Fox se corrige

La Crónica, mayo 24 de 2005

Despistado y aturdido, al presidente Fox ya no le hace falta que lo rectifiquen. Como ya se conoce su desafecto con los diarios no puede esperarse que contraste su desempeño con las opiniones de la prensa crítica. Como hasta donde puede apreciarse el hermético círculo que lo rodea no se distingue por la autocrítica, resulta difícil que allí encuentre discrepancias en las cuales pudiera nutrir la evaluación de sus acciones cotidianas. Y como los dirigentes políticos ya no discuten con él –y cuando acuden a verlo es más en busca de reflectores como Andrés Manuel López Obrador que solamente se entretuvo un cuarto de hora con el presidente– será difícil que el licenciado Fox se beneficie de esos contrastes y contrapesos.

   No se sabe que el presidente acostumbre conversar con personas de otros circuitos políticos o sociales. Hace como un año algunos de sus colaboradores comenzaron a organizarle cenas con dirigentes sociales, escritores, periodistas o empresarios con el propósito de que encontrase en ellos una variedad de opiniones menos obtusa que la que suele rodearlo en Los Pinos.

   Aquellas cenas fueron un fracaso. Por lo general, cuando alguno de los interlocutores pretendía ir más allá de las cortesías y los lugares comunes el presidente atajaba la conversación. En otras ocasiones las diferencias de juicios que allí se expresaban fueron drásticamente zanjadas adelantando el momento del postre o, de plano, prescindiendo de él. A veces las tertulias eran acaparadas por las conversaciones entre el señor y la señora Fox ante la mirada primero curiosa y luego empalagada de sus convidados.

   Ahora parece, sin embargo, que el presidente ha encontrado una fórmula novedosa –con riesgos pero, eso sí, original– para resolver la necesidad de interlocución crítica que a todo gobernante le resulta fundamental.

   Ya no le hace falta que los quisquillosos de siempre le señalen insuficiencias a sus declaraciones. Ahora él se encarga de corregirlas. Para no equivocarse, aparentemente ha resuelto desarrollar un método dialéctico: lo que dice por la mañana, él mismo lo contradice al mediodía.

   Ayer temprano fue a la Convención Nacional de Aseguradores. Aunque no tenía relación con los temas de esa reunión el presidente se refirió al asesinato de varias niñas en Ciudad Juárez.

   El tema es, más allá de cualquier comentario subjetivo, de la mayor gravedad. El crimen de centenares de mujeres en aquella población fronteriza ha sido una de las mayores vergüenzas nacionales. Peor aún está ocurriendo con el sacrificio de pequeñitas cuyos asesinos deben ser localizados y castigados.

   Pero la única explicación que el presidente ofreció acerca de esos crímenes, fue la ausencia de decisiones por parte de los senadores y diputados para aprobar leyes capaces de combatir la delincuencia con mejores recursos.

   La indignación que pueda haber tenido –y que, valga decirlo, habla bien de su sensibilidad para esos asuntos– no justifica el exabrupto que manifestó el presidente. De esos crímenes, dijo, “hago responsable al Congreso de la Unión, a senadores y diputados del PRI, del PRD”.

   Podemos tener muchas discrepancias con los legisladores. Pero de allí a culparlos por crímenes tan atroces hay una distancia que la más elemental seriedad obligaría a observar. El presidente fue más allá. No sólo descargó su animosidad contra diputados y senadores. Además se erigió en portavoz de las niñas muertas e inició esta lapidaria frase con un notable gerundio: “Exigiendo, a nombre de estas niñas y de todos quienes sufren violencia e inseguridad en el país, que se apruebe la ley que enviamos hace ya más de un año”.

   El presidente se refería al paquete legislativo que turnó al Senado en 2004 y de cuyo examen no son responsables los diputados. Pero a todos ellos les exigió, ya encarrerado: “No queremos abonitos, no queremos aprobaciones parciales”.

   Eso fue como a las 10 de la mañana. Una hora más tarde el presidente celebraba el Día del Politécnico y allí dijo que por encima de diferencias ideológicas y desencuentros, “tenemos todos la obligación de reflexionar”.

   “No se trata de jugar a las vencidas sino de privilegiar la ética, el compromiso personal, la racionalidad política”, dijo. Parecía otro. El presidente berrinchudo y resentido de las 10 de la mañana, a las 11 era un dechado de tolerancia y apertura. Habló de “pasar de la estridencia a la prudencia, de la cerrazón a la razón”. En menos de 60 minutos, un viraje de 180 grados.

