Negligencia y cobardía

La Crónica, 25 de noviembre de 2004

Los dejaron solos. Los agentes de la Policía Federal Preventiva, dos de los cuales fueron brutalmente golpeados hasta morir –el tercero encuentra muy grave– pudieron haber sido rescatados si esa corporación y especialmente la policía del Distrito Federal se hubieran movilizado a tiempo.

   Entre las 6 de la tarde de antier martes cuando se supo que esos policías habían sido secuestrados por una turba frenética y casi las 9 de la noche cuando fueron asesinados, hubo tiempo suficiente para que las fuerzas policiacas se trasladaran a Tláhuac.

   En ese lapso, las unidades móviles de varias empresas de televisión pudieron llegar antes de los asesinatos. Los conductores de noticieros clamaban para que la policía interviniera. Las transmisiones, en directo, mostraban el linchamiento en marcha.

   Cuando los jefes policiacos se decidieron a intervenir era muy tarde. Tendrá que haber una investigación que establezca las formas de irresponsabilidad en que incurrieron funcionarios de las corporaciones policiacas, tanto de rango federal como de la ciudad de México. Posiblemente algunos de ellos confiaban en que se pudiera negociar con la muchedumbre. Otros, tal vez, temieron tomar una decisión que pudiera empeorar esa complicadísima situación.

   En todo caso, por impericia o negligencia de los jefes policiacos, hay dos agentes muertos. Los asesinaron el fanatismo, la ignorancia y el enardecimiento. Pero si las corporaciones policiacas hubieran estado preparadas para una situación como esa y sus mandos hubieran tomado decisiones a tiempo, las dos ejecuciones y la tortura del agente que sobrevivió pudieron haber sido evitadas.

   En los homicidios de Tláhuac se puede deplorar, en primer término, el arrebato casi instantáneo de una multitud que de pronto decide creer que los tres forasteros eran roba chicos y no agentes policiacos. A pesar de que se identificaron y aunque varios reporteros quisieron interceder para evitar la ejecución, la multitud no escuchaba hechos.

   Aparentemente la versión de que los policías eran delincuentes fue propalada por individuos ligados a la venta de drogas, cuyos intereses estaban amenazados por la presencia de los agentes de la PFP.

   De ser así, además del horror que suscita por sí misma, la masacre de Tláhuac constituiría un bestial aviso para todo el país. El descrédito de las leyes y del poder que tendría la obligación de cumplirlas y hacerlas cumplir comienza a ser de tal magnitud que, pertrechados en la muchedumbre, hay segmentos significativos de la sociedad dispuestos a cometer crímenes.

   Peor aun: en situaciones límite como la que con gran rapidez  se creó en Tláhuac, los delincuentes organizados son  capaces de soliviantar a esos grupos. Ya no estamos solamente ante una sociedad irritada, cansada y desconfiada. Junto con ello, nos encontramos ante una sociedad cuyo resentimiento y desesperanza la hacen tan vulnerable que puede ser presa fácil de la manipulación de pandillas criminales.

   No quisiéramos, pero hay que comenzar a imaginar lo que podría suceder si alguna de las mafias del narcotráfico decidiera manipular, en contra de las autoridades y las instituciones, a la sociedad de alguna de las zonas en las que tienen ascendencia y poder.

   Un país en manos de las mafias, encrespado y con multitudes dispuestas no solo a tolerar sino incluso a perpetrar acciones criminales: esa es una de las lecturas más apremiantes que ofrece la barbarie que vimos en Tláhuac.

   Ayer en varios medios se repetía la exigencia para que renuncie Marcelo Ebrard, jefe de la policía del DF, cuya incompetencia en este caso fue manifiesta. Ese funcionario no ha ofrecido una explicación satisfactoria para la inacción de la policía ante el crimen en Tláhuac. También la titular de esa delegación, Fátima Mena, que literalmente les dio la espalda a los agentes que estaban por ser asesinados, incurrió en irresponsabilidad grave.

   Con razón, ayer mismo el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad consideró que los jefes policiacos pudieron haber evitado esos crímenes “pero la negligencia, la pereza, la cobardía y el absoluto desprecio por la vida de los agredidos tuvieron más peso que su sentido del deber”.

   En el caso de los funcionarios del DF ese comportamiento pudo haber estado inducido por la política del gobierno de la ciudad de México ante conflictos como el de Tláhuac.

   El 27 de julio de 2001, poco después de que una multitud en Petlacalco, en Tlalpan, asesinó a golpes a un joven al que acusaban por haber robado en una iglesia, Andrés Manuel López Obrador quiso justificar la inacción de las fuerzas policiacas diciendo que esa era una expresión del “México profundo”.

   En aquella ocasión el jefe de gobierno del DF dijo: “con las tradiciones del pueblo, con sus creencias, vale más no meterse”.

   Esa legitimación de la pasividad policiaca y del incumplimiento de la ley era, entonces, expresión de una política populista y demagógica. Ahora, aquella incuria de López Obrador ha sido parte del contexto en el que se desarrolló el crimen de Tláhuac.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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