La propuesta de Letras Libres

La Crónica, 10 al 13 de mayo de 2004

A partir de un escrupuloso diagnóstico del estancamiento político que padece el país, la revista Letras Libres y su director, Enrique Krauze, han convocado a crear un comité que estaría encargado de organizar debates sobre los grandes problemas nacionales.

   Esa iniciativa parte de una convicción documentada en el estruendo y los escándalos que nos han entretenido tan superfluamente durante los meses recientes: si lo que falta en la democracia mexicana es elevar la calidad del debate, un grupo plural y con autoridad intelectual podría promover discusiones, para las cuales se buscaría amplia difusión en televisión y radio, acerca de los asuntos sustantivos que el país debería tener entre sus prioridades.

   La iniciativa de Letras Libres resulta sugerente. La posibilidad de llevar a los medios un auténtico debate de ideas, capaz de contrastar los contenidos habitualmente vanos o demasiado coyunturales que suelen difundirse en radio y televisión, contrasta con la ausencia de propuestas que angustia hoy al espacio público mexicano.

   Ese ánimo propositivo es, antes que nada, saludable. A diferencia de la mayoría de las revistas y diarios que habitualmente se pertrechan en temas y autores cercanos a sus intereses y simpatías y que no suelen reconocerse como interlocutores mutuos, la iniciativa de Krauze y su publicación no tendría sentido si no interesa en otros circuitos editoriales, sociales y políticos. Entenderse como parte de una sociedad en la que hay distintos puntos de vista sobre cualquier asunto de importancia, es un primer paso hacia la tolerancia y el ánimo deliberativo que Letras Libres se propone reivindicar en su edición de este mes.

   Krauze considera, con razón, que “nos urge salir de la Babel de confusión en la que vivimos”. El examen que hace del guirigay político mexicano es impecable. La conclusión en cambio, resulta un tanto discutible. Suponer que los antagonismos y la frivolidad en el discurso político serán remontados por el contraste que significarían varios debates de gran calidad y densidad, propalados ampliamente, puede implicar cierto desconocimiento del atraso que prevalece en nuestra cultura política y, al mismo tiempo, una sobrestimación de la capacidad de los intelectuales para solucionar ese rezago.

   Sobre todo confiar en la capacidad de los medios electrónicos, especialmente la televisión, para ser escenarios de una discusión racional, puede ser altamente riesgoso. Ningún asunto respecto del cual haya posiciones antagónicas, en ningún país, se ha resuelto a partir de su exhibición televisiva. Los medios electrónicos son espacios propicios para mostrar los grandes trazos de una discusión. Pero la deliberación capaz de propiciar acuerdos requiere de la holgura para expresar argumentos que puede permitir la prensa, o de la confianza para externar pros y contras que solo ofrece la reunión privada.

   Krauze reconoce a la política mexicana de nuestros días como un teatro (“mitad farándula, mitad reality show”) en donde intereses y desatinos de cada actor desplazan al guión común que debería prevalecer. El presidente Vicente Fox no ha tenido ideas capaces de dar cuerpo a su propuesta de cambios. Congreso y partidos han sido irresponsables. El Poder Judicial comienza a ganar legitimidad pero no cuenta con recursos para ser eficiente. La prensa está repleta de declaraciones y casi no tenemos periodismo de investigación. La televisión sigue “atada a su costumbre de ofrecer violencia y, ahora, vistazos a la intimidad de personajes ‘famosos’ que sólo lo son porque consienten en exhibirse”. Los empresarios, en su mayoría, no muestran compromiso alguno y transitan “por las páginas de sociales como una nueva y patética aristocracia, indiferente al país dramático en el que vive”. La Iglesia permanece anclada en la defensa de sus privilegios. Las universidades suelen enclaustrarse “en una endogamia cómoda pero estéril” (Krauze no lo dice, pero ese comportamiento resulta especialmente gravoso cuando se trata de universidades públicas, como la UNAM, en donde la autocomplacencia y la inercia mantienen un estancamiento inexcusable). Los intelectuales, suelen aferrarse a dogmas que no les permiten entender y menos aún hacer propuestas acerca de los asuntos nacionales.

   A partir de ese diagnóstico, Krauze intenta una salida racional a la confusión que domina al escenario público mexicano. Su propuesta es discutible. De eso se trata. A ella dedicaremos las próximas entregas de esta columna.

