Un anacronismo

La Crónica, 2 de mayo de 2004

La actitud de Fidel Castro en su reciente diferendo con México sigue siendo difícil de comprender. Al deportar a Carlos Ahumada en vez de extraditarlo, el gobierno de Cuba manifestó una extraña y repentina prisa para deshacerse de ese visitante incómodo. Al empresario, conocido por su perseverancia corruptora, las autoridades cubanas lo habían mantenido en prisión durante todo un mes.

   Durante esas más de cuatro semanas el gobierno de Cuba no advirtió que Ahumada podía ser un riesgo para aquel país, como aseguró el Ministerio de Relaciones Exteriores. Tampoco le pareció relevante el hecho de que el empresario no hubiera cometido delito alguno en Cuba, según informó el miércoles pasado.

   Repentinamente Castro resolvió que le resultaba más útil deshacerse de Ahumada que seguir reteniéndolo.

   Posiblemente los interrogatorios a cargo de la policía política cubana fueron tan intensos que, después de todo abril, ya no había revelación o confesión algunas que pudieran exprimirle al empresario acusado de defraudar al gobierno de la ciudad de México.

   Acaso, también, con la deportación se buscó propinarle un desaire más al gobierno mexicano, en represalia por la torpe e injustificable descortesía que Castro padeció hace dos años en Monterrey, la cual se ha encargado de cobrar con tenacidad y rencor.

 

Repentina deportación

   La posición mexicana en la reunión en Ginebra de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, hace un par de semanas, enardeció el disgusto del gobierno cubano contra la administración del presidente Vicente Fox. Esa molestia ha sido mencionada como la causa principal del desdén manifestado por La Habana en la deportación de Ahumada. En vez de aguardar a que se cumplieran el envío del expediente mexicano para justificar la extradición y la resolución que tendría que formular entonces el Estado cubano, el gobierno de Castro asumió una vía más expedita –pero diplomática y políticamente cuestionable porque estaba en marcha la petición para extraditar a Ahumada–.

   La expulsión fue preparada por el régimen cubano como un acontecimiento político. Al tiempo que el avión de Cubana de Aviación volaba a la ciudad de México, la Cancillería en La Habana daba a conocer un comunicado inusualmente agresivo.

   Además de sugerir que el gobierno de México había sido negligente en la conducción del proceso de extradición –lo cual no es cierto, porque esos trámites se realizaban dentro de los plazos legales– en ese documento se dijo que Ahumada confesó haber preparado una conspiración para influir en asuntos políticos de nuestro país.

   Si eso dijo, o si no lo hizo, tendría que ser irrelevante. No hay que olvidar que estuvo un mes en manos de autoridades cubanas, que no son conocidas precisamente por el comedimiento para tratar a sus prisioneros.

   Después de cuatro semanas bajo custodia de la policía política de aquel país es altamente posible que hasta el criminal más duro admita cualquier cosa.

   Ahumada dice –según las versiones de sus primeras declaraciones en México– que nunca aceptó haber preparado un complot. Pero eso es lo de menos. Lo que haya expresado a las autoridades de otro país, especialmente en las condiciones en que fue interrogado en La Habana, no tiene peso en el proceso judicial que se le sigue en México.

   No sería raro que cualquier tarde de éstas el gobierno de Cuba muestre algún video en donde Ahumada declara cualquier cosa acerca de sus ligas y pretensiones en la política mexicana. Tampoco sería sorprendente que, de pronto, aparecieran más videograbaciones de los sobornos o negocios sucios que ese empresario promovía.

   Si, como es posible, Ahumada viajó a Cuba con ejemplares de los videos que tanto le gustaba grabar, las autoridades cubanas deben haberse apresurado a copiarlos. Cuando les sean útiles, los darán a conocer.

 

Posible obsequio al PRD

   En tal escenario, la decisión del miércoles sigue resultando paradójica. Al deportar a Ahumada, el gobierno de Cuba permite que en México se le encause por diferentes delitos, incluso por aquellos que no hayan sido documentados hasta ahora. Si se hubiera optado por la extradición, solamente podría haber sido juzgado por las faltas demostradas en el proceso previo a esa medida.

   Por eso se ha comentado que la decisión de La Habana pudo haber estado influida por el Partido de la Revolución Democrática, algunos de cuyos principales dirigentes se entrevistaron en varias ocasiones con funcionarios de la embajada de Cuba en México para discutir las opciones que había respecto a la situación jurídica de Ahumada. Se ha dicho, incluso, que alguno o varios de esos dirigentes podrían haber viajado a Cuba para insistir en que el empresario no fuera extraditado, sino deportado.

