Los líderes, la oruga, el fugitivo

La Crónica de Hoy, jueves 27 de septiembre de 2007

   El manotazo que el presidente Calderón dio el viernes sobre la mesa del escenario público mexicano tendría que suscitar más inquietudes y, sobre todo, decisiones más claras por parte del poder político. Ante un heterogéneo elenco integrado por mujeres y hombres a quienes una revista presuntamente especializada en ese tema ha calificado como líderes mexicanos, el presidente de la República enderezó una vehemente serie de reproches que dejaron aturdida a su audiencia y confundidos a la mayor parte de los medios de comunicación.

   Evidentemente el presidente Felipe Calderón estaba molesto. Quizá lo estaba con la ceremonia misma, en donde le ratificaban el reconocimiento como líder nacional frente a 300 personas catalogadas con la misma distinción. Posiblemente no se consideró idéntico a todas ellas, lo cual es comprensible si se advierte que en ese grupo había empresarios, comunicadores, políticos, deportistas y artistas, entre otros, de muy variadas aptitudes pero sobre todo de diversas y hasta contradictorias condiciones y famas públicas.

   También es probable que el presidente de la República haya desahogado en aquel encuentro la irritación acumulada por simulaciones y excesos de no pocos miembros de las elites económicas y políticas que suelen acudir a los gobernantes en busca de mayores privilegios. La recriminación a quienes se enriquecen a costa del esfuerzo de otros fue insoslayable: “Cuántas veces en nuestro México se ha roto nuestro tiempo, cuántas veces hemos perdido, cuántas crisis económicas en nuestro México reciente han mandado a más de la mitad de los mexicanos a la miseria otra vez. Cuántas fortunas se han construido sobre la sangre y sobre el dolor de esa mitad de mexicanos”.

   No sabemos cuántas, aunque no es difícil identificar a varios de los beneficiarios de tales fortunas. Con esa admonición el presidente convirtió a una ceremonia rutinaria en lo que posiblemente será uno de los momentos de inflexión más importantes en el transcurso de su gobierno.

   El presidente habló de congruencia. Jorge Ferráez, uno de los editores de la revista Líderes mexicanos, había dicho que los entrevistados en esa publicación suelen tener un sueño. Pero, dijo Calderón, “creer en algo implica también tener la fuerza para sostenerlo, no sólo la fuerza, sino la congruencia vital, escasa en nuestro tiempo, de ser coherente entre lo que se piensa y lo que se dice y todavía más escasa y quizá especie en extinción, la congruencia entre lo que se piensa y lo que se hace”.

   Más tarde, aunque en una alusión un tanto oscura (aparentemente se refería al poeta T.S. Eliot) recalcó: “cuando el que es congruente es capaz de sacrificar y de mover, y cuando el que piensa, cree y hace lo que es congruente, es capaz de escapar a lo que los demás dicen, es capaz de ser, como dice Eliot, el fugitivo”.

   Así que si es consecuente con ese elogio de la congruencia, los hechos próximos del presidente Calderón tendrían que ser resultado de los dichos que con tanta elocuencia expresó. Decir que tenemos una sociedad profundamente desigual se ha convertido en lugar común. Pero que el presidente de la República cuestione las fortunas amasadas a costa del sacrificio de los mexicanos no es poca cosa.

   La consecuencia de ese diagnóstico, para que hubiera congruencia, necesitaría traducirse en una política económica capaz de redistribuir aunque sea parte de las fortunas que tienen unos cuantos en beneficio de los muchos que tienen casi nada. Y en una sociedad moderna y a la vez democrática únicamente hay un camino para emprender una operación redistributiva de esa índole: que el Estado tenga más recursos de origen fiscal.

   Quizá la exasperación del presidente Calderón esté relacionada con las egoístas reticencias de los dueños y beneficiarios del dinero para admitir del todo la tímida reforma fiscal que el gobierno propuso hace algunos meses. Las decisiones que, en ese terreno, tomó hace dos semanas el Congreso, significan un paliativo importante pero sobre todo insuficiente para que el Estado cumpla con sus obligaciones en materia de política social.

   El pequeño aumento que se dispuso al precio de la gasolina –y que ayer el presidente anunció que sería efectivo hasta el año próximo– fue una medida obligada por los tijeretazos que los grupos parlamentarios le impusieron a la propuesta inicial del Poder Ejecutivo. Todos los partidos son exigentes cuando señalan rezagos en las políticas públicas pero, en México, ninguno de ellos se arriesga con aumentos de impuestos como los que resultarían necesarios para proporcionarle al Estado una auténtica plataforma que le permitiera atender a la sociedad. La falta de compromiso con la cuestión fiscal es uno de los comportamientos que impiden considerar al PRD como auténtico partido de izquierda. Y en la reserva del PAN y el PRI para entrar a una verdadera reforma fiscal suelen influir los intereses de grupos empresariales.

