Una sociedad cohesionada

La Crónica, 13 de marzo de 2005

Toda España, al mediodía del viernes, guardó cinco minutos de silencio para recordar a las víctimas de los atentados del 11 de marzo del año pasado. Es difícil imaginar abrumada en el mutismo a la bulliciosa Madrid, que hace un año fue golpeada por el terrorismo de Al Qaeda. Pero en esta conmemoración, de la misma manera que hace un año ante el desafío de la violencia, los españoles respondieron con una cohesión y una madurez admirables.

   Lejos de cerrarse ante el resto del mundo como les ocurrió a los Estados Unidos después del 11 de septiembre, los españoles supieron dar una respuesta política y moralmente digna, además de policialmente eficaz, a los atentados de marzo pasado. Los madrileños se supieron abrazados por la solidaridad internacional, en la que encontraron reflejos de la adhesión que ellos mismos lograron mantener por encima de cualquier discrepancia doméstica.

   A diferencia del guerrerismo envalentonado en el dolor que definió en 2001 y después la actitud preponderante entre los estadounidenses, en España se optó por la comprensión inteligente del terrorismo y sus causas. Ello no impidió la respuesta policial, que identificó a los culpables materiales así como a los autores intelectuales de los crímenes del 11 de marzo de 2004. Con prudencia y sin excesos, pero sin descuidar sus obligaciones, las corporaciones policiacas españolas entendieron pronto los primeros indicios y un año más tarde han presentado a varios detenidos ante la justicia. El proceso legal tendrá lugar en los próximos meses.

 

Arrebato estadounidense

   Los españoles, después de aquel 11 de marzo supieron eludir los riesgos de la intolerancia y el autoritarismo. El ejemplo estadounidense había resultado demasiado atrabiliario e ineficaz. Desde luego las dimensiones del atentado de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono fueron mucho mayores que los crímenes, dos años y medio después, en las estaciones ferroviarias de España. Pero la magnitud de aquellos crímenes no justificó la reacción estadounidense que fue de gigante herido –especialmente dolido porque se consideraba invulnerable o casi– y no de una nación que, como otras, comparte los riesgos y desafíos del terrorismo internacional.

   En contra del modelo que impusieron George W. Bush y el Pentágono, España reaccionó ante el terrorismo promoviendo la cohesión social a partir del rechazo racional a la violencia. Mientras en Estados Unidos el gobierno impulsó una respuesta de fuerza que comenzó por establecer restricciones dentro de sus propias fronteras, la sociedad española no se dejó avasallar por la tragedia ni dejó de ser ella misma.

   La Casa Blanca quiso enfrentar al terrorismo restringiendo las libertades en Estados Unidos. Han sido mal e insuficientemente conocidos pero suman docenas, o quizá centenares, los casos de ciudadanos perseguidos o detenidos porque alguien creyó, erróneamente, que formaban parte de una conspiración contra la seguridad nacional.

   Allanamientos, intromisión en la privacía de las personas y sobre todo la difusión de un clima de sospechas que ha trastornado a la sociedad estadounidense como no sucedía desde el macartismo de hace medio siglo, fue la reacción que imperó en ese país. La asechanza contra quienes ponían en cuestión esas medidas de emergencia afectó a numerosos periodistas y medios de comunicación, aunque fueron pocos los que denunciaron la cacería de brujas que repentinamente demostró la fragilidad de las libertades de las que tanto –y en muchas ocasiones con tanta razón– se ufanan los estadounidenses.

 

Sensatez de los españoles

   En España nadie pensó en restringir libertades. Al contrario, muchos se volcaron a ejercerlas. Unas horas después de los atentados del 11 de marzo ya se preparaban manifestaciones que serían multitudinarias. Y el ocultamiento de información que el gobierno quiso mantener para lucrar políticamente con la tragedia fue rápidamente desmontado por los segmentos más activos de la sociedad.

   El intento de manipular las primeras versiones sobre los atentados le costó la reelección al gobierno del Partido Popular. Tres días después de los ataques terroristas tendría lugar la elección para renovar al Congreso y, así, ratificar o relevar a José María Aznar. El gobierno propaló, con intencionalidad política, la versión de que aquellas agresiones habían sido obra de ETA, el grupo terrorista vasco con el cual acusaban de tener simpatías a algunos aliados del PSOE, el partido que se encontraba a la cabeza de la oposición.

