Izquierdas: pantano y promesa

Publicado en La Crónica el jueves 22 de marzo de 2007 

 De la izquierda hay que hablar en plural. Con esa denominación se distinguen tantas prácticas, posturas y tradiciones que resultaría imposible encontrar un denominador común para todas las formaciones políticas y, más aún, para todos los individuos que se consideran de izquierda.

Si hubiéramos de ser rigurosos, habría que recordar que bajo tal nombre solían designarse las posiciones que luchaban por la justicia social, que anteponían los principios al pragmatismo, que hacían de la democracia un compromiso y no una coartada. Pero cuando desde las izquierdas, o con esa fachada, se perpetran abusos e incluso latrocinios, cuando no son la democracia y sus reglas sino los resultados que les convienen, aquellos que están dispuestos a aceptar grupos y personajes de izquierdas y cuando en nombre de ellas se mantienen prácticas clientelares, que trafican con el interés, la representación e incluso la dignidad de las personas, entonces pareciera claro que nos encontramos ante una crisis del concepto, pero sobre todo, de la política identificada con ese flanco de la vida pública.
Cuando hay quienes consideran que son de izquierda políticos tan distantes de los principios y tan distintos del respeto a la democracia como Bejarano, López Obrador, Leonel Cota, Rosario Robles o incluso ahora viejos y nuevos caciques del PRI, evidentemente hay una intensa confusión conceptual —o, en todo caso, un inescrupuloso tráfico de apariencias con la idea misma de la izquierda—. Qué lejanos quedaron, con todo y lo discutibles que en su momento pudieron haber sido, trayectorias y definiciones políticas como las de Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Heberto Castillo, Arnoldo Martínez Verdugo, Rafael Galván o Alejandro Gascón Mercado, entre tantos otros dirigentes de izquierda cuya sola enumeración confirma la amplitud pero también la coherencia en postulados sociales y democráticos que los singularizaba.
Lo que por lo general hoy se denomina como izquierda no es sino una colección —que sería patética si en medio de la confusión política de los años recientes no hubiese alcanzado tanta influencia social— de inescrupulosidades, desfachateces y convenencierismos.
De ese panorama y desde perspectivas muy variadas, desde el mes pasado el investigador Roger Bartra, con respaldo de la Fundación Friedrich Ebert, está animando una serie de discusiones sobre la izquierda, la democracia y la crisis política en México. Los lunes por la tarde han acudido, a sendas reuniones en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, dirigentes y analistas como Soledad Loaeza, José Woldenberg, Jesús Ortega, Juan Villoro, Christopher Domínguez y Juan Molinar. Para las reuniones próximas están anunciadas participaciones de Patricia Mercado, Víctor Manuel Durand, Jorge Alcocer, Pablo Gómez, Enrique Krauze y el propio Bartra, entre otros. La semana pasada en ese seminario, en una sesión que comenzó con una brillante y provocadora ponencia de Denise Dresser, dije entre otras cosas lo siguiente.
Cuando las actuales izquierdas mexicanas —o los grupos a los que se acostumbra adjudicar esa denominación— discuten algo, suele ser con la mira puesta en las circunstancias y dificultades más inmediatas. El debate de ideas, que en otros sitios es consustancial a las izquierdas, aquí sólo existe de manera accidental y ocasional.
No siempre fue así. El talante discutidor de las izquierdas mexicanas en otros tiempos se tradujo incluso en desencuentros y escisiones tan intensos como, con frecuencia, irreparables. No nos detendremos aquí en el recuento de las copiosas aunque a veces absortas polémicas que surcaron el panorama de las izquierdas en este país durante por lo menos medio siglo, hasta ya entrados los años 80 de la centuria pasada. Pero es imposible dejar de recordar la intensidad discursiva y con frecuencia la fundamentalista vehemencia con que se discutían asuntos como la caracterización del Estado mexicano, la condición de las vanguardias respecto del conjunto de la sociedad, las distinciones entre partidos de cuadros y partidos de masas, así como la necesidad o la inutilidad de las reformas al régimen político de este país. La índole marginal que durante gran parte de ese periodo tuvieron las izquierdas mexicanas propiciaba que aquellos diferendos se convirtieran, a menudo, en el centro de las inquietudes de sus militantes. Pero si la discusión o la especulación en exceso definían en parte a aquella izquierda ensimismada, muy pronto la impremeditación y el pragmatismo serían distintivos de las fuerzas y coaliciones políticas que la sucedieron.
