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. No se conocen más datos y ni siquiera hay certeza sobre el nombre del otro asesino. Preso desde entonces, Magaña se ha negado a ofrecer mayor información sobre su cómplice.

   A comienzos de 2003 se informó que Esteva podía haber sido asesinado por Magaña y que su cadáver había sido localizado, calcinado, en Amecameca. Sin embargo no se podía asegurar que los rasgos del retrato hablado que proporcionó Juan Pablo Quintana, el sobreviviente del crimen, fueran los de ese cuerpo. Entonces se comparó el ADN del cadáver con el que se identificó en una colilla de cigarro encontrada en la casa de la familia Narezo pero los resultados fueron negativos.

   Tampoco dieron resultado las indagaciones sobre los antecedentes criminales y los posibles cómplices de Orlando Magaña en otros delitos. Varios familiares suyos, entre ellos su padre, fueron agentes de la policía judicial federal. Una investigación de La Crónica publicada el 24 de noviembre de 2002 encontró que Magaña había sido reconocido como miembro de una banda de distribuidores de droga por vecinos de la colonia Constitución de 1917, en Iztapalapa, en donde vivían algunos parientes suyos.

 

Preso en Puente Grande

   Desde hace tres meses Magaña está recluido en la prisión de Puente Grande, en Jalisco, a donde fue trasladado junto con otros delincuentes. Las autoridades carcelarias tienen que protegerlo de la irritación de otros reclusos que no le perdonan la sevicia extrema con la que asesinó a los Narezo Loyola. Así pasará toda su vida y se lo merece. Pero no deja de ser inquietante la posibilidad de que su cómplice, el otro asesino, siga libre sin que la justicia tenga interés en buscarlo.

   En noviembre pasado, cuando se cumplió un año del crimen, la fama pública de la familia Narezo Loyola estaba libre de las sospechas que se publicaron en algunos medios después del asesinato. El subprocurador de la PGJDF, Renato Sales, dijo entonces: “tenemos la certeza que se trataba de una familia honesta”.

   Juan Pablo Quintana, el testigo que con gran entereza identificó a Magaña, trata de rehacer su vida después de una larga convalecencia. Los deudos de los Narezo Loyola, por su parte, no solo recuerdan con cariño indeleble a sus familiares y amigos asesinados. Además sostienen la legítima exigencia para que las indagaciones sobre el crimen no sean canceladas.

 

* * *

   Rosario Narezo Benavides, en representación de su familia, ha puesto por escrito la exigencia, la protesta y el dolor de quienes perdieron hace dos años a sus hermanos, cuñados, sobrinos y primos. La carta que reproducimos a continuación es el testimonio valiente y franco de una ciudadana resuelta a no dejarse avasallar por la congoja y que no se resigna ante las insuficiencias de una justicia a medias. Es también un homenaje a la memoria de los integrantes de la familia Narezo Loyola y las muchachas que hace dos años fueron asesinados.

 

 

In memoriam

 

A Ricardo, Diana, Richie, Andrea, Dianita, Cecilia y Margarita

 

   No hay explicación para el misterio de la vida, no hay explicación para la banalidad del mal. ¿Cómo podemos restablecer la estructura argumental de una vida que ha sido interrumpida por una pérdida o un acontecimiento traumático? Tal vez podemos hacerlo repitiendo una y otra vez nuestra historia a los oyentes, a los que les importa, a quienes, como cualquier ciudadano mexicano, tenemos derecho a una vida segura, tranquila, humana. Cuando contamos públicamente nuestras historias pedimos ayuda para responder a estas preguntas. También el efecto de una carta pública es eficaz, ésa es la intención de la presente.

   Sin embargo, el dolor que nos ha provocado a familiares y amigos la pérdida de cinco integrantes de la Familia Narezo Loyola, se ha visto agravado por la INDIFERENCIA y la falta de ATENCIÓN de las autoridades responsables de la procuración de justicia en el Distrito Federal.

   Si bien es cierto que el principal asesino fue capturado (lo cual reconocimos públicamente en su momento), las preguntas ahora son ¿dónde quedó el cómplice?, ¿quién es?, ¿dónde está? ¿por qué no se encuentra en la lista de los 20 más buscados? Después de varios intentos por obtener explicaciones sobre las indagatorias, estas preguntas no han tenido respuesta.

