Ofensa y advertencia

La Crónica, 24 de octubre 2004

Varias docenas de personas fueron suficientes para vencer al sistema de seguridad que tenía la responsabilidad de proteger al presidente Vicente Fox el viernes, cuando terminaba una visita a Ciudad Juárez. Los empellones y golpes contra la camioneta en la que iban el presidente y el gobernador de Chihuahua, José Reyes Baeza, fueron menores. Pero la gravedad del incidente radica en el hecho mismo de haber ocurrido.

   Por una parte, es muy preocupante que los manifestantes que protestaban por las reformas que aparentemente se pretende imponer al funcionamiento del ISSSTE hayan optado por el enfrentamiento y la injuria en contra del presidente de la República. Las propuestas para la institución encargada de los servicios médicos y las pensiones de los trabajadores del Estado aun están a discusión. pero los empleados que agredieron de esa manera al convoy presidencial las dan por hecho. Las vías institucionales que podrían tener para hacer saber su inconformidad no les parecieron accesibles, o no las consideraron suficientes.

   Al mismo tiempo, el episodio en Ciudad Juárez revela un injustificable descuido por parte de los responsables de cuidar al presidente de la República. Aunque la vigilancia en las calles y la custodia general del trayecto de la comitiva durante la visita del viernes era tarea del ayuntamiento en esa localidad, la obligación directa en la protección del titular del Ejecutivo es del Estado Mayor Presidencial.

 

Engañosa privatización

   Siempre es difícil resguardar a un personaje exposición tan visible y que tiene que participar en tantos actos públicos como el presidente de la República. Por eso es necesario no solo custodiar los sitios a donde acudirá y por donde va a transitar sino, también, prever diversos escenarios en caso de una contingencia.

   El viernes en Juárez la visita del presidente Fox transcurría de acuerdo con los planes con que había sido diseñada. El presidente le había tomado protesta al nuevo Consejo de Seguridad Pública de esa ciudad. Al salir del Club Misión de los Lagos, en donde se realizó dicha reunión, lo aguardaban cerca de 300 manifestantes con pancartas en contra de la “privatización” del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado.

   El contingente estaba formado por maestros que se oponen a la propuesta de reforma a la Ley del ISSSTE  –y que se manifestaron sin la autorización de su sindicato–, por docentes sindicalizados, por trabajadores del “Programa Bracero” que exigen contemple el Congreso de la Unión una partida a su favor en el presupuesto del 2005 y por activistas que piden que los ingresos de los puentes internacionales se queden aquí”, indicó ayer el servicio de noticias Frontenet.com

   Antes de llegar a su vehículo el presidente fue abordado por Leticia Martínez, que dijo que forma parte de los profesores descontentos con el giro que según aseguran se le quiere dar al ISSSTE. La respuesta de Fox fue tajante: “Nada más le voy a pedir que no me grite y no traiga a tanta gente engañada, pues no hay nada de eso que usted dice, no hay tal reforma”.

   El intercambio incluyó varias frases más. Otros descontentos aseguraron que la privatización del Instituto obedece a designios del Banco Mundial y algunos más dijeron que habían leído la noticia en algunos diarios.

   Fox les explicó que hay un proyecto de ley para reformar la Ley del ISSSTE pero que no implica la desaparición ni la venta del Instituto.

 

Reforma desconocida

   El desconocimiento de aquellos empleados públicos sobre esos cambios indica deficiencias serias en la comunicación del gobierno. Si los posibles afectados con esa reforma no están al tanto de ella, no puede esperarse que aguarden resignados a que sea aprobada para, entonces, enterarse de sus contenidos.

   Las implicaciones de tales cambios en la Ley del ISSSTE o las apreciaciones que sobre dicha reforma tienen algunos grupos de trabajadores del Estado han suscitado conflictos en otras entidades, incluso en la ciudad de México. No ha existido una discusión suficiente acerca de ellas y muchos empleados públicos temen que se les quieran imponer cambios que afecten sus derechos laborales. Algunos, incluso, hablan de una posible privatización sin advertir lo difícil y remota que sería esa opción.

   Pero en Ciudad Juárez la protesta que sorprendió al presidente Fox no se debía exclusivamente a la reforma en la seguridad social para los empleados del Estado. Otros grupos con sus propias demandas, como indica la nota antes transcrita, protagonizaron también ese altercado.

  

Fuera de control

   La suburban verde que el presidente había abordado y el resto del convoy, avanzaron unos cuantos metros pero varios manifestantes le salieron al paso. Algunas versiones dicen que una mujer se tendió frente al vehículo en donde viajaba el presidente y que resultó herida. Ayer sin embargo, algunos reporteros de Ciudad Juárez aseguraban que buscaron en los hospitales a esa persona presuntamente arrollada por la camioneta del presidente pero que no encontraron a nadie.