   La expulsión de Ahumada le confiere gobierno de la ciudad de México más libertad para organizar el o los procesos judiciales contra el empresario. Sin embargo no cancela la eventualidad de que las autoridades federales puedan requerirlo para que responda por delitos de ese ámbito –como, entre otros, lavado de dinero–.

   En todo caso, el gobierno mexicano –tanto la Cancillería, como la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Gobernación– actuaron con ostensible impericia e improvisación en este episodio. Sin capacidad para prever el comportamiento del gobierno cubano, sin información suficiente siquiera acerca de la deportación, el desconcierto de nuestro gobierno era palmario –y penoso–.

 

Apuesta por López Obrador

   No es aventurado suponer que, al comprobar que el gobierno del presidente Vicente Fox no transigirá en el cuestionamiento a la violación de derechos humanos en Cuba, Fidel Castro haya resuelto mirar hacia otro flanco de la política mexicana.

   México ha tenido una importancia fundamental, no solo como aliado sino como presencia histórica y cultural –y de no poco peso económico– en la vida social y política de Cuba. Sería difícil que Castro se resignara a distanciarse de nuestro país sin hacer nada para procurar o reforzar lazos de diversa índole con la sociedad y la política mexicanas.

   Así que una vez que confirmó que con el gobierno del presidente Fox no encontrará demasiado respaldo, el dirigente cubano privilegia la interlocución que tiene con Andrés Manuel López Obrador y con el PRD. Con esa definición, Castro no solo mantiene el respaldo de un sector importante de la política mexicana. Además, se coloca en primera línea para respaldar la candidatura presidencial del jefe de Gobierno de la ciudad de México.

   Por eso el gobierno de Cuba no se limitó a deportar al empresario Ahumada. Junto con ello, emitió un comunicado malicioso que en términos diplomáticos, pero además en cualquier código político, significa un abierto desplante contra el gobierno de México.

 

Extraña jugada política

   Aun así, sobre todo si se recuerda que en muchas ocasiones Fidel Castro ha demostrado una fría sagacidad para desenvolverse en las relaciones internacionales, el comportamiento de esta semana resulta extraño.

   Es entendible que Castro le guarde rencor al presidente Fox por aquella grosera invitación a que se ausentara de la Cumbre en Monterrey para que el presidente George Bush no se fuera a tropezar con él. Pero ningún dirigente político con la astucia que se le puede reconocer al caudillo cubano, se ancla en resentimientos personales.

   También es comprensible –aunque fuese discutible– que simpatice más con López Obrador que con cualquier otro de los aspirantes a la presidencia de México. Sin embargo apostar a una sola opción en medio de un panorama tan inquieto e imprevisible como el que define hoy a la política mexicana sería una manera de atarse las manos, contradictoria con la holgura que Castro suele buscar en su trato con las élites políticas de otras naciones.

   Por todo ello, la jugada política del comandante cubano no es del todo clara. A menos que se crea la retórica con la que trata de justificar ante sus compatriotas las privaciones y el autoritarismo que los han sometido, sería normal que Castro reconociera el aislamiento en que se encuentran él y su país.

   Las dificultades de Cuba son crecientes. La inversión que han llevado empresas europeas a sectores como el turismo y algunas manufacturas, ha sido notoriamente insuficientes para paliar los enormes rezagos económicos que se padecen en toda la isla. Además, de paso, el hecho de que esos dólares y euros sean tan poco significativos demuestra que el bloqueo estadounidense no es el único, ni el más grave problema de los cubanos. El estancamiento de la economía parece ir de la mano con el deterioro de la vida social y la inexistencia de libertades políticas.

   ¿Por qué, en ese panorama, Castro insiste en enemistarse aun más con México? Podrá decirse que nuestro país no se agota en el gobierno federal. Pero en esa autoridad radican la representación mexicana y, sobre todo, las decisiones en materia de política exterior.

   El aislamiento que el mismo Castro provoca con desplantes como la deportación y especialmente el comunicado del miércoles pasado, parecieran indicar que no son la astucia y la visión de Estado sino el berrinche y la auto legitimación de corto plazo los parámetros que orientan hoy en día al gobierno de Cuba.

 

Trillado primero de mayo

   Ayer, primero de mayo el comandante Castro encabezó, como cada año desde hace más de cuatro décadas, la conmemoración por el primero de mayo. La Plaza de la Revolución estuvo colmada de gente que llegó incluso antes de que saliera el sol. Antes de Castro hablaron tres o cuatro oradores de otros países, todos de bajo perfil político. Entre ellos estuvo José Braulio García Ávila, secretario del Interior del Sindicato Mexicano de Electricistas. Otros participantes fueron un dirigente sindical de Venezuela y Juan José Gutiérrez, a quien se identificó como “dirigente sindical mexicano-norteamericano radicado en Estados Unidos”. Todos, incluido Castro, cuestionaron la avidez militar del presidente George W. Bush y ensalzaron la resistencia de la revolución cubana.

