En el parteaguas hacia el nuevo año

La Crónica, 27 de diciembre de 2007.

   Mientras nos recuperamos de las fiestas navideñas y nos disponemos para despedir al año es poco el margen –y sobre todo el ánimo– para ocuparnos de asuntos de actualidad política. Muchos comentaristas en los diarios, durante esta semana de plano bajan la cortina de sus columnas y artículos. Otros, aprovechan para desempolvar temas que no habían tratado o se ocupan de asuntos amables, de acuerdo con el regocijo, auténtico o impostado, que campea en estas fechas. Los libros que leímos recientemente, el cine que nos gustó, nuestra música favorita, salpican de recomendaciones los espacios de opinión en la prensa.

   Un recurso más para cumplir la cita con los lectores consiste en reflexionar acerca de temas trascendentes, pero desde la óptica mundana que resulta propia de la prensa diaria. Significados de la religión, las fiestas devotas y paganas, la simbología del año nuevo e incluso la futilidad de creencias, celebraciones o despedidas al final del período anual, aparecen con regularidad en los medios.

   Y desde luego, la práctica más usual radica en llenar los espacios periodísticos de fechas, frases y resúmenes. No es exagerado decir que cuando las noticias se acaban, comienzan los recuentos. Desde semanas antes, en las redacciones de los diarios y en los medios electrónicos se preparan notas y programas enteros que cumplirán con la previsible pero además inducida expectativa de balances anuales que hay entre el público.

   A los seres humanos, quizá por efecto de la civilización pero acaso también de manera espontánea, nos gusta cerrar ciclos. La oportunidad de celebrar la terminación de una etapa pero asimismo la necesidad de voltear sobre el camino andado, se conjugan para propiciar esa afición por revisar haberes y deberes. Así ocurre, tanto en el ámbito privado como en la vida pública.

   En estas fechas de diciembre la avidez por el jolgorio precede a la inclinación por el inventario de lo hecho en el transcurso del año. Brindis, posadas, cenas y congratulaciones, han sido manifestaciones de sociabilidad más propicias al aturdimiento que a la reflexión. Después de Navidad, nos encontramos en la segunda mitad de ese periodo a veces nebuloso e impar al que la experiencia mexicana denomina como el puente Guadalupe – Reyes. Son los días para el sosiego, después de un rebumbio al que resultó prácticamente imposible sustraerse.

   Cada quien emprende, aunque sea fugazmente, el balance de lo que hizo y dejó de hacer durante el año que está concluyendo. Habrá quien privilegie los beneficios o las carencias materiales, en tanto que para otros lo más importante habrá sido el afecto que encontró o que pudo prodigar. Aquello que conocimos, aprendimos o disfrutamos, quizá resulte más relevante en el plano personal que las realizaciones o los yerros por las que se nos conoce laboral y profesionalmente.

   En la vida pública, las apreciaciones sobre lo que hemos hecho y dejado de hacer son tan variadas como las perspectivas desde donde se realizan. No son pocos los mexicanos que evalúan con dureza al gobierno porque sus condiciones de vida no son tan favorables como creyeron o como les prometieron que serían. Otros, en cambio, si han podido mantener las condiciones de privilegio que ya disfrutaban considerarán que las cosas en el país no marchan tan mal como a menudo se dice.

   El que termina ha sido un año de tránsito, recomposiciones y definiciones iniciales en el terreno de la política mexicana. La heterogeneidad del Congreso no impidió que los partidos tomasen acuerdos en temas importantes como la reforma electoral y la aprobación del Presupuesto. Sin embargo esa capacidad de acuerdo sirvió también para castigar al IFE y se quebró cuando los líderes parlamentarios intentaban designar a los nuevos consejeros electorales.