   Cuando tuvo que frenar, el vehículo fue rodeado por varios manifestantes. Algunos comenzaron a dar de puñetazos, a patear y zarandear a la camioneta. Gritaban para exigir que el presidente saliera de ella. Varios más, incluso, se treparon en el cofre y gesticulaban para que el presidente los viera tras el parabrisas.

   En un momento dado –describe Frontenet.com– la situación estuvo a punto de salirse de control, pues los inconformes burlaron la vigilancia de los efectivos del Estado Mayor Presidencial y corriendo se dirigieron hacia la entrada del salón Misión de los Lagos, en donde se acordonó el área.

   “ ‘¡Fox, entiende, el ISSSTE no se vende!’, ‘!Salario al presidente, pa´que vea lo que siente!’, gritaban los manifestantes.

   “ ‘¡Queremos soluciones hoy, hoy, hoy!’, decían por su parte los ‘braceros’, en la que fue la tercera gira presidencial por el estado de Chihuahua del Presidente Fox”.

 

Improvisación y susto

   Después de varias maniobras, el conductor pudo sacar a la camioneta de esa emboscada. Varios elementos del Estado Mayor Presidencial se habían afanado para alejar a los manifestantes. Al menos dos de ellos se liaron a golpes con miembros de la sección 8 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Varios de los vehículos que seguían a la camioneta del presidente, incluso algunos en las que viajaban reporteros, quedaron atrapados y también fueron maltratados.

   El incidente no tuvo mayores consecuencias directas. El presidente Fox salió físicamente ileso aunque el sobresalto fue mayúsculo a juzgar por el rostro de alarma que tenía, según indican varias reseñas periodísticas.

   Junto al déficit de planeación que facilitó la agresión a la caravana presidencial, se pudo apreciar una inteligente prudencia por parte de algunos miembros del Estado Mayor Presidencial. En vez de enfrentar a los manifestantes, que eran muchos más, trataron de interponerse entre ellos y el vehículo del presidente sin provocar mayor violencia.

   De cualquier manera, al haber quedado desbordados por quizá un centenar de manifestantes los responsables de la seguridad del presidente mostraron una preocupante improvisación. Posiblemente no sabían que los manifestantes querrían interceptar al vehículo en el que viajaba Fox. Pero, de acuerdo con las reseñas en la prensa, durante la ceremonia en el fraccionamiento Misión de los Lagos era posible ver, en los alrededores de esas instalaciones, a manifestantes con pancartas contra los cambios en el ISSSTE. En todo caso, el equipo de seguridad no tenía despejadas las posibles salidas en caso de una emergencia como la que ocurrió el viernes por la mañana.

 

Incultura cívica

   No es la primera vez, en los años recientes, que el Estado Mayor se equivoca en la tarea de mantener al presidente a distancia de situaciones de violencia. Cuidar a un gobernante tan afecto a mostrarse en público no resulta sencillo. Pero esas reiteradas confusiones indican que no existe el rigor indispensable para salvaguardar al titular del Ejecutivo.

   El otro problema es el hecho de que los manifestantes en Juárez se hayan considerado tan agredidos por posibles acciones u omisiones del gobierno federal que hayan querido reclamarle de tan estridente manera.

   En ese comportamiento, además de una significativa incultura cívica, los manifestantes mostraron la ineficacia que –al menos a juicio de ellos mismos– tienen las instituciones que los representan o que pretenden hacerlo.

   La mayoría de ellos forma parte de una de las secciones sindicales otrora más activas en el SNTE. La sección de Chihuahua ha sido escenario de intensos conflictos internos y ahora, según parece, no mantiene con las autoridades federales y educativas la interlocución necesaria para expresar la desazón de los maestros ante posibles cambios en el ISSSTE.

   Esos maestros y quienes protestaban con ellos, tampoco encontraron confiables la interlocución que podrían haber tenido a través de alguna autoridad o la posibilidad de dirigirse a sus diputados o senadores.

 

Deterioro institucional

   Para los atacantes de la camioneta en la que iba el presidente la mejor forma de expresión eran los alaridos e improperios. Es sencillo descalificarlos. Nadie que se precie de reivindicar las formas y los métodos de la democracia puede compartir el empleo de esos recursos y mucho menos contra el jefe de las instituciones gubernamentales que es el presidente de la República.

   Pero además de condenarlos sin reserva, es importante entender la situación de esos manifestantes. El desprecio que muestran hacia los procedimientos civilizados para mostrar inconformidades, muy posiblemente lo han forjado en largos años de exigencias insatisfechas e incluso a veces ignoradas.