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Lo que falla es la política 

 

El Comité de Opinión Pública que propone la revista Letras Libres para organizar los debates que sus editores consideran necesarios a fin de airear la vida política mexicana, es discutible desde el nombre. Esa denominación se parece demasiado al Comité de Salud Pública que Robespierre creó a fines del siglo XVIII para perseguir a los enemigos de la revolución francesa o a otros que, con el mismo nombre, fueron creados en distintos momentos de la historia mexicana.

   Ese no es mas que un detalle pero resulta útil para enfatizar una de las debilidades en la propuesta de Letras Libres. La sola idea de constituir un comité de notables que se consideren fiduciarios de la verdad, resulta un tanto antipática.

   Desde luego el problema que señala esa revista es muy vigente. El nivel de nuestra discusión pública es ínfimo. A México le urge transitar del pantano de los chismorreos a la deliberación constructiva. “La democracia es palabra hueca si no se sustancia” dice, en su edición de mayo, la publicación que dirige Enrique Krauze.

   Pero aunque el retrato que hace de la confusión mexicana resulta escrupuloso, la conclusión que ofrecen ese escritor y su revista puede estar equivocada. El problema político central en México no es la falta de discusión, sino la ausencia de acuerdos. Lo que más necesitamos no son ideas, sino capacidad para convertirlas en decisiones.

   En otras palabras, la carencia nacional no es de carácter intelectual sino político.

   Ideas para emprender cambios, las hay prácticamente para cualquier aspecto de la vida nacional. Los mexicanos –al menos quienes tenemos la angustiosa costumbre de atender a lo que dicen gobernantes, legisladores y dirigentes en los medios de comunicación– ya sabemos cuáles son las opciones para impulsar la industria eléctrica, emprender la reforma fiscal, admitir o no el voto en el extranjero o actualizar las leyes laborales, entre muchos otros temas.

   En cada uno de esos rubros, llevamos años conociendo y considerando propuestas. En todos ellos, igual que en otros temas de igual o similar importancia, los interesados han ofrecido sus puntos de vista, quienes discrepan con ellos los han rebatido y la sociedad –o al menos los ciudadanos interesados– se han formado, cuando han querido, una opinión.

   Aunque no siempre ha sido ordenada, ni los argumentos y la información pertinentes se han expresado con claridad, en todos esos temas se han registrado extensas discusiones. Los foros y plazos para ellas no siempre han sido los que habrían resultado deseables. A veces las propuestas han estado matizadas por el estruendo que desatan esos y otros asuntos. Pero presentación de iniciativas e intercambio en torno a ellas, hemos tenido en todos los casos.

   Lo que no ha existido es capacidad para dialogar y, gracias a ello, alcanzar acuerdos. El mismo Krauze, con razón, apunta: “no tenemos siquiera un acuerdo de cómo resolver nuestros desacuerdos”. Allí, Cantinflas dixit, está el detalle.

   La ausencia de ese acuerdo no se origina en la pobreza o la inexistencia de discusión. Cada una de las fuerzas políticas del país sabe lo que quiere y lo que otros partidos o grupos buscan en cada uno de los temas cardinales. Si no alcanzan decisiones conjuntas es porque no quieren.

   Ese problema es, quizá, más grave que el que ha diagnosticado Letras Libres. El atasco mexicano no se debe a la pobreza deliberativa, sino a la ineficacia de la política tal y como la practican nuestras elites.

   Desde luego un debate ordenado, despejado y respetuoso, no nos vendría mal. Sería un auténtico lujo tener en los medios de comunicación –aunque había limitaciones como las que comentaremos mañana– a los mejores especialistas en cada uno de los temas nacionales que durante años hemos dejado sin resolver.

   Pero más allá de la oportunidad que significaría presenciar exposiciones razonadas y rigurosas sobre lo que tenemos que hacer con los energéticos, el campo, la legislación electoral o la política exterior, tales exhibiciones no conducirían a ningún lado si no estuvieran acompañadas de la voluntad política que tanto se ha echado de menos respecto de esos mismos y otros temas.

Subrayar los detalles 

 

En búsqueda de notoriedad, los debates cuya organización ha sido propuesta por Letras Libres podrían convertirse en un espectáculo mediático más que en el ejercicio inteligente y creativo que pretenden los editores de esa revista.

