Lección francesa

Publicado en La Crónica, jueves 3 de mayo de 2007  

 Ayer estaban por cumplirse dos horas del debate entre los candidatos a la presidencia de Francia cuando Ségolene Royal se indignó: “estamos llegando al colmo de la inmoralidad política”, le dijo a Nicolas Sarkozy que había dicho que defiende el derecho de los niños discapacitados para encontrar sitio en las escuelas públicas de Francia. La candidata socialista recordó que eso era precisamente lo que ella había exigido durante años, ante la negativa del gobierno del cual ha formado parte el hoy candidato conservador.     

   Centelleantes sus intensos ojos verdes, enrojecido el rostro y levantando la voz hasta un tono que rompía con el diálogo casi en todo momento terso que habían sostenido, Madame Royal manifestó en ese momento una capacidad de indignación que podría ser la clave del triunfo o la derrota en las elecciones del domingo próximo. Aunque en el debate que ayer miércoles por la noche difundieron todas las televisoras en Francia, se contrastaron dos visiones diferentes para el futuro de ese país. Seguramente muchos de los electores, particularmente la ancha franja que todavía al comienzo de este semana estaban indecisos, habrán tomado nota de esa diferencia entre los candidatos.     Sarkozy, que es tan brillante como perverso, entendió de inmediato la peculiaridad de aquella situación. Su rival lo había llamado mentiroso e inmoral. Y frente a la tranquilidad casi flemática –algunos querrán decir cínica– que estaba manifestando, la candidata del Partido Socialista desplegaba una emotividad que no necesariamente se contradecía con la inteligencia que hace falta para llegar al Palacio de Elíseo. Entonces reviró:    

-Señora Royal, para ser presidente hay que mantener la calma y usted no logra hacerlo.  

-No cuando se cometen injusticias.  

 -La señora Royal ha perdido la serenidad   

-Estoy enojada, sí. Me enojo ante las injusticias y las mentiras. La cólera a veces resulta saludable.  

-Me está usted atacando. No le permito que me hable así.  

 -Estoy diciendo que no dice la verdad. Y yo no miento.  

-Se enfada usted con mucha facilidad. Un presidente de la República tiene que guardar la serenidad porque enfrenta responsabilidades muy fuertes. 

-La diferencia entre nosotros es que tenemos distintas concepciones morales de la política. 

   Hasta entonces, en un debate que se extendió durante dos horas y 40 minutos, los dos candidatos habían enfatizado en las diferencias que representan uno respecto del otro en asuntos fundamentalmente económicos. A pesar de que bajo el mando de cualquiera de ellos el gobierno de Francia estaría ceñido por las mismas circunstancias, en el transcurso del encuentro se fueron definiendo las coordenadas de izquierda y derecha que reivindican Royal y Sarkozy.    La candidata socialista propone mayores atribuciones al Estado para respaldar especialmente a las empresas medianas y pequeñas, regulación del trabajo para distribuir entre más personas y sin detrimento en la remuneración las horas laborales actualmente disponibles, fortalecer los fondos de pensiones con los ingresos que resultarían de gravar las ganancias bursátiles, viviendas de interés social y nuevos empleos especialmente para los jóvenes que recién egresan de las universidades.     Sarkozy, que encabeza a la Unión por un Movimiento Popular, propone que el Estado tenga menos empleados, reducir los impuestos, promover la competencia económica y el ahorro, mantener la semana laboral de 35 horas, ceñirse al actual sistema de pensiones y hacer de Francia “un país de propietarios”.    En varias ocasiones el hasta hace dos meses ministro del Interior, que ha sido cuestionado por la represión policiaca contra los jóvenes que hace año y medio protagonizaron algaradas en varios barrios periféricos de París, tropezó ante precisiones de la candidata socialista. Royal le reclamó el escaso respaldo que el gobierno central otorga a las regiones de Francia, de las que se manifestó más conocedora que su rival. Cuando ella se refirió a la propuesta socialista para invertir en el desarrollo de una economía del conocimiento, Sarkozy eludió el tema diciendo “tengo libertad de palabra, no voy a seguir su método”. Al discutirse las opciones para generación de energía Royal, que propone disminuir el uso de plantas nucleares, le preguntó a su oponente qué porcentaje de la energía que se consume en Francia es de ese origen. “Más o menos la mitad” dijo el ex ministro. “Se equivoca, es apenas el 17%” replicó Royal ante un confundido Sarkozy. 

