Calderón: alianzas retorcidas

SOCIEDAD Y PODER

Raúl Trejo Delarbre

Publicado en La Crónica de Hoy el jueves 1 de marzo de 2007 

   La escena no podía ser más emblemática de los peliagudos cuan contradictorios tiempos actuales. Felipe Calderón, militante de toda la vida de una oposición que cuestionaba con invariable aspereza los vicios del viejo corporativismo sindical, ahora que es presidente acude nada menos que a la cueva de aquellos arcaicos líderes. Allí estaba el 24 de febrero, para conmemorar los 71 años de la CTM. Centenares de trabajadores lo vitorearon, no porque esa fuera su convicción sino porque así les exigían los animadores de aquella ceremonia, cuando después de su discurso recibió el saludo de Joaquín Gamboa Pascoe.   

   Se trata del líder que arribó a la dirigencia de la CTM hace 19 meses, a la muerte de Leonardo Rodríguez Alcaine. No tiene la picardía del atrabiliario dirigente electricista pero en alguna ocasión se permitió desplantes como cuando hacia 1988, siendo líder de los trabajadores del Distrito Federal, les replicó a varios reporteros que le preguntaron si no era inadecuado que él anduviera en automóviles ostentosos. “¡Qué les pasa! ¿Qué, porque los trabajadores están jodidos yo también debo estarlo?”.  

   Es el mismo Gamboa Pascoe que por aquellas fechas perdió ante Porfirio Muñoz Ledo la elección para senador en el DF. El mismo que fue señalado como beneficiario de la construcción de decenas de miles de casas con recursos del Infonavit. Distante de la austeridad que Fidel Velázquez procuraba exhibir Gamboa Pascoe, aficionado a los safaris en África, ha sido todo desplante, todo oropel, todo bluff  

   Ese es el dirigente a quien el presidente Calderón fue a saludar en  su mismísima guarida, hoy tan deteriorada que apenas si se sostiene gracias a la inexistencia de corrientes que pugnen por la democracia en los sindicatos y a la complacencia del gobierno que en este nuevo sexenio panista, a la usanza del convenenciero priismo, sigue alentando una relación de condescendencias y simulaciones respecto del viejo corporativismo sindical.  

   “Don Joaquín”, como le dijo el presidente, está llegando a los 80 años y fue beneficiario del nepotismo que coloca en posiciones de responsabilidad pública a los yernos de desprestigiados dirigentes sindicales. Su suegro era Jesús Yurén, uno de los “cinco lobitos” que tomaron el control de la CTM y le heredó la dirigencia de la Federación de Trabajadores del DF.   

   No dudamos que el presidente de la República haya tenido que hacer de tripas corazón para mostrarse tan complaciente con Gamboa Pascoe. Las responsabilidades del gobierno imponen esas y hasta peores amarguras. Calderón no puede rehusar apoyo alguno y aunque la CTM se encuentra tan alicaída que prácticamente nadie se acordaba de ella, quizá en el gobierno hay quienes creen –erróneamente– que todavía representa a núcleos importantes de trabajadores.   

   Aunque se trataba de una visita de cortesía y desde luego de avenencia política, al presidente no le hacía falta prodigarse en elogios tan desmedidos como cuando aseguró que la CTM “para el gobierno tiene un reconocimiento especial, porque se trata de una organización que demanda, pero también propone, que cuestiona, pero que sobre todo construye, que trabaja  y trabaja intensamente por el bienestar de sus agremiados y por el bien de México”.  

   Quizá el presidente Calderón se dejó llevar por el entusiasmo postizo que lo rodeaba. Pero se le pasó la mano. Esas frases, tan laudatorias como huecas, son idénticas a las que pronunciaban los presidentes del antiguo régimen pero ellos al menos eran del mismo partido que los líderes cetemistas. Y quizá ninguno de ellos, acaso porque conocían a ese podrido sindicalismo mucho mejor que Calderón, llegó a ensanchar de manera tan artificiosa la membresía de la CTM: “Sé que dirigirme a ustedes, señor secretario, señores dirigentes, señoras y señores, es dirigirme a millones y millones de trabajadores en todo México”.   

    Y eso no es cierto. Javier Aguilar García, que es el estudioso más serio y sistemático de la situación de la CTM, ha estimado que hace algunos años la afiliación de esa central se había reducido a menos de 900 mil trabajadores. E iba para abajo: posiblemente hoy los cetemistas son menos de 500 mil. Así que si al presidente Calderón le dijeron que hablaría ante los líderes de millones, simplemente lo engañaron.  

   Es natural, incluso deseable, que el gobierno tienda puentes con todas las fuerzas de la sociedad. Si ha de impulsar algunas de las muchas reformas que prometió –y respecto de las cuales tendrá que emprenderse un inicial corte de caja la próxima semana, cuando se cumplan los primeros 100 días de esta administración– Calderón requiere suficientes aliados. Pero con socios políticos como Gamboa Pascoe el presidente no llegará lejos.  

   En el terreno del sindicalismo la contracción política del sector encabezado por los telefonistas y la UNT, que no se reponen de la equivocada apuesta que hicieron por López Obrador, ha impedido que Calderón encuentre allí la interlocución que habían tenido otros gobiernos. E incluso la UNT, y sus dirigentes, se parecen cada vez más al sindicalismo estancado y a los líderes auto perpetuados en las secretarías generales a quienes tanto combatieron hace tres décadas.  

    Es comprensible que Calderón procure no desperdiciar cualquier ocasión para acercarse al llamado mundo del trabajo. Pero no necesita hacerlo de manera tan reverente.   

   Quizá sería mucho pedir que, desde su posición actual, el presidente recupere aquellos principios del PAN que con perspectivas conservadoras, pero de talante democrático, consideraban que el viejo sindicalismo aherrojaba la libertad y la dignidad de los trabajadores. Pero podría recordar los varios proyectos de reforma laboral que se encuentran estancados desde hace años y que, con matices distintos, coinciden en establecer normas para propiciar la participación de sus agremiados en la vida de los sindicatos.   

   El presidente podría reconocer, por lo menos, que al hablar frente a los anticuados dirigentes sindicales no necesariamente se dirige a los trabajadores de los sindicatos encabezados por esos líderes. Quizá entonces consiga conciliar, en esos difíciles trances, la ética con la estética. No vaya a ser que a fuerza de departir y convenir con ellos Calderón comience a parecerse a esos dirigentes espurios a los que tanto cuestionó en otros tiempos y con los que ahora, ni modo, tiene que alternar. 

Decíamos ayer  

   Estoy de vuelta en Crónica gracias a una muy amable invitación de su director general, Guillermo Ortega Ruiz. Fui colaborador del diario durante nueve años, hasta junio de 2005. Ahora que regreso no puedo ni querría dejar de reconocer la talentosa conducción que ejerció Pablo Hiriart en esta casa editorial, de la que es fundador y a quien se deben los méritos primordiales que ha tenido el periódico.   

   Como lector que antes que nada soy de Crónica, lamento el alejamiento reciente de varios de sus colaboradores más perspicaces y entiendo los diferentes motivos de su ausencia en estas páginas. Estoy convencido de que en la medida en que mantenga el respeto que ha tenido hacia la opinión crítica y profundice su compromiso con la diversidad y el profesionalismo editoriales, este diario conservará e intensificará la presencia pública que ha alcanzado.  –0–

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