   El “Comité de Opinión Pública” sugerido por el escritor Enrique Krauze y que estaría integrado por “reconocidos intelectuales, académicos y periodistas” organizaría cada mes un debate al que invitaría a “dos o más participantes, actores centrales del tema por debatir”. A esas sesiones se les daría amplia difusión en los medios electrónicos.

   Ayer comentábamos uno de los reparos más notorios que encontramos en esa propuesta: lo que México necesita no es más discusión (aunque el debate inteligente siempre es bienvenido) sino aptitud y voluntad de las fuerzas políticas para entablar acuerdos.

   El tipo de discusión que plantean Krauze y su revista también es problemático porque, al hipotecar su eficacia a la capacidad de propagación de los medios, subordina el fondo a la forma que impondría la televisión.

   Las reglas sugeridas para esos debates podrían empobrecer las ideas en juego, en lugar de darles contexto y aliento. Se trata de encuentros concebidos como confrontaciones finales de propuestas acabadas y no como etapas de un proceso deliberativo.

   Más que de una discusión en donde pueda desarrollarse el intercambio que resulta necesario para lograr acuerdos se propone, como indica ese procedimiento, una “puesta en escena”. Cada debatiente contaría con 10 minutos iniciales, otros tres para criticar a los demás y tres minutos adicionales para responder. Se prevé un intercambio de preguntas con respuestas de dos minutos.

   Ese esquema resulta más propio de un debate de campaña política –en donde más que las ideas importan los slogans– que de una discusión que aspire a constituir “un aprendizaje práctico de la democracia” como propone Krauze. En 10 minutos (es decir, en unas cuatro cuartillas si la intervención estuviera escrita) es imposible compendiar ni siquiera los trazos más amplios de la iniciativa para resolver un problema complejo. Mucho menos se pueden aclarar dudas acerca de ella en los tiempos sugeridos para respuestas en esos debates.

   Pensemos en cualquiera de los temas posibles en la agenda que diseñaría el Comité que plantea Letras Libres. ¿Qué reforma fiscal, cuál esbozo de industria petrolera, qué concepción de política cultural o de política social podrían compendiarse en 10 minutos? Con ese corsé los expositores tendrían que eludir los pormenores de cada iniciativa y, de esa manera, prescindir de la riqueza de enfoques, las medidas específicas o las consecuencias puntuales que podría tener.

   Hoy en día las diferencias sobre los asuntos más importantes no tienden a ser tanto de fondo, como en sus particularidades. En nuestro país por ejemplo, todo el mundo dice que está de acuerdo en que haya reforma fiscal; las discrepancias surgen acerca de los impuestos y montos que cada quien propone incrementar.

   Las fuerzas políticas, en México igual que en casi todo el mundo, tienden a ubicarse en el centro del espectro ideológico y no en sus márgenes como sucedía en épocas anteriores. Las diferencias en ocasiones son de matiz y no debido a la adscripción de partidos y grupos en las derechas o las izquierdas. En los detalles no solamente está el diablo sino las distinciones entre políticas específicas. Una discusión en los términos que proyecta Letras Libres dejaría a un lado los matices que hoy en día constituyen la distinción entre las visiones de país que tienen no solo las fuerzas políticas sino, también, los ciudadanos interesados en los asuntos públicos.

   Más que propiciar acuerdos, un debate en televisión tiende a polarizar las posiciones en conflicto. Además parece inevitable que el estilo de ese medio se sobreponga a la discusión de ideas. En la misma edición de Letras Libres en donde aparece la propuesta que comentamos se publica un artículo de Sergio Sarmiento, cuya experiencia en TV Azteca le permite asegurar: “la televisión es un pésimo vehículo para la discusión de los temas importantes de la sociedad”. Más adelante abunda: “en un medio visual y emocional como la televisión, la imagen vale mucho más que los argumentos racionales”. Eso no implica que “el ejercicio de la razón pública”, como lo llama el pensador hindú Amartya Sen en un espléndido ensayo que también aparece en Letras Libres, tenga que ser imposible.  

Babel política y mediática

    Si lo que queremos es salir de Babel, como apunta Enrique Krauze en Letras Libres, lo que hace falta antes que nada es preguntarnos por qué nuestra vida pública ha llegado a este desbarajuste. Cada uno de los principales actores políticos pareciera tener códigos, proyectos y hasta normas diferentes para el intercambio de puntos de vista. Lo que necesitamos son reglas y principios comunes, no para debatir sino para tomar acuerdos que le urgen al país.

