UNAM: calidad y capacidad

Publicado en La Crónica de Hoy, jueves 1 de noviembre de 2007

¿Qué Universidad Nacional necesita el país? ¿Cuál es el Rector idóneo para consolidar a esa Universidad? Tales son las preguntas pertinentes ahora que se discute la designación del próximo Rector de la UNAM. Más allá de adhesiones y compromisos, las grandes cuestiones en este proceso giran alrededor de la calidad en las tareas universitarias y en la capacidad para conducir a esa institución.
La UNAM que quisiéramos los mexicanos, y estoy seguro de que la primera persona del plural en este caso no es abusiva, debería ser una institución cuyos egresados fueran suficientemente aptos para contribuir, ahora y en el futuro, al desarrollo del país. Los profesionistas universitarios tendrían que estar capacitados para aprender constantemente, de acuerdo con las exigencias de un mundo en donde el conocimiento se reelabora de manera incesante. Las viejas carreras, que dotaban al estudiante de un repertorio fijo de habilidades, ya no bastan. Los profesionistas de este siglo tienen que saber ilustrarse, compartir y competir en diversos campos. Su formación ha de ser interdisciplinaria y versátil.
La preparación que hoy les ofrece la Universidad Nacional a sus estudiantes no siempre cumple con tales requerimientos. Solamente el 48.5% de los recién egresados de esta institución contaba con empleo permanente, de acuerdo con una indagación de la Dirección General de Planeación de la UNAM realizada entre 2004 y 2005. El 21% estaba dedicado a preparar su tesis o a seguir otros estudios pero más del 22% únicamente contaba con empleo temporal, laboraba con su familia o no hallaba trabajo.
De los que sí tenían empleo, el 59% de los egresados de la UNAM ganaba menos de 4 salarios mínimos al mes. De esos egresados con ocupación remunerada, el 36% había conseguido empleo en actividades insuficientemente o nada relacionadas con los estudios de licenciatura que habían cursado.
Ser egresado de la UNAM es fuente de orgullo por muchos motivos. El prestigio social de esa institución, reanimado durante la gestión que está concluyendo, indudablemente pesa en la satisfacción de quienes pasan por sus aulas. Pero ese gusto no resuelve todas las exigencias al momento de disputar un puesto de trabajo en el mercado laboral. Por ello, y para cumplir a plenitud la responsabilidad que el país le asigna en la formación de sus profesionistas, la UNAM tiene que renovarse.
Me he detenido en las dificultades laborales que enfrentan los egresados porque allí se encuentra una de las debilidades de esta Universidad. La UNAM que México requiere necesitaría potenciar lo mejor de sí misma en beneficio de la formación de sus estudiantes y en el desarrollo de una investigación del más alto nivel académico. Para cumplir con esas tareas hace falta romper inercias y suscitar nuevas interacciones dentro de dicha institución. La UNAM padece un esclerotizado aparato administrativo que es imperioso renovar y flexibilizar. Todo ello precisa de una conducción con proyecto, experiencia y liderazgo.
Entre los profesores que aspiran a ser considerados por la Junta de Gobierno para la designación de Rector hay quienes tienen conocimiento de las encrucijadas administrativas de la Universidad; otros cuentan con destreza y relaciones políticas; algunos más se distinguen por haber labrado meritorias carreras académicas. El doctor  José Antonio de la Peña posee una comprobada pericia en la gestión universitaria, la deliberación y la negociación para resolver asuntos institucionales no le son ajenas y es uno de los investigadores más prestigiados con los que cuenta la Universidad.
De la Peña hizo el bachillerato en la Preparatoria 6 de la UNAM. Cursó licenciatura, maestría y doctorado en Matemáticas en la Facultad de Ciencias de la misma Universidad. Luego realizó una estancia postdoctoral en Zurich. Sus prendas más notorias, pero no las únicas, se encuentran en el campo de la investigación porque es allí donde ha obtenido reconocimientos muy destacados. Es investigador titular en el Instituto de Matemáticas, autor de más de un centenar de artículos académicos, ha dictado un número similar de conferencias en una veintena de países y es el matemático mexicano cuyos trabajos han recibido más citas en publicaciones internacionales. Especialista en álgebra, en 1994 recibió el Premio en Ciencias Exactas de la Academia Mexicana de Ciencias y en 2005 el Premio Nacional de Ciencias en el área de Ciencias Exactas y Naturales.
