Telepolítica y estereotipos

Las campañas, sometidas al maniqueísmo mediático

Publicado en Zócalo de agosto de 2006

 Campañas de lodo, sentenciaron algunos. Discurso del miedo, dijeron otros. Disputa por el aburrimiento, pudieron decir algunos más. En todo caso, las intensas y extensas campañas políticas de este año han dejado exhaustos y, acaso, más confundidos de lo que se podría haber pensado a los ciudadanos mexicanos. Sometidos a una intensa y prácticamente forzosa exposición de mensajes, los votantes del próximo 2 de julio habrán conocido abundantes opiniones acerca de los candidatos presidenciales. Sabrán de la profesión de fe virtuosa que Andrés Manuel López Obrador repitió con tanta perseverancia que gracias a ella no pocos electores olvidaron, o quisieron soslayar, las cuentas turbias y los compañeros pícaros que tuvo cuando gobernó la ciudad de México. Los votantes habrán sabido de las manos limpias pero también del cuñado incómodo de Felipe Calderón, así como de la tentadora aunque inexplicada oferta para crear empleos que planteó ese candidato. De Roberto Madrazo, conocieron el casi épico pero previsiblemente vano esfuerzo para que los electores olviden los tiempos del PRI y lo consideren, sobre todo a partir de su promesa de mano firme contra los delincuentes, como un candidato eficaz. Habrán tenido noticia del tesón de Patricia Mercado para reivindicar una opción diferente a esa política tradicional, así como de la casi desesperada insistencia de Roberto Campa para que de los tres votos que podrán ejercer en las elecciones federales los ciudadanos le regalen aunque sea uno a su partido.

 

Presidencialismo y televisión

Lo que casi nadie sabe al cabo de esas intensas y trasegadas campañas es cómo gobernarían, con qué principios, para cuáles propósitos o al menos acompañados de cuáles mujeres y hombres esos aspirantes a la Presidencia de la República. Las ofertas programáticas nunca han sido el fuerte de las campañas políticas y mucho menos cuando están fundamentalmente acotadas por el cernidor de los medios de comunicación. En nuestro país la prolongada hegemonía priista y luego los recientes años de sorpresa y desconcierto bajo el gobierno de otro partido, nos impidieron consolidar una auténtica cultura de la competencia política. Los ciudadanos han sido asumidos por candidatos y partidos –y desde luego por los intermediarios mediáticos– como espectadores y no partícipes de la contienda electoral. Ellos mismos se han conformado con ese papel, aferrados al subterfugio de que la política es tan desagradable que deliberadamente se mantienen alejados de ella.

Podría creerse que al concebir a la política como una actividad o como un territorio que les dejan a otros, los ciudadanos manifiestan el natural hartazgo que surge ante la retahíla de dimes y diretes en que se han convertido campañas como las que hemos tenido en 2006. Pero compelidos a tomar partido, los posibles votantes del 2 de julio asumen definiciones que los colocan más allá de la simple contemplación de una contienda ajena. De una u otra manera saben que de esa elección depende al menos en parte la situación del país y de sus familias mismas.

La tensión creada por una confrontación partidaria que apostó a descalificar mucho más que a convencer generó, a su vez, la sensación de que nos encontramos en un momento límite de la historia mexicana. Cada cual a su manera, los partidos apostaron a la idea –o a la sensación, más bien– de que los comicios del primer domingo de julio serían un parteaguas en la situación nacional. Casi nadie ha advertido que, quienquiera que gane, tendrá que gobernar el país que ahora tenemos y que no habrá un México súbita ni drásticamente reconstruido, ni demolido, por los aciertos o pifias de quienes se hagan cargo de la administración pública. Las campañas de 2006 han redimido la imagen totémica de un presidencialismo que sigue siendo eje y dínamo del sistema político mexicano con todo y la transición democrática por la que hemos avanzado.

Presidencialismo y medios se han complementado, más como producto de las circunstancias que a consecuencia de un plan maquinado en las cúpulas políticas y comunicacionales. Al primero, los medios le han permitido propagar una imagen antes que nada omnipresente y además convenientemente ubicua, arbitral o patriarcal, según sea el caso. Una de las muchas fallas de Vicente Fox en el encargo que de manera tan penosa cumplió durante el sexenio que está por terminar fue creer que le bastaría estar en los medios para que su imagen, prácticamente por sí sola, mantuviera consensos y resolviera diferendos. Pero para conjugar los verbos gobernar y comunicar hacen falta varios sustantivos (podríamos pasar largo rato enumerando algunos de los atributos que hicieron falta durante estos años).

 

Personificación, forma y fondo

Mientras el sexenio concluía, las campañas políticas promovieron una inopinada reivindicación del presidencialismo. El formato impuesto por los medios, las exigencias de la mercadotecnia, la simplificación que siempre es antagonista de los matices y especialmente el tono de confrontación que creó campos, clientelas y encasillamientos maniqueos, se conjuntaron para que en vez de proyectos tuviéramos protagonistas durante estas campañas. La personalización de la política es consustancial a la mediatización y al marketing contemporáneos, pero en sociedades con alguna sofisticación o densidad políticas los candidatos son personajes emblemáticos de formaciones ideológicas o de corrientes específicas.

