Susan Sontag

La Crónica, 29 de diciembre de 2004

Si no hubiera muerto ayer –de cáncer, a los 71 años, en un hospital de Nueva York– Susan Sontag habría deplorado explícitamente la tragedia que hoy padece el sudeste de Asia en donde se calcula que las víctimas del terremoto pueden ser más de 50 mil. Pocos pensadores en las décadas recientes han tenido tanta sensibilidad, perseverancia e interés para ocuparse del dolor humano como la autora de Estilos radicales (1969) y El sida y sus metáforas (1987).

   En abril pasado, al recibir el premio literario de la Biblioteca Pública de Los Angeles, Sontag recordaba la expresión de Voltaire cuando, a fines de 1755, un severo terremoto había devastado la capital de Portugal: “Lisboa yace en ruinas y aquí en París bailamos”.

   “Uno debería suponer –dijo Sontag– que hoy en día, en la era del genocidio, la gente no encontraría ni paradójico ni sorpresivo que uno pueda ser tan indiferente a lo que está ocurriendo simultáneamente por todas partes. ¿No es parte de la estructura fundamental de la experiencia que ‘ahora’ se refiere tanto a ‘aquí’ como ‘allá’? Más aun, me aventuro a sostener, somos tan capaces de estar sorprendidos y frustrados por la inconveniencia de nuestra respuesta a la simultaneidad de destinos humanos tan salvajemente contrastantes como era Voltaire hace dos siglos y medio. Quizá nuestro destino perpetuo es sorprendernos por la simultaneidad de acontecimientos, por su acentuada extensión del mundo en tiempo y espacio. De que aquí estamos, prósperos, seguros, sabiendo que es improbable que nos vayamos a la cama con hambre o que estallaremos en pedazos esta noche mientras que en el mundo, ahora mismo en Grozny, en Najaf, en el Sudán, en  el Congo, el Gaza, en las favelas de Río…”

   Lucido siempre, provocador a menudo, desafiante de los valores establecidos y con una heterodoxamente vasta concepción de la cultura, el de Susan Sontag ha sido uno de los pensamientos más notables en el mundo contemporáneo.

   Afectada por el cáncer desde hace treinta años, dejó constancia de su lucha contra ese padecimiento en La enfermedad como metáfora. Su inquietud ante el dolor fue paralela a la exasperación que manifestaba contra abusos de todos los signos. Cuestionó lo mismo despotismos de los antiguos regímenes pretendidamente socialistas que, con razón y pasión notables, las arbitrariedades del gobierno de Estados Unidos desde la intervención en Vietnam hasta la guerra contra Irak.

   Uno de sus ensayos más recientes, aparecido inicialmente en mayo pasado el suplemento dominical de The New York Times, comentó las imágenes de los prisioneros torturados y vejados en Abu Ghraib. La corresponsabilidad que tenían el gobierno y la sociedad estadounidenses en esos abusos perpetrados por algunos de sus soldados era enfatizada desde el contundente título de aquel texto: “Los fotógrafos somos nosotros”.

   Los temas de interés de Susan Sontag fueron tan amplios como la extensa visión del mundo que cultivó. Autora de novelas como El benefactor (1963) El amante del volcán (1992) y En América (2000)  destacó fundamentalmente en el ensayo con obras como Sobre la fotografía (1977) y Bajo el signo de Saturno (1980). El año pasado apareció Acerca del dolor de otros, una reflexión sobre las imágenes de la violencia desde el arte pictórico hasta los conflictos bélicos más recientes.

   Ayer en el Times neoyorquino la periodista Margalit Fox sintetizaba así esa versatilidad: “A diferencia de los más serios intelectuales, Sontag era además una celebridad popular, en parte debido a su apariencia estremecedora, telegénica, en parte debido a la locuacidad, a veces inflamatoria, de sus declaraciones públicas. Fue sin duda el único escritor de su generación que recibió grandes premios literarios… y que apareció en películas de Woody Allen y Andy Warhol; fue el sujeto de extasiados perfiles en las revistas Rolling Stone y People y posó para un anuncio de Vodka Absolut. Durante décadas su imagen –facciones fuertes, boca amplia, mirada intensa y cabellera negra coronada en los últimos años por una arrolladora ráfaga blanca– se convirtió en un artefacto instantáneamente reconocible de la cultura popular del siglo 20”.

   Contra la interpretación, el canónico libro que Sontag publicó en 1966, ofreció algunas de las claves insustituibles para entender a esa cultura. No hay que estancarse en la interpretación de la obra de arte sino entenderla en forma y fondo, exigía. Las reflexiones sobre la cultura “camp” que incluía ese volumen siguen siendo fundamentales.

   Exigente en todos los planos, Sontag no disculpaba a la literatura por las coartadas ideológicas que pudiera tener. “Por supuesto –decía hace ocho meses en la conferencia antes mencionada– la tarea fundamental de un escritor es escribir bien”. Pero encontraba en la literatura “una forma de responsabilidad –hacia la literatura misma y hacia la sociedad”.

   “Un gran escritor de ficción –explicaba– escribiendo sinceramente acerca de la sociedad en donde vive, no puede sino evocar (aunque sea por su ausencia) los mejores estándares de justicia y veracidad por los que tenemos el derecho (algunos dirán que la obligación) de actuar en las necesariamente imperfectas sociedades en las que vivimos”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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