Slim: volver al pasado

La Crónica, 15 de agosto de 2004

El México que añora Carlos Slim era mucho más desigual, atrasado y ensimismado que el que tenemos ahora. El llamado milagro mexicano que el dueño de Telmex reivindicó con intencionado énfasis el jueves anterior, solamente resultó providencial para los poderosos. La clase gobernante y quienes se enriquecían a su amparo y/o junto con ella, fueron los beneficiarios fundamentales de la extensa fase de estabilidad social y crecimiento económico que el país experimentó entre los años cuarenta y sesenta del siglo XX.

La vuelta al pasado que propone el más acaudalado de los empresarios mexicanos significaría una catástrofe económica, política y social para el país.

El desarrollo de las décadas que tanto le llaman la atención al ingeniero Slim logró poco contra la reducción de la pobreza y estaba sustentado en el proteccionismo estatal, para que las escasas industrias que tenían rendimientos sustanciales se encontrasen a salvo de la competencia extranjera.

Ese desarrollo era posible gracias al monopolio de la política ejercido por el viejo PRI. La dupla partido acaparador y presidencialismo omnipotente garantizaba la estabilidad que para algunos fue modelo en América Latina, pero que mantuvo aherrojadas a nuestras instituciones políticas durante más de treinta años.

La sociedad mexicana de esa época, mucho más pequeña pero también más conservadora que la que tenemos ahora, se debatía entre el paternalismo estatal y la coerción a sus manifestaciones disidentes. Las expresiones culturales que discrepaban con el canon oficial eran censuradas o marginadas. La represión de octubre de 1968 fue culminación de esa sorda tensión entre una sociedad que pugnaba por florecer en la diversidad y un Estado cuyo autoritarismo se alimentaba en la paranoia y el alejamiento de sus gobernantes.

 

Que haya acuerdos

Ese es el país al que, ante la anuencia del rector Juan Ramón de la Fuente, propuso retrotraernos Carlos Slim el jueves 12 de agosto en la sala Miguel Covarrubias, del Centro Cultural en Ciudad Universitaria.

El accionista principal del Grupo Carso se refirió a la necesidad que México tiene para que sus principales fuerzas políticas y sociales se pongan de acuerdo. Sería deseable, dijo, que “en aquellas áreas que pueden ser de consenso de la población y en la que los distintos sectores, los distintos partidos políticos convocados por el gobierno federal, encabezado por el Presidente Vicente Fox, pudieran tener esa reconciliación”.

En ese llamado, Slim coincide con muchas de las voces que desde muy variados campos del panorama nacional han emplazado a los partidos para que hagan política creativa en vez del desgaste al que someten al país.

Que haya acuerdos, es una aspiración generalizada en nuestra sociedad. Pero si no los hay es porque cada uno de los actores principales de la vida pública mexicana parece tener una idea diferente sobre el propósito de esos arreglos.

Para Slim, es necesario que haya “políticas de Estado” que impulsen “el desarrollo económico y social, además de alcanzar acuerdos nacionales”. Tales acuerdos, consideró, deberían propiciar la seguridad jurídica y física y el crecimiento con empleo y estabilidad y una educación de calidad en todos los niveles.

Se trata de aspiraciones incontestables. No habrá mexicano, o fuerza política nacional, que no esté de acuerdo con ellas.

Pero con qué política económica, con cuál presencia y dimensiones del Estado, con cuáles políticas públicas y desde luego para qué sociedad se piensa con tan plausibles metas, constituyen temas en cuya definición se perfilarían proyectos distintos.

 

Pero sin retrocesos

Slim presentó su paradigma. Él considera que ese esfuerzo de acuerdos políticos y conducción gubernamental debiera servir para que “se retome el ejemplo del milagro mexicano, crear ese clima, y retomar la senda del crecimiento”.

La “unidad nacional” así alcanzada, habría de servir ”para que la construcción y la infraestructura pudieran volver a surgir como en aquella época”.