   Debatir más no empobrecerá nuestro escenario político, pero no necesariamente remediará los antagonismos que lo mantienen estancado. Para salir de Babel es preciso construir –o recuperar– una lengua y una colección de entendimientos comunes, capaces de ser compartidos por las principales fuerzas políticas y la sociedad.

   El espacio idóneo para procesar cualquier acuerdo es el de las instituciones políticas. Por muy aborrecible que nos resulte su desempeño, el Congreso es el crisol indispensable para hacer política y construir consensos. Y los partidos, con todo y su desesperante inoperancia, son los protagonistas ineludibles de esos acuerdos.

   El problema central radica, entonces, en cómo logramos que esa institucionalidad y sus organismos funcionen plenamente. Hay quienes por eso, entre otras motivaciones, hacen política y se incorporan a los partidos existentes o construyen otros. Para los intelectuales y, de manera más amplia, para los ciudadanos que no quieren hacer política activa, se presenta el eterno dilema entre presenciar los acontecimientos o hacer lo posible por intervenir en ellos.

   En los años recientes la sociedad mexicana, a pesar de las muchas limitaciones de nuestra cultura ciudadana, ha logrado influir exitosamente para ampliar condiciones y opciones de la competencia política. Los cambios que conseguimos –especialmente en la normatividad electoral– se debieron a la exigencia, tácita o explícita, que la sociedad le planteó al sistema político.

   Hoy sin embargo, por fatiga, desilusión, hartazgo o descuido, la sociedad se ha retraído de la mayoría de los asuntos públicos. El video panorama de corrupción, rencillas y cinismo que se ha conocido desde hace varias semanas, en el menos peor de los escenarios aleja aun más a los ciudadanos de esos asuntos públicos. También puede ocurrir que, tales sucesos, entretengan y confundan tanto que la sociedad deje de distinguir entre la escoria y los comportamientos reivindicables en el quehacer político.

   Una tarea cardinal para los intelectuales, en ese panorama, es contribuir a esclarecer los acontecimientos. Ofrecer elementos de juicio que permitan distinguir entre lo trivial y lo esencial, entre las codicias y los proyectos, entre la cháchara y las ideas, sería quizá la aportación más valiosa de quienes, desde el campo de la reflexión, quieren contribuir a superar este empantanamiento.   

   Krauze, en el artículo que hemos comentado en el transcurso de la semana, apunta con claridad acerca del papel de los intelectuales: “Necesitamos mucho más: solidez crítica, datos duros, imaginación editorial, incisiones limitadas pero profundas en la realidad”.

   Hoy en día el ejercicio de la crítica política es sumamente limitado. Numerosas inconsecuencias y contradicciones de los actores políticos pasan desapercibidas o, cuando mucho, alcanzamos a hacer la crítica de sus dichos. Pocas veces contamos con elementos para analizar los hechos verdaderamente relevantes. Esa es una tarea en la cual sería conveniente el ojo analítico de escritores y pensadores que reservan sus esfuerzos para temas menos coyunturales.

   La crítica del poder es escasa y habitualmente débil. Pocas veces llega al fondo de los acontecimientos. Suele cuestionar a los emblemas y responsables del poder, pero no a los poderes reales que han crecido y ganan enorme impunidad.

   Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han ofrecido un gran servicio a la sociedad al dar a conocer excesos y barbaridades de algunos personajes públicos. Pero al mismo tiempo los medios más influyentes, al mostrar esos hechos sin contexto y preocupándose más por el escándalo que por las explicaciones, han sido corresponsables del deterioro cívico y político que padecemos.

   Una hora de debate al mes sería preferible a “La jaula” o “La hora pico” pero es altamente probable que se confundiera con los contenidos que los televidentes suelen presenciar, todos los días, en la televisión nacional. Peor todavía, un espacio así les serviría a las televisoras para legitimarse y aliviar la mala conciencia que pese a todos sus operadores siempre tienen. Luego seguirían transmitiendo la programación habitual.

   El solo hecho de que Letras Libres presente su iniciativa, junto con el eco que ha tenido en pocos días, es indicativo de la preocupación que existe ante el deterioro de la vida pública mexicana. Es inexcusable, como apunta Krauze, que nuestra política se haya teatralizado de esa manera. Más que construir un nuevo escenario como el que sugiere esa revista, sería preciso exigir que la vida pública y sus protagonistas superen el juego de apariencias y palabrería que nos ha traído a esta Babel política –y mediática–.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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