Resignación en la Catedral

La Crónica de Hoy, 22 de noviembre de 2007

   Los mitoteros que irrumpieron en Catedral no tienen disculpa: violentaron el derecho de los fieles que había en ese recinto a celebrar sin sobresaltos una ceremonia religiosa y, con amenazas e improperios, manifestaron una lamentable cuan significativa intolerancia.

   Tampoco tienen disculpa los dirigentes eclesiásticos que han querido aprovechar ese incidente para decirse perseguidos e intimidados. Ninguna autoridad puede, sensatamente, garantizar que no se repita un episodio como ese. La única manera de impedir una nueva agresión radica en desarrollar una auténtica cultura de la tolerancia. Pero la jerarquía de la iglesia católica está muy lejos de la civilidad y el respeto a las posiciones de otros que se requiere para contribuir a esa distensión.

   El PRD quedó colocado contra la pared de exaltaciones y autoritarismos que ese partido, y especialmente el presidente legítimo, han cultivado particularmente desde el año pasado. El mesianismo de Andrés Manuel López Obrador se encuentra tan debilitado como las audiencias que reúne en el Zócalo, pero dejó sembrado un rencor colmado de agresividad que será parte de la sociedad mexicana durante mucho tiempo. Reacio a las soluciones políticas el discurso de un fraude que jamás fue comprobado, pero que en algunos sectores ha tenido el efecto de la mentira repetida un millar de veces, no deja más salida que la confrontación.

   El cacique perredista, cuya hegemonía se mantiene gracias a la condescendencia de todas las corrientes dentro de ese partido, se confronta en el terreno de la retórica y los gestos simbólicos. Pero algunos de sus seguidores más primitivos son capaces de exhibir una intolerancia como la que mostraron cuando entraron en Catedral. Si el PRD fuera una organización seria, el suceso del domingo estaría siendo leído por sus dirigentes como advertencia de un desbordamiento que, aunque protagonizado por grupos minoritarios, podría maltratar muy seriamente la capacidad política de ese partido. Como no lo es, sus líderes consideran que basta con las disculpas a cargo nada menos que de Gerardo Fernández Noroña –profesional de la provocación– y con el sometimiento del secretario general de ese partido a las exigencias de los obispos.

   La Arquidiócesis se ha empeñado en exprimirle todo el jugo político que sea posible a esa inexcusable torpeza de algunos seguidores del PRD. Por primera vez en mucho tiempo la iglesia se puede decir acosada, aunque sea solo por un incidente tan circunstancial como el que suspendió durante 10 minutos la misa del domingo.

   Si la rabia ante las insistentes campanadas que incomodaban a los asistentes del mitin en el Zócalo fue espontánea, confirma el espíritu soliviantado que se mantiene en algunos segmentos de los militantes de ese partido y que se nutre en panfletos como el que ahora lleva a la cinematografía el otrora respetado director Luis Mandoki. La (in) cultura del fundamentalismo político se reproduce, con ánimo autocomplaciente, dentro del PRD y en las periferias de ese partido.

   Y si, como sugieren algunos comentaristas, el piquete de enardecidos aguardaba a las puertas de Catedral esperando la señal para entrar con gritería prefabricada, se habría tratado de una triple torpeza de ese partido. El episodio dominical lesiona la de por sí mala fama del PRD. Además desplazó de la información periodística el mitin y el discurso de López Obrador. Y en tercer lugar le regaló a la jerarquía eclesiástica un pretexto casi inmejorable para fortalecer su presencia pública.

   La cúpula de la iglesia católica y los líderes del PRD, especialmente el ahora ex candidato presidencial, no han tenido malas relaciones. Cuando gobernó la ciudad de México, López Obrador invitaba con frecuencia al cardenal Norberto Rivera y otros clérigos a inauguraciones y convivios significativos para su precampaña política. En reconocimiento al trato deferente que le dispensaban, el entonces jefe de Gobierno les regaló cinco predios en los que se había proyectado la Plaza Mariana, ampliación de la Basílica de Guadalupe, y que tenían un valor de 156 millones de pesos (como informó con todo detalle La Crónica de Hoy el 20 de febrero de 2004). La construcción de ese proyecto quedó congelada y actualmente el destino de esas 3 hectáreas es incierto.

