Votar en blanco

La Crónica, 5 de julio de 2004

Parece una aberración y sería incongruente para lo que acostumbramos entender como democracia. Pero ante un panorama como el que tenemos y que, previsiblemente, se mantendrá dentro de dos años, comienza a ser tentadora la posibilidad de votar en blanco.

   Eso es lo que hacen los protagonistas de la más reciente y espléndida novela de José Saramago, Ensayo sobre la lucidez. Cansados de respaldar opciones con las que no se sienten representados, los ciudadanos resuelven depositar las boletas electorales sin haberlas cruzado. La estupefacción de los funcionarios en las casillas cuando encuentran las papeletas sin marcar precede a la indignación de la clase política que –como demostración de que en todas partes el autoritarismo experimenta síndromes de persecución– se dice víctima de un complot.

   Los partidos entre los que podían elegir los votantes en la novela de Saramago son estereotipos de los que encontramos en muchos de nuestros países. Derecha, izquierda y centro se disputan cuotas y cotos de poder más que las inquietudes de la sociedad. Las boletas en blanco suscitan una auténtica revolución política. Quizá ningún otro comportamiento de los ciudadanos habría desafiado tan ácida e hirientemente a un sistema político al que habían rebasado.

   En México no acostumbramos votar en blanco porque nuestra boleta podría ser cruzada en favor de cualquier candidato. Cuando los ciudadanos quieren expresar su descontento dejan de asistir a los comicios (y quizá por ello los índices de abstención han crecido en los años recientes), o anulan su voto cruzando los emblemas de más de un partido o anotando alguna imprecación.

   De no existir ese riesgo, votar en blanco sería una posibilidad elegante y simbólica. No se trataría de afrentar al proceso electoral, cuya legitimidad –y capacidad legitimadora– es reconocida por la sociedad. Pero tampoco de sancionar, por inercia o resignación, a candidatos o partidos que no nos convencen.

   Pensamos, para documentar el pesimismo, en el panorama político que determinará las próximas elecciones federales. El primer domingo de julio de 2006, salvo que el desafuero lo lleve a una inhabilitación definitiva, quizá el candidato con más posibilidades de ganar sea Andrés Manuel López Obrador. Los motivos para no votar por él son tan abundantes como –al menos para los habitantes del DF– lacerantes. A la demagogia y el populismo que determinan al gobierno de la ciudad de México, hay que añadir la torpeza política que ese personaje ha manifestado en las semanas recientes. Si López no pudiera postularse, cualquier candidato del PRD tendría que contar con su anuencia. En la remota hipótesis de que legalmente no pudiera registrarse como candidato, López Obrador se convertiría en el factor determinante para cualquier otra opción en su partido.

   Sufragar por el PRI, cualquiera que fuese su candidato, sería otra forma de votar por el pasado. Especialmente si la postulación la obtiene Roberto Madrazo, resultaría imposible olvidar los tráficos de influencias, las alianzas con el viejo y más desprestigiado priismo y los abusos que se le atribuyen a ese personaje cuando fue gobernador de Tabasco e incluso recientemente.

   Votar por el PAN implicaría hacerlo por Santiago Creel (cuyo desempeño en Gobernación acumula cada vez más errores), Felipe Calderón (a quien han respaldado los grupos más conservadores dentro de ese partido) o Marta Sahagún, cuya eventual participación no solo resultaría injustificable porque significaría un intento de reelección familiar. Además sería imperdonable que el actual presidente regresara al Rancho San Cristóbal sin la compañía de la hoy primera dama.

   Fuera de los tres partidos nacionales las opciones tampoco son suficientemente convincentes. Jorge Castañeda mantendrá, sin duda, una campaña inteligente y propositiva. Pero resulta imposible soslayar la oscuridad del origen de los recursos en los que se ha respaldado.

   En esas condiciones, votar en blanco sería una manera de expresar un descontento con todas las posibilidades políticas disponibles. Esa es, por cierto, una de las nuevas tendencias de la democracia contemporánea. En una entrevista reciente el politólogo Philippe Schmitter ha reconocido la búsqueda de opciones por parte de los ciudadanos que están cada vez más inconformes con sus sistemas políticos. Recientemente en Moldavia y el algunos distritos de Rusia se ha aprobado incluir en las boletas, junto a los emblemas de los partidos y los nombres de los candidatos, la opción “ninguno de ellos” (none of the above o nota por las siglas en inglés). En varias ocasiones esa ha sido la opción vencedora en las elecciones y ha sido necesario repetir los comicios.

   Con el voto en blanco la realidad alcanzaría a la ficción que con tanta ironía describe Saramago. Por lo pronto no hay que olvidar que en México la demostración política más importante de los últimos años ocurrió al margen de los partidos y fue protagonizada por centenares de miles de personas… vestidas de blanco.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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