   No faltarán puntillosos que quieran encontrar, en ese afán de mejoramiento, cierta esquizofrenia presidencial. Pero es que hasta cuando trata de renovarse a nadie le da gusto el licenciado Fox. Hace falta una mentalidad abierta para entender la munificencia de ese método de ensayo y error, error y ensayo, ensayo y ensayo ¿error y error? En fin.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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Despistado y aturdido, al presidente Fox ya no le hace falta que lo rectifiquen. Como ya se conoce su desafecto con los diarios no puede esperarse que contraste su desempeño con las opiniones de la prensa crítica. Como hasta donde puede apreciarse el hermético círculo que lo rodea no se distingue por la autocrítica, resulta difícil que allí encuentre discrepancias en las cuales pudiera nutrir la evaluación de sus acciones cotidianas. Y como los dirigentes políticos ya no discuten con él –y cuando acuden a verlo es más en busca de reflectores como Andrés Manuel López Obrador que solamente se entretuvo un cuarto de hora con el presidente– será difícil que el licenciado Fox se beneficie de esos contrastes y contrapesos.

   No se sabe que el presidente acostumbre conversar con personas de otros circuitos políticos o sociales. Hace como un año algunos de sus colaboradores comenzaron a organizarle cenas con dirigentes sociales, escritores, periodistas o empresarios con el propósito de que encontrase en ellos una variedad de opiniones menos obtusa que la que suele rodearlo en Los Pinos.

   Aquellas cenas fueron un fracaso. Por lo general, cuando alguno de los interlocutores pretendía ir más allá de las cortesías y los lugares comunes el presidente atajaba la conversación. En otras ocasiones las diferencias de juicios que allí se expresaban fueron drásticamente zanjadas adelantando el momento del postre o, de plano, prescindiendo de él. A veces las tertulias eran acaparadas por las conversaciones entre el señor y la señora Fox ante la mirada primero curiosa y luego empalagada de sus convidados.

   Ahora parece, sin embargo, que el presidente ha encontrado una fórmula novedosa –con riesgos pero, eso sí, original– para resolver la necesidad de interlocución crítica que a todo gobernante le resulta fundamental.

   Ya no le hace falta que los quisquillosos de siempre le señalen insuficiencias a sus declaraciones. Ahora él se encarga de corregirlas. Para no equivocarse, aparentemente ha resuelto desarrollar un método dialéctico: lo que dice por la mañana, él mismo lo contradice al mediodía.

   Ayer temprano fue a la Convención Nacional de Aseguradores. Aunque no tenía relación con los temas de esa reunión el presidente se refirió al asesinato de varias niñas en Ciudad Juárez.

   El tema es, más allá de cualquier comentario subjetivo, de la mayor gravedad. El crimen de centenares de mujeres en aquella población fronteriza ha sido una de las mayores vergüenzas nacionales. Peor aún está ocurriendo con el sacrificio de pequeñitas cuyos asesinos deben ser localizados y castigados.

   Pero la única explicación que el presidente ofreció acerca de esos crímenes, fue la ausencia de decisiones por parte de los senadores y diputados para aprobar leyes capaces de combatir la delincuencia con mejores recursos.

   La indignación que pueda haber tenido –y que, valga decirlo, habla bien de su sensibilidad para esos asuntos– no justifica el exabrupto que manifestó el presidente. De esos crímenes, dijo, “hago responsable al Congreso de la Unión, a senadores y diputados del PRI, del PRD”.

   Podemos tener muchas discrepancias con los legisladores. Pero de allí a culparlos por crímenes tan atroces hay una distancia que la más elemental seriedad obligaría a observar. El presidente fue más allá. No sólo descargó su animosidad contra diputados y senadores. Además se erigió en portavoz de las niñas muertas e inició esta lapidaria frase con un notable gerundio: “Exigiendo, a nombre de estas niñas y de todos quienes sufren violencia e inseguridad en el país, que se apruebe la ley que enviamos hace ya más de un año”.

   El presidente se refería al paquete legislativo que turnó al Senado en 2004 y de cuyo examen no son responsables los diputados. Pero a todos ellos les exigió, ya encarrerado: “No queremos abonitos, no queremos aprobaciones parciales”.

   Eso fue como a las 10 de la mañana. Una hora más tarde el presidente celebraba el Día del Politécnico y allí dijo que por encima de diferencias ideológicas y desencuentros, “tenemos todos la obligación de reflexionar”.

   “No se trata de jugar a las vencidas sino de privilegiar la ética, el compromiso personal, la racionalidad política”, dijo. Parecía otro. El presidente berrinchudo y resentido de las 10 de la mañana, a las 11 era un dechado de tolerancia y apertura. Habló de “pasar de la estridencia a la prudencia, de la cerrazón a la razón”. En menos de 60 minutos, un viraje de 180 grados.

   No faltarán puntillosos que quieran encontrar, en ese afán de mejoramiento, cierta esquizofrenia presidencial. Pero es que hasta cuando trata de renovarse a nadie le da gusto el licenciado Fox. Hace falta una mentalidad abierta para entender la munificencia de ese método de ensayo y error, error y ensayo, ensayo y ensayo ¿error y error? En fin.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

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