Esa época es la del periodo que transcurrió entre los años 40 y 60 del siglo XX. Slim se refirió a ella con motivo del homenaje que la UNAM le ofreció al empresario Bernardo Quintana, al cumplirse 20 años de su fallecimiento. Creador del emporio más importante en la industria de la construcción en México y posiblemente en América Latina Quintana fue, en opinión de Slim, ”uno de los más queridos, destacados y respetados titanes de la posguerra en México”.

Slim mencionó al de Manuel Ávila Camacho como el primero de cinco gobiernos durante los cuales se mantuvo aquel desarrollo. Entre las pautas de esa época recordó la existencia de claras políticas de Estado, la unidad nacional y la existencia de “un ambiente importante para el desarrollo sostenido”. Ese fue el contexto para “el desarrollo de esos grandes empresarios, pero también la modernidad de México”, dijo Slim de acuerdo con las notas periodísticas.

 

Aval del Rector

Anfitrión de esa ceremonia, el rector Juan Ramón de la Fuente se sumó a la exhortación del empresario: “Urgen en México políticas de Estado; políticas que nos permitan imaginar al país a mediano y largo plazo, políticas que nos saquen de la coyuntura y la inmediatez que no trascienden”.

El Rector De la Fuente no respaldó de manera explícita el retorno al pasado que sugirió Slim. Pero tampoco estableció una postura distinta. Dijo que hace falta ”un rencuentro de la política con la sociedad; poner a la política al servicio de la sociedad para que entienda, interprete y haga realidad sus anhelos”. Y para todo eso se requieren “’nuevos pactos y políticas de Estado”.

Desde luego que todo eso es necesario. Pero a estas alturas del estancamiento político del país, decir que se necesitan acuerdos ya no basta para contribuir a que se construyan esos nuevos consensos.

Hablar de acuerdos en medio de la estridencia de partidos, gobernantes y dirigentes que parecen empeñados en desgarrar a la política y sus instituciones, resulta apropiado. Constituye, incluso, una postura elegante.

Pero hacerlo sin precisiones, puede conducir a que con ese motivo se considere que cualquier acuerdo, y cualquier modelo, serían capaces de sacar al país del atasco político, social e intelectual que ha venido padeciendo.

Hablar de acuerdos sin precisiones puede servir, incluso, para favorecer ilusiones como la que propone el ingeniero Slim cuando considera que nuestro tiempo pasado fue mejor.

 

Milagro para pocos

Los gobernantes que sucedieron a Ávila Camacho y a los cuales aludió el propietario de Telmex fueron Miguel Alemán Valdés, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. Ubicados entre 1940 y 1970, los sexenios de esos cinco presidentes estuvieron definidos por un crecimiento económico real pero junto con una profunda desigualdad social.

En los terrenos político, cultural y social, el México de esos tiempos era más atrasado que el de nuestros días. El “milagro mexicano”, aunque era encomiado por las élites políticas y empresariales y por algunos observadores fuera del país, había sido profundamente costoso para los trabajadores mexicanos y sus familias.

El México de esos años no padecía los problemas de inseguridad tanto personal y física como económica, y en sus expectativas de desarrollo, que tienen nuestros compatriotas –especialmente los jóvenes– al comenzar el siglo 21. Era, con excepciones, un país detenido en la complacencia provinciana. Al México de esos tiempos, para recordar al recientemente fallecido Ismael Rodríguez, se le puede identificar en el pesado tránsito entre “Allá en el rancho grande” y “Pepe el Toro”.

Ese México que para algunos era de milagro económico, para los más seguía siendo de aspiraciones permanentemente inalcanzadas. Había una auténtica clase media porque la brecha entre ricos y pobres era prácticamente insalvable. Tener un título universitario, por ejemplo, por lo general era garantía de prestigio social y estabilidad financiera. Pero el acceso a la educación superior era mucho más difícil de lo que fue a partir de los años setenta.

