Los gigantes de López Obrador

La Crónica, marzo 22 de 2005

Aunque lo llamó informe trimestral, el que presentó ayer Andrés Manuel López Obrador parecía mensaje de despedida al cargo que ocupa desde hace 51 meses. El trimestre actual no ha concluido y las cifras que presentó casi no se refieren a las acciones del gobierno de la ciudad de México en el transcurso de este año sino a lo que dice ha logrado desde que tomó posesión en diciembre de 2000.

   El propósito de López Obrador era dirigir un mensaje político. Eligió el 21 de marzo para cobijarse en la figura de Benito Juárez.

   El juarismo de López Obrador es fundamentalmente de consejas y voluntarismo; se asienta más en la mitología que en la historiografía. El Juárez que redime es el personaje íntegro y pétreo que resistió presiones sin claudicar en la defensa de la Constitución. Es más un personaje hierático y estatuario que colmado de humanidad y contradicciones como era, más acá de la leyenda, el verdadero Juárez.

   López Obrador rescata al Juárez defensor de la institucionalidad pero soslaya al gobernante que se perpetuaba alevosamente en la Presidencia. Y más que reivindicarlo trata de utilizarlo: Juárez como emblema de integridad republicana en contraste con las inconsecuencias e incoherencias del gobierno federal de nuestros días. La ignorante animosidad que en los primeros momentos de su gobierno manifestó el presidente Vicente Fox en contra de Benito Juárez, nutre la obsesión y la eficacia de López Obrador en sus intentos para apropiarse de la figura del Benemérito.

   Ayer en el Auditorio Nacional, convenientemente atestado de empleados del DF y beneficiarios de sus programas de asistencia social, López se apoyó en Juárez para prefigurar a su equipo de gobierno. El mensaje fue triple: no obstante las vicisitudes jurídicas que tiene por delante López Obrador piensa en el futuro; ese porvenir político incluye nombres y apellidos; y de paso, se resguarda en un juarismo retórico pero vistoso.

   En reconocimiento tácito a la ligereza con que ha presentado su programa, dijo que el proyecto es básico pero “lo determinante es un buen gabinete”. Al referirse a su hipotético equipo de gobierno, aunque lo haga de manera tan oblicua, López Obrador deja la impresión de que ya piensa –y decide– en función del poder que aspira alcanzar en julio del año próximo. En esa apuesta les lleva ventaja a sus rivales.

   Entonces mencionó a Juárez, en cuya época “actuaron los hombres públicos, los funcionarios, los intelectuales y los periodistas más inteligentes y patriotas que haya tenido México. Los liberales eran políticos cabales y han sido considerados, con razón, como el grupo de ideólogos más brillante, más tenaz y desinteresado que se haya dado en nuestro país”. A ese grupo quisiera imitar López Obrador. Pero, francamente, la comparación es bastante desmesurada.

   ¿En qué área del equipo del jefe de Gobierno, o en cuál de los grupos que le son adictos, pueden encontrarse personalidades como Melchor Ocampo, Santos Degollado, Manuel Doblado, Sebastián Lerdo de Tejada?

   ¿Quiénes, dentro o fuera del círculo de simpatizantes de López Obrador, serían el Francisco Zarco, el Ignacio L. Vallarta, el Ignacio Ramírez del siglo XXI?

   ¿Cómo puede pretenderse una comparación semejante cuando las finanzas de López Obrador estaban manejadas por aquel señor que apostaba displicentemente en Las Vegas mientras otros de sus colaboradores más destacados llenaban bolsillos y portafolios con dólares de todavía hoy incierta procedencia?

   La comparación es históricamente ofensiva si se recuerda a varios de quienes acompañaron a Juárez en la gestión de los asuntos financieros: Miguel Lerdo de Tejada, José María Mata, José María Iglesias, Matías Romero, Guillermo Prieto.

   López Obrador, refiriéndose a los colaboradores de Juárez, recordó una expresión de Antonio Caso según la cual aquellos personajes “parecían gigantes”. Ese párrafo del discurso de ayer aparece, idéntico, en el libro Un proyecto alternativo de Nación que López Obrador publicita por todo el país.

   Evidentemente la frase le gusta y le encuentra un significado quizá más que político. La misma expresión la mencionó López Obrador el 5 de diciembre de 2000 en su discurso de toma de posesión: “El gabinete de Juárez es el mejor que hemos tenido en toda nuestra historia. Eran políticos inteligentes, patriotas y honrados, hombres que parecían gigantes…”

   De acuerdo con Daniel Cosío Villegas –en su espléndida Historia moderna de México– lo que dijo Caso en su obra El problema de México y la ideología nacional  refiriéndose a la época de Juárez y sus colaboradores fue: “entonces los hombres parecían gigantes”.

   La grandeza de las personas y especialmente de los hombres públicos se aquilata según sus circunstancias. Hasta ahora y a pesar de sus aspiraciones, de López Obrador y la mayoría de sus colaboradores es imposible decir que recuerdan aquella expresión de Caso sobre la apariencia de gigantes. Más bien sugieren todo lo contrario.

 Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/


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