   De la carta enviada por mi hermano Jaime Narezo al Mtro. Bernardo Bátiz, Procurador General de Justicia del Distrito Federal, el pasado 2 de julio, no hemos siquiera obtenido un acuse de recibo. De varios correos electrónicos enviados por mi parte al Lic. Renato Sales, Subprocurador de Justicia del Distrito Federal, sólo recibí respuesta a dos de ellos y en uno de éstos, me decía que uno de los “derechos” del asesino, es no decir quien fue su cómplice. ¿Dónde quedan entonces, los derechos de una Familia honrada a seguir viviendo? ¿Dónde quedan los derechos humanos de nuestro hermano, cuñada y sobrinos a vivir tranquilamente en su propia casa? ¿Dónde quedan los derechos de nuestra Familia a no haber sido ultrajada en su propio domicilio? ¿Quién tiene el derecho a cometer semejante asesinato? Y ahora resulta que el asesino está en todo su derecho de no decir la verdad. El resultado es que  entre los derechos y privilegios de que gozan los criminales y la ineficacia de los sistemas de investigación del la procuraduría tenemos al asesino de siete personas suelto por las calles. 

   Por desgracia nosotros hemos tenido que atestiguar la falta de preparación de las personas que supuestamente están para protegernos. Hay mucho de improvisación, sin investigaciones que puedan dar resultado alguno, sin la más mínima metodología, sin presupuesto suficiente. Habría qué preguntarse si en un sistema de administración de justicia de calidad, no se hubiera detenido ya  al cómplice del cual la Procuraduría del Distrito Federal ni siquiera conoce el nombre.

   Esto es gravísimo, y aquí por último habría qué preguntarse donde están los derechos humanos de los habitantes de este país y de esta ciudad a no vivir en el miedo, en el terror que implica salir a las calles y no tener la certeza de regresar o de que asesinos se metan a sus casas. Como ciudadanos nos sentimos abandonados a nuestra suerte. En la indefensión tras los trágicos acontecimientos que vivimos, pero por supuesto, esto qué importa en un país donde impera lo político sobre lo humano,  donde nadie está dispuesto a aceptar una falla o hacer un gesto si esto tiene el mínimo costo electoral. Es importante entender que el crimen no fue un incidente aislado, sino un grave ejemplo de nuestra degradación social.         

   Las autoridades podrán contestar que sí se está buscando al cómplice (tal vez sea así), pero la pregunta es por qué no hemos conocido los avances. No pretendo convertirme en juez del trabajo de la PGJDF, ni tampoco provocar polémica, pero de nuevo vuelvo a preguntarme ¿hasta dónde llegan los derechos y privilegios de asesinos de niños, de familias completas, de quienes cometen los más atroces asesinatos?, ¿qué confianza podemos tener entonces en la procuración de justicia?, ¿habrá qué repensar el concepto de “los derechos” de este tipo de rufianes o hasta dónde están los límites? ¿Es el Distrito Federal realmente la Ciudad de la Esperanza?

   Sin embargo, he entendido que SÍ hay explicación para la IMPUNIDAD y ésta es la INDIFERENCIA. Una de las peticiones por parte de la ciudadanía en la marcha del 27 de junio pasado, fue acabar con la IMPUNIDAD, mientras ésta exista, rufianes como el cómplice del asesino de nuestra Familia, (y de otros casos parecidos conocidos por todos), seguirán caminando tranquilamente por cualquier ciudad de la República Mexicana o por cualquier calle del Distrito Federal, lo cual es para morirse de terror.

   A dos años del duelo por el que aún transitamos, las Familias Narezo y Loyola no nos hemos cansado de luchar y de EXIGIR RESPUESTAS, así pasen 20 años no nos detendremos ante el nulo caso y la indiferencia que han demostrado algunas autoridades a nuestras peticiones y preguntas.

   Agradecemos, desde luego, el apoyo y los actos de solidaridad y humanismo de analistas sociales y periodistas que nos han dado voz.

Rosario Narezo Benavides.

15 de noviembre de 2004.

 

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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2 comentarios en “La familia Narezo Loyola

  1. Firmo con un seudonimo, ya que no deseo dar mi nombre ni nada más a conocer.

    Ese viernes para mi fue kñon, por que se trataba de una maestra muy querida Miss Diana, que me había dado clases.

    Yo me levante con toda normalidad y mi tio nos llevo a la escuela, pero cuando llegue una compañera me dijo lo que había pasado. En ese momento no le creí, pense que estaba molestando. Pero era cierto…

    me costaba creer que la persona que me había dado clases y de la que me había despedido hacia menos de 24 horas estaba muerta.

    “Nos vemos mañana, Miss” y mañana nunca llegó…

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