   Si se hubiera comprobado la participación del terrorismo vasco, posiblemente la votación habría favorecido al PP y a Aznar como sugerían las tendencias registradas hasta poco antes de los atentados. Pero la distorsión informativa fue develada y el hallazgo de evidencias que sugerían la culpabilidad de un grupo fundamentalista islámico, cambió el resultado de esos comicios.

   Los españoles supieron estar juntos al momento de rechazar la violencia e, inmediatamente después, dirimir sus diferencias políticas en las urnas. La intimidación terrorista no los escindió, ni abolió las preferencias que la mayoría de ellos tenía por distintos partidos.

   La sociedad española tuvo la madurez suficiente para, al día siguiente de los atentados, el viernes 12 de marzo, volcarse a las calles en rechazo democrático y cívico a la violencia terrorista. Y la tuvo para unas horas más tarde, el domingo 14, acudir a las casillas de votación para darle sentido político a esa democracia.

 

Terrorismo y democracia

   Mientras en Estados Unidos después de la oleada terrorista predominaron la irritación, la desconfianza y el miedo, en España campeó la solidaridad como fuente de rechazo a los violentos y, también, de certeza en las capacidades de ciudadanos y Estado para enfrentar aquel embate. No todo ha sido fraternidad. La intolerancia con los migrantes que existía desde tiempo atrás, se ha recrudecido en algunas zonas de España. Pero el gobierno actual, de manera deliberada, ha promovido el acercamiento con grupos étnicos y culturas minoritarias en ese país, especialmente con los residentes de tradición islámica.

   En los meses posteriores a septiembre de 2001, la Casa Blanca despreció al sistema internacional sustentado en la ONU y trató de sustituirlo resolviendo unilateralmente –con el concurso de los gobiernos que se le adhirieron– la incursión militar contra Irak.

   Después del 11 de marzo de 2004, en cambio, sociedad y gobierno españoles supieron encontrar cobijo en la oleada de calidez internacional que hizo de Madrid el eje de adhesiones y preocupaciones globales.

   No ha sido casual, sino resultado de esa cohesión en la solidaridad, el hecho de que el aniversario de los atentados en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo, haya convocado a docenas de ex gobernantes y especialistas de todo el mundo en una Cumbre sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad.

   Durante varios días los miembros del Grupo de Madrid discutieron los entrecruces que hay entre esas denominaciones. Antes que cerrarse a explicaciones dogmáticas o preconcebidas, los españoles y su actual gobierno han preferido arriesgarse –y enriquecerse– en la deliberación y la búsqueda de soluciones creativas a la amenaza del terrorismo. Antes que aislarse en su dolor, se han reconocido como parte de un mundo desafiante y repleto de nuevos riesgos. La Cumbre madrileña, para que no hubiera dudas sobre ese enfoque antagónico al estadounidense fue clausurada por Kofi Annan, el empeñoso secretario general de Naciones Unidas.

 

Discutir en Madrid

   Fue en Madrid, en esas condiciones, donde Annan urgió para que el combate al terrorismo no implique transgresiones a los derechos humanos. Las resoluciones de la Cumbre recogen gran parte de las preocupaciones del secretario general de la ONU.

   “El terrorismo –se dice en ese documento– constituye un ataque a la democracia y a los derechos humanos. No existe justificación alguna para atacar a civiles y no combatientes por medio de la intimidación y de atentados mortales”.

   El contraste con los abusos que ha implicado la respuesta militar estadounidense es muy claro. Los participantes en la Cumbre de Madrid añadieron: “Frente a las víctimas, tenemos el deber de hacer que recaiga sobre los terroristas la acción de la Justicia. Es necesario dotar a las fuerzas policiales de todos los poderes que precisen, respetando siempre los principios cuya defensa les ha sido encomendad. Las medidas de lucha contra el terrorismo deberán respetar plenamente los principios internacionales sobre los derechos humanos y el Estado de Derecho”.

   Para combatir a los terroristas no es inaceptable mimetizarse con ellos. Solidificar instituciones y no desmantelarlas como supone la estrategia del terror, es la respuesta pertinente. Por eso, lejos de saltar por encima de la autoridad del sistema internacional, las decisiones capaces de atajar al terrorismo son aquellas que robustecen a los organismos multilaterales.

