Lucía Morett, víctima del aventurerismo

 
 

La Crónica de Hoy, jueves 13 de marzo

Ni heroína ni engañada, y tampoco ingenua: Lucía Andrea Morett Álvarez fue víctima, si acaso, de su propio ofuscamiento. Sólo con una apreciación intensamente distorsionada de la realidad política latinoamericana, alguien puede considerar que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia luchan por la justicia. Sólo con un insensato fundamentalismo, alguien puede internarse en la selva en busca de un campamento guerrillero sin entender los riesgos que corre.
Ahora, esa ex estudiante de literatura dramática y teatro, junto con sus padres y algunos de sus profesores, sostiene que se encontraba en el reducto de las FARC en Ecuador, como parte de una investigación académica. Ni siquiera ellos se lo creen. Es natural que sus allegados quieran proteger a la joven mexicana, sobre todo mientras se resuelve su situación jurídica después de la violenta incursión del Ejército de Colombia, el 1 de marzo pasado, al campamento en donde dormían ella y los miembros de las FARC, con quienes se encontraba. Pero tanto su biografía política como la decisión misma de acudir a ese reducto, sugieren que Lucía Morett y el resto de sus acompañantes mexicanos hacían algo más que turismo revolucionario.
Ella se llevó un susto terrible y algunas heridas. Pero al menos varios de sus compañeros están muertos. Uno se puede preguntar, siempre sin entender plenamente su contexto, qué rabias e insatisfacciones convencieron a esos muchachos para secundar una causa tan sombría como la que representan las FARC. La indigencia de opciones para involucrarse en la vida política en nuestro país, la hostilidad que suelen encontrar los jóvenes cuando incursionan en asuntos públicos, el descrédito de partidos e instituciones, forman parte de ese panorama calamitoso y pesimista.
Pero también habrán influido la complacencia política y la charlatanería intelectual que han campeado en México respecto del aventurerismo político. Cuando Lucía Morett tenía 12 años estalló la revuelta neozapatista, a la cual se rindieron acríticamente todas las izquierdas. Cuando tenía 16 y estaba en la Preparatoria le gritó consignas en respaldo al EZLN al entonces presidente Ernesto Zedillo, durante un acto público en Texcoco. Cuando cumplía 18, había ocurrido la extensa cuan absurda huelga en la UNAM.
No sabemos qué impronta dejaron acontecimientos de tal corte en la formación política de esa estudiante de Literatura Dramática que a los 26, estaba en un campamento clandestino de la guerrilla colombiana. Pero varios de sus acompañantes a Ecuador se habían enredado con el zapatismo y más tarde, en el apoyo a grupos latinoamericanos como el que constituyen las FARC.
En ese compromiso personal y político se puede apreciar una actitud solidaria, generosa quizá, que llevó a tales jóvenes a respaldar la lucha armada mucho más allá de las actitudes testimoniales y en un país distinto del suyo. Pero junto con ello, hay una lamentable y en este caso, costosa miopía política cultivada en el estruendo que define todos los días a la vida pública mexicana y muy especialmente en la atonía deliberativa que —en contraste con el rebumbio mediático— impera en el campus universitario.
El hecho de que se familiarizaran con esas luchas y encontrasen cauces para respaldarlas dentro de la Universidad Nacional, ha suscitado opiniones apresuradas y prejuiciadas. Desde hace muchos años distintos movimientos políticos y sociales, de las más variadas latitudes, encuentran eco en la heterogénea comunidad universitaria.
La Universidad no sería eso —universal, abierta, plural— si no acogiera la diversidad e incluso la intensidad de esas expresiones políticas. El problema, entre otros, no es que estén presentes y obtengan adeptos sino que en algunas ocasiones el proselitismo alrededor de ellas ha ocurrido en contra del interés e incluso del patrimonio de la mayoría de los estudiantes y profesores.
Algunos medios de comunicación han difundido, escandalizados ante un hecho en absoluto nuevo, la existencia de cubículos, en algunas facultades del campus universitario, en donde se reúnen los simpatizantes de grupos política y militarmente beligerantes como las FARC. Que se manifiesten, no es inadecuado. Pero que los adherentes de esos grupos se apropien de espacios de reunión y salones de clase no es tanto indicio de pluralidad y tolerancia sino de temor o negligencia por parte de los universitarios.
Es grave que en la Universidad haya espacios académicos embargados por motivos políticos, pero lo es más el desinterés para recuperarlos. Desde hace una década el auditorio “Che Guevara” dejó de constituir el escenario privilegiado para la deliberación académica, la difusión cultural y también, claro, la discusión política, que había sido durante casi medio siglo. Desde la huelga de hace una década se encuentra ocupado por grupos aislados de la mayoría de los estudiantes y profesores.
