Voto por correo, mal menor

El Correo de Guanajuato y otros diarios, 29 de junio de 2005

La amplísima mayoría que ayer aprobó en la Cámara de Diputados el voto por correo para los mexicanos que viven fuera del país es similar a la que, hace cuatro meses, había respaldado una reforma mucho más ambiciosa pero también con márgenes de inseguridad notoriamente mayores.

   La reforma finalmente aprobada ayer y que se convierte en ley porque ya pasó por el Senado, establece como única modalidad el envío de boletas por correo para los mexicanos que previamente se registren con ese propósito. Aquella, que fue votada por los diputados pero que luego los senadores frenaron bruscamente, implicaba demasiados riesgos tanto en la organización como en la vigilancia de las elecciones. La instalación de casillas con funcionarios electorales en las ciudades en las que radica una mayor cantidad de mexicanos fuera del país, entrañaba no sólo un desembolso alto sino, además, supeditar una elección mexicana a las garantías que pudieran ofrecer gobiernos extranjeros, especialmente el de Estados Unidos.

   El voto postal también tiene sus bemoles. El hecho de que tengan que registrarse con varios meses de antelación a los comicios desalentará a no pocos compatriotas nuestros. Y sobre todo, la vía para hacer llegar la boleta a las autoridades electorales en México no deja de resultar bastante expuesta.

   Si alguien se animara a enviar dinero en efectivo por correo se le consideraría temerario, o imprudente. Pero los legisladores han considerado que para la boleta electoral sí existen las condiciones de seguridad necesarias.

   Dentro de un año veremos si ese mecanismo resultó confiable para una cantidad significativa de los mexicanos que radican fuera del país. Por ahora pueden recordarse, con preocupación, las prevenciones que las autoridades del Servicio Postal Mexicano les manifestaron hace unas cuantas semanas a los diputados en San Lázaro.

   El sistema de correos no está diseñado para transportar valores. Nunca ha sido el mecanismo idóneo para enviar documentos irremplazables ni mucho menos dinero. Desde hace años, además, la remisión de papeles de algún valor es realizada por empresas de mensajería –una de las cuales, por cierto, es propiedad del mismo Servicio Postal Mexicano–.

   Así que si sus propias autoridades no confían en él ¿por qué los mexicanos que viven fuera del país van a fiarse de la seguridad del servicio de correos mexicano? Mandar una boleta electoral será como arrojar una botella al mar.

   Aun con esas limitaciones, diversos grupos de mexicanos que radican en Estados Unidos están celebrando, hoy, la aprobación de la reforma que les permitirá votar en nuestras elecciones presidenciales. Todos ellos la consideran limitada pero de todos modos les parece que es un avance.

   Los partidos en México dicen lo mismo. Ayer en San Lázaro, varios de los diputados que anunciaron la votación casi unánime que avalaría la nueva modalidad para el sufragio engolaron la voz y miraron de frente a las cámaras televisivas, como si a través de ellas lo hicieran para la posteridad, al decir que se trataba de un momento histórico.

   Quizá lo sea. Pero hasta ahora no tenemos evidencias claras de que, como dicen los grupos que se presentan como voceros suyos, entre los mexicanos que radican en Estados Unidos realmente se haya generalizado la inquietud para votar en nuestras elecciones.

   Lo más probable es que para quienes por decisión o necesidad viven fuera del país, votar en nuestras elecciones no constituya sino una apenas esporádica curiosidad. Para esos mexicanos los problemas cotidianos, que se relacionan con el entorno en el que viven, son los verdaderamente inquietantes.

   Ayer por ejemplo la primera plana de La Opinión, que se edita en Los Angeles y es sin duda el diario de mayor prestigio entre los que se publican en español en Estados Unidos, se refería a una reforma legal.  Pero no se trataba de la reforma para votar que se aprobaría en la ciudad de México sino a los recortes que el presidente George W. Bush propuso para el régimen de seguridad social en ese país y que, según se estima, afectarán especialmente a los latinos.

   Esos son los temas que preocupan más, puesto que afectan sus vidas diarias, a los mexicanos que radican más allá de nuestras fronteras. Quienes deseen votar en nuestras elecciones, ahora dispondrán de un recurso algo incierto pero que tal vez gratifique ese interés. Pero sería deplorable que, por reconocerles prerrogativas que la mayoría de ellos no se interesa en reivindicar, a esos mexicanos dejásemos de apoyarlos en la defensa del derecho que tienen a participar en la elección de las autoridades que los gobiernan en Estados Unidos –e, incluso, en el derecho que tienen a ser candidatos en esas elecciones–-.

   Para los partidos y legisladores mexicanos, el voto en el extranjero se convirtió en una trampa que se crearon ellos mismos. La resolvieron mal y a medias. Ya pueden pasar la página. La de ayer, no fue necesariamente una decisión que estimule la democracia sino una medida que al Congreso le pareció políticamente correcta.

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