 

Economía feudal

A fines de la década de los sesenta el economista Enrique Padilla Aragón escribió un libro de título impecablemente expresivo: México, desarrollo con pobreza (Siglo XXI, 1969). Allí se mencionaba, entre otras consecuencias de la insuficiente distribución del ingreso: “El desarrollo económico que impulsa a la economía mexicana se ha concentrado en extensiones geográficas reducidas del país, creando graves desequilibrios regionales con zonas prósperas a niveles de alto desarrollo económico y zonas deprimidas que sufren las condiciones de atraso de una economía meramente feudal”.

Un par de años después un estudioso insospechable de parcialidad política, el profesor Roger D. Hansen de la Universidad de Yale, escribió en un libro que de inmediato se volvió clásico sobre ese periodo de la economía mexicana: “Entre 1940 y los primeros años de la séptima década, en México los ricos se han vuelto más ricos y los pobres más pobres, algunos en un sentido relativo y otros en forma absoluta. Los datos sobre distribución del ingreso en las décadas recientes indican que, cuando menos hasta 1963, México seguía a la cabeza de casi todos los países latinoamericanos, en lo que respecta a lo inequitativo del ingreso” (Roger D. Hansen, La política del desarrollo mexicano. Siglo XXI, México, 1971).

El profesor Hansen identificaba tres rasgos en la distribución del ingreso en nuestro país: “1) Ingresos rápidamente crecientes de las empresas, 2) entradas per cápita derivadas e los salarios y sueldos, con un lento incremento y 3) una reducción de las tasas del salario real”.

Más adelante diagnosticaba: “El grado de desigualdad existente en la distribución mexicana del ingreso, como quiera que se mida, excede de la que impera en la mayoría de los países en desarrollo del mundo. Tan sólo en el 5 por ciento superior de los niveles de ingreso de México se puede notar una tendencia hacia la distribución más equitativa. Las familias que se hallan en los dos o tres deciles inferiores, claramente han retrocedido en forma relativa y, quizá absoluta, desde que se inicio el ‘milagro’ mexicano”.

 

Crecimiento desigual

Al cabo de esa contradictoria etapa, el economista Fernando Carmona ofrecía abundantes datos para subrayar la desigualdad que abrumaba al país. En 1963, el 62% de las familias mexicanas –con una remuneración inferior a 600 pesos mensuales– recibía solo el 15.9% de los ingresos totales en el país. En tanto, el 0.9% de las familias acaparaba otro tanto, el 15.6%, con ingresos superiores a 10 mil de aquellos pesos cada mes (Fernando Carmona y otros, El milagro mexicano. Nuestro Tiempo, México, 1970).

Años después, con mayor distancia analítica, Carlos Tello Macías abundó en ese diagnóstico: al comenzar la década de los setenta México tenía una imagen de país afortunado, con “crecimiento económico, solidez monetaria, solvencia crediticia y estabilidad política” (La política económica en México. 1970-1976. Siglo XXI, México, 1979). Había desarrollo, pero no en beneficio de todos.

Durante los años 60 México creció a una tasa promedio de 7% anual. Entre 1935 y 1970, de acuerdo con ese autor, el crecimiento mexicano fue de 6% en promedio. El país estaba en paz y había transitado de una economía fundamentalmente agrícola y rural, al entorno industrial y urbano. “Mientras que en 1935 poco más del 34% del total de la población del país vivía en localidades de 2 500 y más habitantes, en 1970 el 60% habitaba en ellas”, recuerda Tello.

Para 1970, México “era para muchos el país subdesarrollado que en ciertos aspectos podía compararse con los desarrollados en sus mejores épocas: dinámico, moneda sólida, buen pagador y ‘todo controlado’. Pero esa imagen de México al final de la década pasada –escribió a fines de los setenta– sólo correspondía a una parte de la verdad”.

Continúa ese autor: “El reverso de la medalla, hacia el año de 1970, era que los desempleados se acumulaban rápidamente y la satisfacción de las necesidades de servicios educativos, médicos, sanitarios y de vivienda tenía un retraso de lustros. El desarrollo del transporte por carretera no había arrancado de la marginación a vastas áreas rurales del país y el estancamiento de los ferrocarriles se convertía en un cuello de botella para las actividades ya establecidas”.

