El lenguaje de AMLO es de un maniqueísmo primitivo; de buenos contra malos, pobres contra ricos

Entrevista publicada en La Crónica de Hoy

 

Por: Francisco Báez Rodríguez

Jueves 24 de Agosto de 2006

Raúl Trejo Delarbre, reconocido especialista en comunicación, habla con Crónica acerca de la estrategia mediática de Andrés Manuel López Obrador. Lo describe como un personaje que no comunica realmente, pero que tiene “obsesiones fijas, algunas de las cuales le resultan útiles”. Un personaje cuya popularidad se basa en que logró presentarse como un político distinto, pero esa imagen se está desdibujando después del 2 de julio.
Ese “político diferente” —dice Trejo— se pudo presentar como un hombre “más allá de los partidos… sin compromiso con un proyecto”. Como un caudillo populista.
Sus logros mediáticos —afirma el experto— se deben, entre otras cosas, a que durante un tiempo “gozó de una generosa impunidad de parte de los medios”, pero ahora se enfrenta a un periodismo —y a una sociedad— más críticos.
—Empecemos con una pregunta genérica. ¿Calificarías a Andrés Manuel López Obrador de un gran comunicador?
—Andrés Manuel López Obrador es un político importante. Pero para ser un gran comunicador, primero hay que tener algo que comunicar. No encuentro en él la densidad suficiente como para expresar y transmitir un proyecto. Por el arraigo que tiene, AMLO es un dirigente político muy importante, pero la comunicación como capacidad para formular y articular un proyecto no está entre sus virtudes.
—Sin embargo fue capaz, durante mucho tiempo, de fijar la agenda política.
—Yo diría más bien de desfigurar la agenda. Tuvo un gran acierto con las conferencias de prensa matutinas. Ahí fue eficaz, pero es un asunto casi de logística. No basta con madrugar para ofrecer temas. El suyo es un caso de cómo se puede alimentar la agenda con asuntos huecos. El resultado es una agenda mal nutrida, casi famélica.
—Pero logró vender varias ideas. La del complot, la de su defensa de los pobres.
—Las conferencias matutinas lo presentaron como un personaje con obsesiones fijas, algunas de las cuales le resultan útiles. Una es la idea de que defiende a los pobres, porque les ha dado dinero, que —no olvidemos— es dinero fiscal, de todos nosotros. La otra, el complot, le fue útil en su intento por presentarse como un político distinto a los demás.
Ahora, tras las elecciones del 2 de julio, se ha desdibujado ese perfil de político distinto, porque se ve que lo que busca a toda costa es llegar al poder. Pero sin duda, en su momento, usó frases y slogans que fueron eficaces. Déjame recalcar esas palabras: útiles, eficaces.
—¿Y su relación con los medios?
—Uno de los rasgos asombrosos de López Obrador es la condescendencia que pudo encontrar entre medios de comunicación y reporteros. Se burlaba de ellos, evadía las preguntas con el “dedito”, con el “batazo”, y la mayor parte de los medios se lo permitían. Jamás se lo hubieran permitido a otro político, ya sea de otro partido o del mismo PRD. López Obrador gozó de una generosa impunidad de parte de los medios, que se le está acabando.
—¿Qué magia le permitió hacer eso?
—Hay dos factores. Uno es que logró crear la figura de un político distinto, lo que implicaba olvidar su trayectoria, sus antecedentes, el contexto en el que se movía; olvidar que fuera tan parecido al PRI. El otro es que, desde distintos sectores sociales, pero sobre todo desde distintos sectores intelectuales se le identificó como político comprometido con el combate a la pobreza.
He leído con sorpresa, y también con tristeza, que varios analistas afirman que López Obrador puso los temas de la desigualdad y de la pobreza en la mesa de la discusión nacional, cuando fueron ellos, estos analistas e intelectuales, quienes los pusieron. Y son ellos mismos quienes transfieren a AMLO esta calidad.
—Se trataría de un proceso clásico de enajenación.
—Es una manera elegante, pero ruda de decirlo.
En ese sentido, la “magia” es, por un lado, la conjunción de los atributos que hay quienes se empeñan en reconocer en AMLO, pero en realidad se los atribuyen y, por el otro, la necesidad que tienen algunos de buscar un líder mesiánico, un adalid, un político que no robe, un político diferente. López Obrador pudo presentarse así, y se presentó como un político sin banderías.
