Del Zócalo, a San Lázaro

La Crónica, 7 de abril de 2005

Hoy, Andrés Manuel López Obrador perderá el fuero y ganará la candidatura presidencial. La decisión que –salvo un brusco cambio de último momento– tomará hoy la Cámara de Diputados, pondrá al hasta hoy jefe de Gobierno del DF en el mayor aprieto pero, al mismo tiempo, le brindará la oportunidad más importante de su carrera política.

   En un sistema político y con una vida pública en donde fuera normal que las cuentas pendientes con la justicia se resolvieran de acuerdo con las normas legales, la presentación de ese funcionario ante un tribunal no causaría la expectación ni las indignaciones que hoy se desgranan a favor de López Obrador. Pero la intensa polarización auspiciada por ese mismo personaje y sus rivales, así como las suspicacias que abundan en la apreciación ciudadana de los asuntos públicos, han distorsionado el litigio que hoy protagoniza el jefe de Gobierno.

   Sus defensores, han insistido en que haya una salida política a las acusaciones que hoy están a punto de significarle la pérdida del fuero a López Obrador. Pero esos arreglos son posibles cuando en las partes involucradas hay ánimo de conciliación política.

   La aplicación del orden jurídico no es válido negociarla, pero podría haberse eludido el momento de la ley al que ahora se llega. Sin embargo el más interesado en afianzar la ruta de colisión que hoy nos trae hasta el desafuero ha sido el propio López Obrador.

   Él y sus personeros han insistido en descalificar no solo a las fuerzas políticas que pudieron haber evitado la suspensión de la inmunidad constitucional. Además se han empeñado en desacreditar, injuriar y en ocasiones retar al sistema de impartición de justicia.

   Son conocidos el desprecio de López Obrador por la aplicación de la ley y su decisión para cumplir solamente los ordenamientos que él considera adecuados. Ese es uno de los motivos por los cuales resulta sumamente preocupante la eventualidad de que llegue a la Presidencia de la República. Pero con todo y esa riesgosa mezcla de petulancia, antidemocracia y mesianismo, lo más deseable es que al todavía hoy jefe de Gobierno del DF sus antagonistas puedan enfrentarlo –y derrotarlo– en las urnas.

   Lo más adecuado sería que otras fuerzas políticas resulten capaces de disputarle la Presidencia en las elecciones del año próximo. Por eso es altamente deseable que, en caso de perder el fuero y ser presentado ante un juez, el proceso de López Obrador sea rápido, justo y de una transparencia incontestable. Así, dentro de nueve meses habría recuperado el ejercicio de sus derechos políticos y estaría en condiciones de ser postulado como candidato presidencial de su partido.

   Mientras tanto, la defensa de López Obrador actúa más en el terreno político que en el jurídico. La concentración que esta mañana encabezará en el Zócalo comienza una ruta de itinerario incierto pero de expresiones ríspidas. El recelo de los segmentos más conservadores de la sociedad y el amarillismo mediático, han presentado a esas movilizaciones como si constituyeran atentados inequívocos contra la paz social. Pero si se trata de un diferendo político, nada resulta más natural –y además legítimo– que los simpatizantes del jefe de Gobierno salgan a las calles a manifestarse.

   Esas movilizaciones entrañan riesgos, pero más para López Obrador y su partido que para la tranquilidad del Distrito Federal. En ellas se mostrará el compromiso que quieran mantener con la civilidad o, en caso contrario, el desbordamiento del orden social al que puedan llegar.

   El otro riesgo que corre con esas demostraciones es presentarse ante el país –no solo en el DF, donde sus bonos son más altos que en el resto de la República– como líder de un movimiento que se apoya más en la estridencia que en la legalidad. Y por lo pronto, al darle más importancia al discurso con que arengará en el mitin del Zócalo que a la intervención que leerá delante de los diputados en San Lázaro, López Obrador confirma que sus instrumentos y argumentos no son de índole jurídica sino política.

   Con esos recursos, llegará hoy al día que tanto ha buscado. Sin fuero y ante el juez, López Obrador se mostrará ante la sociedad como perseguido del establishment político –aunque se cuidará de recordar que él ha formado y forma parte la élite del poder en este país–.

   Hará todo lo posible para que lo encarcelen. Se vislumbra en prisión. Desde allí querrá endurecer el mesianismo que hoy le permite tener en un puño a una parte de la sociedad mexicana.

   Sin el fuero, López Obrador se portará como desaforado. El dilema, entonces, será cuánto tiempo, y hasta dónde, le sigue otorgando ese segmento de la sociedad la carta en blanco que hasta ahora le ha dispensado.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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