Pero es más delicada y onerosa la abstinencia crítica que se ha mantenido respecto de esas acciones y, en general, del aventurerismo político independientemente de que tenga siglas zapatistas, colombianas, cegehachistas u obradoristas entre otras vertientes. Allí es donde la Universidad ha fallado como espacio de examen analítico de las realidades políticas contemporáneas.
Por convicción y adhesión políticas en algunos casos, pero en la mayoría de las ocasiones por pachorra intelectual, los universitarios no han sabido propiciar —salvo en unas cuantas y excepcionales ocasiones— la discusión concienzuda de esas y otras expresiones de la lucha política. La inercia y la aprensión se han combinado para inhibir el escrutinio puntual de esos temas. De tal manera, en ausencia de discusión crítica suficiente el aventurerismo político ha encontrado campo fértil en el espacio universitario, siempre hospitalario pero también incauto con las expresiones políticas más disímbolas.
Ése, y no la presencia de pancartas o grafitis de apoyo a intereses tan cuestionables como los que promueven las FARC, es el problema central en la presencia de tales grupos en el campus. La Universidad ha sido congruente con sus mejores tradiciones de apertura y solidaridad al recibir expresiones de esa índole. Pero ha sido inconsecuente respecto del ejercicio crítico, que siempre forma parte del auténtico quehacer académico, al eludir el examen riguroso de tales manifestaciones.
Por otra parte, el hecho de que en algunos espacios universitarios se encomie al aventurerismo político no significa que así ocurra en todas las aulas o en todas las escuelas de la UNAM. Sin embargo, algunos malquerientes de la Universidad han preferido ver, en este caso, a una institución postrada ante tales expresiones. Y esa no es la situación de la Universidad en nuestros días. Un columnista de asuntos financieros, Carlos Mota, escribió en Milenio que la Filosofía, tal y como se enseña en esa institución, resulta inútil porque cuando fue a ofrecer una conferencia los estudiantes de esa disciplina no comprendieron su insistencia en que la Universidad debe formar cuadros para las grandes empresas. Desde luego que puede y debe hacerlo, pero eso no implica que todos los egresados de la universidad pública tengan como único horizonte un cargo en Nokia o Cemex como quisiera ese columnista.
A su vez, en su colaboración de antier en El Universal el presidente nacional del PAN, Germán Martínez, con motivo de las vicisitudes de Lucía Morett y sus compañeros se refirió a “la UNAM, campus Ecuador”. Las correrías sudamericanas de esos alumnos y egresados de la Universidad Nacional fueron de una irresponsabilidad trágica que nos obliga a formularnos muchas preguntas e, insistimos, a refrendar la necesidad de la crítica dentro y fuera de los espacios académicos. Pero una comparación como la que hace el principal dirigente del partido en el gobierno, solamente puede ser tomada como expresión de pésimo gusto para no considerarla signo de patética ignorancia sobre la situación de las universidades públicas en este país.
Las FARC son un grupo indefendible que ha secuestrado a centenares de personas, que mantiene en vilo a Colombia y otras naciones en esa región y cuya equidistancia de cualquier causa social se demuestra en el papel que desempeña en la distribución regional de estupefacientes. Con toda razón, hace un par de días la experimentada periodista española Maite Rico escribía en El País: “Por su componente mafioso y el poder del narcotráfico, las FARC no son una guerrilla convencional. Consciente de ello, el objetivo del Gobierno no es tanto liquidar a las FARC, tarea harto improbable, como forzarla a negociar sin condiciones. Pero el apoyo logístico y político prestado a la guerrilla por Ecuador y Venezuela (que ha enviado armas y dinero) puede dificultar el empeño de Colombia de poner fin a casi cuatro décadas de horror”.
Los documentos localizados en la computadora portátil de “Raúl Reyes”, el dirigente de las FARC a quien buscaban y mataron los militares colombianos que asaltaron el campamento en donde además estaban los jóvenes mexicanos, están contribuyendo a evidenciar esa relación perversa entre guerrilla y narcotráfico. El bombardeo y luego el asalto militar al campamento, instalado más allá de la frontera de Colombia, constituyó sin lugar a dudas una transgresión a la soberanía de Ecuador. Pero el gobierno ecuatoriano tampoco puede ofrecer cuentas claras en este episodio porque resultó claro que alojaba en su territorio a un grupo armado de otro país.
Está probado que las FARC son una pandilla de traficantes y secuestradores. Con tales individuos se comprometieron los jóvenes mexicanos que, como Lucía Morett, acudieron a ofrecer in situ el respaldo que le dispensaban a ese grupo dentro de nuestro país. La agresión que sufrieron en Ecuador es condenable, pero no resultó sorprendente. Fueron víctimas de un engaño expresamente consentido, de un tergiversado voluntarismo, de un exasperado —y a la postre provocador— aventurerismo.

