El señor López

La Crónica, abril 27 de 2005

En circunstancias menos acongojadas, el diferendo sobre el segundo apellido de Andrés Manuel López Obrador sería simplemente risible. Tanto quienes se indignan cuando alguien deja de mencionar el nombre completo como aquellos que recalcan esa omisión para molestar a los otros, actúan de manera pueril.

   Pretender que el prestigio, los méritos o la identidad de un personaje público dependen de un apellido, implica una involución en nuestra vida social y política. Unos y otros, al exigir o evitar el segundo apellido de López Obrador, han contribuido a la mitificación de una suerte de inopinada condición nobiliaria –en pleno siglo 21–.

   Unos y otros, al reivindicarlo como si su causa política dependiera del apellido, o al prescindir de él como una forma de militancia también política, se portan como niños. Esa conducta forma parte de la polarización social y política a la que nos han traído tanto la impericia del gobierno federal como la soberbia de López Obrador.

   En la disputa por el apellido se condensan desatinos que abundan tanto entre partidarios exaltados como entre adversarios recalcitrantes de ese personaje. El solo hecho de convertir a un individuo en causa política por sí solo, ya ha sido indicativo de la simpleza de ideas –que de ninguna manera es contradictoria con la abundancia de ambiciones– que define a este litigio. Pero reducir, a su vez, la identidad de un personaje a uno de sus apellidos, expresa la pobreza de definiciones políticas que sus propios partidarios encuentran en López Obrador.

   El empleo obsesivo de los dos apellidos de una persona con frecuencia resulta, además de un desperdicio de tiempo y espacio, manifestación de cierto aldeanismo. Cuando un apellido no se encuentra entre los más comunes la gente se conforma con emplearlo así nomás, sin subrayar singularidad alguna con el uso del segundo. Pero cuando el apellido paterno es más o menos frecuente, el materno se vuelve recurso para diferenciar a quien lo lleva.

   Eso ocurre especialmente en México. En países anglosajones se prescinde del apellido materno. En distintas naciones de América Latina la gente no se preocupa por subrayarlo. Prácticamente nadie conoce los segundos apellidos de Carlos Saúl Menem, Diego Armando Maradona, Carlos Gardel o Jorge Luis Borges para mencionar a personajes de un solo país. En España todo el mundo habla de Juan Manuel Serrat, José María Aznar, Juan Luis Cebrián o Rocío Dúrcal sin preguntarse por el apellido materno. Una de las excepciones es el presidente de gobierno, José Luis Rodríguez, cuyo nombre siempre incorpora el “Zapatero” que es su segundo apellido.

   (Cuando voy de trabajo a España –permítanme un apunte personal– mis conferencias las anuncian solo con mi primer apellido y así aparece mi nombre en los libros colectivos, editados en ese país, que incorporan ensayos míos. Siempre me ha parecido ridículo pedir que añadan el segundo apellido aunque ello pueda causar alguna inconformidad –lo siento– en mi familia materna).

   El afán por subrayar el segundo apellido de López Obrador quizá se debe, inicialmente, al interés para distinguirlo entre tantos otros López que hay en este país. Esa ha sido una actitud un tanto vergonzante como si llamarse López (o Pérez, Gómez, Ramírez, González o Trejo, que son apellidos más o menos comunes en México) fuese insuficiente.  

   Por eso cuando en algunos medios y sobre todo en circuitos ligados al poder económico y político hubo quienes comenzaron a decirle simplemente “López” al jefe de Gobierno del DF, sus partidarios se enardecieron porque consideraban insultante esa denominación.

   Esa proclividad al berrinche fue malévolamente aprovechada por algunos de sus adversarios. Llamar López a López se convirtió, entonces, en expresión de diferencia política.

   Esta columna, por economía de espacio, a veces prescindía del segundo apellido del jefe de Gobierno. Un día, hace meses, un amigo que simpatiza con él me reprochó el empleo de ese recurso para, decía, denostar a López Obrador. Desde entonces solo ocasionalmente, y por flojera, dejo de escribir el segundo apellido. Me interesa subrayar las muchas diferencias políticas, no nimiedades, que encuentro en la conducta de ese personaje. Por lo pronto ha sido un desperdicio de espacio. En los últimos 10 días, incluyendo el de hoy, en esta columna se ha escrito 116 veces el segundo apellido del licenciado López. Esa es la misma cantidad de palabras que contiene el párrafo que está usted leyendo.

   Lo peor ha sido que ese asunto, realmente banal, algunos antagonistas de Mr. Amlo hayan querido convertirlo en ariete de su ofensiva política. Cuando el vocero del Presidente de la República utiliza el “señor López” con afán de fastidiar –ayer simplemente no se refirió a él por su nombre– es claro que nuestra vida pública se ha convertido en un pantano. Y nadie en el poder político, llámese como se llame, parece interesado en salir de él.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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