   Mantener esa relación le interesa más al PRD que a la Iglesia Católica. Por eso ayer el secretario general de dicho partido fue al Ministerio Público a presentar una denuncia, por los hechos del domingo, junto con el presidente del “Colegio de abogados católicos”. Armando Martínez Gómez se ha convertido en uno de los personajes más conspicuos del flanco derecho de la vida mexicana: ha estado en la primera línea en el combate contra iniciativas como la ley de sociedades de convivencia y la despenalización del aborto, se opone militantemente a la eutanasia y en julio pasado anunció que presentaría, a nombre del Arzobispado, una iniciativa de reformas constitucionales para que el Estado ofrezca educación religiosa en las escuelas y para permitir que los sacerdotes hagan prédicas políticas desde el púlpito.

   Esta semana, Martínez Gómez acusó a la señora Rosario Ibarra de Piedra de haber instigado la agresión del domingo pasado. El sentido de responsabilidad de esa abnegada luchadora contra la represión es bastante peregrino, pero considerar que dio la voz de alerta para el asalto a Catedral resulta desmesurado. Como es sabido, la señora Ibarra estaba en plena alocución cuando tañían las campanas de Catedral y se preguntó en voz alta a qué podría deberse que el repiqueteo durase tanto. Pero en ningún momento arengó contra la iglesia. Sin embargo el dirigente de los “abogados católicos” denunció que la iniciadora de la irrupción había sido ella. Y ayer el secretario general del PRD lo acompañó a presentar una querella judicial, contra-quien-resulte-responsable, por ese incidente.

   Aunque no es reciente, la avenencia del PRD con la jerarquía eclesiástica nunca había llegado tan lejos. El hecho de que Guadalupe Acosta Naranjo, secretario general de ese partido, se ponga al servicio del abogado de tantas causas conservadoras, da cuenta de la desesperación que ha cundido en la dirigencia perredista a causa del altercado en Catedral pero, sobre todo, de la profunda confusión que domina las coordenadas políticas de ese partido.

   Por lo general, el PRD ha sido más que condescendiente con los intereses e incluso con el siempre insatisfecho afán de la jerarquía eclesiástica para ganar más presencia e influencia públicas. A contrapelo de las tradiciones laicas que mantienen las izquierdas en casi todo el mundo, en México el PRD y varios de sus principales dirigentes han confundido la defensa de la democracia con las prerrogativas políticas de la iglesia católica. No han querido entender que el laicismo implica separación entre la religión y la política y, también, respeto a las convicciones religiosas –o a la ausencia de ellas– de cada individuo.

   Con la sencillez de quienes tienen conceptos claros, el filósofo Fernando Savater ha escrito sobre tales principios: “Vivir en una sociedad laica significa que a nadie se le puede impedir practicar una religión ni a  nadie se le puede imponer ninguna. O sea, que la religión (incluida la actitud religiosa que niega y combate las doctrinas religiosas en nombre de la verdad, la ciencia, la historia, etc…) es un derecho de cada cual, pero nunca un deber de nadie y mucho menos de la colectividad. Las jerarquías eclesiásticas –ninguna, nunca– no tienen derecho a convertirse en una especie de tribunal general de última instancia que decida lo que es moral e inmoral en la sociedad, lo que debe ser legal o lo que ha de ser prohibido, quién es digno de gobernar y quién debe ser éticamente repudiado. Las autoridades religiosas no son autoridades morales ni legales: pueden establecer lo que es pecado para sus feligreses, no lo que ha de ser delito para todos los ciudadanos ni indecente para el común del público”.

   En la más reciente de sus obras, el pequeño Diccionario del ciudadano sin miedo a saber (Ariel, Barcelona, 2007), Savater precisa: “El laicismo no es una opción institucional entre otras: es tan inseparable de la democracia como el sufragio universal”.

   Así que los vocingleros del domingo, al violentar la misa, atentaron contra uno de los fundamentos del Estado laico que es el derecho de todos a profesar las creencias que quieran. Pero también los obispos y sus acólitos violentan frecuentemente esos principios cuando intentan imponer sus concepciones morales al resto de la sociedad. Ahora el representante legal de los intolerantes obispos es escoltado por el secretario general del PRD para presentar una denuncia judicial. Si alguna vez se habló de la iglesia en manos de Lutero, ahora podríamos reconocer que al menos una parte de la izquierda se encuentra en manos… de Norberto.

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