El espacio de la izquierda mexicana, a diferencia de las izquierdas en otros países, había sido fundamentalmente ideológico. Aunque en la creación de los grandes sindicatos y centrales obreras la participación de militantes de ese signo e incluso las decisiones del Partido Comunista Mexicano resultaron significativas, muy pronto las corrientes de izquierda fueron desplazadas, a veces merced a la persecución y la represión, de las organizaciones gremiales más importantes. A diferencia de los grandes partidos de ese signo en países europeos y en América del Sur, la izquierda mexicana alcanzó una débil implantación en los sindicatos. Más tarde su presencia en los movimientos sociales fue desigual.
No obstante, la izquierda en México había tenido una imagen favorable tanto en la sociedad como, incluso, en áreas del mundo político que podrían haberse considerado antagónicas a ella. En 1932, Vicente Lombardo Toledano, creador del sindicalismo moderno en este país, estipulaba que “el camino está a la izquierda”. Tres décadas más tarde el entonces presidente de la República, Adolfo López Mateos, declaró que su gobierno era “de izquierda, dentro de la Constitución”. E incluso en el nada remoto 1995 el entonces secretario general del Partido Acción Nacional afirmó, a propósito de una encuesta acerca de la tendencia ideológica de los militantes panistas, que él se consideraba como de “centro izquierda” (Suplemento Enfoque, Reforma, 2 de abril de 1995. Ese dirigente del PAN, llamado Felipe Calderón, ahora es Presidente de la República.
En la década de los 90, por lo general las encuestas que indagaban acerca de la identificación ideológica de los ciudadanos encontraban que muy pocos se consideraban a sí mismos de derecha. Ocurría la misma reacción que el dirigente socialista Alfonso Guerra identificó en Europa: “Hay pocos que se autoproclaman de derecha, porque el término ha adquirido un tono cultural muy negativo. Todas las derechas se autodefinen ‘de centro’ en una operación de maquillaje ideológico” (Alfonso Guerra, Diccionario de la izquierda. Planeta, Barcelona, 1998).
En México la derecha, al menos en el terreno de las imágenes públicas, tenía escasa implantación social. En este país, más allá de inconsecuencias y enmascaramientos, pretenderse de izquierda era políticamente correcto —incluso antes de que la corrección política, ese inventario de fundamentalismos tan avasalladores como irreflexivos, se hubiera puesto de moda—. Sin embargo en los años más recientes las preferencias a favor de la derecha, como señal de identidad entre los ciudadanos, han venido incrementándose.
En octubre de 2005 la encuesta “Panel México 2006”, realizada por Grupo Reforma y el Instituto Tecnológico de Massachusetts, encontró que el 24% de los ciudadanos en este país se consideraba entre la centro-izquierda y “muy de izquierda”, en tanto que el 21% se identificaba en alguno de los rangos de la derecha (19% se colocaba al centro, 12% dijo que en ninguna de esas adscripciones y 25% no sabía o no contestó). Eso es algo de lo mucho que ha cambiado en el escenario político mexicano. A diferencia de épocas anteriores, ahora cada vez más mexicanos se consideran de derecha. Aun es preciso saber qué entienden por “derecha” e “izquierda”. En todo caso, por lo menos desde mediados de la primera década del nuevo siglo, la mayoría de los ciudadanos en México identifica al PAN con la derecha y al PRD con la izquierda. Una encuesta de Consulta Mitofsky levantada en agosto de 2005 encontró que para el 61% de los ciudadanos Acción Nacional era de derecha aunque el 21% consideró que es de izquierda. Al PRI, el 48% lo consideró de derecha y el 31% de izquierda. Y al PRD, el 36% lo calificó de izquierda en tanto que para el 35% de los ciudadanos ese partido era de derecha. Quizá no están equivocados.

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