   El documento madrileño apunta: “La legitimidad internacional es un imperativo moral y práctico. Resulta esencial un enfoque multilateral. Deben fortalecerse las instituciones internacionales, especialmente las Naciones Unidas. Debemos renovar nuestros esfuerzos para hacerlas más transparentes, democráticas y eficientes”. El texto completo se encuentra en: http://safe-democracy.org/

   El Club de Madrid fue integrado en octubre de 2001 por 44 ex jefes de Estado y Gobierno –entre ellos el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo que a juzgar por la información disponible no acudió a la reunión de esta semana–. Esta ha sido quizá la contribución más relevante de ese grupo. La Cumbre Internacional sobre Democracia, Terrorismo y Seguridad fue auspiciada por el Rey de España.

 

Bosque de los ausentes

   Medidas concertadas pero urgentes, en vez de limitarse al a la postre ineficaz apremio de las armas, podrían conformar una nueva perspectiva para enfrentar al terrorismo. De eso los españoles saben algo ya que, además del desafío de Al Qaeda hace un año, llevan décadas padeciendo las intimidaciones de la banda terrorista ETA.

   En los meses recientes la vida política española ha estado conmocionada con desavenencias políticas que se expresan de  mala manera. Revanchas de quienes han perdido parte del poder que detentaban frente a la ambición de quienes no tienen todo el poder que ambicionan, han conformado un ambiente de enfrentamiento y descomposición.

   Sin embargo antier, en las demostraciones de luto por la conmemoración del 11 de marzo, los españoles volvieron a manifestar la unidad cívica que hace un año los hizo tan fuertes.

   Por la mañana, centenares de iglesias hicieron repicar sus campanas a la hora en la que, aquel día fatídico, comenzaron a estallar las bombas en cuatro trenes. Y al medio día centenares de familiares de las víctimas, jefes de Estado de varios países y dirigentes políticos, atestiguaron la apertura de un área en el Parque del Retiro destinada a recordar a las víctimas del 11 de marzo.

   Bosque de los Ausentes, se llama esa sección del popular parque madrileño en donde hay 192 árboles –cipreses y olivos–, uno por cada uno de los muertos de hace un año. Sin discursos ni formalidades, los reyes Juan Carlos y doña Sofía y el presidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, recorrieron el jardín y compartieron los cinco minutos de silencio que a esa hora paralizaban a toda España.

 

En México, inmadurez

   Ni la congoja ante el atentado de hace un año, ni las diferencias políticas que siguen a flor de piel, les han impedido a los españoles responder unidos ante el terrorismo. Solo una sociedad que confía en sus instituciones –aunque constantemente se proponga mejorarlas– y que tiene puntos de acuerdo básicos es capaz de expresar esa madurez.

   El ejemplo español contrasta, inevitablemente, con la circunstancia mexicana de nuestros días. No hay diálogo político porque la desconfianza se ha adueñado de todos los protagonistas y todos los espacios del escenario público. No hay metas ampliamente compartidas porque las codicias circunstanciales han nublado cualquier horizonte de mediano plazo. El único futuro en el que piensa la gran mayoría de los actores políticos es el que pasa por las elecciones presidenciales del año próximo. Tampoco tenemos liderazgos capaces de ampliar las miras del mundo político y la sociedad. Entre los dirigentes y gobernantes no se advierte uno solo en quien se pueda reconocer capacidad o al menos pretensiones de hombre de Estado. La sociedad contempla, fastidiada o entretenida, el desgaste de su clase política. Los medios premian los comportamientos estridentes. La polarización envuelve a todos, incluyendo a muchos de quienes habrían podido aportar sensatez e inteligencia en este panorama de descomposición. Los enconos se vuelven marasmo y la política se agota frente a los micrófonos o en las barandillas.

   Resulta pavoroso imaginar qué ocurriría si México padeciera una tragedia como la de hace un año en Madrid. No hay una sola formación política mexicana en la que podamos apreciar los resortes de prudencia y tolerancia que les permitieron a los españoles enfrentar aquel desafío sin incurrir en persecuciones ni autoritarismos. No hay un solo líder político de quien, a juzgar por sus comportamientos recientes, pudiéramos esperar la circunspección que se requiere en momentos de apremio. Descompuesta la clase política, en la sociedad tampoco se advierte madurez para enfrentar una situación de emergencia. Después de todo esa sociedad es la que encumbra, tolera, avala y deja de sancionar a los dirigentes y gobernantes que tenemos.

Correo electrónico: rtrejod@infosel.net.mx

Página web: http://raultrejo.tripod.com/

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