   Las instituciones judiciales, especialmente la Suprema Corte, han adquirido una notoriedad que en ocasiones resulta perjudicial para la ecuanimidad con que se deberían aplicar las leyes. Los ministros de la Corte tuvieron el acierto de enfrentar al poder mediático encabezado por Televisa, cuya ley a modo declararon inconstitucional. Luego, varios de ellos evidenciaron su conservadurismo cuando se ocuparon de las denuncias contra el gobernador de Puebla en el asunto de Lydia Cacho.

   El presidente Felipe Calderón ha podido gobernar en condiciones menos difíciles a las que se podían prever hace un año, cuando había asumido el cargo en medio de una desusada tensión. Los adversarios de ese gobierno no han sido los partidos, sino poderes fácticos como el que constituye la delincuencia organizada. Pero las turbulencias de una vida política estrepitosa e inmadura, junto con la crudeza de acciones criminales cada vez más frecuentes y extendidas, les han impuesto al gobierno y al país todo una circunstancia que limita el desarrollo económico y que resulta cada vez más asfixiante para la sociedad.

   De esa vida política inmadura son responsables los partidos, pero también otros actores del escenario público. Los dirigentes sociales y sus organizaciones que mantienen prácticas clientelares, los líderes empresariales que intencionalmente confunden el interés de la sociedad con el de sus negocios, los obispos que no desperdician ocasión para amagar en defensa siempre de privilegios corporativos, contribuyen al estruendo de un escenario público repleto de palabrería y desconcierto.

   En el deterioro, más que en el saneamiento de ese ambiente, contribuyen notoriamente los medios de comunicación. La propensión a destacar los dichos antes que los hechos y sobre todo a lucrar con el estrépito que resulta de los desencuentros y las recriminaciones entre los personajes públicos, ha llevado a los medios a ser, con frecuencia, mucho más elementos disruptivos que articuladores de la vida pública. Dentro de ellos, habitualmente resulta más desorientadora que esclarecedora la actividad de una “comentocracia” –como Jorge Castañeda ha denominado a quienes desde los espacios periodísticos conforman la opinión publicada– que pocas veces se esfuerza por buscar explicaciones que trasciendan las admoniciones o descalificaciones maniqueas.

   Esos, son elementos de un balance que solamente resultaría útil si de él obtuviéramos enseñanzas para enmendar algunos de los defectos de nuestra vida pública en el año que está por comenzar. Lamentablemente los procesos históricos, y sobre todo sus deformaciones, no se modifican al compás del calendario. El nuevo año amanecerá, por lo que toca a la política, tan envejecido y deslustrado como, en esos aspectos, termina el actual 2007.

   Los rituales de fin de año son paradigmáticos del anhelo para cambiar las cosas a golpe de recursos mágicos. En algunos países se acostumbra que, cuando llega la medianoche del 31 de diciembre, la gente arroje por la ventana platos, cubiertos y hasta muebles para simbolizar el desprendimiento que se busca respecto de lo viejo en beneficio de las cosas nuevas. Hay quienes, en otras latitudes, salen a la calle cargando maletas vacías en una metáfora de la disposición con que inician el año para llenar de nuevas experiencias las alforjas personales. También sacan escobas para barrer el umbral de la casa.

   Al terminar el año hay quienes estilan ponerse alguna prenda de color rojo dizque para atraer buenas vibraciones. Y lo más sencillo, aparte del riesgo de atragantamiento, es el ritual de las doce uvas, supuestamente para conjurar los riesgos de cada uno de los meses del nuevo ciclo anual –en lo personal, prefiero siempre que las uvas estén destiladas y procesadas en una copa de vino–.

   Respecto de la vida política, no podemos vestir de rojo a nuestros políticos y locutores, ni sería posible echar por la ventana a los partidos, medios y corporaciones que tenemos. Tampoco hay escoba capaz de barrer las impurezas de nuestro escenario público. Así que, con realismo pero sin resignación, advirtamos activos y pasivos de nuestra vida pública de la misma manera que lo hacemos en el plano personal. Siempre pensaremos que el año que termina podría haber sido mejor. Hay que empeñarnos para que el año que comienza sea tan fructífero como lo merecemos. Feliz 2008.

 


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