No es el formato

La Crónica, 5 de septiembre de 2004

Con todo desparpajo, algunos de los diputados que vociferaban el miércoles en la sesión de Congreso General admitieron cuál era su propósito: “queríamos reventar al Presidente” –le dijeron varios de ellos al reportero de Crónica Francisco Reséndiz–. A fuerza de gritos y aspavientos intentaban distraer, turbar o de plano desalentar al presidente Vicente Fox antes y durante la lectura del mensaje que presentó con motivo del cuarto informe de su gobierno.

   Los improperios y la intolerancia de esos legisladores desbordaron las fronteras de la libertad que siempre será exigible para que diputados y senadores cumplan con sus responsabilidades. Al abuchear y desfilar por el recinto mientras el presidente leía su documento quebrantaron las reglas más elementales de la actividad parlamentaria. Si el Congreso es para deliberar –parlamentar, precisamente– la noche del primero de septiembre hubo un franco sabotaje a la posibilidad de intercambio político.

   Habrá quienes consideren que no es para tanto. El comportamiento altisonante se ha expresado en muchas ocasiones y otros presidentes, antes que el actual, han padecido escarnio y descortesías al presentar sus informes. Quizá allí radica lo más lamentable del espectáculo que se pudo presenciar el miércoles. El estrépito ya no es insólito sino un componente habitual en la actividad política mexicana.

   Así como fuera y dentro de San Lázaro hay gritería cada primero de septiembre, en otros espacios de la vida pública la algarabía y los empellones forman parte del antagonismo entre las fuerzas políticas. Gritarle al presidente se ha convertido en parte de la costumbre con que las oposiciones –o al menos los segmentos más estridentes y cerriles que hay entre ellas– subrayan un deterioro político cuya gravedad no pueden, ni quieren, ni aciertan a entender.

 

Reglas arcaicas

   Las burlas y vociferaciones en San Lázaro se manifiestan desde hace tres sexenios. El mismo Vicente Fox cuando era flamante diputado, en 1988, un día se puso unas orejas de burro, no en premonición autocrítica sino para llamar la atención en una de las sesiones del colegio electoral que calificó aquellos comicios presidenciales. Otro personajes han increpado, se han enmascarado o han mostrado pancartas en numerosas sesiones de la Cámara.

   Este año el escándalo en el salón de sesiones fue de tal magnitud que ha suscitado una inquietud sincera en algunos, fingida en otros, que han identificado el jaleo del miércoles con las limitaciones del tradicional formato con que se realizan los informes presidenciales.

   Las reglas para la ceremonia del informe resultan arcaicas en comparación con el desarrollo político del país. Durante largo tiempo ese estilo fue congruente con el autoritarismo de un poder presidencial casi absoluto, al cual se padecía todos los días pero se le festejaba expresamente cada primero de septiembre. La subordinación de la elite y las instituciones políticas al presidente en turno se manifestaba, como en ningún otra fecha, en las acríticas aclamaciones y más tarde en las obsequiosas salutaciones el día del informe.

   El país, la clase política y el presidencialismo mexicano son, ahora, muy distintos. Por eso ha sido pertinente que se cuestione la celebración de una ceremonia en donde el Congreso en pleno se reúne para escuchar las cuentas que entrega el Presidente pero sin auténtica posibilidad de interlocución.

   Un Congreso que escucha sin poder preguntar ni replicar a un titular del Ejecutivo Federal que, a su vez, debe conformarse con la única pero parcial retroalimentación que significa la respuesta protocolaria del presidente en turno de la cámara de diputados, es expresión de un régimen con reglas atrasadas.

   Pero esas son las reglas para la presentación del informe y, por cierto, los únicos facultados para modificarlas se han negado a emprender esa actualización. Diputados y senadores han postergado, una y otra vez, las reformas al reglamento del Congreso que podrían hacer menos unilateral –y menos difícil– la ceremonia del primero de septiembre.

 

Cambios posibles

   Si la ceremonia no ha cambiado, ha sido porque los legisladores no lo han considerado necesario –o no se han puesto de acuerdo para ello–. Por eso resulta exagerado considerar, ante el escándalo del miércoles, que la presentación del informe presidencial ha llegado a ser innecesaria.

   Eso han dicho numerosos diputados, senadores, dirigentes y comentaristas políticos a partir del zipizape del día primero. El bullicio que trastornó la presentación del mensaje presidencial fue tan notorio, y suscitó tanto rechazo, que hay quienes prefieren, de plano, acabar con la ceremonia anual.

   El formato del Informe ya no funciona, se dice con insistencia. Y en efecto, hay rutinas que podrían cambiar para que esa obligación anual, impuesta por la Constitución, se cumpliera con menos autoritarismo y reconociendo el derecho de los legisladores a hablar delante del presidente cuando él acude a visitarlos en su casa.

   Podrían establecerse reglas, por ejemplo, para que el presidente escuchara una ronda de intervenciones. O para que, unos días después de la presentación de su mensaje, él acudiera a intercambiar puntos de vista con los diputados y senadores.

