La princesa y la democracia

La Crónica, mayo 26 de 2004

El rumboso encanto de la monarquía fue propalado, el fin de semana pasado, por los medios en español de todo el mundo. La boda del príncipe de Asturias con la ex reportera a la que quiso conocer cuando la vio en televisión parecía especialmente diseñada para las que, con bondadoso sentido descriptivo, en España denominan “revistas del corazón”.

   A esas publicaciones hubiera quedado confinada la ceremonia del sábado en la catedral de La Almudena si no fuera por la intensa necesidad de emociones y espectacularidad que tienen nuestras sociedades y por el sitio aun relevante que España le asigna –¡a estas alturas de su desarrollo político!– a la monarquía.

   Exigencias del protocolo, minucias del banquete, artificios de los modistos, las temidas previsiones meteorológicas y las finalmente descuidadas medidas de seguridad, formaron parte del cúmulo de información prescindible que recibimos, en diarios y televisoras, entre sábado y domingo.

   El País madrileño dedicó a La Boda un suplemento de 24 páginas en una edición que tituló en primera plana, como si se tratase de un voluntarioso pronóstico,  “Los reyes del siglo XXI”. Para The New York Times del domingo, editado en otro contexto y con otra idea del periodismo, el evento mereció una pequeña fotografía en primera plana y nada más.

   Mención aparte requeriría el derroche de simplezas y lugares comunes que desparramaron las televisoras mexicanas.

   Pero lo más inquietante en esta historia es la presencia que la monarquía sigue teniendo en países como España.

   A algunos de quienes sin compartir todas sus tradiciones hemos admirado la solidez y los frutos de la transición política española nos resulta chocante la admiración que ese pueblo, más allá de filiaciones partidarias, mantiene alrededor de la monarquía. Conservar a la familia real como uno de los ejes de su vida pública, más allá del costo que puedan tener sus travesías y ceremonias parece una extravagancia e, incluso, una forma de atraso cívico.

   Suponer que los miembros de la familia real, por ser descendientes de quienes alguna vez acapararon (o esperaron detentar) poder y privilegios ahora merecen tratamiento especial, no deja de resultar un comportamiento retrógrado –y no deja de ser curioso que podamos emplear este adjetivo, que hoy en día se le puede aplicar a muy pocas conductas–. Reconocer en los reyes actuales y futuros no solo una potestad que no ganaron sino que simplemente heredaron y legarán a sus hijos y nietos es una actitud inequitativa.

   Nada hay tan antidemocrático como la monarquía. Pero cuando se les señala esa situación que resulta contradictoria con el espíritu democrático que anima a sus instituciones y –casi siempre– a la sociedad, los españoles recuerdan todo lo que su transición le debe al Rey. La vocación de apertura, la mirada de estadista y quizá también el realismo político que supo tener a la muerte de Francisco Franco, le permitieron a Juan Carlos de Borbón auspiciar y en alguna medida garantizar la solidificación de instituciones y reglas de la democracia española.

   Es natural que los españoles le estén reconocidos. Pero no por eso tendrían que perpetuar la monarquía. Quizá no le hace daño a nadie (aunque hace tiempo no se apreciaba un el derroche de cursilería como el que propició la boda) pero aun así se trata de una entidad que, por definición, resulta contrapuesta con la democracia. O, tal vez, la democracia española no sea tan sólida si necesita de un eje articulador tan antidemocrático como el que constituye la monarquía.

   Tal es la sensación que dejan algunos españoles cuando soslayan o prefieren que no se discuta ese tema. Manuel Vázquez Montalbán, en un farragoso pero ilustrativo libro acerca de la clase política española, advertía con una divertida metáfora: “Tocar al Rey es como tocar una lata de conservas fundamental para que se aguante la pirámide de latas en un supermercado, porque columnistas y tertulianos, viudas y militares, ciegos y videntes se ponen en marcha para demostrar en los más elevados tonos su total confianza en el Rey” (Un polaco en la corte del Rey Juan Carlos. Alfaguara, 1996).

   Desde luego Letizia es encantadora, antes de ser princesa  demostró que era una mujer dueña de sus decisiones y con una carrera profesional de méritos propios. Pero el hecho mismo de que ahora se enaltezca su ascenso de la plebeya conducción televisiva al corazón del príncipe Felipe, tiene un dejo de cuento de hadas que sin duda se lleva bien con el espectáculo pero que no termina de cuadrar con la idea que quisiéramos tener de la democracia.

   En todo caso y como escribía ayer Rosa Montero en El País, Lo mejor de esta historia es que al fin ha terminado (¡hurra!) y que ya no tendremos que casar a ningún heredero en muchísimo tiempo”. Quién sabe si eso habrá pensado José Luis Rodríguez Zapatero, el jefe de Gobierno español que hoy está en México.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Un comentario en “La princesa y la democracia

  1. EN MI OPINIÒN, PIENSO QUE UNA INSTITUCIÒN, COMO LA MONARQUÌA, ES NECESARIA EN TODA NACIÒN QUE SE DIGNE DE CIVILIZADA. ACASO LOS DIRIGENTES POLÌTICOS DE TODA NACIÒN DEMOCRÀTICA O NÒ, NO TIENEN PRIVILEGIOS? APOYO A ESTA INSTITUCIÒN POR SER UN MODERADOR O MEDIADOR,COMO LO PROPONÌA EN 1991 EL ACTUAL HEREDERO DE LA CORONA BRASILEÑA (LAMENTO MUCHO QUE SU PROPUESTA NO FUE ACOGIDA POR LA MAYORÌA),EN LOS GOBIERNOS ACTUALES.
    ESTOY TOTALMENTE EN DESACUERDO CON SU COMENTARIO Y PIENSO QUE POR EL CONTRARIO ES OTRO EL RETROGRADO Y POCO CÌVICO.
    ESPAÑA TIENE UNO DE LOS GOBIERNOS MÀS DEMOCRÀTICOS DEL MUNDO, Y DE LA MANO DE LA MONARQUÌA EL PUEBLO HA DISFRUTADO DE ELLA.
    ECONÒMICAMENTE HA GANADO UNA BUENA POSICÌON EN LA UNIÒN EUROPEA.
    ¿ACASO DEBA ENTREGARSELE EL TOTAL GOBIERNO A UNOS CUANTO CIUDADANOS SIN SER RECONOCIDOS O LEGÌTIMOS NO SÒLO POR EL PUEBLO , SINO POR LA HISTORIA?
    EL ÙNICO FIN DE LA INSTITUCIÒN ES EL BIENESTAR DE SU NACIÒN Y SU PUEBLO. PRESTIGIO, DERECHO HISTÒRICO,TRADICIÒN, LEGITIMACIÒN, ETC, POSEEN. BUSCAR FROTUNA NO NECESITAN, COMO SÌ LOS POLÌTICOS Y EMPRESARIOS QUE SE POSTULAN COMO GOBERNANTES.

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