La izquierda extraviada

Nexos, diciembre de 2005

Heterogénea y contradictoria, a menudo aislada, perseguida y/o marginada, la izquierda mexicana se distinguía por el empeño en la equidad y la ambición de futuro. La azarosa construcción de partidos de ese signo, las luchas de movimientos sociales y la discusión entre quienes se reclamaban de izquierdas solían reivindicar, durante décadas, esos valores. La izquierda era contrapeso al menos retórico y moral ante abusos del poder, constituía un punto de referencia que se pretendía –no siempre con éxito, desde luego– singularizado por la racionalidad. Ser de izquierda no era necesariamente ser contestatario sino pugnar por el cambio.  

   Tuvimos una izquierda que, en el acoso, debió ser esforzada e incluso heroica. Parapetada en su propia mitología pero además hostigada por cacicazgos locales, gremiales y de cuando en cuando nacionales, la izquierda devaneó entre la marginalidad y la terquedad. Pero cuando salió de las periferias para tratar de ubicarse en el centro de la escena pública mexicana, la izquierda entendió que su tarea esencial era el cumplimiento –y cuando fuese necesario la reforma– de la legalidad.

   La ilusión revolucionaria había quedado reservada, en las creencias de la izquierda mexicana, para la reminiscencia y si acaso para solaz de algunos aventureros. La lucha por la legalidad fue bandera del sindicalismo insurgente y del comunismo partidario en los años setenta, así como de los esfuerzos unitarios de las izquierdas en los ochenta. En algún momento, quizá ya en los noventa, ese proceso de madurez se quebró debido en parte al neozapatismo chic pero especialmente porque, después de todo, la convicción en la legalidad no había echado raíces plenas al interior de las izquierdas mexicanas. Los principios, a menudo, fueron solamente fachada de un atrabiliario pragmatismo. Cuando lograron posiciones de poder –municipal, sindical, parlamentario, periodístico, gubernamental– no fueron pocos los hombres y mujeres originarios de las izquierdas para quienes la legalidad se convirtió no en divisa, sino en coartada.

   Hay quienes consideran que Andrés Manuel López Obrador y el PRD son de izquierda. Si conviniéramos que para ser de izquierda simplemente hay que etiquetarse como tal, esa auto caracterización no sería discutible. Pero como por tradición y definición la izquierda era otra cosa, el afán por ostentarse de esa manera se ha convertido en cortina de humo, retórica e ideológica, para encubrir excesos e imprecisiones.

   La izquierda era el afán de cambio ante la inmovilidad del statu quo, la modernización y el progreso frente al estancamiento y el conservardurismo, la racionalidad como anverso del dogmatismo, la visión de futuro en contraposición con la estrechez del inmediatismo. Hubo quienes, ataviados de izquierda, actuaron diametralmente en contra de esas premisas: el llamado socialismo real y sus muchas derivaciones y parodias negaba las coordenadas esenciales de la izquierda. Más allá de tales abusos la izquierda se proponía como una actitud, vital y política, ante despotismos de toda índole. La izquierda es la ética, propuso Giovanni Sartori. A la izquierda, si algo la distingue, es la irreductible aspiración por la igualdad terció Norberto Bobbio.

   A la izquierda la define el empeño por la justicia social y la democracia. A esa dupla puede añadirse la lid por los derechos humanos. Cada una de ellas –justicia, democracia, derechos humanos– son aspiraciones permanentemente vinculadas con la reivindicación de la legalidad.

   Hoy no tenemos una izquierda digna de ese nombre. Existen grupos pequeños, ciudadanos y quizá hemos tenido corrientes de opinión –aunque actualmente es difícil identificar una sola– de acciones y convicciones de esa índole. En todo caso, los rasgos distintivos de la izquierda no se pueden reconocer en el personaje y el partido que con mayor asiduidad buscan ser considerados como de izquierda.

   A López Obrador la legalidad le resulta incómoda. Si no le conviene, simplemente no la respeta. Cuando gobernó la ciudad de México defendió privilegios mafiosos y corporativos: lo mismo cobijó pandillas de vendedores ambulantes, microbuseros y dentro de las corporaciones policiacas, que favoreció negocios como los de Carlos Slim. Los recursos públicos los ejerció con discrecionalidad inaudita. Gastó dinero para organizar movilizaciones en apoyo suyo, construir obras de relumbrón y favorecer la adhesión clientelar de grupos inermes. Y se negó a que en esta ciudad se cumplieran las normas de rendición de cuentas que ya existen en todo el país.

   Cuando buscaba cobertura para algunas de esas decisiones, organizó consultas extralegales. Cuando alguna turba cometió linchamientos, la disculpó diciendo que se trataba de tradiciones populares con las que no había que meterse. Tampoco se mete en asuntos como el aborto, el combate al SIDA, la eutanasia y los derechos de las minorías sexuales que son banderas de las izquierdas en todo el mundo. Y respecto de los privilegios y atropellos de corporaciones como Televisa y Televisión Azteca, López Obrador no dice una sola palabra.

   La insistencia del gobierno y los partidos que se oponen a López Obrador para quitarle el fuero y así dificultar su postulación presidencial fue una enorme torpeza política. Pero si esa maniobra, a la postre fallida, fue posible, se debió a la persistencia de López Obrador para desacatar la ley. Desatendió requerimientos judiciales en la averiguación sobre las obras en el predio El Encino, decidió no protegerse con recursos legales que estaban a su alcance, desafío la autoridad de la Corte y el Congreso, se ubicó por encima de instituciones y leyes. En ese diferendo salió vencedor pero no por ello ganaron la legalidad, ni la razón. Mucho menos la izquierda.

   Se trata de un personaje autoritario y conservador: menosprecia el orden jurídico, defiende a grupos de poder extralegales, desdeña los derechos humanos. Nada más lejano de la ética que algunos todavía suponen que debería distinguir a las izquierdas. El hecho de que se le considere de ese signo solamente se explica en un panorama tan políticamente desastrado como el que padece este país. Genio y figura: si hemos de ser precisos con ese término, habría que reconocer que la única forma para que López Obrador realmente fuera de izquierda es que se volviera zurdo.

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