El reto de Calderón

Texto publicado en el suplemento de fin de año de Correo de Guanajuato, diciembre de 2006.

   El desafío de Felipe Calderón, valga la perogrullada, es gobernar. Pero los frentes de conflicto con los que se inicia el sexenio son tantos y los recursos del nuevo presidente y su equipo parecen tan insuficientes que la tarea de gobernar puede ser entorpecida por circunstancias múltiples. Mas aun cuando la principal fuerza de oposición está empeñada no en disputar el gobierno sino en hacerle imposible esa tarea al nuevo presidente.  

   Calderón tiene oficio, experiencia y, hasta donde se ha podido apreciar, ganas suficientes para gobernar a este país. En todo eso se distingue de Vicente Fox cuyos méritos nunca fueron bastantes y que se fatigó –hasta el hartazgo, según se manifestó en el último trecho de su desastrado mandato– de intentar cumplir con la tarea de gobernar. El nuevo presidente ha tenido que remontar primero la oposición dentro de su partido, luego la sustancial desventaja que todavía hace un año tenía respecto del candidato de la Coalición por el Bien de Todos y más tarde una espinosa fase postelectoral cuyas secuelas nos acompañarán por varios años.   

   Quizá todo ese camino, además de angustioso para el país, haya sido aleccionador para Felipe Calderón. No tardaremos en saberlo. Se ha manifestado conciliador, ha reiterado que tiene que gobernar para todos los mexicanos y no solamente para el tercio de los electores que votó por él, ha querido ser incluyente a pesar de la intolerancia o la ambición de sus interlocutores. Esa disposición es útil para gobernar en un país tan políticamente escindido y, sobre todo, con una sociedad tan  confundida. Pero como el oficio de gobernar no se resuelve solamente con buenas intenciones, para ejercer a plenitud sus responsabilidades Calderón tiene que contar con políticas, consenso y condiciones mínimas suficientes.  

   Las primeras, las ha manifestado en distintas ocasiones. El nuevo presidente necesita procurar reformas aunque sea modestas para fortalecer la economía. El fracaso del gobierno anterior –pero también de las fuerzas políticas todas– para alcanzar una reforma fiscal obliga a considerar otras opciones, especialmente el mejoramiento en la recaudación. Para ello tendrían que existir reglas y sobre todo procedimientos menos tortuosos para el pago de impuestos y, desde luego, la abolición del privilegio que tienen numerosos sectores de la sociedad que no contribuyen fiscalmente. La reforma energética quizá tenga que ser planteada de manera menos estridente y drástica y con una reorganización de Pemex y las empresas de electricidad en donde la apertura a la inversión privada sea resultado de proyectos específicos y no de una receta de aplicación general.   Calderón prometió más empleos. Si no cumple con rapidez ese compromiso lo perseguirá durante seis años tanto como a Fox aquella ilusoria meta del 7% de crecimiento.

   Al menos el nuevo presidente no ha dicho que resolverá nada en 15 minutos. Pero a diferencia de Fox, que comenzó su gobierno en un clima de relativa confianza por parte de la sociedad, el país que ahora gobierna Calderón no parece tener tanta paciencia. Más empleos, como es evidente, requiere de mayores pero sobre todo mejor distribuidos recursos. Y allí es en donde la economía y la política se imbrican para forjar uno de los grandes nudos que Calderón tiene que desatar y  reordenar si quiere que su gobierno resuelva y no solo contenga los grandes problemas del país. 

   En México la concentración de poder –financiero, político, gremial, cultural– es el dique más estorboso para cualquier reforma que pretenda atenuar de manera significativa cualquiera de las desigualdades que sofocan al país. La revista The Economist lo recordó hace varias semanas y desde tiempo atrás ese problema ha sido señalado desde distintos ángulos de la opinión crítica nacional: la concentración de privilegios excesivos se ha convertido no solo en fuente de adicionales desigualdades sino, además, en uno de los desafíos que enfrenta el Estado mexicano.   