   Asambleas sindicales que se prolongan durante varias horas sin llegar a decisiones, trámites tortuosos e irritantes en las ventanillas de la autoridad educativa o en la delegación del ISSSTE, condiciones laborales precarias y salarios siempre insuficientes, forman parte de la situación de centenares de miles de trabajadores de la enseñanza.

   Quienes, de entre ellos, se inclinan por la agresión como forma de protesta, ahora son unos cuantos. Pero la irritación de tales grupos ha fermentado en ese descontento gremial y social que pocas veces recibe suficiente atención.

   Sería un exceso considerar que el despropósito de los manifestantes de Juárez es representativo del descontento que muchos otros segmentos de la sociedad mantienen ante autoridades e instituciones. Pero forma parte de insatisfacciones que no hallan suficientes cauces de expresión.

   Allí se puede advertir una carencia básica del sistema político que hoy tenemos. Al deterioro en muchas de sus estructuras, las instituciones de representación formales e informales –congresos, ayuntamientos, partidos, sindicatos, etcétera– añaden la debilidad de sus formas y espacios de interlocución con sus representados.

 

Contexto de estridencia

   Junto con ese deterioro institucional, estamos padeciendo la descomposición de una cultura política que no ha encontrado condiciones para madurar, extenderse y arraigar entre los ciudadanos. En vez de prácticas inherentes a las convicciones y aspiraciones democráticas que los mexicanos hemos querido ratificar en las urnas –independientemente de los partidos por los que cada quien haya querido votar– pareciera que cada vez se desenvuelve más una incultura de la desconfianza, el escepticismo y la arbitrariedad.

   Desacuerdos y protestas siempre hay. Lo que tenemos ahora es un contexto de estridencia y recelos   que tienden a imponerse por encima de cualquier expresión institucional y/o mesurada.

   En vez de que gracias a nuestro desarrollo político e institucional se hubiera extendido la convicción en la necesidad y la eficacia de los cauces formales para expresar y resolver inconformidades, lo que hemos tenido en los años recientes es una reivindicación del atropello como método de confrontación y soluciones políticas.

   Aparentemente el gobierno federal no ha terminado de advertir el enorme daño que se infligió a sí mismo cuando aceptó que la disputa sobre el predio en Atenco, en donde se pretendía construir un aeropuerto, se resolviera con la exhibición de machetes y los plantones de los comuneros más enardecidos.

 

Pedagogía de la agresión

   La incultura del agandalle, como de manera directa se le puede llamar a esa costumbre, ya existía en la sociedad mexicana y su pervivencia ha constituido uno de nuestros atrasos políticos y cívicos más notables y lamentables. Pero cuando además de recurso esporádico los instrumentos de dicha incultura cívica se vuelven de uso cotidiano en formaciones políticas de todos los signos y a través de todo el territorio nacional, no es exagerado considerar que ese desgaste gana terreno a expensas de recursos e instrumentos ciudadanos.

   La sociedad mexicana, que en estos asuntos es fundamentalmente espectadora, sigue aprendiendo que cuando está en juego algún asunto importante, o en cuya apreciación existan varios puntos de vista, le conviene emprender alguna forma de acción directa en vez de aguardar flemática y disciplinadamente.

   Gritar en vez de dialogar, golpear en vez de discutir, amagar y no negociar, se están convirtiendo en costumbres arraigadas en la impresión que muchos ciudadanos tienen de la vida y los problemas públicos.

   El asunto de los manifestantes en Juárez tiene antecedentes y se ha desarrollado en condiciones sin las cuales no se explicaría la notoria estridencia de esos ciudadanos. Pero junto con esos rasgos, es posible que en la gestación de esa estridencia haya tenido algo o mucho que ver el panorama de descomposición de la vida pública nacional.

 

Desmadejamiento

   El incidente en Ciudad Juárez ha sido condenado por personajes de todas las adscripciones políticas. Los unánimes rechazos que se expresaban desde el viernes y todo el día de ayer son importantes como expresión de cortesía pero también, quizá, como muestras de preocupación de gobernantes y dirigentes. Sin embargo mañana lunes esas invocaciones a la urbanidad se diluirán en los nuevos episodios de enfrentamientos, descalificaciones y denuncias mutuas.

   Cuando los ciudadanos ven que los diputados de un órgano legislativo asaltan las instalaciones de otro, cuando reconocen en los videos escandalosos los rasgos más retorcidos pero existentes del trapicheo de intereses y principios que ocurre en los intersticios de la llamada clase política, o cuando el intercambio entre los gobernantes queda acotado por vulgaridades y agresiones, no es extraño que al momento de presentar exigencias ante las autoridades empleen procedimientos similares. Quizá el incidente en Ciudad Juárez pudiera ser entendido como expresión y consecuencia, ciertamente exacerbada y siempre inaceptable, de un desmadejamiento de la vida pública que no parece tener fin.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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