   Habría distintos esquemas para que la presentación del informe resultase más flexible –menos hierática, quizá– y para facilitar el diálogo entre esos dos Poderes de la Unión.

   Se podrían modernizar varias de esas costumbres. Sin embargo ninguno de esos cambios resolvería el comportamiento pendenciero de algunos legisladores.

 

Intolerancia política

   Por muchas actualizaciones que se le hagan, la ceremonia del Informe seguirá siendo un pequeño pandemónium mientras los integrantes de las principales fuerzas políticas del país no admitan la necesidad de reconocerse como interlocutores, a pesar de las diferencias que puedan tener entre sí.

   En tanto se mantenga la idea de que al adversario político es necesario devastarlo, como si se pudiera prescindir de él, ningún cambio formal será suficiente para resolver la barahúnda en la que se está convirtiendo la vida pública mexicana.

   Los gritones del miércoles y quienes piensan, desprecian y se comportan como ellos –y que no son pocos, los hay en prácticamente todos los partidos políticos– parecen estar convencidos de que a su antagonista –en este caso el presidente de la República– hay que liquidarlo.

   La pretensión de reventar al presidente, además del profundo rencor que le tienen, expresa una actitud de intolerante soberbia política.

   Los gritones del miércoles, y quienes los respaldan, no sólo consideran innecesario el respeto a las personas e instituciones sin el cual es imposible cualquier intercambio civilizado.

   Además suponen que el presidente, y la fuerza partidaria que lo llevó al gobierno, podrían ser prescindibles en una recomposición política del país.

   No han podido entender que, hoy en día, nadie puede gobernar sólo a este país. Tampoco comprenden las responsabilidades que adquirieron al ser electos y, luego, cuando juraron que cumplirían la Constitución.

   Quizá no es casual el hecho de que muchos de los vocingleros del miércoles sean diputados que nunca han tenido oportunidad ni aptitud para elaborar una iniciativa de ley, o para defender sus opiniones en la tribuna de San Lázaro.

   Algunos de ellos forman filas en las infanterías legislativas. Son diputados con escasas opciones (o no las tienen, o no las buscan, o no se las facilitan) para figurar en el trabajo de la Cámara. Eso no disculpa que pretendan, a gritos, lograr la notoriedad que no han conseguido en las tareas específicamente legislativas.

 

Incultura del rompimiento

   Esos diputados expresan el profundo atraso político que cruza por todos los partidos. La incultura del abuso, el madruguete, el agandalle y el estropicio, no es patrimonio de ningún partido en especial. Forma parte de las distorsiones del quehacer político nacional y encuentra afluentes, así como repercusiones, en comportamientos similares y muy arraigados en la sociedad mexicana.

   Que entre los ciudadanos existan actitudes de abuso es, sin duda, muy lamentable pero forma parte de la naturaleza humana. Pero que esos comportamientos primitivos se manifiesten en quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones nacionales resulta especialmente aciago.

   Se podrá decir que no es la primera vez que entre los legisladores se manifiestan conductas de ese corte. Es cierto, pero siempre es necesario esperar que el comportamiento cívico mejore en vez de empeorar como ha venido ocurriendo en el Congreso.

   El problema es esa incultura política. No nos referimos solamente a la falta de cortesía, que por sí misma describe a quienes la practican. Es deplorable, sobre todo, esa concepción del quehacer político como la búsqueda del sometimiento del adversario y no como la construcción de puentes para dialogar con él.

   El presidente Fox y su gobierno han tenido un desempeño sumamente cuestionable. El bajo perfil de esta administración no solo es síntoma de la falta de proyecto nacional, sino también de una enorme y a veces casi increíble impericia.

   Pero ninguna de esas fallas justifica que se le trate de reventar, como tan ordinariamente explicaron algunos legisladores del Partido de la Revolución Democrática.

 

Indignos diputados

   Hay excepciones. En algunos segmentos del PRD existe un sentimiento de molestia por la mala imagen que ofrecieron los diputados camorristas. La mayoría de esas opiniones encuentra inadecuada esa exhibición porque perjudica al partido, más que por la incivilidad que significó. Algunos de esos perredistas deploran los efectos, pero no necesariamente la descortesía con el presidente de la República.

   En ese partido además se ha expresado la opinión, inteligente y crítica pero a contracorriente del fundamentalismo perredista, del senador Demetrio Sodi. En un artículo que apareció el viernes 3 de septiembre en El Universal ese legislador dice, sin rodeos: “Fue vergonzoso ver cómo varios diputados y diputadas actuaban como si estuvieran en un palenque, interrumpiendo y ofendiendo al Presidente”.

   Con una franqueza infrecuente en un partido cuyos valores parecen involucionar cada vez más para quedar supeditados al culto al nuevo caudillismo, Sodi aprecia de la siguiente manera el comportamiento de aquellos perredistas:

   “Estos legisladores no son dignos de estar en el Congreso de la Unión. Probablemente en un sistema político cerrado se tenga que llegar a esos extremos para hacerse oír, pero no es el caso de México; en nuestro país existen los espacios necesarios para que los legisladores denunciemos todo aquello en lo que no estamos de acuerdo”.