—Sin banderías.
—Efectivamente. Sin un compromiso real con un partido político, con un proyecto. Es un hombre que se ha propuesto estar más allá de los partidos. En ese sentido encaja perfectamente en la definición de un caudillo populista.
—Ahora le reclama mucho más a los medios. Intenta fijarles línea.
—No se quejaba antes, cuando lo trataban con generosa condescendencia. Hay que recordar cómo personajes del mundo mediático —y también de las iglesias— acudían presurosos a sus inauguraciones. A la del distribuidor vial. A la de los segundos pisos. Y López Obrador, por su parte, no dijo una sola palabra sobre la Ley Televisa.
Lo que pasa ahora es que se terminó el compromiso legal de una cobertura aséptica, equitativa, y los medios tienen más flexibilidad y libertad para opinar. Además, esto coincide en el tiempo con una actitud más crítica de la sociedad ante AMLO, que los medios tienen que reflejar.
Esto no quiere decir que los medios dejen de reconocer la importancia de su movimiento, que ha sido cubierto de manera muy amplia de parte de todos ellos, sean impresos o electrónicos. No le hacen el vacío.
—Hay quienes opinan que López Obrador le ha dado nuevo significado a palabras viejas como “democracia”, “pueblo” o “justicia”.
—Yo diría más bien que ha insistido en los viejos significados de las palabras gastadas por la retórica. Agregaría una palabra más: “revolución”. Las palabras de AMLO son las de la vieja retórica del sistema político mexicano, palabras que estaban muy desgastadas y los políticos ya no pronunciaban. Lo que él hace es recuperar la vieja ideología de la Revolución Mexicana. No es un político moderno ni siquiera en su retórica. Por eso su popularidad encuentra su explicación, al menos en parte, en el enorme atraso nacional en materia de cultura política; en la extendida necesidad de personajes caudillistas, en la extendida falta de exigencia crítica hacia este tipo de políticos.
—¿Crees que la estrategia de comunicación de López Obrador ha llevado a la polarización social?
—El lenguaje de López Obrador es de un maniqueísmo notoriamente primitivo. De buenos contra malos. Pobres contra ricos. Desposeídos contra banqueros. Parece calcado de las caricaturas de Abel Quezada, sólo que aquellas eran caricaturas y se publicaban hace muchos años.
—O sea que consideras que no es una estrategia de comunicación.
—Él es así. Es un personaje limitado. Un personaje que no ha actualizado las pocas lecturas que hizo en la universidad, que no atiende los consejos de sus asesores. Los viajes no siempre ilustran, pero ayudan; y él no ha viajado. Ha preferido vivir en un mundo limitado y mantenerse dentro del corsé ideológico al que se ha ceñido. No es estrategia de comunicación. Andrés Manuel López Obrador es así.

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Un comentario en “El lenguaje de AMLO es de un maniqueísmo primitivo; de buenos contra malos, pobres contra ricos

  1. En lenguaje coloquial yo diría que el discurso de López O., enre otras cosas, es barato,violento, dirigido a sus huestes y con el único propósito que el tiempo nos ha comprobado: dividir y enconar a la sociedad sembrando odio y con ello dar paso al inestabilidad social y política.Eso es mezquino.
    Resulta curioso como periodistas que lo macnificaron antes y durante las campañas ahora escriben quejándose de los ataques del tabasqueño a raíz de sus fracasos, cuando fueron ellos mismos, los que en parte le dieron vida al demonio amarillo.
    Hay incluso uno que otro periodista por ahí que pareciera tener una relación simbiótica con el tabasqueño y aunque a la fecha ya aburre y parece ridículo toda nota referete al señor, proyectan una necesidad de hacerlo renacer en los medios.(Nótese que este comentario es a casi tres meses de la publicación de la nota en La Crónica)
    Muy buen artículo sr. Trejo, felicidades por su valentía y objetividad.

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