   Las circunstancias adversas, que no son pocas, estrechan el margen de maniobra del gobierno cubano en el plano internacional. Pero Castro no parece estar especialmente preocupado por evitar que ese contexto empeore. Al mismo tiempo que intensifica la represión contra los disidentes en Cuba, aumenta el enclaustramiento internacional de su gobierno.

   Ayer también el diario Milenio, en el suplemento cultural “Laberinto”, publicó un fragmento del artículo “Una cena con Fidel Castro” que el dramaturgo estadounidense Arthur Miller escribió acerca de la visita que hizo a Cuba hace tres años. El autor de La muerte de un vendedor, entre muchas otras obras, fue invitado en marzo de 2000 para una “visita cultural” a la isla. Allí, coincidió con los escritores William Styron y Gabriel García Márquez en una reunión con el gobernante cubano.

 

Una cena con Castro

   Miller describe así el momento en que se encontró con el principal ocupante del Palacio de la Revolución: “Fuimos conducidos a un hall que llevaba al comedor y de repente nos topamos con Castro, no en uniforme, como siempre aparece en las fotografías, sino en un traje rayado azul, cuyo planchado, dejaba ver que no era usado con mucha frecuencia. A pesar del traje, mi primera impresión fue que, si no hubiera sido un revolucionario, bien pudo haber sido una estrella de cine. Poseía ese total egocentrismo, esa necesidad de amor y de alianza y la opresiva sed de poder que se acompaña a la aprobación general. En el atiborrado hall, los miembros de su entourage, como sucede en todos lados con gran parte de los líderes, mostraron suma cordialidad y era inmediatamente perceptible su absoluta sumisión al líder. Como quiera que sea, Castro, (en esa época tenía setenta y cuatro años) es un persona fascinante y quizá hubiera tenido éxito en la pantalla”.

   El relato, que inicialmente fue publicado en enero de este año en la revista The Nation, incluye varias observaciones de Miller sobre la personalidad de Castro que no aparecieron en el mencionado suplemento. Al día siguiente de la cena, el grupo de escritores volvió a reunirse con el caudillo cubano. El dramaturgo neoyorquino recuerda:

   “Mirándolo en el almuerzo –se comió dos hojas de lechuga– uno veía a un anciano solitario, hambriento de un nuevo contacto humano, que solo podía conseguir más y más difícilmente en tanto envejecía. Él bien podría vivir activamente por diez años, quizá incluso más de lo que se dice que vivieron sus padres, y me encontré a mí mismo preguntándome ¿qué podría haberlo mantenido alejado de un retiro elegante que hubiera podido ganarle la gratitud de sus compatriotas?”

 

Hermoso y viejo reloj

   Miller aventura, entonces, varias hipótesis para explicarse la reticencia de Castro a dejar el gobierno y propiciar así la renovación política que Cuba necesita: “¿El cuasi-sexual encanto del poder? Quizás. Más probablemente, en vista de su historia, estaba su compromiso con la imagen poética de la revolución mundial, el levantamiento de los miserables de la tierra encabezados por él. Y en realidad, como jefe de una sola isla, él había logrado encumbrarse a sí mismo a esa sobresaliente condición en millones de mentes. Tanto más ahora, después de que todos los demás contrincantes habían desertado y las condiciones en América Latina y África fueron de mal en peor, solo hacía falta el momento adecuado para una nueva erupción. Después de todo, él había lanzado a las fuerzas cubanas a la acción en muchos países alrededor del mundo a pesar de la pobreza en su nación y la obstinada resistencia de su patrocinador principal, el ahora abominado liderazgo soviético”.

   De aquellos encuentros, Miller obtiene una impresión en parte nostálgica pero también crítica del comandante cubano (que reproducimos, esa sí, del relato traducido en “Laberinto”):

   “Hubiera sido esperar mucho que, después de medio siglo en el poder, Castro no se hubiera vuelto, en alguna medida, un anacronismo, un hermoso y viejo reloj que ya no marca la hora correcta y se pone a tocar a tontas y a locas en el corazón de la noche, perturbando la quietud de la casa. Con nosotros se mostró con una melancolía anhelante de cualquier contacto humano. Considerando su genialidad y el espíritu y la audacia de su pueblo, su eterno dominio es comparable a una vid robusta que desarrolla con sus raíces al país y, mientras lo defiende de los elementos, sofoca su crecimiento natural”.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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