De la Peña es profesor, desde 1981, en la Facultad de Ciencias. Sin embargo sus contribuciones en el campo de la docencia han llegado a otros niveles educativos. Es autor de cuatro libros de texto para secundaria. Uno de ellos, Geometría y el mundo, fue seleccionado para las Bibliotecas de Aula en las secundarias públicas y tuvo un envidiable tiraje de 100 mil ejemplares. Ha coordinado proyectos de enseñanza de las matemáticas como el que se encuentra en http://www.interactiva.mate.unam.mx y ha ofrecido cursos a profesores de esa asignatura. Su inquietud por la divulgación de dicha disciplina lo llevó a ser corresponsable en el diseño de la Sala de Matemáticas del Museo Universum en Ciudad Universitaria.
De la Peña fue durante dos periodos, hasta 2006, director del Instituto de Matemáticas de la Universidad Nacional. Su aptitud para la gestión académica y en la interlocución con los poderes públicos se manifestó cuando, entre 2002 y 2004, fue presidente de la Academia Mexicana de Ciencias y, en esos mismos años, Coordinador del Foro Consultivo Científico y Tecnológico. En 2007 ocupó, durante varios meses, la dirección adjunta de Desarrollo Científico y Académico del CONACYT.
Esa experiencia podría permitirle a De la Peña mantener o tender los puentes necesarios para que la UNAM profundice una interacción creativa con el resto de la sociedad y, desde luego, con las instituciones del Estado mexicano. De la Peña es un académico muy destacado. Pero la promoción de proyectos, la construcción de interlocuciones, la negociación –la política, en fin, a la cual no hay que confundir con la politiquería– son tareas que sabe desempeñar con inteligencia y eficiencia.
Junto a esos atributos, De la Peña cuenta con un proyecto de reivindicación académica, sustentado en propuestas realistas, para que toda la Universidad se beneficie de lo mejor que hay en esa institución y enmendar deficiencias en donde existan. Dice que la vida universitaria no debiera concluir cuando el alumno deja las aulas y que, para sus egresados, la UNAM tendría que ser una referencia permanente en donde sigan actualizando sus conocimientos. Al bachillerato hay que entenderlo como una oportunidad y no como un lastre para la Universidad. Los planes y la estructura de la licenciatura es preciso revisarlos a partir de los cambios que han experimentado el país y el mundo. Las dependencias de la UNAM (facultades, institutos, planteles del bachillerato, etcétera) podrían tener distintas formas de interrelación para comenzar a dejar de ser las islas, distanciadas unas de otras, que constituyen hoy en día. En la planta académica es de extrema urgencia incorporar a jóvenes y, a los profesores de edad avanzada, ofrecerles opciones dignas cuando quieran retirarse. El liderazgo científico de la Universidad tiene que procurar el desarrollo sustentable del país, con un nuevo impulso a la creación de tecnología. La extensión cultural debiera mirar más hacia los estudiantes de todos los niveles de la Universidad. En la formación escolar, desde el bachillerato, hay que promover cursos propedéuticos de comprensión de lectura, matemáticas elementales y apreciación de la cultura. Para la evaluación del trabajo académico es pertinente justipreciar el trabajo de calidad de acuerdo con la especificidad de las tareas docentes o de investigación. Al entramado administrativo de la Universidad se requiere descargarlo de fardos innecesarios. La UNAM debiera utilizar su presencia nacional para estimular la calidad académica en otras instituciones públicas de educación superior en el país y a fin de que todas ellas tengan presupuestos estables. A través de sus posgrados, la Universidad Nacional tendría que ser un nuevo polo de influencia cultural y académica en América Latina.
Esas son unas cuantas de las propuestas que José Antonio de la Peña tiene para la UNAM. Las anoté a vuelapluma el viernes pasado cuando, igual que el resto de los aspirantes a Rector, acudió a conversar con los investigadores del Instituto de Investigaciones Sociales. En exposiciones como esa, quienes no lo habían escuchado han quedado positivamente sorprendidos por el diagnóstico sin complacencias, pero sin estridencias y articulado con propuestas en cada tema, que De la Peña hace de la situación de la Universidad y por la comprensión que tiene de los asuntos de la institución. Es un académico honesto, trabajador y joven –recién cumplió 49 años–. Estoy persuadido de que sería buen Rector en mi Universidad.
Sin embargo no todas son virtudes en el perfil de ese aspirante a la Rectoría. A contracorriente de la extendida y juiciosa adhesión que suscitan los pumas, De la Peña es partidario de las chivas del Guadalajara. Él se justifica diciendo que se aficionó al futbol desde niño, antes de conocer a la Universidad. En fin, nadie es perfecto.

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