Crispación y magnificaciones. Los medios antes y después del 2 de julio

Publicado en Zócalo de agosto de 2006

La polarización suscitada por el enfrentamiento entre las dos principales fuerzas políticas del país encontró en los medios espacios para reproducirse, socializarse e incluso acrecentarse. Los medios de comunicación más importantes se convirtieron en voceros, a veces acríticos y en ocasiones intencionados, de los discursos de animadversión y encono desplegados por adherentes tanto de la Coalición por el Bien de Todos –que postuló la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador– como de Felipe Calderón y del Partido Acción Nacional. Entre las últimas semanas de las campañas electorales y las que prosiguieron a los comicios del 2 de julio se pudieron apreciar tendencias como las siguientes.

 

1. Portavoces de la crispación. El clima de enfrentamiento no fue creado por los medios pero fue propagado, a menudo sin el contexto que les permitiera a sus audiencias aquilatar esos acontecimientos con mejores recursos de información y opinión, en los principales espacios tanto en la radiodifusión como en la prensa escrita de nuestro país. Actores políticos, partidos y candidatos, pero además comunicadores y medios, se solazaron durante varias semanas en la irradiación de los resentimientos de unos y otros. Aunque con alguna frecuencia deploraban la ausencia de proyectos e ideas, conductores y comentaristas quedaron atrapados en la espiral de pugnas suscitadas en el diferendo partidario.

 

2. Ensalzamiento de trivialidades. Los principales candidatos a la Presidencia no supieron eludir lugares comunes y discursos huecos. Eso no resultó novedoso en un panorama político definido por la ausencia de una auténtica deliberación. Pero la indigencia discursiva favoreció, entonces, el enfrentamiento y las descalificaciones.

La propaganda negativa que se dispensaron unos y otros apelaba a las emociones en detrimento de la construcción de un electorado racional. Tampoco ese comportamiento resultó inédito. Los medios, a su vez, poco o nada hicieron para atajar esa dinámica de excesos crecientes. En distintas ocasiones algunos medios, incluso, les atribuyeron a incidentes y denuncias baladíes una relevancia que de otra manera no habrían tenido.

Un ejemplo: la noche del 2 de julio se conocieron, sucesivamente, el mensaje del consejero presidente del Instituto Federal Electoral anunciando que no informaría de las tendencias de la votación porque eran tan estrechas que no permitían identificar claramente a un vencedor de la elección presidencial e, inmediatamente después, una alocución del Presidente de la República comentando esa situación. El hecho de que el presidente Vicente Fox haya estado enterado de ese dilema fue tachado en numerosos medios como supuesta demostración de la falta de independencia del organismo electoral respecto del gobierno federal. No había transgresión ni subordinación alguna en el hecho de que el IFE le hubiera notificado al gobierno federal la tendencia de los votos ni era esta la primera elección presidencial en la que había ese intercambio de información. Solamente en un contexto de intensas suspicacias, que los medios lejos de atenuar contribuyeron a exacerbar, se le pudo dar tanta importancia a esa situación que no implicaba merma alguna en la autonomía del organismo electoral.

 

3. Multiplicación de acusaciones huecas. Nunca se demostró –por lo menos hasta ya avanzada la segunda mitad de julio– que Felipe Calderón, cuando fue funcionario público, hubiera beneficiado a algún familiar suyo. Tampoco se ofrecieron evidencias de que el PAN tuviera capacidad para modificar los datos del padrón electoral. Sin embargo antes de las elecciones proliferaron especialmente en algunos noticieros radiofónicos, versiones como las relativas al asunto Hildebrando o las acusaciones sobre la existencia de un sistema de cómputo paralelo al que controlaba la autoridad electoral.

El hecho de que medios profesionales, de probada experiencia en la búsqueda y comunicación de noticias, accedieran a propagar versiones sin confirmar y que a simple vista resultaban absurdas (como el hecho de que el password para entrar al sitio de Internet en donde había información presuntamente incriminadora fuera el nombre del denostado cuñado del candidato presidencial panista) daba cuenta de la manera como la desconfianza y las simpatías partidarias dominaron en algunos espacios informativos.

