El desafuero

La Crónica, 8 de abril de 2005

El desafuero de Andrés Manuel López Obrador es mala noticia en un país confundido y escindido acerca de la conducta de ese personaje. Quizá no es la peor noticia que pudo haber surgido ayer del la sesión de la Cámara de Diputados. Haber ignorado o condonado las faltas del jefe de Gobierno del DF hubiera significado una actitud legalmente irresponsable. Aun así, nadie podría estar satisfecho de la situación a la que nos ha conducido este inicialmente absurdo y ahora innecesariamente enconado diferendo.

   López Obrador ha conseguido mostrarse ante la sociedad como víctima de una persecución para impedirle que sea Presidente de la República. Sus argumentos desbordan demagogia. Se dice acosado por su “manera de pensar” y para frenar el “proyecto de nación” que según él sostiene. Pero ni el pensamiento, ni las propuestas de ese personaje, son sustancialmente distintas a las que han dominado durante décadas en el poder político de nuestro país.

   El ahora desaforado funcionario se dice hostigado por fuerzas y personajes políticos cuya participación en ese asunto no logró demostrar. Su defensa política está repleta de suposiciones, inferencias y lugares comunes.

   Incapaz de la menor autocrítica, López Obrador insistió en que le retirarían el fuero “por intentar abrir una calle”. Él mismo se desmintió cuando enfatizó el carácter político de la decisión que más tarde tomarían los diputados. Pero eludió reconocer que llegó hasta el juicio de procedencia no por la calle, sino por el desacato al juez que ordenó la suspensión de aquella obra.

   Megalómano, insistió en compararse con Francisco I. Madero. Un poco antes el subprocurador Carlos Vega Memije, cuando le dio un sesgo político a la por demás ordenada exposición de hechos jurídicos que conducían al desafuero, desacreditó esa costumbre de López Obrador para equipararse con personajes históricos. Nelson Mandela y Mahatma Gandhi, dijo el funcionario de la PGR, fueron atropellados por el poder. En cambio López Obrador, desde el poder, ha atropellado la legalidad.

   Golpeador, hizo innecesarias y ordinarias menciones a las filiaciones políticas de algunos antepasados del secretario Santiago Creel. Y en dos ocasiones, tanto por la mañana en el Zócalo como luego en San Lázaro, López Obrador se refirió a los diputados como aquellos que “se hacen llamar “representantes populares”.

   No advirtió que esa insostenible descalificación afectaba también a los diputados del PRD, que con tanta disciplina lo defendieron. Pero aquella expresión muestra la convenenciera idea que López tiene de las instituciones políticas. Cuando le son favorables las reconoce. Cuando no, las reprueba.

   La decisión para retirarle el fuero estuvo compartida por el 74% (360 de 489) de los diputados presentes en la sesión.

   El López Obrador que acudió por la tarde a San Lázaro –arrogante, jactancioso, reclamante, retador– había ofrecido una catadura distinta por la mañana en el Zócalo. Delante de varias decenas de miles de simpatizantes suyos, el entonces todavía jefe de Gobierno del DF quiso ser precavido y pedagógico pero resultó, sobre todo, categórico y mandón.

   En el mitin organizado con recursos públicos y en donde el acarreo complementó la asistencia de muchísimos ciudadanos que acudían voluntariamente y convencidos de que en la Cámara de Diputados se cometería una arbitrariedad, López Obrador dio instrucciones más que explicaciones. Era manifiesta su preocupación ante la posibilidad de que esas adhesiones se conviertan en fuente de debilidad más que de respaldo para él. Una y otra vez alertó contra las provocaciones que podrían ser inoculadas en las movilizaciones para desvirtuarlas y tornarlas violentas.

   Esa prudencia fue resultado de una decisión de último momento. El mitin del Zócalo estaba previsto para durar muchas horas, hasta que la Cámara de Diputados tomase la decisión sobre el desafuero. El gobierno del DF incluso había organizado su propia transmisión televisiva de la sesión en San Lázaro para mostrarla en grandes pantallas colocadas en el Zócalo y sus alrededores porque, por motivos no explicados, no tenía confianza en la señal que ofrecería el Canal del Congreso.

   Esas pantallas tuvieron una cantidad importante de espectadores porque, aun cuando desde la mañana López Obrador instó a sus adherentes para que se marcharan de inmediato, varios miles se quedaron y algunos más llegaron hacia la tarde. La inquietud ante la eventualidad de que el ánimo levantisco de los grupos más radicales del PRD se impusiera a las exhortaciones a la sensatez prevalecerá, sin duda, en las siguientes semanas.

   En San Lázaro López Obrador quiso convertirse, de acusado, en acusador. Pero no es Alfred Dreyfus ni su discurso estaba escrito con el talento de Emile Zolá. Por lo menos dio la cara. Ayer, mientras crecía el conflicto más importante de su gobierno, el presidente Vicente Fox aprovechaba la muerte de Juan Pablo II para ausentarse del país. Más que irresponsable, esa actitud del presidente ha sido una penosa expresión de cobardía política.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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