A Jacques Chirac se le asocia con el conservadurismo francés, de la misma manera que a George W. Bush con la ideología individualista del Partido Republicano o a José Luis Rodríguez Zapatero con la modernización socialdemócrata europea. En cambio Andrés Manuel López Obrador no es exponente de una posición ideológica ni mucho menos histórica que se puedan considerar definidas. Se dice seguidor del liberalismo juarista pero su partido se reivindica como parte de las izquierdas y tiene propuestas económicas que podrían considerarse populistas (el uso que anunció que haría del gasto público) y en algunas otras ocasiones neoliberales (como las propuestas, o la ausencia de ellas, respecto de las televisoras privadas). Felipe Calderón encarna posiciones que en aras de la descripción expedita pueden considerarse de derecha (como el rechazo sin matices al aborto) pero ofreció una política social de otro corte. Roberto Madrazo es quizá, de los tres, el candidato que más se ciñó a la ortodoxia de su partido y en tal virtud tiene posiciones ideológicamente movedizas y una conducta a veces camaleónica. Incluso a la campaña de Patricia Mercado, abanderada de una propuesta de renovación de las formas tanto como del discurso políticos, le resultó imposible alejarse de la personificación desmedida.

Posiblemente el éxito de esa candidata, al menos en la temporada previa a los comicios del 2 de julio, se deba a que amalgamó la forma con el fondo mejor que cualquiera de los otros candidatos. Mercado ofreció una imagen de frescura y llaneza, emblemática de la nueva política que su partido (a pesar de sus afrentosas disputas intestinas) se ha esforzado en proponer. En cambio el empeño de López Obrador para ofrecer un talante de rectitud, el de Calderón para mostrar las manos limpias o el de Madrazo en pos de un perfil simplemente distinto al del PRI tradicional resultaban poco verosímiles.

En todos esos casos, las promesas que ofreció cada uno de los candidatos dependían de su llegada a la cima del poder político. Esa personalización extrema no sólo de las campañas sino, así, de su desembocadura, ha tenido algo de la vieja y patrimonialista política mexicana y mucho del encumbramiento mediático que sacraliza protagonistas con tanta velocidad como los desplaza del público. El sistema mediático produce intérpretes más que historias, lo mismo en las telecomedias que en los noticieros.

 

Convocan a los prejuicios, no a los juicios

Convertidos en celebridades mediáticas, los candidatos presidenciales tuvieron que hacer permanentes esfuerzos para no dejar de estar en el centro de la plataforma televisiva y radiofónica. El recurso que a sus equipos de campaña les resultó más sencillo y aparentemente más redituable (al menos en el corto plazo) para conservar la presencia mediática fueron el discurso estridente y, de cuando en cuando, la impugnación golpeadora. Uno y otra, aderezados con pizcas de estudiada espontaneidad, fueron mostrados en foros mediáticos de toda índole.

Los candidatos transitaron de los noticieros a las series cómicas y, de vuelta, pasaron por los programas de habladurías que tanto se han extendido en la radio y la televisión. Una exposición tan versátil tenía que imponer contradicciones porque no es sencillo convencer a los televidentes de que el mismo personaje que en los programas serios descalifica a sus rivales y se propone como la salvación del país, en los espacios cómicos o en los de murmuraciones se resguarda con una máscara de histrionismo. Los telespectadores actuales han sido formados en una construcción dramática y mediática que habitualmente coloca a hechos y personajes simplemente en blanco y negro, sin gradaciones. Así que en una contienda política que apostó al enfrentamiento y a la descalificación maniqueas, no resultó sorprendente que entre los adherentes de unos y otros candidatos se propagara una polarización más vehemente que incluso dentro de los partidos. La discordia que estas campañas dejan en la sociedad mexicana será quizá el escollo más importante que tendrá el próximo Presidente. Los medios no crearon esa polarización pero la acicatearon e, incluso, la aprovecharon con notorio desenfado.

El maniqueísmo mediático, al servicio de esas campañas bravuconas y frívolas, propagó estereotipos que habrán dejado alguna huella. El PAN nunca demostró con claridad el carácter devastador que tendrían las propuestas económicas de López Obrador o la falta de transparencia en sus decisiones, pero ese candidato quedó estigmatizado como irresponsable e incluso peligroso. El PRD no llegó a documentar de manera fehaciente el tráfico de influencias que les imputaba a Calderón y a su familia pero, para sus adversarios, esas denuncias mostraron un rostro oculto del candidato panista. Madrazo se esforzó para ser precavido y cosechar, con una imagen de mesura, en el río revuelto que agitaban sus contrincantes. Ante campañas que apuestan más a los prejuicios que al juicio de la gente, no es difícil suponer que los dichos sin sustento, a fuerza de repetirse, hayan calado entre no pocos votantes del 2 de julio.

Hay que recordar –claro– que, más que televidentes, esos electores son ciudadanos y tienen capacidades de discernimiento y albedrío que van más allá de las insinuaciones mediáticas. No sabemos en qué medida la propaganda, la información y la murmuración habrán influido en la decisión del 2 de julio. Pero pareciera indiscutible que después de estas campañas los ciudadanos están exhaustos de la política –o, mejor dicho, del estilo pendenciero al que ha sido confinado el quehacer político–. La comparación se ha vuelto malévolo lugar común pero es inevitable: en el terreno del espectáculo al que fueron conducidas por la voracidad mediática y la impericia de los partidos, las campañas presidenciales fueron superadas –con razón– por la emoción y la gracia del futbol.

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