La parcialidad hacia versiones que favorecían la campaña de la Alianza por el Bien de Todos en espacios radiofónicos como el que conduce la periodista Carmen Aristegui en W Radio –que pocos días antes de las elecciones difundió versiones sin comprobar acerca de esos temas– fue equiparable a la inquina que otros noticieros, como los de Oscar Mario Beteta y Eduardo Ruiz Healy en Radio Fórmula, han sostenido contra López Obrador.

 

4. Sobredimensionamiento de las encuestas. En busca de afirmaciones concluyentes, o aturdidos en medio del estrépito que estaba dominando al escenario nacional, los medios y el mundo político magnificaron, para luego vilipendiar, la importancia de los estudios de opinión. Las encuestas son un instrumento que permite conocer tendencias e inflexiones en las opiniones de los ciudadanos. Como tales, se han convertido en recursos indispensables para hacer y entender la política contemporánea.

En esta temporada electoral, sin embargo, a las encuestas se les llegó a considerar prácticamente como oráculos de lo que sucedería el 2 de julio. La ausencia de un verdadero debate con posiciones claras e incluso la falta de auténticos acontecimientos que pudieran reportar a sus auditorios, explica en parte ese sobredimensionamiento que los medios hicieron de las encuestas. Pero también el empecinamiento de candidatos y partidos no sólo para medir su desempeño sino, además, anticipar presuntos triunfos con datos de encuestas que en rigor no resultaban suficientes para vaticinar el desenlace electoral, condujo a la centralidad que se les dio a tales estudios meses antes de los comicios.

El resultado, fue una mayor confusión debido a las limitaciones propias de las encuestas que jamás permiten conocer el futuro sino, únicamente, evaluar el comportamiento en los puntos de vista de los ciudadanos así como a la utilización de metodologías diferentes que impedían hacer comparaciones rigurosas entre unas y otras. Hubo además una intencional politización que condujo a ofrecer datos falsos, o por lo menos sin bagaje metodológico alguno que los respaldara, como las supuestas encuestas de las que se ufanaba López Obrador. La descalificación ideologizada del trabajo de empresas profesionales cuyos datos eran desdeñados porque no coincidían con las expectativas de ese candidato, abonó también en ese desconcierto. Después de las elecciones ha podido constatarse que las tendencias que algunas de esas empresas mostraron desde meses antes apuntaban a una elección muy cerrada, con diferencia de pocos centenares de miles de votos, como la que registró el cómputo que el IFE hizo de los sufragios del 2 de julio. Esos estudios de opinión no anticiparon claramente ganador alguno (ninguna encuesta seria anuncia un resultado electoral) pero revelaron que las simpatías por los dos candidatos con mayor intención de voto tenían diferencias de pocos puntos porcentuales o incluso menos.

 

5. Equidad antes del 2 de julio. La cobertura de las campañas de los cinco candidatos presidenciales fue, en términos generales, equilibrada. Los principales programas informativos les dieron espacios similares, especialmente a Calderón, López Obrador y a Roberto Madrazo –el candidato de la coalición encabezada por el PRI–. Con datos como los que ofrece el monitoreo encargado por el Instituto Federal Electoral –y de cuyos resultados finales esperamos poder dar cuenta en una próxima colaboración– se puede decir que no se advierten sesgos especialmente notables a favor de uno u otro de esos candidatos.

Ese comportamiento, al menos de las dos cadenas nacionales de la televisión comercial y en algunas radiodifusoras nacionales, puede deberse a un intencional afán para ofrecer espacios relativamente equitativos a cada una de las tres campañas principales. Pero muy posiblemente también influyó la cada vez más estrecha relación entre la contratación de publicidad política y las “bonificaciones” que algunas empresas de radio y televisión les ofrecieron a los partidos. Debido a esos tratos, algunos de los espacios informativos y especialmente la incorporación de entrevistas e incluso comentarios en distintos programas, obedecieron a consideraciones mercantiles y no a las políticas editoriales de tales empresas.