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4 comentarios en “Lucía Morett, víctima del aventurerismo

  1. Pues si hay un trecho entre lo que dice el periodista de La Jornada y lo que usted escribió. Es una lástima que un medio de comunicación que durante años tuvo prestigio permita plumas flamígeras instaladas comodamente en aulas universitarias o en sillones confortables. Acusar de fascistas, nazis, de ser miembro de la extrema derecha o salinista, es de nuevo esta falta de seriedad y autocrítica de estos “plumas”. Estimada señor Trejo Delarbre, es usted victíma de la pluma flamígera y la acusación fácil. El señor Steinsgeler ni siquiera da su correo electónico o su blog por lo menos para debatir con él. Lo mismo hace su periodico que esconde todas las opiniones vertidas, uno opina y se pierde en esa caja negra llamada La Jornada. En fin una pena lo que sucede en este país

  2. Da grima ver el artículo del señor Trejo Delarbre, predicando en el desierto de su soledad intelectual sobre lo universitario y sobre lo que evidentemente desconoce del país sudamericano. (Aclaro que no he leído el artículo del periodista La Jornada, hasta no responder esta sarta de luces intelectualoides emanadas del señor Trejo.)
    Tan erudito artículo no ancanza a vislumbrar las motivaciones de los universitarios, no desde el 68 mexicano sino desde siempre. En efecto Lucía Moret buscaba los caminos que seudo-intelectuales, o conversos, o intelectuales orgánicos e “independientes”, pretenden cerrar ante cualquier manifestación de rebeldía frente al capitalismo en cualquier lugar del mundo. Señalan con dedo de fuego, asquerosa práctica servil hacia el stablishment, pero callan los crimenes de lesa humanidad, silencian sus plumas mercenarias, ETCÉTERA… Los estudiantes no inventaron a los zapatistas de Chiapas, ni tampoco inventaron a las FARC, movimiento insurgente con 50 años de camino por la historia de Colombia y de América, vilipendiado hoy por la más grande campaña de desprestigio que se haya conocido para tratar de opacar y convertir en narcos una legítima expresión del pueblo de Colombia ante la opresión y la injustica de un régimen construido, desde mediados del siglo XX, sobre la sangre, la vida y la muerte de cientos de miles de colombianos. Desde mis años universitarios, en las universidades nacionales de Mexico y Colombia, he conocido que los estudiantes encarnan la rebeldía, extraviada, con causa, con apasionamiento o como quieran, pero rebeldía basada en la indignación contra el orden establecido sobre ejes de violencia y negación de los derechos políticos o sociales o económicos del sistema vigente. Quitarle la razón de ser a la juventud universitaria, la búsqueda de caminos y respuestas a la opresión, no sólo teóricos sino prácticos, es pretender castrar el tesoro de la rebeldía entregada a las mejores causas de la sociedad y de la humanidad. Qué fácil es defenestrar y señalar culpables desde la comodidad de los puestos de cátedra bien pagados, desde las revistas mercenarias castradas por dineros oficiales, para que sean complecientes y acríticas o críticas a medias, sin tocar los cimientos del status quo. Bien le dicen salinista a Trejo, porque tenemos memoria y porque en ese sexenio infausto para el país, intelectuales de su calaña auparon y entronizaron los programas neoliberales, privatizadores, “desestatizantes” o anisoberanos que tiene a México como está. Acordémonos de los cantos de sirena de ciertos aúlicos respecto al TLC, acordemonos de sus cantos inauditos ante la rebelión zapatista, acordémonos de los aullidos derechistas de quienes se lanzaron con todas sus armas intelectuales a acusar a los zapatistas de rebeldes sin causa, de agentes de ideas anticuadas, etc. Leamos los Etcéteras de entonces y encontraremos las raíces de esos prostitutos de la pluma y de la materia gris que portan.