Proteccionismo estatal

A fines de los años sesenta, el desarrollo energético y el mercado interno habían quedado estancados. Seguimos con Tello: “El crecimiento, la solidez monetaria, la solvencia crediticia y el control político eran muy convenientes para los negocios de los que ya eran ricos, aunque su horizonte para invertir se fuera reduciendo. Mientras tanto, millones de mexicanos empobrecían en términos relativos o absolutos y apenas les quedaban alternativas inaceptables: quedarse en el campo sin recursos para producir o emigrar a la marginación y el desempleo urbanos”.

Los pocos que tenían recursos para invertir, por lo general no encontraban opciones atractivas debido a la estrechez del mercado: “Sólo quedaban los pequeños negocios, en tanto no llegara una cadena internacional a absorberlos, o quedar como socio muy minoritario, prácticamente como gestor nativo, de un consorcio internacional”.

Encerrada en las fronteras nacionales, la expansión mexicana comenzaba a ahogarse a sí misma. Las empresas con éxito se beneficiaban de una política económica extraordinariamente generosa, que subsidiaba gran parte de la infraestructura y que mantuvo aranceles y regulaciones que la libraban de competencias foráneas.

Muchos empresarios dejaron, precisamente, de emprender. No tenían necesidad de arriesgar porque el proteccionismo estatal les aseguraba servicios básicos, mercado cautivo y, por añadidura, impuestos bajos.

 

Auspicio presidencial

No era sorprendente que hubiera quienes, en tales condiciones se regocijaran ante el “milagro mexicano”.

De hecho, el empresario más acaudalado de nuestra historia llegó a esa posición gracias a una discutible derivación de aquellos años de éxito garantizado y mercado resguardado para la industria mexicana. Carlos Slim transitó de la especulación financiera al señorío de la telecomunicaciones gracias a la decisión del presidente Carlos Salinas en 1990 para transferirle Teléfonos de México a costo de ganga.

Ya no eran los años del milagro mexicano pero aquella decisión, insertada en las más autoritarias costumbres del presidencialismo mexicano, hizo de Slim el hombre más adinerado de América Latina. Según el periodista Rafael Rodríguez Castañera, el Grupo Carso adquirió por 442.8 millones de dólares el control de Telmex que tenía un valor oficial estimado en más de 7 mil millones de dólares (Operación Telmex. Contacto en el poder. Grijalbo, México, 1995).

Al presidente Salinas, como parte de una estrategia que posiblemente tenía aristas virtuosas pero que fue insuficiente, le interesaba que el país tuviera empresarios poderosos, capaces de competir con los que llegarían de otras latitudes. Pero a la postre no hubo varios empresarios de ese corte sino uno solo. Y en gran medida la fuerza económica de Slim se ha debido al monopolio que ha ejercido sobre la telefonía local en nuestro país.

 

Interesados aplausos

Quizá por eso, ahora que se acerca la apertura de todos los servicios de la telefonía en México, a Carlos Slim le interesa que el país regrese a los tiempos de las empresas protegidas y las fronteras impermeables a la competencia.

La elegía que el propietario de Telmex hizo de la política económica entre 1940 y 1970 fue tomada con exiguo contexto crítico y en algunos medios, fue aplaudida como si se tratara de la solución providencial a los problemas mexicanos de nuestros días. El Grupo Carso constituye hoy el principal anunciante en la prensa y la radiodifusión mexicanos.

Por supuesto, las orientaciones que tuvo la economía mexicana en los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo y, con otros sesgos, a partir del sexenio de Miguel de la Madrid, también tienen rasgos profundamente discutibles. Pero no por rechazarlos es preciso retornar a los tiempos del inequitativo desarrollo estabilizados.

Por supuesto en la economía, como en tantas otras asignaturas, México necesita cambios. Pero en la definición de un nuevo modelo, hay que tener cuidado para que no nos deslumbre la interesada glorificación de un pasado ya superado y harto discutible.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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