La imbricación entre dinero, campañas y preferencias políticas en el trato entre partidos y medios de comunicación tendrá que propiciar indagaciones más meticulosas y, deseablemente, medidas legislativas para atajar favoritismos que podrían haber transgredido las actuales disposiciones electorales. Se puede mencionar el trato preferencial que Televisión Azteca le dio al PRD al venderle, a una cincuentava parte de la tarifa que les había comunicado a los partidos, el espacio para el programa de media hora diaria que López Obrador mantuvo todas las mañanas durante varios meses en una de las cadenas nacionales de esa empresa. Gestos como ese hacen imposible tomar en serio las denuncias de López Obrador cuando dice que los medios electrónicos no fueron equitativos con él.

 

6. Posiciones después de los comicios. Una vez que transcurrieron las votaciones del 2 de julio, diferentes medios y comunicadores expresaron posiciones acerca del diferendo postelectoral, especialmente para solicitar moderación al candidato de la Coalición por el Bien de Todos. En varias entrevistas con López Obrador, conductores como Joaquín López Dóriga tuvieron una actitud inquisitiva que molestó a no pocos partidarios de ese candidato. Y el domingo 9 de julio en el Canal 2 de Televisa, durante la última emisión del programa “El derecho de mandar” que durante varios meses presentó caricaturizaciones habitualmente burdas y simplonas de los candidatos presidenciales y otros personajes políticos, uno de los actores le endilgó al personaje que imitaba a López Obrador una catilinaria exhortándolo a que no pretendiera la anulación de las elecciones. Para entonces los reclamos de ese candidato eran muy intensos y se hablaba, en efecto, de un cuestionamiento general a los comicios del 2 de julio.

Las posiciones manifestadas en esos y otros espacios en los medios de radiodifusión ameritan, entre otros, cinco señalamientos. A) Esas posturas fueron publicitadas después de las elecciones y no antes. Aunque la legislación mexicana no obliga a los medios de comunicación a ser imparciales en el tratamiento de la información electoral, se puede considerar que lo fueron en la cobertura de las campañas. Las posiciones que expresen después de los comicios no afectan intención de voto alguna. B) Es imposible saber en qué medida esas definiciones públicas influyen en los ciudadanos, especialmente cuando son manifestadas por un cómico. Suponer que los telespectadores son absolutamente vulnerables a las opiniones que escuchan en los medios electrónicos implicaría reconocer que son, en esa materia, menores de edad y que no discriminan entre las numerosas opiniones que reciben, en los medios y fuera de ellos, acerca de los asuntos públicos. C) Durante varios años en la gran mayoría de los medios de comunicación, incluyendo a conductores y reporteros, hubo una notoria condescendencia con los desplantes y exigencias de López Obrador. La docilidad con que periodistas y medios aceptaban las desatenciones del entonces jefe de Gobierno del DF cuando ofrecía sus conferencias de prensa matutinas hubiera sido impensable delante de cualquier otro personaje político en México. Quizá entre las muchas cosas que terminaron el 2 de julio se encuentra el acrítico beneplácito que López Obrador encontró en el entramado mediático de nuestro país. D) Exhortar a que un candidato ciña sus exigencias postelectorales al marco de la ley no sólo no resulta excesivo sino que, en circunstancias como la que se abrió en el panorama mexicano después del 2 de julio, parece de la mayor necesidad. E) Esas definiciones y opiniones son expresión de puntos de vista que resulta legítimo manifestar.

Sé que las tesis de este artículo resultan políticamente incorrectas. En distintos circuitos de la sociedad mexicana, a la que no son ajenas algunas zonas del campo académico y de la observación crítica de los medios, ha campeado la sensación de que, en el proceso electoral de 2006, el voto de los medios favoreció a Felipe Calderón y perjudicó a Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo los datos, así como el examen de dicho comportamiento mediático, indican otra cosa. Es inevitable que las simpatías y, en este caso, también las animadversiones políticas, repercutan sobre el análisis. En medio de la crispación que se ha cernido en la vida pública mexicana quizá sea demasiado pedir que el corazón no nuble demasiado a la razón. Pero hay que intentarlo.

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