   No sería inverosímil que esas circunstancias hayan estado presentes en el ánimo del presidente Calderón cuando expuso su concepción sobre el liderazgo que requiere el país. Los líderes que estaban presentes en aquella reunión y los que han sido catalogados como tales por la mencionada revista tuvieron, dijo, “más posibilidades que una niña que ni siquiera llegó a los dos años de edad en la montaña de Guerrero”. Todos ellos, disfrutaron de “más oportunidades que una joven en las orillas de Chimalhuacán que ha sido prostituida a sus 13 años en La Merced en la ciudad de México”.

   El país, de acuerdo con el razonamiento social del presidente, tiene más exigencias hacia ellos que para mexicanos como esas niñas. De allí que “esta minoría selecta, esta élite, tiene una responsabilidad enorme con su generación y con nuestro tiempo; pienso que esta minoría selecta que a final de cuentas marca cadencias en una generación, tiene mucho más que hacer que los demás”.

   A esas alturas de su discurso, que fue improvisado según las escasas crónicas periodísticas sobre ese acto, Calderón estaba claramente disgustado. No por la riqueza y las virtudes desarrolladas por tan variados dirigentes nacionales sino por la ausencia, o la insuficiencia, de su compromiso social. Entonces acudió a José Ortega y Gasset para hablar de las generaciones que se abandonan a un destino arrellanado y transcurren sin dejar huella en la historia: “se pierden, se hunden, se callan, se opacan en la mediocridad, se opacan en el miedo, en el temor, en la desesperanza, en la inercia”, dijo.

   No hay duda de que la que hemos tenido hasta ahora en la conducción de los asuntos nacionales –y no nos referimos únicamente al gobierno sino también a los negocios, los gremios e incluso el pensamiento crítico, entre otras áreas– ha sido una generación de miras estrechas en comparación con los desafíos del país. Cuando Ortega y Gasset se refería a ese asunto (especialmente en El tema de nuestro tiempo, publicado en 1923) era para explicar que una generación son las masas y los sujetos destacados que las componen. Aunque esa distinción entre “los individuos superiores y la muchedumbre vulgar” es bastante chocante, precisamente porque no reconoce la disparidad de oportunidades que hay en toda sociedad desigual, a Ortega le sirve para no incurrir en una interpretación colectivista ni individualista de la historia.

   A Calderón lo que le interesaba subrayar en su alocución del viernes 21 de septiembre era el exiguo compromiso de los líderes y su reticencia para coincidir en una idea común acerca del país que pretenden. A veces, recordó, “ese pequeño grupo de periodistas y de deportistas y de artistas y de políticos y de servidores públicos y de trabajadores, hace a un lado la gran tentación humana de quedarse sentado a la orilla del camino”. Entonces es “cuando esas minorías selectas y sus muchedumbres que la siguen transforman la historia”.

   La preeminencia de intereses particulares por encima de lo que a falta de mejor definición podríamos denominar como el interés nacional así como la profusión de rencillas, confusiones e incluso simplezas y torpezas que dominan el escenario público, son para inquietar a cualquiera que intente pensar en el futuro del país más allá de la agobiada coyuntura de todos los días. No sólo carecemos de liderazgos dignos de ese nombre. Tampoco tenemos un proyecto de país en torno al cual podamos articular decisiones y compromisos de los sectores fundamentales.

   Apenas unos días antes de su severo discurso, el presidente Calderón conoció las presiones de los dueños de las empresas mediáticas más importantes que han intentado frenar el proceso de reformas constitucionales en materia de comunicación y política. Por esas mismas fechas las fotografías del rancho de Vicente Fox ya eran escándalo mediático y político. El discurso del presidente, en cambio, pasó desapercibido en muchos noticieros y periódicos.

   Quién sabe en qué medida la codicia de los barones mediáticos y la impudicia de Fox y su esposa influyeron en el ánimo presidencial. Pero sin duda a unos y otros les quedaba como mandada a hacer la descripción que Calderón hizo, aparentemente recordando a Gandhi, de las faltas en las que pueden incurrir quienes tienen a su cargo decisiones importantes: “pecados nuestros verdaderamente son: uno, hacer política sin principios; hacer comercio sin moral, hacer oración sin sacrificio”.

   No conocemos a ciencia cierta a qué personas o instituciones se refería. Pero podríamos pensar en algunos comunicadores destacados cuando Calderón ambiciona “un México distinto al de la oruga docta que pontifica y se sube allá a su torre de marfil y que tarde o temprano queda convertida en pedestal de imbéciles”.

   Son palabras durísimas. No tardaremos en saber si obedecieron a convicciones ya decantadas o simplemente a un arrebato momentáneo. Cuando vienen del poder político, no es difícil advertir la distancia de los dichos a los hechos. Al presidente Calderón, que por lo visto es aficionado a ese pensador español, quizá no le resulte ajena esta frase de Ortega y Gasset cuando decía que, en su país: “A la república solo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño y proyectar hacia lo porvenir”. Si el presidente se resolviera, está a tiempo de emprender o al menos de intentar con seriedad un cambio de esa índole. Claro, si realmente eso es lo que quiere.


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