    El desconocimiento, pretendido o veraz, de la realidad colombiana no puede ser argumento para un intelectual como Trejo. Desde su púlpito bien pagado clama y acusa, afirma y condena a la guerrilla, haciendo eco a los grandes medios (¿Qué estudió realemnte en sus libros?) Da rabia leer semejantes acusaciones sacadas de los manuales diarios que consumen en los grandes medios. En Colombia hay un conflicto político y social que se expresa en diversas formas, con la existencia de la violencia de los alzados en armas que enfrentan la violencia del Estado, ejercida no sólo por los órganos de fuerza sino por bandas paramilitares fomentadas y dirigidas por la clase política y los altos mandos del ejército. Esa es la raíz del problema, de que haya militares capturados en combate por la guerrilla, y guerrilleros capturados por las fuerzas represivas del estado, también de que haya civiles retenidos por los insurgentes y civiles detenidos en las cárceles colombianas. Y de que haya tres o cuatro guerrilleros acusados de narcos en EU, sin que se les comprobara los cargos como sucede con el dirigente rebelde Simón Trinidad sometido a los más atroces vejámenes en una cárcel de Estados Unidos. Pero fácil es meter en saco roto estas informaciones para justificar condenas macartistas, sectarias, de contera serviles con las posiciones de derecha que campean en la vida política mexicana y colombiana. Si Uribe encarna un neofascismo entronizado en el poder sobre la sangre regada por su brazo armado paramilitar, el señor Calderón tiene en sus manos no solo la mancha del fraude electoral del 2006 sino la escalada de violencia del narco, que estremece a México en todos los confines sin que nuestros intelectuales osen señalar culpables o causas de semejante situación, por demás, similar a la de Colombia en lo que al narcotráfico concierne. Lástima que las tribunas donde vociferan intelectuales encumbrados no sean las mismas en las que Lucía Moret debería poder expresar sus ideas, y ponerlas al debate para tranquilizar consciencias academicistas como la de Trejo. Lástima que desconozca la historia de Colombia, con todo y doctorado, limitándola a la lectura puntual de los medios de comunicación manipulados, que por encargo tildan con epítetos a los rebeldes colombianos o de la Cochinchina para defender sus mezquinos intereses plutocráticos. “Ahi la dejo”, no más para expresar mi humilde opinión y para que uno que otro lector no sea asaltado en su buena fe por articulistas como Trejo, y su largo historia académico postrado ante las ideas más retrógradas, que por desgracia pululan en pleno siglo XXI.

  3. Leí con mucha atención el comentario que dejó en mi blog. Lamento la fuerte carga de antintelectualismo que destilan sus enjundiosos puntos de vista. Mi preocupación central, en el texto que tanto le disgustó, es preguntarme por qué hay jóvenes que se dejan encandilar por propuestas delirantes de un grupo criminal como el que constituyen hoy en día las FARC. A esa inquietud usted contesta con descalificaciones, improperios y con datos sin sustento documental. La suya es una pobra y lamentable defensa del grupo con el que simpatiza.

    Lamento, también, que no haya tenido el valor suficiente para anotar un correo electrónico auténtico. ¿Su nombre también es falso? La llamaré entonces por el nombre de usuario del correo que inventó.

    Ni modo, Dulcinea. Los Quijotes que se ha buscado son auténticos ogros, por mucho que usted se esfuerce (como aquel caballero andante) en mirarlos con benevolencia.

  4. A canijo, pense yo era el unico que se había dado cuenta de los desvarios de este señor, me imagino que lo ideal para don Raul Trejo sería que hubiera en las mesas de discución de la UNAM gente Salinista, Calderonista, Ronaldista, digo ellos hablando de las bondades del capitalismo neoliberal, que aunque usted señor Raul no lo crea ha hecho pero mucho daño al pueblo que siempre es el que carga en sus espaldas las injusticias de estos sistemas……

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