   El poder acumulado por los grandes bancos, los caciques políticos y sindicales, las empresas de telecomunicaciones y los principales medios de comunicación resulta, además de ofensivo para la mayoría de los mexicanos, una creciente fuente de exacción para ellos. Las comisiones e intereses que cobran las instituciones financieras por cualquier servicio bancario resulta desmedido en cualquier comparación internacional además de que encarece el crédito y limita, así, el crecimiento económico de la sociedad. El tráfico que se mantiene en la representación de la mayoría de los trabajadores sindicalizados constituye una de las más flagrantes contradicciones con la democracia que hemos logrado en el terreno electoral. El costo del servicio telefónico y ahora de las conexiones a Internet es en México cuatro o seis veces más alto que en la mayoría del mundo desarrollado. La concentración de prácticamente todas las frecuencias comerciales en solamente dos empresas de televisión atenta contra la diversidad comunicacional a la que tienen derecho los mexicanos.   

   El poder de las corporaciones es el obstáculo más relevante que tiene Calderón para gobernar y antes de dilucidar si puede enfrentarlo, será preciso saber si quiere hacerlo. El poder de los cacicazgos políticos locales, entreverado con el caciquismo y sus pragmáticos equilibrios que se mantiene en el sindicato de los maestros, detonaron y alentaron el costoso conflicto en Oaxaca. El afán de los grupos de radiodifusión acaudillados por Televisa los condujo a presionar como nunca antes para que, en la primavera pasada, el Senado aprobara las reformas conocidas, precisamente, como “Ley Televisa”. La voracidad del Grupo Carso se ha impuesto para impedir que tengamos la competencia telefónica que implicaría una auténtica variedad de ofertas y tarifas en ese terreno. El poder de tales corporaciones querrá bloquear al gobierno de Calderón si trata de atenuar sus prerrogativas. Pero si no procura moderarlo, será una administración al servicio de esos intereses creados y no de la sociedad para la cual el nuevo presidente dice que quiere gobernar.  

   El oficio político hará falta no únicamente para negociar con los grupos partidarios más estridentes sino, también, para refrenar a los grupos de interés. La composición del Congreso federal obliga a un ejercicio político permanente sin el cual el nuevo gobierno será rehén de la tornadiza coyuntura nacional. Lo ideal sería que pudiera establecer acuerdos de mediano plazo con las fuerzas políticas más importantes pero ni el PRI ni el PRD parecen dispuestos a comportarse como partidos serios. El primero, mientras no resuelva sus problemas de liderazgo interno seguirá sin ser un interlocutor sólido. El PRD, al contrario, sigue sometido a un excedido caudillismo que a ratos parece caricatura de sí mismo pero que aún cuenta, por muy extraño que parezca, con la adhesión de un significativo segmento de ciudadanos.  

   Con esas fuerzas Calderón tiene que buscar entendimientos. Hacer política, mucha política como decía Reyes Heroles. Pero para que ese ejercicio sea eficaz tiene que emprenderlo sin olvidar que hoy en día el espacio para la política es sustancialmente distinto al del México en el viejo régimen. Hoy en día la política no se reduce a la ineludible transacción entre partidos; además se desenvuelve en y con una sociedad enmarañada y en alguna medida impaciente e incómoda. Para gobernar con ella y no solamente delante de esa sociedad el nuevo presidente tendría que contar con iniciativas capaces de involucrarla. La más importante podría ser el combate a la delincuencia que constituye el desafío más grave –aunque a veces se nos olvida a causa del rebumbio político– no solo para el gobierno sino para el país.  

   El Diccionario, pero también la realidad y las urgencias nacionales, indican que gobernar es “mandar con autoridad… dirigir a un país”. Para no solo administrar sino antes que nada ejercer el gobierno, el presidente Calderón tiene que hacer frente a sus principales retos. Para hacerlo con autoridad, tiene que apoyarse en la sociedad. Para ganarse la confianza de esa sociedad… tiene que gobernar. De Calderón, pero también de la enredada circunstancia en la que le toca ser parte de la historia de este país, depende que ese círculo sea vicioso o virtuoso.

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