   El de la candidata socialista fue un discurso que buscaba interlocutores específicos: obreros desempleados, gente sin vivienda, padres de familia que no encuentran escuela para sus hijos, viudas que reciben pensiones exiguas, empresarios de negocios pequeños que no tienen respaldos fiscales para desarrollarse y, muy especialmente, jóvenes a quienes ofreció medio millón de nuevos puestos de trabajo y fianzas estatales para que puedan conseguir vivienda. Podría decirse que para Royal, el ejercicio de gobernar pasa por la capacidad para involucrar a la sociedad.    El de Sarkozy fue, en cambio, un discurso centrado en la autoridad del gobierno: mano fuerte contra los delincuentes, discrecionalidad en los apoyos lo mismo a empresas que a grupos sociales, rechazo a una amnistía a los migrantes ilegales. Esas diferencias fueron transparentes cuando se refirieron a la educación. Para el candidato de derecha en la escuela debe haber “respeto a la autoridad, exigencia, enseñanza de una moralidad compartida” y clases por las tardes. Para Royal, lo importante es garantizar la igualdad de los alumnos, revalorizar el trabajo de los profesores, enfrentar la violencia en los planteles y otorgar apoyo individualizado a los alumnos con problemas para estudiar: “no quiero que a algunos niños se les programe para fracasar y a otros para tener éxito”.    Fue un intenso e inteligente e, incluso, ejemplar debate de ideas. Sarkozy y Royal, que no eluden reconocerse como de derecha e izquierda en una sociedad en donde ambos flancos de la política están claramente perfilados, discutieron y rebatieron con argumentos.     La forma estaba habilitada para propiciar un fondo de esa índole. A diferencia de la mayor parte de los debates políticos que hemos tenido en México en los años recientes y que son extralógica imitación de los debates en Estados Unidos, el que se realizó ayer en Francia fue en torno a una mesa que permitía que los candidatos estuvieran, sentados, frente a frente. Dos moderadores otorgaban la palabra pero sin ceñirse a un rígido esquema previo. Un par de enormes relojes indicaban el tiempo que había ocupado cada candidato, de tal manera que los moderadores podían propiciar espacios similares para ambos.  

   Royal y Sarkozy se miraron mutuamente todo el tiempo, como en cualquier discusión seria. No hablaron para las cámaras. Debatieron uno con el otro. No iban ataviados para cumplir con algún canon mercadotécnico sino para mostrarse ellos mismos. Las mancuernillas del candidato conservador llamaban más la atención que el casi imperceptible, collarcillo que tenía Royal. Ligera de maquillaje, con el cabello suelto, la candidata enfrentaba las ventajas y los inconvenientes de ser mujer y fue capaz de hacer señalamientos durísimos sin perder la sonrisa. Solo en el momento que hemos señalado, ella reaccionó furiosa ante la mentira de su oponente que se erigía en defensor de la escuela para niños discapacitados cuando según Royal ha sido lo contrario, Sarkozy pareció controlar la situación. Pero había sido a costa de que le dijeran mentiroso e inmoral. Y eso en una cultura política tan madura que propicia un debate de ideas y no de imprecaciones como el de ayer, puede significar el éxito o el fracaso en la elección presidencial.    Antes del debate las encuestas indicaban que Sarkozy recibiría alrededor del 52% de los votos, en tanto que para Royal la expectativa era de 48%. Así de cerrada, en esa diferencia sin duda influirá el debate de anoche.    El domingo son las elecciones en Francia, después de una primera vuelta en donde participó el 85% de los ciudadanos. Junto con el resultado, habrá sido relevante la discusión sin desgarramientos pero también sin falsas cortesías, la confrontación de ideas en un contexto de civilidad, la posibilidad de debatir sin subterfugios, el cotejo de dos proyectos distintos sin que esas discrepancias propicien que uno excluya fatalmente al otro.     Fuera de artificios retóricos como los que hemos mencionado y en los que se expresaron las personalidades de ambos contendientes, en el debate de anoche no había espacio para las acusaciones ni las descalificaciones personales. Ninguno de los candidatos llevaba documentos incriminatorios ni tenía sorpresa alguna preparada para desacreditar al contrincante. Juego limpio, en el fondo y la forma. Las enseñanzas que la política francesa ofrece para nuestro desastrado escenario público son numerosas y envidiables.    

   ALACENA: El violín

    La película de Francisco Vargas Quevedo es como un mazazo en la conciencia y las emociones. Con una sencillez narrativa que solamente tienen las grandes obras, una fotografía directa y rigurosa cuyo blanco y negro acentúa las situaciones límite que allí se plantean y con actuaciones cristalinas como la que en primer lugar desempeña el músico guerrerense don Ángel Tavira, El violín es una cinta de excepción. La guerrilla que allí aparece podría haber surgido en casi cualquier país latinoamericano pero está maliciosamente emparentada con el paisaje mexicano. La violencia representada con una crudeza a ratos indignante nos resulta demasiado cercana para suponer que no pudo haber ocurrido por estos rumbos. La conmovedora historia del violinista y su familia contrastados con la ferocidad militar –con soldados verosímiles porque entre ellos hay además emoción y compasión– deja lecciones de cólera y tristeza. Demoledora e impactante, El violín es una metáfora de sí misma: así como el músico campesino contrapone sus interpretaciones a la brutalidad también la película enfrenta, retratándolos, aspectos de una realidad que quisiéramos abominar.

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