   El ejercicio crítico del senador Sodi lo lleva, también, a reconocer la actitud que el titular del Ejecutivo Federal mantuvo ante esas provocaciones: “El presidente Vicente Fox se comportó con respeto en el Congreso, por lo que no son justificables las interrupciones y ofensas que se le hicieron durante su informe. Estas posiciones, indignas de un legislador, desprestigian al Congreso y a la clase política, y ponen en riesgo nuestra transición democrática pacífica. La política y la democracia florecen en el diálogo, en el respeto y en la búsqueda de coincidencias; los radicalismos, las ofensas y el rechazo al diálogo niegan la política y ponen en riesgo cualquier sistema democrático”.

 

Sociedad disgustada

   Lástima que muy pocos legisladores –tanto en el PRD como en el resto de los partidos– tienen el sentido institucional de la política y la perspicacia suficiente para reconocer méritos e interlocución en el adversario como hace el senador Sodi.

   Pero igual que él y sin estar involucrados en la confrontación política, muchos ciudadanos consideraron excesiva la gritería del miércoles. Al día siguiente del informe la empresa Delfos, que levantó una encuesta telefónica en el Distrito Federal encontró que el 87% de los ciudadanos considera malo, o muy malo, el comportamiento de los legisladores en la ceremonia del primero de septiembre.

   El 79% consideró que los diputados y senadores de oposición no tienen derecho a interrumpir con abucheos la lectura del mensaje presidencial. El 71% dijo que esa conducta le parece inadecuada. El 86%, a pregunta expresa, estimó que al comportarse como lo hicieron los legisladores demuestran poca ética.

   El disgusto de la sociedad es evidente. Los datos anteriores, levantados en la entidad que mayoritariamente respalda a Andrés Manuel López Obrador son contundentes. Cuando Delfos preguntó si el presidente merece el trato que le dieron los legisladores el 73% consideró que no. Pero al 26% le pareció que sí: los abucheos tienen una base social que comparte esa impolítica del exceso y la ruptura.

 

El verdadero impedimento

   En todos los parlamentos del mundo existen desavenencias que, a veces, se manifiestan de manera destemplada. Pero en México, como apuntábamos antes, la estridencia se ha vuelto constante y no complemento del quehacer político.

   Esa conducta no se resolvería con un formato diferente. En cualquier encuentro o ceremonia sucedería lo mismo aunque las reglas fuesen distintas.

   En otros países los gobernantes presentan informes anuales y los legisladores, que a veces tienen tremendas discrepancias con ellos, los escuchan con respeto a la representación ciudadana que ejercen unos y otros.

   Aquí, suponer que grescas como la del miércoles se resuelven modificando el formato del informe equivale a desconocer la dificultad principal. La descomposición de la política mexicana no se remedia acotando el tiempo y las normas del mensaje o abriendo espacio para interlocuciones. Esos cambios serían pertinentes en un contexto de competencia en la civilidad. Y no es ese el estilo de la confrontación política imperante en este país.

   La función del Congreso es deliberar y decidir a partir del diálogo. El Informe anual es un reconocimiento a la investidura y las funciones de los legisladores y constituye una expresión, aunque rudimentaria y perfectible, de rendición de cuentas.

   Querer suspender la ceremonia del Informe por motivos como el desaguisado del día primero implicaría preocuparse por un asunto menor y no por el verdadero impedimento que padece hoy la política en México. Cancelar el informe para que no haya gritería sería como si fuera suficiente dejar de leer los periódicos para que las malas noticias no nos afecten, o como si se pretendiera cerrar los bancos para evitar que los asalten.

 

¿Régimen agotado?

   El problema no es el desgaste del formato sino el escaso respeto y el creciente déficit de tolerancia que han acumulado, en rencillas interminables, nuestros actores políticos.

   El formato, en todo caso, es consecuencia de un tipo de régimen político que posiblemente se está agotando. El presidencialismo todopoderoso ya no tiene presencia real pero las leyes que lo animaban se mantienen, en lo fundamental. Algunas voces sugieren voltear hacia otras experiencias nacionales y estudiar la conveniencia de establecer en México un régimen parlamentario o, quizá, un sistema semi presidencialista.

   Esa sería una discusión realmente importante. Pero es difícil pesar en asuntos de ingeniería política institucional cuando hay legisladores interesados no en parlamentar, sino en reventar a quienes no comparten sus puntos de vista.

   Hay mucho por cambiar y actualizar en las reglas de la política mexicana –o, mejor aún, para que este maremágnum pueda ser sustituido por un ejercicio creativo de la política–. La gritería de unos y otros impide que la sociedad, y sus fuerzas políticas, adviertan el deterioro creciente que puede acabar por desmantelar al sistema político con todo y reglas, protagonistas y formatos.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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